Los Supervivientes del Pub

Capítulo 1 - El Peor Martes

La mañana en que el mundo se acabó, quemé las tostadas. Las comí igualmente, de pie junto a la encimera, mascando carbón y llamándolo desayuno.

Mi apartamento era un monumento a la inercia. Ropa amontonada en la silla desde octubre. Una taza de café de ayer junto a otra taza de café de anteayer. En la pared, junto a la puerta, la foto de mi padre: corbata torcida, sonrisa enorme, el día que abrió su taller de carpintería. Pasaba junto a ella cada mañana. No la había mirado en años.

Ana me había enviado un mensaje a las tres de la madrugada. Trabajaba el turno de noche en urgencias. El mensaje decía: «¿Has pensado en lo que hablamos?» No lo había hecho. Ni siquiera recordaba de qué habíamos hablado. Algo sobre planes. Sobre el futuro. Le respondí con un emoji de pulgar arriba.

Mi madre llamó a las nueve. Dejé que saltara el buzón de voz. Ella llamaba todos los días a las nueve. Yo ignoraba la llamada todos los días a las nueve. Teníamos un sistema perfecto. Funcionaba para los dos. O al menos funcionaba para mí, que en aquel entonces era lo mismo.

Gordo venía a las dos para ver el fútbol. Ese era mi plan. Todo el plan. Fútbol, cerveza, nada. Un martes perfecto.

Noté ruidos en la calle. Algo húmedo. Alguien chillando. Probablemente los vecinos. Gente apasionada. Una vez llamaron a la policía porque alguien había puesto la basura en el contenedor equivocado.

Intenté llamar a Ana. Las líneas estaban saturadas. Me molestó ligeramente. Nunca pensaba que las cosas pudieran significar algo más grave. Ana decía que esa era mi mayor habilidad y mi mayor defecto.

Encendí la televisión. Transmisión de emergencia. Letras enormes. Cambié de canal. Lo mismo. Otro canal. Igual.

Fui a buscar más pan.

Me acerqué a la ventana. No porque estuviera preocupado, sino porque quería ver si la tienda de la esquina estaba abierta.

En la calle había un hombre caminando despacio. Muy, muy despacio. Pensé que estaba borracho. A las diez de la mañana. En un martes. Lo cual no era tan raro en mi barrio.

Entonces apareció otro. Y otro. Y luego doce.

Se movían como si el aire fuera de mermelada. Uno se chocó con una farola, rebotó y siguió caminando hacia otra farola.

—Borrachos —dije en voz alta, a nadie, porque vivía solo y hablaba solo, que es lo que pasa cuando tu vida social consiste en un pub y un amigo que se llama Gordo.

La puerta se abrió de golpe.

Gordo entró cubierto de algo rojo que parecía kétchup pero que definitivamente no era kétchup. Medía un metro noventa, pesaba ciento veinte kilos, y estaba temblando.

Cerró la puerta. Pasó la llave. Puso su espalda contra la madera.

—Marcos —dijo.

—Gordo, ¿por qué estás cubierto de…?

—No preguntes.

—Pero…

—NO. PREGUNTES.

Silencio. Fuera, los gritos se intensificaron. Algo golpeó un coche. Un cristal se rompió.

—¿Has visto las noticias? —pregunté.

—Marcos, las noticias están EN LA CALLE.

Me asomé a la ventana. Los doce se habían multiplicado. Cuarenta. Uno llevaba el uniforme del cartero. El señor Phillips. Nunca fue rápido ni en sus mejores días.

Otro intentaba abrir una puerta empujándola. Era una puerta de tirar. Llevaba así al menos veinte minutos.

—¿Qué son? —pregunté.

—¿Tú qué crees que son?

—¿Hooligans del fútbol?

Gordo me miró con la paciencia de alguien explicándole la gravedad a una piedra.

—Marcos. Tenemos que ir al pub.

El pub. El Dusty Fox. Siete kilómetros al norte. Mi taburete, mi cerveza, mi absoluta falta de ambición en forma de muebles de madera y suelos que se pegaban a las suelas.

Pasé junto a la foto de mi padre camino de la cocina. No la miré. Nunca la miraba.

Fuera, algo gimió de una manera que no era humana ni animal. Luego la puerta tembló.

Capítulo 2 - No Son Hooligans

Esto es lo que sabía sobre sobrevivir a un apocalipsis zombi: nada. Gordo sabía menos. Entre los dos teníamos exactamente cero habilidades útiles y medio paquete de galletas digestivas.

—Necesitamos una barricada —dije, con la autoridad de alguien que ha visto tres películas sobre el tema.

Empujé el sofá contra la puerta. Gordo amontonó cojines encima.

—Gordo, eso son cojines.

—Son cojines GRANDES.

—Un cojín no va a detener a nada.

—Depende de lo fuerte que lo pongas.

Arrastré la mesa, las sillas, una estantería vacía porque nunca tuve suficientes libros, y un perchero que se cayó tres veces. Nos asomamos a la ventana.

La calle se había llenado. Figuras arrastrando los pies, brazos extendidos, mirada de alguien que ha perdido las llaves pero se ha olvidado de qué eran las llaves. Uno abrazó un buzón de correos durante diez segundos y siguió caminando. Otro intentaba usar el cajero automático. Un tercero hacía cola en la parada del autobús, solo e inmóvil, esperando un autobús que no iba a venir.

—Son zombis —dijo Gordo.

—No son zombis.

—Marcos, ESO es un zombi.

Señaló a un hombre que avanzaba por la acera. Le faltaba un zapato. Le faltaba parte de la mandíbula. Eso era difícil de explicar con la hipótesis de los hooligans.

—Vale. Puede que sean zombis.

—PUEDE.

Uno se acercó a nuestra ventana. Ojos amarillentos, piel del color de la leche que llevas olvidando en la nevera. Levantó una mano contra el cristal. Se aburrió. Se fue a chocar contra el coche del vecino.

—Son lentos —observé.

—Son MUY lentos —confirmó Gordo, con el alivio de quien descubre que el tigre que lo persigue cojea.

Vimos a uno empujando una puerta de tirar. Llevaba intentándolo veinte minutos sin cambiar de estrategia. Si los zombis tuvieran currículum, el suyo diría «perseverante» bajo habilidades blandas.

Entonces uno de los cojines se deslizó y nuestro primer zombi entró por la puerta. Bajito, calvo, pijama de rayas. Se quedó mirándonos con la expresión de alguien que ha olvidado por qué entró en la habitación.

—¡AAAAAH! —gritó Gordo.

El zombi giró la cabeza. Yo resbalé con el suelo de la cocina y me deslicé directamente hacia la criatura. Mis pies impactaron contra sus rodillas. Cayó por las escaleras rodando, golpeándose contra las paredes hasta aterrizar en el rellano.

—Lo has matado —dijo Gordo.

—Técnicamente ya estaba muerto.

—Lo has re-matado.

Me levanté, me limpié las manos en los pantalones y formulé EL PLAN.

—Escucha. Paso uno: hospital, Ana. Paso dos: casa de mamá. Paso tres: el Dusty Fox. Paso cuatro: cerveza.

Gordo me miró.

—Ese plan tiene al menos diecisiete problemas.

—¿Cómo cuáles?

—Como que hay CIENTOS de zombis entre nosotros y cada uno de esos sitios.

—Detalles.

—¡No son detalles! ¡Son obstáculos mortales!

—Gordo. ¿Tienes un plan mejor?

Silencio.

—Exacto. Vamos.

Bajamos las escaleras. Abrí la puerta principal.

La calle era un caos, pero un caos británico. Tres personas hacían cola para alejarse de un grupo de zombis, respetando la distancia social. Un hombre con paraguas intentaba denunciar la situación al ayuntamiento por teléfono. Una mujer le gritaba a un zombi que estaba pisando su jardín: —¡Eh! ¡Fuera de mis petunias!

Desde una tienda cercana, una radio crepitaba: «…militar… contención… Waterloo…» No le presté atención.

El sol brillaba, lo cual parecía de mala educación dadas las circunstancias. Un zombi se chocó con una farola, rebotó y siguió caminando hacia otra farola.

—¿Ves? —dije—. Somos más listos que ellos.

—Eso no es el consuelo que crees —respondió Gordo.

Gordo caminaba pegado a mi espalda, tan cerca que su barriga me empujaba hacia delante con cada paso. Lo que parecía miedo era también otra cosa: Gordo me seguía porque era lo que siempre hacía. Al pub, al sofá, a ninguna parte. Le daba igual adónde fuéramos mientras no tuviera que decidir él.

Giramos la esquina hacia el hospital. La calle no estaba vacía. Era lo contrario de vacía. La más llena que una calle ha estado jamás. Y todos se giraron a mirarnos.

Capítulo 3 - El Rescate del Hospital

Mi plan para rescatar a Ana tenía tres pasos: entrar, encontrarla, salir. En la práctica, solo conseguí el paso uno. Y ni siquiera eso salió bien.

El hospital St. Margaret's olía a desinfectante y malas noticias incluso en los días normales. La entrada de urgencias estaba invadida. Camillas volcadas, monitores pitando sin nadie que los escuchara, y las puertas automáticas abriéndose y cerrándose sobre extremidades que sobresalían del marco.

—No podemos entrar por ahí —dijo Gordo.

—Gracias, Gordo. No me había dado cuenta.

Mi plan B fue lo que llamé «aproximación sigilosa»: caminar despacio y decirles «no me hagáis caso» a los zombis. Funcionó cuatro segundos. Gordo gritó porque una paloma aterrizó cerca de su pie.

—¡AAAAAAH!

Cada zombi en un radio de cincuenta metros giró la cabeza. Aprendimos algo crucial: los zombis reaccionaban al ruido. Y Gordo, que no había estado en silencio desde que aprendió a hablar a los once meses, era una campana de cena ambulante.

—¡Me ha tocado! ¡La paloma me ha tocado!

—Es una PALOMA.

—¡ERA ENORME!

Necesitaba una distracción. Le di una patada al parachoques de un coche aparcado. La alarma se activó. Los zombis giraron en masa hacia el sonido, arrastrándose hacia el coche con la determinación de polillas hacia una luz muy ruidosa.

Corrimos hacia la entrada lateral. Bueno, yo corrí. Gordo hizo algo que se parecía más a un oso intentando esquiar. Pero llegamos.

El interior era peor. Pasillos fluorescentes, algunos con la luz parpadeando. El pitido constante de monitores abandonados. Un olor debajo del antiséptico, dulce y podrido, que se pegaba a la garganta.

—¿Sabes dónde está? —preguntó Gordo.

—Tercera planta. Ala de urgencias.

Todos los pasillos eran iguales. Blancos, largos, puertas que no decían nada útil. Giramos a la izquierda. A la derecha. A la izquierda. Acabamos en la tienda de regalos.

—¿No habíamos pasado por aquí? —dijo Gordo, señalando un oso de peluche que parecía juzgarnos.

—No.

—Ese oso me suena.

—Todos los osos de peluche son iguales, Gordo.

Volvimos a salir. Derecha. Escalera. Subimos. Otra tienda de regalos. El mismo oso. O su gemelo.

En la tercera planta encontramos la sala de Ana. Vacía. Camas revueltas, sábanas en el suelo. El corazón me golpeó las costillas. Entonces vi la pizarra blanca. Letra de Ana, pequeña y precisa: «Si alguien viene: estoy en el ala segura. 3ª planta. NO paséis por el sótano. —Ana».

Leí la nota.

Fuimos por el sótano.

Las escaleras estaban bloqueadas con camillas. El sótano era la única alternativa que se me ocurrió. Además, nunca he sido bueno siguiendo instrucciones. Pregúntale a cualquier profesor.

El sótano estaba oscuro. No oscuro como una habitación con las luces apagadas. Oscuro como el interior de un bolsillo. Encontré una fregona y la cogí. Una fregona. Contra zombis. A veces me pregunto cómo he sobrevivido veintiocho años.

Avanzamos. Gordo se agarraba a mi chaqueta con las dos manos, tirando hacia atrás con cada paso, de modo que nos movíamos a la velocidad de un glaciar con problemas de confianza.

Un sonido. Un arrastre húmedo contra el linoleo.

Me detuve. Gordo se estrelló contra mi espalda. La fregona se resbaló, cayó al suelo con un estruendo que resonó por todo el sótano.

El arrastre se detuvo. Empezó de nuevo. Más cerca.

Una figura emergió de la oscuridad. Bata de hospital. Expresión desconcertada. Me miró. Lo miré. Fue el momento más incómodo de mi vida, y una vez me quedé atrapado en un ascensor con mi ex.

Avanzó. Yo avancé. Nos encontramos en medio del pasillo como dos personas intentando pasar por la misma puerta.

—Perdón —dije.

Sí. Le dije perdón a un zombi. Mi madre estaría orgullosa de mis modales.

Le di con la fregona. No funcionó. Me agarró del brazo. Golpeé otra vez. El palo se rompió. Gordo gritaba instrucciones contradictorias: —¡Dale! ¡No le des! ¡Corre! ¡No corras!

Tropecé con un cubo. Caí hacia atrás. El zombi se cayó hacia delante. Nuestras cabezas casi se tocaron.

Gordo le lanzó un extintor arrancado de la pared. No le dio al zombi. Me dio a mí. En la pierna. Pero el ruido lo asustó y se alejó arrastrándose por el pasillo.

Podía ver el cartel: ALA SEGURA —3ª PLANTA. Empujé la puerta.

La escalera estaba llena de zombis. No tres. No una docena. Repleta, de suelo a techo, de pared a pared. Y cada cara giró hacia el sonido de la puerta.

Gordo dijo, muy bajito:

—Marcos, me gustaría irme a casa ahora.

Capítulo 4 - La Situación del Depósito

Cerré la puerta. Muy rápido. Luego la mantuve cerrada con mi cuerpo e intenté recordar si alguna vez había hecho algo para merecer esto. La respuesta era no. Había hecho extraordinariamente poco con mi vida, lo cual ahora parecía estarse cobrando con intereses.

—Necesitamos otra ruta —dije.

—Necesitamos otro PLANETA —respondió Gordo.

Retrocedimos por el sótano. Encontramos un ascensor que funcionaba, lo cual en un hospital durante el apocalipsis era prácticamente un milagro. Pulsé el botón. Las puertas se abrieron con un suspiro mecánico.

Era el ascensor más lento del mundo. Se movía con la urgencia de un domingo por la tarde. Una música suave sonaba por los altavoces: algo que pretendía ser jazz pero ofendía al concepto entero. Mientras tanto, abajo, los zombis golpeaban la puerta del sótano con la persistencia de alguien que llama al timbre cuando sabe que estás en casa.

Los números cambiaron. 1… 2…

—Bonita música —dijo Gordo.

—Cállate, Gordo.

El ascensor se detuvo. Se abrieron las puertas a un pasillo con un cartel: ALA SEGURA. Celebramos. Luego Gordo leyó las letras pequeñas: «Servicios de Mortuorio».

El depósito de cadáveres.

—No —dijo Gordo.

—Sí.

—NO.

—Gordo, es la única ruta.

Cajones de acero inoxidable alineados en las paredes. Frío. Silencioso. El aire pesaba diferente aquí, denso y estancado, con un dulzor que no querías identificar.

Caminamos entre los cajones. De puntillas. Sin respirar. Gordo generaba un crujido con cada paso que contradecía todo el concepto de sigilo.

Un cajón vibró.

Me detuve. Gordo se detuvo. El cajón vibró otra vez. Luego otro. Un concierto de metal temblando.

—Están… —empezó Gordo.

—No lo digas.

—… despertándose.

Un cajón se deslizó hacia fuera. Despacio. Metal contra metal. Una mano asomó por el borde, gris y rígida.

Corrimos. No con dignidad. No con gracia. Gordo derribó una mesa con instrumental que hizo más ruido que una banda de música cayendo por las escaleras.

En medio de la carrera, saqué el teléfono. Marqué el número del Dusty Fox.

Sonó tres veces. Cuatro. Cinco.

—Dusty Fox, ¿qué quieres?

Pilar. Sesenta y dos años detrás de la barra. Una voz más seca que el vermut de la casa.

—Pilar. Soy Marcos. ¿Estás bien?

—Tengo el bate de críquet y catorce pintas de cerveza. ¿Tú?

—Hemos tenido un martes interesante.

Un silencio que duró dos segundos y pesó una hora.

—¿Ana?

—Estamos buscándola. Pilar, escucha, vamos a ir hacia allí. Ana, Gordo, yo y mi madre. ¿Puedo entrar si la puerta principal no funciona?

—Hay una trampilla en mi sótano. Túneles de la antigua cervecería. Llegan hasta el río. Los construyeron en 1823.

—Genial —dije, apenas escuchando, esquivando a un cadáver que acababa de sentarse en su bandeja.

—Date prisa —dijo Pilar, y la forma en que lo dijo me hizo parar un segundo. Había algo ahí que no supe identificar. Urgencia, sí, pero no por los zombis. Algo más viejo que eso. Algo que tenía que ver con las personas que ya estaban dentro del pub.

—Estaremos ahí pronto —dije.

Colgué. Gordo había encontrado un pasillo de servicio que conectaba el depósito con el ala segura real. Corrimos por él y salimos a la tercera planta.

Y ahí estaba Ana.

No llorando. No acurrucada en un rincón. Sentada en el suelo, vendando el brazo roto de otro superviviente, con los suministros organizados en cajas etiquetadas contra la pared.

Ana medía un metro cincuenta y cinco. Pesaba cincuenta kilos. Y cuando te miraba con esos ojos que habían visto nacer y morir a gente en la misma noche, entendías que el tamaño era irrelevante. Era enfermera de urgencias. Llevaba un kit de primeros auxilios en el bolso desde los doce años.

Levantó la vista.

—Has pasado por el sótano. —No era una pregunta.

—Sí.

—Te dije que no lo hicieras.

—Sí.

—¿Qué tal ha ido?

—Educativo.

Se levantó, se sacudió el polvo de la bata. La mochila que se colgó del hombro contenía suministros médicos, dos botellas de agua, una linterna y un martillo.

—Bien. Vamos a buscar a tu madre.

Lo dijo con la misma tranquilidad con la que habría dicho «vamos a hacer la compra». Y durante un instante brevísimo, mientras la veía organizar la salida, me di cuenta de algo que había tardado tres años en ver: Ana no me necesitaba a mí. Yo la necesitaba a ella. Siempre había sido así. La diferencia era que ahora, por primera vez, eso no me asustaba. Me empujaba.

Detrás de nosotros, desde el pasillo del depósito, llegó el sonido de cajones metálicos deslizándose uno tras otro.

—Y vamos ya —añadió Ana.

Capítulo 5 - Cuidado con el Hueco

Tres cosas sobre el metro de Londres durante el apocalipsis: está oscuro, hace eco, y los anuncios automáticos siguen funcionando. De alguna manera, eso es lo más aterrador.

Salimos del hospital por una puerta de servicio. Las calles estaban peor. Las hordas eran más grandes, más densas. Cuerpos arrastrándose por cada acera, agrupándose en las esquinas.

Ana tomó el mando.

—No vamos por ahí. El metro.

—¿Bajo tierra? —Gordo se puso blanco—. ¿Con ellos?

—La mayoría se mueve hacia la luz y el ruido. Bajo tierra hay menos.

No discutí. Cuando Ana hablaba con ese tono, el tono de alguien que ha reanimado a tres personas antes del desayuno, simplemente obedecías.

La entrada del metro estaba a dos calles. Bajamos las escaleras hacia la oscuridad. Iluminación de emergencia naranja, el color de una pesadilla con presupuesto reducido. Los torniquetes estaban abiertos. Las pantallas mostraban un mensaje congelado: SERVICIO INTERRUMPIDO. DISCULPEN LAS MOLESTIAS.

—«Disculpen las molestias» —repetí—. Eso parece quedarse corto.

El andén estaba casi vacío. Los anuncios resonaban por las paredes de azulejo: «El próximo tren con destino a Cockfosters está retrasado debido a… un incidente con pasajeros».

Caminamos por las vías. Cada sonido se amplificaba, rebotaba por el túnel. La respiración de Gordo llenaba el espacio entero. Sus pies aplastaban la gravilla con la sutileza de un elefante sobre patatas fritas.

—Más silencio —susurré.

—Estoy siendo silencioso.

—Estás siendo un concierto.

—No puedo evitarlo. Mis pulmones son grandes.

Ana caminaba delante, linterna baja, moviéndose con seguridad. Yo la observaba y sentía algo incómodo en el pecho. No era miedo. Admiración mezclada con vergüenza. Ella siempre había sido esta persona. Capaz, con dirección. Y yo nunca había intentado estar a su altura. No porque no pudiera. Porque intentar significaba arriesgarse a fracasar, y yo había elegido la opción más cómoda: no intentar nada.

Un zombi en las vías. Chaleco reflectante. Expresión de resignación perpetua. Un antiguo trabajador del metro, patrullando su ruta, cumpliendo con su deber incluso después de la muerte.

Pasó a nuestro lado sin vernos. Siguió caminando por las vías, inspeccionando la nada con la diligencia de alguien que cobra por horas.

—Era más atento muerto que la mayoría de los empleados del metro vivos —comenté.

Gordo soltó una carcajada que retumbó por el túnel. Tres zombis al fondo giraron la cabeza. Nos quedamos inmóviles treinta segundos.

Un tren llegó. Automatizado, sin conductor, cumpliendo su horario para un público que ya no existía. Las puertas se abrieron.

—¿Subimos? —pregunté.

—No sabemos adónde va —dijo Ana.

—Va en la dirección correcta. Creo.

—Crees.

—Tengo una corazonada.

—Marcos, tus corazonadas nos han llevado al sótano del hospital y al depósito de cadáveres.

—Sí, pero ESTA corazonada es diferente.

Subimos. Los asientos vacíos excepto por un periódico del lunes, un paraguas olvidado y una bolsa de supermercado que contenía tres latas de atún y una novela romántica. El tren avanzó una parada y murió. Las luces se apagaron y volvieron a media potencia.

—La experiencia más auténtica que he tenido en el metro de Londres —dije.

Salimos. La estación más cercana al piso de mamá. Subimos las escaleras parpadeando ante la luz del día.

El barrio de mamá estaba silencioso. Las calles vacías. Los coches aparcados donde siempre, los jardines podados. Un domingo por la mañana, excepto por el coche incrustado en la tienda del señor Patel.

Desde una tienda con la puerta abierta, una radio sonaba con más claridad: «Todo el personal proceda al perímetro de contención alfa. La extracción de civiles NO—» La señal se cortó.

Podía ver el edificio de mamá. Cuarto piso, segunda ventana. Cortinas echadas.

—Está en casa —dije.

Entonces las cortinas se movieron. Vi su cara: pálida, contra el cristal. Me vio. Señaló frenéticamente hacia abajo.

La entrada del edificio estaba rodeada. Docenas de muertos presionando contra las puertas de cristal, empujándose, gimiendo, arañando el cristal con dedos que ya no sentían dolor.

Capítulo 6 - Operación Mamá

Debería explicar algo sobre mi madre. Tiene sesenta y un años. No ha levantado la voz en su vida. Pero tiene una forma de mirarte por encima de las gafas, con una ceja levantada, que te hace sentir que tienes ocho años y acabas de pisar su suelo recién fregado. Los zombis, sospeché, no serían inmunes.

—Necesitamos un plan —dijo Ana, sacando un mapa del bolsillo de su mochila, porque por supuesto llevaba un mapa.

El edificio rodeado por delante. Lateral izquierdo, más zombis. Lateral derecho, callejón estrecho. La escalera de incendios en la parte de atrás.

—Distracción primero —dijo Ana—. Luego subimos por la escalera de incendios.

—Yo tiraré un cubo de basura.

—¿Eso es tu plan de distracción?

—¿Quieres que tire DOS cubos de basura?

Tiré un cubo. Funcionó parcialmente. Tiré más. Gordo tiró una bicicleta. Ana me miró con la expresión de alguien que se pregunta qué ha hecho para merecer esto.

La escalera de incendios. Mi plan: subir, buscar a mamá, bajar. Mi ejecución: llegué a la mitad, la escalera oxidada se rompió, y me quedé colgando del segundo piso por la manga de mi chaqueta. La cremallera rota, la misma que no funcionaba desde 2019, se enganchó en un tornillo y me sostuvo en el aire.

—¡Marcos! —gritó Ana.

—¡Estoy bien! ¡Esto es parte del plan!

—¡¿Qué parte del plan incluye colgarte de un edificio?!

—¡La parte improvisada!

Abajo, Gordo hizo algo que nadie esperaba. Cargó contra los zombis de la puerta principal gritando a un tono que no debería ser posible para alguien de su tamaño. Un chillido agudo, penetrante. Los zombis se dispersaron. No porque fuera amenazante. Porque el sonido era genuinamente doloroso. Hasta los muertos tienen límites.

Gordo se quedó de pie en la puerta, jadeando, temblando, con los puños cerrados y los ojos húmedos. No era valentía. Era algo más primario. Después me contó: «Pensé en tu madre ahí arriba sola y no pude quedarme quieto». Fue la primera vez en mi vida que vi a Gordo moverse hacia algo en vez de alejarse.

Me descolgué, trepé por lo que quedaba de la escalera. La ventana de mamá. Golpeé el cristal.

Se abrió inmediatamente. Mamá estaba preparada. Abrigo puesto. Bolso en mano. El transportín de Fernando con el gato dentro. Los álbumes de fotos en un carrito de la compra. Llevaba horas lista.

—Sabía que vendrías —dijo—. Siempre llegas cuando es demasiado tarde.

Fernando me miró desde su transportín con la serenidad de un emperador romano.

La huida: escalera de incendios abajo con mamá, el carrito, Fernando y mi dignidad en estado crítico. Y durante todo el descenso, sin pausa, sin concesiones al hecho de que estábamos huyendo de muertos vivientes, me interrogó:

—¿Cuándo le vas a pedir matrimonio a Ana?

—Mamá, nos persiguen zombis.

—Eso no es una respuesta.

—¡Es muy razonable dadas las circunstancias!

—Tu padre me propuso matrimonio durante una inundación. Dijo que parecía el momento adecuado.

Ana había hecho un puente eléctrico a una ambulancia. Nos subimos. Yo conduje. No sé conducir. La ambulancia chocó con cada coche aparcado de la calle. La sirena se activó sola.

Cada zombi del barrio giró la cabeza.

—La sirena, Marcos —dijo Ana.

—¡No encuentro el botón!

—Intermitente, Marcos —dijo mamá desde atrás—. Que se haya acabado la sociedad no significa que abandonemos la cortesía básica.

Mamá y Ana intercambiaron una mirada. Era la mirada de dos personas que se entienden perfectamente y cuyo entendimiento gira en torno a lo mucho que yo necesito mejorar.

Pero mientras ponía el intermitente para girar a la derecha, porque mamá me miraba por el retrovisor y no me atrevía a no hacerlo, algo cambió. No puedo explicar qué era. Tenía que ver con haber vuelto a buscar a mi madre cuando tenía un camino directo al pub. Con haber dicho no cuando Ana sugirió «podemos ir a por ella después».

—Es mi madre —le dije. Tres palabras. La primera decisión real que tomé en toda esta historia.

Pisé el acelerador. La ambulancia golpeó un buzón de correos y lo que estoy bastante seguro era un zombi pero podría haber sido un guardia de tráfico.

—El pub está a siete kilómetros al norte —dijo Ana.

—¿Cuánta gasolina tenemos?

Gordo dio un golpecito al indicador.

—Ah —dijo.

La aguja estaba por debajo de vacío.

Capítulo 7 - Waterloo

La ambulancia murió con una tos y un estremecimiento. Estábamos a dos kilómetros del pub, a cinco metros de una horda, y mamá preguntaba si alguien quería un sándwich. Había preparado sándwiches. Durante el apocalipsis.

—De jamón y queso —dijo, abriendo una bolsa con la previsión de una mujer que lleva sesenta años anticipándose a todo—. Y de atún para Gordo, que sé que no come jamón desde el incidente de 2019.

—No hablamos del incidente de 2019 —dijo Gordo, aceptando el sándwich.

Abandonamos la ambulancia. A pie por el sur de Londres. —El pub está por allí —dije—. Probablemente. El norte es donde hace frío, ¿no? —Ana cogió el mapa.

La radio portátil de la ambulancia crepitó. Voz militar: «Punto de extracción: estación de Waterloo». Waterloo estaba cerca. Los militares nos sacarían. Me sentí aliviado por primera vez.

Las calles empeoraron a medida que nos acercábamos. Más zombis, más destrucción. Descubrí por accidente que si caminabas suficientemente despacio y no hacías contacto visual, a veces te ignoraban.

—Es igual que el metro —dije.

—No es gracioso —dijo Ana.

—Es un poco gracioso.

—No.

Waterloo apareció ante nosotros. La estación estaba completamente invadida. Cientos de zombis llenaban los andenes, de pie, inmóviles, esperando trenes que nunca llegarían. La transmisión venía de los altavoces de megafonía, una grabación en bucle desde el primer día, repitiéndose para un público de muertos.

Me quedé mirando. Hacían cola. Esperaban. Miraban al vacío con ojos vidriosos. Uno llevaba maletín. Otro sostenía un periódico que ya no podía leer. Un tercero tenía los auriculares puestos, conectados a un teléfono apagado.

Ana me tomó la mano. No dijo nada. No hacía falta.

Gordo se detuvo al otro lado del andén. Me di cuenta de algo que no había notado antes: estaba mirándolos con una expresión que no era miedo. Era reconocimiento. Gordo pasaba la mitad de su vida en salas de espera: la del médico, la del dentista, la de la cola del paro. Esperando sin saber qué esperaba.

—Venga —dijo Gordo, en voz baja—. Vámonos de aquí.

Era la primera vez que Gordo sugería seguir adelante en vez de parar.

—Desvío —dijo Ana—. Por Chinatown.

Chinatown tenía calles estrechas que canalizaban a los zombis, haciéndolos más fáciles de evitar. Nos metimos en la cocina de un restaurante que olía a aceite de sésamo y a abandono reciente. Encontré un wok. Lo levanté.

—¿Un wok? —dijo Ana.

—Es lo que hay.

Gordo encontró un cuchillo de carnicero. Lo sujetó con el brazo extendido, tan lejos de su cuerpo como sus brazos le permitían. Ana encontró cuchillos profesionales y los guardó en su mochila con la naturalidad de alguien que ha organizado kits de supervivencia en sueños.

Entonces encontramos a Benny.

Diecinueve años. Cara de niño asustado. Uniforme de repartidor. Llevaba dos días escondido en la cámara frigorífica, comiendo dim sum congelado. Medio congelado pero vivo. Su scooter estaba aparcado fuera.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunté.

—Dos días. Estaba haciendo una entrega cuando empezó todo.

—¿Y no notaste que el mundo se acababa?

—Estaba viendo una película. Pensé que los gritos eran parte de la trama.

Lo miré. Diecinueve años. Viendo películas mientras el mundo ardía.

Benny sacó un bote de pintura en espray de su bolsa.

—¿Llevas pintura en espray?

—Iba a hacer grafiti. No me juzgues.

Benny no era solo un cliché de chico perdido. Mientras caminábamos, me contó cosas. Su madre vivía en Birmingham. No la había llamado en dos meses antes del apocalipsis. —Siempre pensé que había tiempo. —Me miró—. ¿Tú también pensabas eso?

No respondí. No necesitaba hacerlo.

El scooter solo llevaba a dos. Ana propuso que alguien fuera por delante a encontrar una ruta despejada.

—No tengo carnet —dije.

—Nadie tiene carnet ya —dijo mamá—. La sociedad se ha acabado. —Pausa—. Pero usa los espejos.

Me subí al scooter. Benny detrás. Ana nos miró con la expresión de alguien que sabe que está enviando a dos idiotas hacia el peligro pero no tiene alternativas.

—Busca un camino al pub —dijo.

Giré la llave. El motor tosió y cobró vida.

Y desde el extremo de la calle llegó un sonido que ya había aprendido a temer: un rugido. Cien voces fundidas en una sola. Una horda moviéndose más rápido que cualquiera que hubiéramos visto.

Capítulo 8 - La Ruta Panorámica

No hay nada en el mundo más aterrador que conducir un scooter por un apocalipsis zombi con un adolescente gritando direcciones en tu oreja.

—¡IZQUIERDA! —chilló Benny.

Giré a la izquierda. Un zombi apareció de la nada. Lo esquivé. El retrovisor arrancó contra un coche aparcado y salió volando.

—¡No, espera, DERECHA! ¡PERDÓN!

Giré a la derecha. Otro zombi. Este llevaba una bolsa de supermercado y caminaba con la determinación de alguien que ha olvidado qué iba a comprar pero sigue andando por costumbre. Lo esquivé por centímetros.

—¡Benny! ¡Decide una dirección!

—¡Es difícil cuando todo parece IGUAL y también hay ZOMBIS!

Zigzagueamos entre coches abandonados, autobuses volcados y farolas que parecían empeñadas en aparecer exactamente donde yo intentaba ir. El viento nos golpeaba la cara. Benny se agarraba a mi cintura con una fuerza que probablemente me dejaría moratones durante semanas.

Pasamos por delante de un colegio. Las puertas abiertas, el patio vacío, los columpios moviéndose solos con la brisa. Un cuaderno escolar en el suelo, abierto en una página con dibujos de casas con chimeneas y soles sonrientes. Benny miró. Yo miré. Ninguno dijo nada.

—¿Qué hacías antes de esto? —le pregunté, intentando distraerme del hecho de que acababa de pasar tan cerca de un buzón que prácticamente le había enviado una carta.

—Repartos. Videojuegos. Ya sabes.

Sí. Sabía. Benny era yo a los diecinueve. Las mismas respuestas, la misma falta de plan, el mismo encogimiento de hombros ante la vida.

—¿Y tu madre? —pregunté.

El silencio de Benny duró cuatro calles. El motor del scooter llenaba el vacío entre nosotros.

—Está en Birmingham. No he hablado con ella en dos meses. —Se le quebró la voz—. Le prometí que la llamaría todos los domingos. Cumplí tres semanas. Luego dejé de llamar porque… no sé. Porque era más fácil no pensar en ello. Porque cada vez que hablábamos me preguntaba si estaba comiendo bien y si había encontrado algo mejor que los repartos, y yo no tenía respuestas, y no tener respuestas me hacía sentir… pequeño.

El scooter pasó sobre un bache y los dos saltamos diez centímetros del asiento.

—Hay un repetidor de telefonía en Croydon —dije—. Si llegamos al otro lado del río, quizás funcione. Quizás puedas llamarla.

Benny no respondió. Pero noté que se agarraba un poco más fuerte.

Llegamos al río. El Támesis se extendía ante nosotros, gris y ancho, bajo un cielo que no sabía que el mundo se había acabado y seguía siendo azul con nubes blancas. Desde aquí podía ver la zona norte. En algún lugar de ahí estaba el pub.

Los puentes estaban bloqueados: coches volcados, controles militares abandonados, zombis entre las barricadas. En el puente de Westminster, una fila de zombis caminaba de un lado a otro del carril central, ida y vuelta, ida y vuelta, con la disciplina absurda de guardias ceremoniales que han olvidado qué protegen.

Dimos la vuelta. Encontramos una ruta por calles secundarias: estrechas, sinuosas, pero despejadas. Benny sacó el bote de pintura en espray y marcó la ruta con flechas naranjas en las paredes. Un rastro para que los demás nos siguieran. Era meticuloso, casi artístico. Las flechas eran limpias, precisas, con una fluidez que sugería que Benny llevaba años practicando grafiti y nunca lo había admitido.

—Bonitas flechas —dije.

—Gracias. Iba a ser artista.

—¿Qué pasó?

—No pasó nada. Ese fue el problema.

Mientras tanto, el grupo principal avanzaba por las calles siguiendo las flechas. Ana al frente. Mamá imperturbable, criticando el estado del barrio. Fernando maullando desde el transportín con la indignación de un pasajero de primera clase al que han puesto en turista. Gordo cargaba con el carrito de álbumes y se quejaba de cada paso pero no lo soltaba. Cerca de un parque, mamá despachó a un zombi con su bolso. Un golpe seco.

—Estaba bloqueando la acera —explicó.

En el scooter, llamé al pub. Pilar contestó.

—¿Cómo están las cosas? —pregunté.

—Igual. Derek y Martin y los Thomson siguen en la barra.

Algo en su voz. No sarcasmo. Algo más pesado.

—¿Pilar?

—Ven ya, Marcos.

Colgó. Y la forma en que colgó, sin despedida, sin comentario seco, sin ninguna de las cosas que hacían que Pilar fuera Pilar, me asustó más que cualquier zombi que hubiera visto.

Nos reunimos dos calles al sur del río. Todos vivos. Fernando furioso pero intacto. Mamá sin un pelo fuera de sitio.

—La ruta está despejada —dije—. Más o menos.

Ana miró al norte. Luego miró al cielo. El sol bajaba. Las sombras se alargaban sobre los edificios.

—¿Cómo se comportan de noche? —preguntó.

Nadie lo sabía.

—Entonces lo averiguaremos —dije.

Las farolas parpadearon y se apagaron. Todas. Cada luz de la calle se apagó en cadena, una tras otra, hasta que la oscuridad nos tragó enteros.

Y en la oscuridad, desde todas las direcciones, los gemidos se hicieron más fuertes.

Capítulo 9 - Marcha Nocturna

Regla número uno para sobrevivir al apocalipsis zombi de noche: silencio. Rompimos esta regla inmediatamente. Gordo pisó la cola de Fernando.

El maullido del gato cortó la oscuridad. Gordo gritó. Fernando bufó. Mamá dijo «cuidado con el gato» con un tono que dejaba claro que la vida de Fernando tenía considerablemente más valor que la de Gordo.

Oscuridad total. Linternas de los móviles, con la batería justa para hacernos sentir exactamente lo vulnerables que éramos. Cada charco de luz revelaba tres metros de calle y dejaba el resto del mundo en negro.

—Comunicación por señas —susurré, haciendo gestos.

—Marcos, nadie puede ver tus manos —dijo Ana—. Está oscuro.

—Ah. Verdad.

Los zombis nocturnos eran igual de lentos, pero reaccionaban exclusivamente al sonido. Sin luz, sin vista. Solo oído. Necesitábamos silencio absoluto. Teníamos a Gordo, a Fernando, y al carrito de la compra de mamá, cuyas ruedas chirriaban con cada giro.

Caminé contra una farola.

—En mi defensa —susurré, frotándome la frente—, no estaba encendida.

Cruzamos un parque. La hierba amortiguaba los pasos. El aire olía a tierra mojada y a algo indefinible, algo que pertenecía a un mundo anterior. La verja chirrió al abrirla. Nos quedamos inmóviles diez segundos. Podía oír mi corazón. Podía oír a Gordo tragando saliva cada tres segundos, un sonido húmedo y rítmico que en otras circunstancias habría sido insoportable pero que ahora significaba que seguía vivo.

Entonces Fernando bufó y un zombi a tres metros gimió en respuesta.

Corrimos.

Corrimos por calles oscuras. Yo era el más lento porque mis piernas habían pasado seis años levantándose del sofá al pub y del pub al sofá. Ana me tiraba del brazo. Gordo, de alguna manera, nos adelantó a todos: el miedo es el mejor entrenador personal. Benny corría en zigzag, tropezando con bordillos invisibles. Mamá caminaba a su ritmo. Los zombis no la alcanzaron. Ella era demasiado digna para ser devorada.

Y mientras corría en la negrura, incapaz de ver nada, algo cambió. Podía oír a todos. La respiración acelerada de Gordo. Los pasos firmes de mamá, constantes. Las instrucciones susurradas de Ana, calmadas incluso en la carrera. El tarareo nervioso de Benny, algo que sonaba a una canción pop filtrada por el terror.

Los conocía por sus sonidos. Cada uno de ellos era distinto, reconocible, irremplazable.

La calle giró. Y ahí estaba.

El Dusty Fox. Mi pub. Ventanas tapiadas con tablones. La luz del generador filtrándose por las rendijas. Un cartel en la puerta: CERRADO POR EVENTO PRIVADO.

Golpeé la puerta. Tres veces. El ritmo que siempre usaba.

Se abrió. Pilar. Bate de críquet en mano, delantal puesto.

—Tenéis un aspecto terrible. Pondré el hervidor.

Entramos. El generador zumbaba. El suelo se pegaba a las suelas. Olía a lúpulo, a cera para madera y a décadas de historias derramadas entre estas paredes.

Fernando saltó del transportín, aterrizó en la barra y se sentó. Mamá empezó a organizar. Gordo se dejó caer en un reservado.

Sentados en la barra, en sus taburetes, con sus pintas, estaban Derek, Martin y los tres Thomson: los clientes habituales.

Nos miraron. Los miramos.

—Buenas noches —dijo Derek, y se giró hacia la televisión.

La televisión mostraba estática. No parecía importarle.

Miré a Pilar. Ella me devolvió la mirada. Y sentí algo frío. Porque reconocí a esos hombres. No sus caras. Su postura. Sus ojos vidriosos. Su negativa a reconocer que algo había cambiado.

Derek levantó su pinta. Dio un sorbo. La bajó. No había parpadeado en varios minutos.

—Pilar —dije, despacio.

—¿Cuánto tiempo llevan así?

—Desde el principio.

—¿Y han estado… normales?

Pilar sacó un vaso limpio del estante y empezó a secarlo con un trapo. Lo hizo despacio. Lo hizo como si fuera lo único que le quedaba por hacer en el mundo.

—Define normal —dijo.

La cabeza de Derek se giró hacia mí. Despacio. Demasiado despacio. Y sonrió. Pero no con los ojos.

Capítulo 10 - Fortaleza Dusty Fox

Quiero que conste: yo no grité. Hice un ruido. Un ruido sorprendido. Fue masculino y controlado. Gordo gritó. Que quede claro quién gritó.

A la mañana siguiente, los habituales estaban peor. Martin caminaba contra las paredes, rebotando y volviendo a caminar contra ellas. Uno de los Thomson intentaba comerse un posavasos. Derek seguía con el periódico de ayer, pero boca abajo.

Ana los examinó. Profesional, calmada, linterna en una mano, guantes de látex en la otra. Infección lenta. Mordeduras pequeñas del primer día, escondidas bajo mangas y cuellos de camisa. Les quedaban veinticuatro horas.

—No hay tratamiento —dijo Ana.

—Podemos ayudarlos —dije.

—No podemos. No médicamente.

—Podemos ponerlos fuera —sugirió Gordo, desde la otra esquina del pub.

—Eso es inhumano —dijo mamá.

Pilar estaba detrás de la barra. Ella lo sabía desde el segundo día. Se había quedado igualmente. No por lealtad al pub. Por lealtad a los hombres que llevaban veinte años sentándose en sus taburetes. Eso lo entendí después.

Fui a hablar con Derek. Estaba en su taburete, manos planas sobre la barra, mirada fija. Pero cuando me senté a su lado, algo volvió a sus ojos. Un momento de lucidez.

—Derek.

—Marcos. —Su voz sonaba lejana—. ¿Me puedes hacer un favor?

—Claro.

—En mi cartera hay una foto. Mi hija. Se llama Claire. Vive en Escocia. —Hizo una pausa larga—. Quiero que la llames, si alguna vez puedes. Dile que estuve aquí hasta el final. Dile que no me moví.

Tragué saliva.

—Derek, eso no es…

—No me digas que no es el final. Los dos sabemos qué es.

Se subió la manga. La mordedura era pequeña, morada, con los bordes negros extendiéndose por la piel.

—Me he sentado en este pub todos los días durante veinte años, hijo. No me voy a ir ahora.

Era gracioso. Y era devastador. Y era las dos cosas al mismo tiempo.

Mientras tanto, la fortificación del pub fue un espectáculo. Tapiamos ventanas. Yo me clavé la manga a un tablón con un clavo y estuve pegado a la ventana cuarenta minutos hasta que Ana me liberó cortando la tela de mi chaqueta. La cremallera rota, los agujeros multiplicándose. Pero no me la quitaba.

Gordo se dejó caer una mesa en el pie y aulló. Benny se ofreció a crear un punto de vigilancia en el tejado, subió tres escalones, miró abajo, y decidió que su contribución sería «apoyo moral desde el primer piso».

Ana montó una estación médica. Inventarió los suministros, los etiquetó. Ella y Pilar conectaron inmediatamente: dos mujeres competentes navegando el desastre.

Mamá se apoderó de la cocina. Esa noche, cocinó con Ana. Desde la barra, las oí hablar. Mamá le mostraba las fotos del álbum que había arrastrado por medio Londres.

—Este es Marcos a los cinco años —dijo mamá—. Mira esa sonrisa. Antes de que descubriera que la vida era más fácil si no intentabas nada.

—Es mejor de lo que cree —dijo Ana.

—Lo sé —dijo mamá—. Su padre también lo era. Tardó treinta años en descubrirlo. No le queda tanto.

Fingí que no lo había escuchado.

Intentamos poner en cuarentena a los habituales. Martin se resistió: —¡No podéis ponerme en cuarentena! ¡Esto es exactamente lo que quiere el gobierno! —Se estaba transformando y sus teorías conspirativas se volvían MÁS elaboradas. Los zombis eran «drones biológicos». Las mordeduras eran «activación del 5G».

Los Thomson entraron sin protestar. Se sentaron juntos, en silencio, todavía bebiendo. Gordo les llevaba la comida deslizando bandejas por debajo de la puerta con un palo de fregona. Uno de los Thomson deslizó una propina de vuelta. Dos libras.

La radio detrás de la barra crepitó: «Protocolo de contención fase dos iniciándose en setenta y dos horas».

—¿Ves? —dije—. Vienen a buscarnos en tres días.

—Eso no es lo que significa «contención» —dijo Pilar.

—¿Cómo?

—Nada. Tómate una cerveza.

Esa noche, cerré la puerta de la trastienda con llave. Cinco hombres dentro. Puse la oreja contra la madera. Nada. Luego un sonido. No un gemido. Una risa. La risa de Derek.

—¿Sabes lo gracioso, hijo?

—¿Qué?

—Me siento más vivo ahora que en los últimos veinte años.

Luego la risa se detuvo. Y los gemidos empezaron.

Capítulo 11 - El Espejo

Los habituales se transformaron a las 3:47 de la madrugada. Sé la hora exacta porque Pilar miró su reloj. Estaba detrás de la barra, un vaso limpio en una mano, el trapo en la otra. Escuchó los gemidos empezar. Bajó el vaso. Dobló el trapo. Lo dejó en la barra con una precisión que dolía de mirar.

—Última ronda —dijo, y cerró el pestillo de la trastienda.

La puerta tembló. Arrastres. Los habituales se habían convertido.

Organicé al grupo: muebles contra la puerta, todos en alerta. Gordo movió el sofá. Benny apiló sillas. Mamá supervisó con los brazos cruzados y una expresión que sugería que los zombis estaban mostrando una falta de educación imperdonable.

Cuando el ruido se calmó, los arañazos contra la puerta asentándose en un ritmo regular, me senté en la barra. Solo. Las luces del generador hacían que todo pareciera amarillo y antiguo, una fotografía de algo que ya había terminado.

Miré a mi alrededor. Mi pub. Los suelos que hacían un sonido húmedo con cada paso. El techo con manchas de humedad que formaban un mapa de ninguna parte. La diana sin los treses. Las paredes de madera oscura arañadas con décadas de iniciales de personas que probablemente ya no recordaban por qué las habían tallado. Detrás de la barra, una fila de botellas a medio llenar, cada una con una historia que nadie iba a terminar de contar.

Ana me encontró mirando la nada. Se sentó a mi lado. El sonido de los habituales arañando la puerta llenaba el silencio entre nosotros.

—Este es el pub que querías salvar —dijo finalmente.

—Es diferente ahora.

—¿Lo es? ¿O eres tú?

Pausa. Larga. El tipo de pausa que no se puede llenar con una broma.

—Llevo meses preguntándote qué quieres de tu vida —continuó, y su voz tenía la precisión de un bisturí—. Y seguías diciendo que no lo sabías. Creo que sí lo sabías. Querías esto. Este taburete. Esta cerveza. Y te aterrorizaba admitirlo.

No respondí. La respuesta era sí. Decir sí en voz alta habría sido reconocer que llevaba seis años voluntariamente dormido.

Me levanté del taburete. Un movimiento pequeño. Unos centímetros. El taburete chirrió contra el suelo. Un sonido que había escuchado mil veces. Pero esta vez fue diferente porque era la última.

—El pub es la base. No el destino. Nos quedamos porque es defendible. Pero no vamos a morir aquí.

Pilar dejó el trapo que tenía en las manos. Asintió.

Organicé la estrategia: barricada permanente para la trastienda, racionamiento estricto de comida y agua, turnos de vigilancia en el tejado, mapa de rutas de escape. Mis planes seguían teniendo fallos que Ana identificaba antes de que yo terminara de explicarlos. Pero ahora los fallos servían de algo: cada corrección de Ana mejoraba el plan. Hacíamos equipo. Siempre lo habíamos hecho. Yo no lo había visto porque no estaba prestando atención.

Desde el tejado, Benny vio a otro grupo de supervivientes tres calles al norte. Equipo táctico. Parecían competentes.

Pero antes de contactar con ellos, Gordo vino a buscarme. Se sentó a mi lado en el tejado, las piernas colgando por el borde, una cerveza en cada mano. Me dio una. Bebimos. El cielo estaba nublado y bajo, del color del hormigón mojado.

—He estado pensando —dijo.

—Eso es nuevo.

—Cállate. He estado pensando en que llevo seis años siguiéndote. Al pub. A tu sofá. A ningún sitio. Y tú llevas seis años dejándome.

—Gordo…

—No. Escucha. Te seguía porque era más fácil que decidir qué hacer con mi vida. Tú eras la excusa perfecta. «Marcos quiere ir al pub». «Marcos quiere quedarse en casa». Pero la verdad es que yo también quería esas cosas. Tenía tanto miedo de salir como tú. Más, probablemente.

Gordo, que no había dicho nada serio en los seis años que lo conocía, me estaba diciendo todo esto mientras agarraba la cerveza con las dos manos y le temblaba la barbilla.

—Mi padre era igual —dijo, tan bajo que casi no lo oí—. Mismo sofá, misma tele, mismo silencio. Se murió en ese sofá. Solo. Yo lo encontré tres días después porque no lo había llamado en una semana.

No sabía eso. Seis años de amistad y no sabía eso. Porque nunca había preguntado. Porque preguntar significaba escuchar, y escuchar significaba sentir, y sentir significaba estar despierto.

—Quiero ser útil, Marcos. Dime cómo.

—Puedes empezar por bajar del tejado sin gritar.

—No prometo nada.

Me desperté con la luz del sol entrando por las ventanas tapiadas en finas rayas doradas. Ana dormía a mi lado. Gordo roncaba en un reservado. Mamá había hecho una cama sobre la mesa de billar, con Fernando acurrucado a sus pies.

Entonces Benny bajó las escaleras del tejado como una avalancha.

—¡Marcos! ¡MARCOS!

Su cara estaba blanca.

—Hay gente fuera. Gente viva. Tienen armas y creo que quieren el pub.

Capítulo 12 - Los Profesionales

El hombre en la puerta llevaba equipo táctico completo: chaleco antibalas, casco, gafas de visión nocturna sobre la frente. Tenía un rifle colgado del hombro y un walkie-talkie en el cinturón. Miró nuestro pub. Miró nuestra barricada de sillas y la diana de dardos. Miró al gato sentado en la barra.

—¿Esta es su posición defensiva? —preguntó.

—Sí. También tenemos dardos.

El Capitán Ruiz se presentó con la seriedad de un general inspeccionando el frente. Descubriríamos después que era guardia de seguridad de un aparcamiento que se había comprometido completamente con la estética militar. Pero en ese momento, con el chaleco y el rifle y la voz de mando, imponía. Yo estaba en pijama y zapatillas y tenía kétchup en la manga.

Su equipo: cinco personas con equipo táctico a juego, todos llamándole «Capitán» a pesar de que no tenía ningún rango real. Se comunicaban con señales de mano y respondían a todo con «recibido». Uno de ellos, un hombre nervioso con bigote, repetía «recibido» cada cuatro segundos incluso cuando nadie le hablaba, como un tic de supervivencia.

—Propongo reubicar al grupo al Tesco Express a tres calles —declaró Ruiz—. Posición más estratégica.

—El Tesco tiene paredes de cristal —señalé.

—Transparencia táctica. Puedes ver las amenazas acercarse.

—Y las amenazas pueden verte a ti —dijo Ana.

—Esa es la belleza de la visibilidad mutuamente asegurada.

Silencio. Fernando maulló. Era el comentario más apropiado de la mañana.

El choque de estilos fue inmediato y total. Ruiz ladraba órdenes; su equipo respondía con «recibido» y señales de mano. Yo sugería cosas y Gordo decía «yo no quiero hacer eso». Ambos métodos tenían exactamente la misma tasa de éxito: cercana a cero.

Ruiz intentó inventariar las provisiones de Pilar. Pilar le dirigió una mirada que podría haber detenido un tren. Ruiz retrocedió dos pasos. Literal.

—La mirada de esas mujeres debería ser clasificada como armamento —murmuró a uno de sus hombres.

—Recibido —dijo el hombre, con los ojos muy abiertos.

Compromiso: el equipo de Ruiz podía quedarse, pero mi grupo manejaba el pub. Su equipo empezó a «asegurar el perímetro» con cinta roja alrededor del edificio. La cinta no detenía zombis. No detenía nada. Pero Ruiz la contemplaba con la satisfacción de un artista ante su obra.

Benny conectó con Sofía, una mujer de veintiún años del equipo de Ruiz. Pelo recogido en una cola de caballo, mirada que pedía permiso para existir. Se había unido al grupo porque Ruiz era la única persona viva que había encontrado el primer día. Nadie más la había buscado. Nadie más la había visto. Le susurró a Benny durante la cena —latas de alubias comidas con cucharas de postre porque todas las cucharas grandes habían sido requisadas por Ruiz para «uso táctico»:

—No tiene ni idea de lo que hace. Ninguno la tiene. No queríamos estar solos.

Benny me lo contó después. Y algo se movió en mi cerebro. Gordo me seguía por la misma razón. No porque mis planes fueran buenos. Porque tener a alguien a quien seguir importa más que la calidad del plan.

Pero Ruiz tenía algo que yo no: disciplina. Aquella noche, apostó guardias. Su gente recorrió el perímetro con linternas y walkie-talkies. Era, tenía que admitirlo, más organizado que cualquier cosa que yo hubiera logrado. Estaba empezando a respetarlo cuando me encontró en la barra, mirando la televisión apagada.

—¿Qué miras? —preguntó.

—La nada.

—Ah. —Se sentó a mi lado—. Yo miraba cámaras de vigilancia doce horas al día. Aparcamientos vacíos. Nada pasaba. Catorce años de nada. Y cuando por fin pasó algo, resulta que es el fin del mundo. —Hizo girar un posavasos entre los dedos—. ¿Sabes lo peor? Que estoy más vivo ahora que en catorce años vigilando coches.

Era exactamente lo que Derek había dicho antes de transformarse. No se lo dije a Ruiz.

El primer guardia volvió corriendo.

—Capitán. Hay algo al final de la calle.

—¿Zombis?

—No, señor. Supervivientes. Muchos. Y no caminan. Están corriendo.

El pub se quedó en silencio. Fernando dejó de lamerse la pata. Gordo se quedó con la boca abierta y un trozo de pan asomando.

Corriendo.

Hasta ahora, los zombis arrastraban los pies. Se chocaban con cosas. Si estaban corriendo, toda nuestra ventaja —ser ligeramente más rápidos que algo ligeramente más lento que nosotros— se evaporaba.

—¿Zombis rápidos? —susurró Gordo, con un terror que superaba incluso su miedo a las palomas.

Subí al tejado. Ruiz me siguió. Nos asomamos al borde.

Al final de la calle, figuras se movían en la oscuridad. Rápidas. Desesperadas. Y detrás de ellas, algo más grande. Algo que hacía temblar el suelo.

Capítulo 13 - Los Profesionales

Buenas noticias: las cosas que corrían no eran zombis rápidos. Eran humanos aterrorizados huyendo de algo. Malas noticias: ese algo estaba justo detrás de ellos.

Un grupo de veinte supervivientes llegó por la calle, gritando, tropezándose. Detrás: la horda más grande que habíamos visto. Cientos. El sonido era ensordecedor, un gemido colectivo, coral, como si la ciudad entera se quejara en armonía.

Abrí las puertas del pub.

—¡Adentro! ¡TODOS!

Ruiz se opuso: —Debemos mantener el perímetro.

Lo ignoré. Pilar ayudó a entrar a la gente. Mamá dirigió el tráfico desde la barra. En minutos, el pub pasó de seis a más de treinta personas. Niños llorando, adultos temblando, una anciana que se negaba a soltar su paraguas.

Entre ellos, una mujer de setenta y cuatro años con la espalda recta y los ojos de alguien que ha evaluado la situación y la ha encontrado insuficiente. Se llamaba Teresa. Había sido profesora de educación física durante cuarenta años.

—¿Quién está al mando? —preguntó, mirando alrededor con la autoridad de alguien acostumbrada a que treinta adolescentes obedezcan al sonido de un silbato.

—Más o menos yo —dije.

—Más o menos. Fantástico. —Se remangó—. ¿Dónde me necesitas?

—¿Sabe pelear?

—He perseguido a niños toda mi vida. Los zombis no son ni un desafío. Los niños muerden más fuerte.

Teresa ocupó el tejado antes de que nadie se lo pidiera. Llevaba prismáticos en el bolso. —Siempre los llevo. Nunca sabes cuándo vas a necesitar ver algo que está lejos. La eficiencia con la que se apropió del tejado hizo que Ruiz pareciera un aficionado con disfraz.

Ruiz declaró que esto era «el escenario para el que me preparé» e inició su plan de defensa: enviar a su equipo al tejado con barricadas. Uno se cayó del tejado en menos de cuatro minutos. Aterrizó en un toldo. Teresa lo miró desde arriba con la expresión de una profesora observando a un alumno que acaba de caer del potro.

La horda golpeó el pub. Las ventanas crujieron. Las puertas temblaron. El edificio resistió, pero el ruido era insoportable. Cientos de manos golpeando.

Mi contraplan: usar la máquina de karaoke de Pilar para emitir música desde el altavoz del tejado, atrayendo a los zombis hacia el callejón trasero, un callejón sin salida.

Simple. Estúpido. Funcionó parcialmente. La mitad de la horda se redirigió hacia el callejón siguiendo «Livin' on a Prayer» de Bon Jovi.

La defensa: yo con el bate de críquet, golpeando sin precisión. Gordo con la pata de una silla, balanceándola con los ojos cerrados. Benny con un extintor, rociando espuma sobre zombis y humanos por igual. Mamá sobre la barra, dirigiendo: —Gordo, a la izquierda. No, tu OTRA izquierda. Marcos, agáchate.

El equipo de Ruiz intentó «establecer un perímetro secundario». Su cinta roja se enredó en las piernas de todos. Uno gritó «¡posición comprometida!» mientras resbalaba en espuma de extintor.

La horda se dispersó. El pub estaba dañado pero en pie. Todos vivos.

Después, Ruiz se sentó solo en la barra. Le llevé una cerveza.

—Tu plan no era malo —mentí.

—Sí lo era. —Hizo girar el vaso entre sus manos—. Era guardia de aparcamiento. Catorce años vigilando coches. ¿Sabes lo que aprendes vigilando coches catorce años?

—¿Dónde aparcar?

—Aprendes que la gente quiere que alguien les diga qué hacer. Da igual si sabes o no. El uniforme basta. —Bebió—. No tengo ni idea de lo que hago, Marcos. Pero dejar de fingir me da más miedo que los zombis.

Era la confesión más honesta que había escuchado en días. Y venía del hombre con el chaleco antibalas y las señales de mano.

—Nadie tiene ni idea —dije—. Pero tus guardias funcionan. Tu disciplina funciona. Eso vale algo.

Ruiz me miró un momento largo.

—¿Sabes qué necesitamos? —dijo—. Que alguien tome decisiones por las razones correctas. Yo las tomo por miedo. Tú las tomas porque te importa la gente. Eso es diferente.

Treinta y dos personas. Un gato. Una máquina de karaoke que no podíamos apagar. Todos me miraban.

—Bien —dije—. Esto es lo que vamos a hacer.

No tenía absolutamente ninguna idea de qué venía después de esa frase.

Desde fuera, apenas audible sobre Bon Jovi, llegó el sonido de pasos. No del tipo que arrastra los pies. Del tipo que marcha. Organizados. Acercándose.

Capítulo 14 - La Horda

Los pasos no eran zombis. Eran militares. Tres soldados, los primeros que veíamos en persona, patrullando la calle con una eficiencia que hacía que el equipo de Ruiz pareciera un grupo de teatro aficionado.

Se detuvieron frente al pub. El líder, una mujer con el pelo cortado al rape y una voz que podría haber dado órdenes a un huracán, examinó nuestras barricadas.

—¿Cuántos hay dentro?

—Treinta y dos —dije—. Y un gato.

—Esto es zona de contención. Deberían haberse evacuado hace dos días.

—No nos llegó el memorándum.

Me miró sin humor. Los militares no tenían humor. Habían perdido el humor en algún punto entre «apocalipsis» y «protocolo».

—La evacuación oficial ha terminado —dijo—. Lo que viene ahora es contención.

—¿Qué significa contención exactamente?

No respondió. Se fueron. Tres soldados caminando por una calle de Londres a las seis de la mañana, y la forma en que no respondió a mi pregunta fue peor que cualquier respuesta que pudiera haber dado.

Pilar me esperaba en la barra.

—¿Has oído lo que dijo?

—Sí.

—«Contención» no es rescate, Marcos. Contención es…

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

Me miró con una intensidad que atravesaba la barra. Pilar había sobrevivido a dos maridos, una bancarrota, una inundación de 2003 que destruyó el sótano del pub, y treinta y cinco años sirviendo cerveza a personas que no sabían distinguir una lager de una ale. Sabía cuándo alguien estaba mintiendo. Especialmente yo.

—No —admití—. No lo sé. ¿Qué es?

—Destrucción. Van a destruir todo en un perímetro. Nosotros estamos dentro del perímetro.

Silencio. El tipo de silencio que tiene masa, que presiona los hombros hacia abajo.

El pub necesitaba suministros. Teníamos treinta y dos bocas y provisiones para día y medio. Organicé una expedición: Gordo, Benny, Ruiz, Teresa y yo.

Plan: usar los túneles del sótano. Pilar conocía una entrada en el edificio de al lado. El túnel conectaba con la estación más cercana a un supermercado.

Bajamos a los túneles. Ladrillo victoriano, techo abovedado, agua hasta los tobillos. Oscuridad total excepto por las linternas.

Yo iba delante. Gordo detrás, pisándome los talones. Ruiz cubría la retaguardia con seriedad. Teresa caminaba como si fuera un paseo campestre. Benny tropezaba con todo.

—Silencio —susurré.

—Estoy siendo silencioso —dijo Gordo.

—Tu respiración suena como una aspiradora.

Los túneles del metro: rieles oxidados, paredes de azulejo agrietadas, y el anuncio automático resonando: «Pedimos disculpas por el retraso en su servicio».

Un grupo de zombis en un andén. Todavía «esperando». Pasamos de puntillas. Teresa les echó un vistazo evaluador. Entonces sonó la alarma del móvil de Gordo. La sintonía de Match of the Day. Cada zombi giró la cabeza.

Corrimos. En los túneles estrechos no podían organizarse. Uno se quedó atrapado entre la pared y una máquina expendedora.

El supermercado estaba arriba, accesible por una salida de emergencia. Mayormente intacto pero oscuro. Pasillos de estantes, algunos volcados. Cogimos carritos.

Ruiz tenía una lista. Real, escrita a mano, categorizada por tipo de alimento.

—Impresionante —admití.

—Gracias. También hice una de productos de higiene.

Yo tiré patatas fritas al carrito. Gordo se quedó atrapado en los congelados porque la puerta se cerró y no encontraba el tirador. Lo rescatamos después de cuatro minutos de golpes: —¡ESTOY AQUÍ! ¡HACE FRÍO!

En el pasillo de las tarjetas, me detuve. Cumpleaños, aniversarios, bodas. Cogí una. Era el cumpleaños de Ana la semana que viene. «¡Feliz 5º Cumpleaños!» con un dinosaurio. Era la única que quedaba. Me la guardé en el bolsillo.

Teresa me vio. No dijo nada. Solo asintió.

De vuelta a los túneles. Más zombis. Una secuencia tensa empujando carritos por túneles estrechos. El carrito de Ruiz chirriaba. El mío se desviaba a la izquierda, golpeando la pared cada tres metros. Teresa lanzó una lata de alubias por el túnel; rebotó con un eco metálico y los zombis la siguieron.

Llegamos al pub. Treinta y dos personas aplaudieron.

—Marcos —me dijo Teresa mientras descargábamos—. Me recuerdas a mis alumnos. Los que hacían el payaso porque estaban aterrados de intentarlo de verdad.

Desvié su comentario con una broma.

—No he terminado —dijo—. Esos alumnos se convertían en los mejores adultos. Pero solo si dejaban de esconderse.

Esa noche, la radio crepitó. No la transmisión militar en bucle. Una frecuencia diferente. Una voz humana, en pánico:

—¿Hay alguien ahí? Esto es la Barrera del Támesis. Tenemos barcos. Tenemos una salida. Pero la horda viene y no podemos solos. Si alguien puede oír esto… estamos en el río.

La señal se cortó.

El pub miraba la radio. Luego me miraban.

Ana me cogió la mano debajo de la barra. Apretó una vez. Quería decir: «Sé lo que estás pensando. Y estoy contigo».

Capítulo 15 - Transmisión

He aprendido algo sobre el liderazgo durante el apocalipsis: no importa lo que sugieras, la mitad de la sala piensa que eres un genio y la otra mitad piensa que vas a conseguir que los maten. La segunda mitad generalmente tiene razón. La primera mitad es Gordo.

La llamada de radio dividió al grupo. La mitad quería quedarse. La mitad quería llegar al río. Yo quería responder a la llamada de auxilio.

—Pidieron ayuda —dije—. Podemos ayudar.

Ruiz se opuso: —Tenemos una posición defendible. ¿Por qué dejarla por una voz en una radio?

No se equivocaba. Su fracaso anterior lo había vuelto cauteloso en vez de imprudente. Eso era progreso.

Ana propuso enviar un equipo de reconocimiento al río. Si los barcos eran reales, teníamos una ruta de escape.

El equipo: Ana, Benny, yo y Gordo. Gordo protestó. Mamá le dirigió una mirada. Gordo fue.

Teresa nos despidió desde el tejado con los prismáticos. —Os estaré vigilando mientras pueda veros. Después estaréis solos. Intentad no hacer el ridículo.

Nos movimos por calles laterales de noche. Sin slapstick. Comunicación en susurros. Cada sombra examinada. Ana iba delante con la linterna baja. Gordo, por una vez, no hacía ruido.

Las calles estaban peor. Lo que antes eran grupos dispersos ahora eran masas. Los zombis se agrupaban en las esquinas, en los cruces, en los parques, como si algún instinto residual los empujara a los mismos lugares donde los vivos solían congregarse. Un pub con las ventanas rotas tenía una docena dentro, sentados en taburetes, mirando una televisión apagada.

Benny iba pegado a mi espalda.

—Marcos, ¿crees que esto va a funcionar?

—Define «funcionar».

—Que no muramos.

—Probablemente.

—¿Probablemente?

—Gordo, dile que se calle.

—Yo no he dicho nada —susurró Gordo—. Por una vez.

Era verdad. Gordo estaba callado. Una versión de sí mismo que había aprendido que el volumen y la supervivencia eran inversamente proporcionales. Pero no solo eso. Desde la conversación en el tejado, algo había cambiado. Se movía con intención. Vigilaba las esquinas antes de que yo le pidiera que lo hiciera. Quería ser útil, y lo estaba intentando, torpemente, con la dedicación de alguien que ha descubierto una razón para intentar.

Vimos el río. El Támesis, negro bajo un cielo que empezaba a clarear. Y en el agua, un barco. Uno solo. Pequeño.

El hombre del barco: solo, desesperado. Su «flotilla» siempre había sido él. Intentó acercarse. Calculó mal la corriente. Se estrelló contra el pilar del puente. El barco se dañó pero no se hundió.

Lo siguiente no fue parte de ningún plan. No fue cómico. No fue estúpido.

Me metí en el Támesis.

El agua estaba helada. Enero en Londres, río arriba, cuatro de la mañana. Cada centímetro de mi cuerpo protestó. El frío era mil agujas presionando cada nervio.

Llegué al barco. El hombre, Esteban, estaba medio inconsciente, sangrando de un corte en la cabeza. Lo agarré por las axilas. El agua me llegaba al pecho y cada paso era una negociación con la corriente.

Lo arrastré hasta la orilla. Ana estaba ahí antes de que pudiera parpadear, las manos moviéndose con eficiencia. Gordo vigilaba. Sin un sonido.

Esteban habló, delirante: los militares no venían a rescatar. «Contención» significaba destrucción. Iban a bombardear el distrito entero en cuarenta y ocho horas.

No procesé la información inmediatamente. Mi cerebro estaba ocupado temblando. Pero Pilar tenía razón. «Contención» no significaba lo que yo creía.

Benny se arrodilló junto a Esteban, le ofreció agua, le habló despacio. Me di cuenta de que Benny hacía algo que yo no: escuchaba. Realmente escuchaba. Mientras yo procesaba información para tomar decisiones, Benny procesaba personas para entenderlas. Era una habilidad que yo no tenía y que necesitaba más de lo que creía.

Miré al cielo. Estrellas. En Londres. Así es como sabes que el mundo se ha acabado: puedes ver las estrellas.

Entonces Benny me tocó el hombro.

—Marcos. —Señaló río arriba.

Cientos de formas oscuras contra el brillo de la luna. Moviéndose en el agua. No nadando. Caminando. La marea estaba baja. Caminaban por el lecho del río.

—¿Pueden nadar? —susurró Benny.

No lo sabía. Pero había más de los que había visto nunca.

Capítulo 16 - Cuarenta y Ocho Horas

Me puse delante de treinta y dos personas y les dije que teníamos cuarenta y ocho horas antes de que los militares destruyeran todo en un radio de dos kilómetros. Luego dije: —¿Alguien tiene preguntas?

Todo el mundo tenía preguntas.

—¿Están seguros?

—¿No pueden avisar antes?

—¿El seguro cubre bombardeo militar?

—¿Hay vegetales en las provisiones o solo patatas fritas?

Esa última era de Gordo.

Propuse un plan: túneles hasta el río, encontrar o construir barcos, cruzar antes del bombardeo. Ana señaló los zombis del lecho del río. Necesitábamos cruzar con la marea alta, cuando el agua fuera demasiado profunda para que caminaran. Solo caminaban por el fondo. Eso nos daba una ventana.

Gordo intentó construir una balsa con mesas del pub. La probó en el agua del sótano. Se hundió inmediatamente. Gordo se quedó de pie en treinta centímetros de agua mirando los restos.

—La madera estaba mojada —dijo.

—Gordo, la madera SIEMPRE estaba mojada. Eran mesas de bar.

Mamá empacó suministros con la precisión de alguien que siempre ha estado lista para exactamente esto. Organizó las latas por tamaño, las vendas por largo, las botellas de agua por fecha de caducidad, todo mientras Fernando dormía en su regazo.

Ruiz dibujaba diagramas. Ana hacía inventario. Sofía, que hasta ahora apenas había hablado, se acercó a Pilar detrás de la barra.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó en voz baja.

Pilar la miró. Sofía aguantó la mirada, lo cual era más de lo que la mayoría podía hacer.

—Coge un trapo —dijo Pilar.

Sofía secó vasos durante una hora. No habló. Pilar tampoco. Pero cuando terminaron, Pilar le sirvió una cerveza y la puso delante de ella con un gesto que significaba: estás dentro.

Subí al tejado con la tarjeta de cumpleaños que había comprado en el supermercado. Ana me encontró ahí. La noche era clara y fría.

Saqué la tarjeta. «¡Feliz 5º Cumpleaños!» con un dinosaurio vestido de fiesta.

Ana la miró. Se rio. Luego dejó de reírse. Luego me besó.

—Sigues siendo el peor planificador que he conocido —dijo.

—Pero vine.

—Sí. Viniste.

Nos quedamos sentados en el tejado de un pub durante el apocalipsis, mirando las estrellas que no deberían ser visibles pero lo eran. Abajo, Gordo discutía con Benny sobre cómo transportar a Fernando. Teresa organizaba las guardias nocturnas con más eficacia que Ruiz, lo cual Ruiz aceptó con una gracia que no le habría dado crédito hace dos días. Mamá organizaba. El mundo se había acabado y estas personas seguían siendo exactamente quienes eran, pero de alguna manera más.

La tarjeta de cumpleaños. Un gesto absurdo, comprado durante una misión en la que podría haber muerto.

Pilar me contó los detalles del túnel: desde el sótano del pub hasta la antigua cervecería en la orilla. Construidos para entregas de cerveza. Ladrillo sólido. Pero no los había revisado en años.

—¿Es nuestra mejor opción?

—Es nuestra única opción.

Ruiz vino a hablar conmigo en privado. No dijo «yo tomo el mando». Dijo:

—Quiero ayudar. Dime qué hacer.

—Mantén a la gente tranquila. Es el trabajo más difícil.

Asintió. Un guardia de aparcamiento tenía exactamente la habilidad necesaria: paciencia infinita y la capacidad de decir «todo está bajo control» con total convicción.

Teníamos un plan. Terrible. Treinta y dos personas, un gato, una trampilla, un túnel que podía no existir ya, y un cruce del río sincronizado con la marea.

—Esto es lo más estúpido que hemos intentado —dijo Ana.

—El listón está alto.

Las luces se apagaron. El generador tosió y murió. Oscuridad completa.

Y desde la trastienda, donde habíamos encerrado a los habituales, un crujido. La madera partiéndose.

—Esa —dijo Gordo, desde algún lugar en la oscuridad— era la última puerta.

Capítulo 17 - La Cerveza Más Oscura

Hay un momento en cada desastre en el que dejas de pensar y empiezas a reaccionar. Yo tuve ese momento. Mi reacción fue tropezar con Fernando y caer de bruces contra la barra.

Caos en la oscuridad. Los zombis de la trastienda salieron como invitados tardíos a la peor fiesta del mundo. Nadie veía dónde estaban. Gritos. Muebles cayendo. Fernando bufando con indignación monárquica.

Ana organizó a la gente hacia el extremo opuesto del pub con la linterna del móvil. Pilar agarró el bate de críquet. Mamá agarró a Fernando.

Me levanté del suelo, la cara sangrando por el impacto contra la barra.

La trampilla del sótano estaba bloqueada. Los escombros de la fortificación estaban apilados encima. Habíamos pasado días fortificando y accidentalmente habíamos barricado nuestra propia salida.

Mi plan de fortificación. Mis instrucciones. Yo bloqueé la salida.

Con los zombis sueltos y el sótano bloqueado, nos retiramos arriba. Amontonados, oscuros, treinta personas en un espacio para diez. Algunos heridos. Ana hacía triaje con la linterna entre los dientes.

Me senté en el suelo.

Ana vino. Estaba enfadada. No con los zombis.

—Necesitas arreglar esto.

—No puedo.

—PUEDES. Solo tienes que querer.

—¡Sí quiero!

—Entonces demuéstralo. Porque ahora mismo estás haciendo lo que siempre haces: te rindes antes de intentar de verdad.

Dolió. Más que la cara contra la barra. Más que el frío del Támesis.

Gordo se acercó en la oscuridad. Se sentó a mi lado. No dijo nada. Simplemente se quedó ahí, su presencia enorme y cálida y silenciosa, y era lo que necesitaba. No una solución. No una frase motivadora. Alguien que se quedara.

Después de un minuto:

—¿Sabes qué, Marcos? —dijo Gordo—. Me he pasado la vida huyendo de cosas. Tú también. Pero ya no hay adónde huir. Así que a lo mejor es hora de quedarnos y hacer algo.

Me levanté.

—Gordo, Ruiz: desbloquead la trampilla. Quitad los escombros mientras alguien mantiene a los zombis lejos.

—Pilar: prepara a todo el mundo para bajar a los túneles.

—Benny: sube al tejado y pon el karaoke. Atrae a los zombis hacia la parte delantera.

—Teresa: coordina. Tú sabes cómo mover a treinta personas en orden.

Teresa asintió. Sacó su silbato del bolsillo. Un silbato de educación física. Lo había llevado encima todo el apocalipsis. —Sabía que lo iba a necesitar.

Funcionó. Apenas. Gordo se dejó caer una silla en el pie. Benny casi se cayó del tejado. La máquina de karaoke empezó con «Livin' on a Prayer» por enésima vez.

Pero la trampilla se abrió. El túnel estaba ahí.

Teresa dirigió la evacuación con el silbato. Uno a uno, bajaron. Treinta y una personas, un gato, tragados por la oscuridad. Yo me quedé junto a la trampilla, contando cabezas.

Mi pub. Podía oírlos derribar taburetes, chocar contra la barra, gemir frente a la diana. El lugar donde había pasado seis años sin hacer nada.

Pilar fue la última antes que yo. Se detuvo en la trampilla y miró hacia arriba, hacia su barra.

—Es solo un edificio —dije.

Me miró. Treinta y cinco años. Cada mañana abriendo a las once. Cada noche cerrando a las doce. Navidades, cumpleaños, funerales, bodas celebradas entre esas paredes. Su primer marido le propuso matrimonio en esa barra. Su segundo marido se fue por esa puerta.

—Sí —dijo—. Es solo un edificio.

Bajó. Yo fui el último. Me quedé solo en el Dusty Fox. Arriba, los gemidos. Abajo, el túnel.

No era una decisión difícil. Ya no.

Entonces un retumbo desde el túnel. Profundo. Las paredes temblaban. Polvo cayendo del techo.

—¡MARCOS! —la voz de Ana—. ¡EL TÚNEL SE ESTÁ INUNDANDO!

Capítulo 18 - Bajo Tierra

El agua llegaba a las rodillas y subía. Oscuridad total excepto por cuatro linternas de teléfono. Treinta y dos personas, un gato, trescientos metros entre nosotros y el río.

—Que todo el mundo mantenga la calma —dije, con la voz menos calmada que he producido.

El túnel de la cervecería era un arco de ladrillo victoriano, lo bastante ancho para dos personas pero bajo. Gordo tenía que agacharse. Su espalda rozaba el techo, desprendiendo polvo que caía al agua.

Yo iba primero. Primera vez que iba delante, no detrás. Cada instinto me decía que dejara pasar a otro. Que alguien más liderara. Que me quedara al final donde estaba seguro y cómodo.

Fui primero igualmente.

El agua subía. De las rodillas a la cintura. La fuente: una tubería principal rota, no el río. Transitable si podíamos atravesar la sección inundada.

Fernando, en su transportín, era sostenido por encima del agua por mamá con un brazo mientras Benny la guiaba con el otro.

—Ya ha estado en la bañera antes —explicó mamá—. No le gustó entonces tampoco.

Gordo tuvo un ataque de pánico en el agua oscura. Le hablé.

—Yo también tengo miedo. He tenido miedo desde el martes. Pero necesito que camines porque no puedo cargarte. Nadie puede cargarte. Eres enorme.

—Eso no ayuda.

—Gordo. Camina.

Caminó. Temblando, con el agua a la cintura, pero caminó. Y yo caminé delante, porque eso era lo que hacías cuando alguien te necesitaba.

Teresa cruzaba el agua hasta el pecho sin quejarse. —Crucé el Canal de la Mancha a nado en 1978. Esto es un charco.

Llegamos a la sección inundada. Agua hasta el techo durante diez metros. Tendríamos que nadar conteniendo la respiración.

—Cualquiera que no sepa nadar, que se empareje con alguien —dijo Ana.

Fui primero. Me adentré en el agua, tomé aire, me sumergí. Diez segundos. Veinte. Treinta. Las manos contra las paredes de ladrillo, avanzando a ciegas.

Salí al otro lado. Jadeando. Vivo. Transitable.

Volví a por los demás. Pareja por pareja. Gordo y Ruiz juntos, Ruiz arrastrando a Gordo. Mamá y Benny: mamá sosteniendo a Fernando con un brazo por encima del agua. Teresa cruzó sola. —Ni siquiera me he mojado el pelo —dijo, lo cual era falso pero admirable.

Sofía se quedó paralizada en la entrada de la sección inundada. No podía moverse. La oscuridad, el agua, el espacio cerrado. Benny volvió a por ella sin que nadie se lo pidiera. Le habló despacio. Le contó una historia absurda sobre un pato que aprendió a conducir. No tenía sentido. No importaba. La voz importaba. La presencia importaba. Sofía cruzó agarrada a su mano.

Benny, diecinueve años, que una semana antes no hacía otra cosa que repartir comida y jugar a videojuegos, acababa de cruzar un túnel inundado dos veces para ayudar a alguien. No lo hizo por valentía. Lo hizo porque una persona tenía miedo y él estaba ahí.

Ana fue la última. Se aseguró de que todo el mundo estuviera al otro lado antes de cruzar. Siempre la última. Siempre asegurándose de que nadie quedara atrás.

Salió del agua, se apartó el pelo de la cara, y me miró. No necesitaba palabras.

Todos estaban al otro lado. El túnel continuaba, más seco, inclinándose hacia arriba. Podía oler aire salado. El río.

—Estamos cerca —dijo Pilar.

Entonces, desde detrás, desde la sección inundada, un chapoteo. No aleatorio. Rítmico. Pasos. Muchos pasos.

Los zombis habían encontrado el túnel. Y no necesitaban respirar.

Capítulo 19 - El Río

Salimos del túnel como la tripulación más triste de un submarino: mojados, sucios, parpadeando ante la luz de una mañana pálida. El Támesis se extendía ante nosotros, gris y ancho. En la orilla opuesta: nada. Detrás de nosotros: todo.

La antigua cervecería era un edificio en ruinas de ladrillo rojo, con el tejado medio derrumbado y hierbas creciendo por las grietas. Pero las paredes aguantaban y el río estaba justo delante.

Alivio. Aire fresco. La gente respiraba profundamente, algunos lloraban, otros se reían, otros se sentaban en el suelo y miraban el agua.

El río estaba con la marea baja. El lecho parcialmente expuesto, lo cual significaba que los zombis podían cruzar caminando. Necesitábamos esperar cuatro horas para la marea alta.

Vi barcos: embarcaciones pequeñas amarradas. El barco de Esteban, dañado pero reparable. Dos botes de remos. Un kayak.

Problema: treinta y dos personas, transporte para diez. Y los zombis venían por el túnel.

—Bloquear el túnel, arreglar los barcos, cruzar con la marea —dije.

—Tres cosas imposibles —dijo Ana.

—Terminamos para la hora de comer.

Bloquear el túnel: derrumbamos el extremo de la cervecería. Ruiz identificó los soportes clave. —No solo vigilaba aparcamientos. También vigilé una obra. —El derrumbe selló el túnel.

Arreglar los barcos: Benny resultó útil. Había crecido cerca del río en Kent. Esteban ayudó pese a sus heridas. El barco turístico no arrancaba pero podía ser remolcado.

Mientras esperábamos la marea, me senté en la orilla.

—Los pájaros no se preocupan por los zombis —observó Gordo, a mi lado.

—Pájaros afortunados.

La radio: la transmisión militar cambió. Ya no era un bucle. Voz en directo: «Protocolo de contención fase final. Negación de área iniciándose en dieciocho horas. Todo personal civil debería haberse evacuado».

No necesité que Ana me lo tradujera.

Mamá se sentó a mi lado en la orilla. Tranquila. Siempre tranquila. Había sobrevivido cosas antes: la muerte de papá, criarme, lo cual según ella fue «más difícil que cualquier apocalipsis».

—Tu padre era como tú —dijo, mirando el río—. Hacía planes terribles y tomaba decisiones maravillosas.

Era la primera mención directa de mi padre. Simple. No respondí. El río pasaba, los pájaros cantaban, y mamá estaba aquí.

Me cogió la mano. No la solté.

Teresa vino a sentarse con nosotros. Miraba el río con la expresión de alguien que ha visto mucho y ha decidido seguir mirando.

—¿Tienes hijos? —le pregunté.

—Tuve cuatrocientos —dijo—. Cada año, treinta nuevos. Los enseñé a correr, a saltar, a caerse y levantarse. Algunos me odiaban. Algunos me querían. Todos aprendieron algo. —Hizo una pausa—. Me jubilé hace cuatro años. Desde entonces no he hecho nada que importe. Hasta esta semana.

Gordo la escuchaba. Algo cambió en su cara. No dijo nada. Pero creo que por primera vez vio que el miedo a no hacer nada con su vida no era solo suyo.

Benny y Sofía trabajaban juntos en los barcos. Ella le pasaba herramientas sin que él las pidiera. Él le explicaba los nudos con paciencia. No era amor todavía. Era algo anterior: dos personas que se habían encontrado cuando no les quedaba nada más y estaban descubriendo que no les quedaba nada más excepto lo que construyeran ahora.

La marea empezó a subir. Los barcos casi listos. Dieciocho horas hasta el bombardeo.

Entonces Teresa, vigilando desde la cervecería, gritó:

—Marcos. Ven.

Subí. Prismáticos. Al sur, río abajo.

Las calles a lo largo de la orilla se movían. No los edificios. Las calles mismas parecían fluir. Levanté los prismáticos.

No eran las calles. Era gente. Gente muerta. Miles, moviéndose hacia nosotros. La mega-horda, atraída por el sonido del derrumbe.

Llegarían en noventa minutos.

La marea alta era en dos horas.

Nos faltaban treinta minutos.

Capítulo 20 - El Plan Más Estúpido

He tenido muchos planes malos. Ana ha descrito mis planes como «arquitectónicamente inestables», «logísticamente imposibles» y, en una ocasión, «una ofensa al concepto de planificación». Pero este plan fue mi obra maestra. El peor de la historia. Tan malo que daba la vuelta y volvía a ser brillante. Probablemente.

Necesitábamos ralentizar a la horda treinta minutos. No detenerla. Ralentizarla. Si podíamos retrasar que llegaran a la orilla hasta que la marea fuera suficiente, podíamos cruzar.

El plan tenía siete partes, cada una asignada a una persona basándose en su habilidad absurda:

Uno: Benny, en el scooter de Esteban, iría por la orilla creando ruido para desviar la vanguardia.

Dos: Ruiz desplegaría barricadas de muebles por las calles de acceso. Su cinta roja combinada con mesas volcadas creaba cuellos de botella.

Tres: Gordo, la sirena humana. En una azotea con un megáfono del barco turístico. Su grito, weaponizado. Gritaría para desviar parte de la horda.

Cuatro: Pilar y yo derrumbaríamos una sección de la cervecería sobre la calle principal. La barrera física compraría la mayor parte del tiempo.

Cinco: Fernando, en su transportín sobre un coche teledirigido de la bolsa de Benny, sería conducido hacia la horda. Los zombis seguirían el movimiento y el sonido.

Seis: Teresa coordinaba desde el tejado con walkie-talkies, dirigiendo cada elemento. —Gordo, grita hacia la IZQUIERDA. Tu OTRA izquierda.

Siete: Ana organizaba la carga de barcos en la orilla. Treinta y dos personas en embarcaciones para diez.

—¿Alguien tiene objeciones? —pregunté.

—Sí —dijeron treinta y una personas.

—Perfecto. Vamos.

La ejecución fue un desastre que funcionó. Todo salió mal de la manera correcta.

Benny se estrelló con el scooter. Pero el ruido del choque fue una distracción perfecta. El derrumbe fue más pequeño de lo planeado. Pero ralentizó el frente lo suficiente. Gordo gritó y atrajo a miles de zombis. Y también a gaviotas, que lo atacaron, lo cual hizo que gritara MÁS, lo cual atrajo a MÁS zombis, lo cual atrajo a MÁS gaviotas.

—¡MARCOS! ¡LAS GAVIOTAS! ¡LAS GAVIOTAS ME ESTÁN COMIENDO!

—¡No te están comiendo, Gordo! ¡Solo te están picoteando!

—¡ES LO MISMO PERO MÁS LENTO!

El coche de Fernando se desvió hacia el río. Mamá lo recuperó, furiosa con el coche, el río, los zombis y especialmente conmigo.

Ruiz y su equipo montaron las barricadas con una velocidad que finalmente justificaba todas esas horas de práctica. Los zombis se empujaban, se tropezaban. Uno se quedó atrapado debajo de una mesa.

Teresa coordinaba todo desde el tejado. Su voz por el walkie-talkie era firme, clara, y tenía ese tono que solo consiguen las personas que han pasado cuarenta años convenciendo a adolescentes de que correr es divertido.

Resultado neto: treinta minutos de caos que ralentizaron a la horda lo justo.

En la orilla: Ana y Sofía cargaron barcos. Sofía, que apenas había hablado durante días, se convirtió en otra persona. Cargaba cajas, levantaba niños, gritaba instrucciones con una voz que nadie le había escuchado antes. Benny la miraba desde el scooter destrozado con la boca abierta.

El barco turístico llevó a veinte personas. Dos botes de remos seis cada uno. El kayak llevó a Benny y Sofía.

La marea subió. Los barcos iban bajos, peligrosamente bajos. El barco turístico hacía agua que Esteban achicaba con un cubo. Pero nos MOVÍAMOS.

Detrás, la mega-horda llegó a la orilla y se detuvo. Se quedaron en el borde del agua, gimiendo, estirando los brazos. La marea estaba alta. No podían seguirnos.

Vi Londres alejarse entre la niebla. El pub. El hospital. El piso de mamá.

Entonces la radio crepitó: «Protocolo de contención acelerado. Despliegue inmediato autorizado».

Ana me agarró del brazo.

—Marcos, mira el cielo.

Al norte, aviones. En formación. Volando bajo.

El bombardeo no era en dieciocho horas. Era ahora.

Capítulo 21 - Fuego y Agua

Nunca había visto Londres desde el río al amanecer. Nunca la había visto en llamas. Las dos cosas estaban pasando simultáneamente.

Los aviones pasaron sobre nosotros. Bajos. El sonido era ensordecedor, un rugido mecánico que se metía en los huesos. Los barcos se mecieron. La gente se agarró a los bordes, unos a otros, a lo que encontraron.

Las primeras bombas golpearon el distrito norte. Vi la explosión antes de oírla. Un destello blanco, luego anaranjado, luego negro. La onda de sonido cruzó el río y nos empujó.

Luego fuego.

La segunda ola impactó más cerca. La cervecería desapareció. Las calles por las que habíamos caminado, el hospital donde encontré a Ana, la estación donde los zombis esperaban trenes. Todo ardiendo. El humo subía en columnas negras que se mezclaban con el cielo.

En el río: olas de las explosiones. El barco se balanceó. La gente gritó. Ana dijo que se agarraran. Gordo no hizo un sonido. Ninguno. Estaba sentado con las manos en las rodillas, mirando el humo subir sobre la ciudad donde había crecido.

Yo estaba en la proa. Miraba. No podía apartar los ojos. Cada explosión era un lugar que conocía, un recuerdo siendo borrado.

Pensé en el Dusty Fox. No podía verlo desde aquí. Pero sabía. Se había ido.

Pilar estaba de pie en la proa. Su cara era piedra. Treinta y cinco años detrás de esa barra. La diana sin los treses. Los vasos que nunca estaban del todo limpios. Todo eso. Ceniza.

Me puse a su lado. No dije nada. Ella tampoco.

Entonces Pilar habló. Tan bajo que casi no la oí.

—Mi primer marido me regaló esa diana. La trajo de un viaje a Escocia. Faltaban los treses cuando la compró. «Imperfecta», dijo, «como nosotros». Murió tres años después. Nunca la reemplacé.

No me miró mientras hablaba. Miraba el humo.

—Es solo un edificio —repitió las palabras que yo le había dicho. Pero ahora sonaban diferentes. Ahora sonaban verdaderas.

Mamá sostenía a Fernando y miraba el fuego. Había visto cosas duras antes. Había enterrado a un marido. Había criado a un hijo que decidió que la vida era más fácil dormido. Me cogió la mano. Apretó. No la solté.

Los bombardeos terminaron. Los fuegos no. Londres humeaba en el horizonte.

El río nos llevó al sur. La orilla opuesta era verde, suburbana, tranquila. Sin zombis: el río siempre había sido la frontera.

Llegamos a la orilla sur. Uno a uno, salieron de los barcos. Mojados, agotados, cubiertos de hollín. Vivos.

Conté cabezas. Treinta y uno. Más Fernando.

Treinta y uno. No treinta y dos.

Conté otra vez. Treinta y uno.

—¿Dónde está Esteban? —preguntó Ana.

Nadie respondió. Esteban, que había estado achicando agua del barco turístico, no estaba. Su cubo flotaba en el fondo del barco vacío. No había gritado. No había pedido ayuda. Simplemente no estaba.

Miré el río. La superficie, gris y lisa, no decía nada.

Esteban. El hombre que me había dado la información sobre el bombardeo. El hombre al que saqué del agua. Se había caído o se había dejado caer, y el río se lo había llevado sin que nadie lo notara en el caos de las explosiones.

No era un héroe. No era un final dramático. Era un hombre herido que se cayó de un barco durante un bombardeo y nadie lo vio.

Así es como se pierde a la gente de verdad. Sin discursos. Sin despedidas. Un momento de distracción y ya no están.

El grupo guardó silencio. Fernando maulló.

Mamá se enderezó el abrigo. Ajustó el transportín. Se giró hacia el sur, de espaldas al fuego.

—Bueno —dijo—. Necesitamos un sitio donde dormir. Y necesito una taza de té.

Empezó a caminar. Uno a uno, la seguimos. Porque cuando tu madre empieza a caminar, tú caminas.

Pero al girarme, vi algo en esta orilla. Un edificio. Pequeño, de ladrillo, con un letrero colgante meciéndose en el viento.

Un pub.

Capítulo 22 - Última Ronda

El pub se llamaba The Anchor. Era pequeño, oscuro y olía a alfombra vieja y cerveza más vieja aún. Perfecto. Y teníamos aproximadamente cuarenta y cinco minutos antes de que todo muriera otra vez.

El grupo se refugió dentro. Cerrado, abandonado, pero intacto. Pilar fue detrás de la barra por puro instinto. Encontró que los grifos funcionaban. Sirvió una cerveza de prueba. Tibia y sin gas.

—Servirá —dijo.

Un momento de descanso. Comida de las provisiones. Fernando reclamó la nueva barra. Mamá empezó a limpiar. Los paralelos con el Dusty Fox eran obvios.

Entonces Benny los vio desde el tejado.

El bombardeo había empujado a los zombis supervivientes hacia el sur. Miles estaban ahora en la orilla opuesta. La marea baja se acercaba. El lecho se expondría. Cruzarían.

No había túnel esta vez. No había cervecería que derrumbar. No podíamos correr con gente mayor, heridos, exhaustos.

Pilar habló. Había crecido en este barrio antes de mudarse al norte para llevar el Dusty Fox. Conocía la orilla.

—Hay una barrera de marea vieja —dijo—. Victoriana. Compuertas manuales. Si las abres cuando la marea sube, la oleada arrastra todo lo que esté en el lecho.

—¿Cómo sabes eso?

—Mi padre trabajaba en mantenimiento fluvial. Me traía aquí de niña. Me enseñó cómo funcionaba cada compuerta, cada esclusa, cada palanca de este río. —Hizo una pausa—. Nunca pensé que fuera a servirme.

Problema: alguien tenía que abrir las compuertas desde la estructura, que estaba EN el río. Quedaría atrapado mientras el agua subía.

Me ofrecí. Por supuesto.

Ana me dijo que era un suicidio.

—No lo es. Es un plan. Malo, pero mío.

La secuencia: vadeé hasta la barrera con el agua a las rodillas mientras la marea empezaba a cambiar. La horda entraba en el río por la otra orilla, cruzando el lecho expuesto. Carrera: ¿compuertas abiertas antes de que llegaran a la mitad?

Las compuertas estaban oxidadas. Selladas por décadas. Tiré del mecanismo. Nada. Empujé. Nada.

Gordo apareció a mi lado. No le dije que viniera. Vino.

—No vas a hacer esto solo.

Tiramos juntos. Nada. Ruiz apareció. Luego Benny. Luego Teresa. Cinco personas agarradas a una rueda que no se había movido en décadas.

La horda estaba en medio del río. Agua a la cintura. A cien metros. Cincuenta.

La compuerta se movió. Un centímetro. Luego treinta. El agua empezó a filtrarse con un silbido que se convirtió en rugido.

La marea entró por la barrera abierta. Un muro de agua canalizado. Golpeó a la horda. Los zombis, incapaces de nadar, incapaces de resistir la corriente, fueron arrastrados río abajo.

Nosotros, en la barrera, también fuimos golpeados. Nos agarramos a la estructura. El agua subió a nuestro alrededor. Sumergidos hasta el pecho, agarrados, incapaces de ver, de respirar bien. El agua era negra y fría y sabía a sal y metal.

La oleada pasó. La marea se estabilizó. La horda había desaparecido.

Gordo empezó a reírse. Luego todos. De pie en el Támesis hasta el pecho, riendo tan fuerte que apenas podían respirar.

Vadeamos de vuelta. Ana esperaba. Me dio un puñetazo en el hombro. Luego me abrazó.

—El plan. Más estúpido. De la historia.

—Pero funcionó.

—APENAS funcionó.

—Apenas es suficiente.

Teresa salió del agua caminando con la espalda recta. Se sacudió las manos. —En el Canal de la Mancha hacía más frío —dijo, y entró en el pub a secarse.

Caminamos de vuelta al Anchor. Goteando, temblando, riendo. Mamá estaba detrás de la barra, secando vasos. Fernando en el mostrador. El hervidor encendido.

—Sentaos —dijo mamá—. Estáis poniendo todo perdido de agua.

Hizo una pausa. Me miró. Realmente me miró.

—Tu padre habría estado orgulloso de ti.

Abrí la boca para hacer una broma. Por una vez, no la hice.

Capítulo 23 - Los Que Quedan

No dormí esa noche. Me senté en la barra del Anchor, un pub que no era mío, en un taburete que no era mío, mirando una diana que tenía todos los números.

Pilar estaba al otro lado, secando vasos. No los suyos. No su barra. Pero el movimiento era el mismo. Vaso, trapo, girar, colocar.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Estoy detrás de una barra. Siempre estoy bien detrás de una barra.

Sofía se sentó a mi lado. No me pidió permiso. Se sentó y pidió una cerveza como si fuera lo más natural del mundo. Pilar se la sirvió.

—Estaba pensando —dijo Sofía, y su voz era diferente de la que le había escuchado antes. Más firme. Más presente—. Antes de todo esto, trabajaba en una oficina. Archivo. Ocho horas al día moviendo papeles de una carpeta a otra. Llegaba a casa, cenaba, miraba el techo. Los fines de semana visitaba a mi madre, que me preguntaba si tenía novio, y yo decía que no y ella suspiraba y yo volvía a la oficina.

Bebió.

—Hoy he cargado barcos, he organizado una evacuación y he llevado a tres niños en brazos mientras corría por un río. —Me miró—. Ha sido la mejor semana de mi vida.

Se rio. Yo también. Era absurdo. Y era verdad.

Benny vino a buscar a Sofía. Se sentaron juntos en un rincón del pub. No hablaban. Solo estaban juntos, hombro con hombro, y eso bastaba.

A las tres de la mañana, Gordo se sentó a mi lado.

—¿Sabes qué echo de menos? —dijo.

—¿El sofá?

—No. Bueno, sí. Pero no solo eso. —Giró su vaso—. Echo de menos no tener miedo. Antes del martes, no tenía miedo de nada. Porque no me importaba nada. Ahora me importan cosas. Y eso da terror.

—Gordo, esa es probablemente la cosa más inteligente que has dicho en tu vida.

—Gracias. No va a repetirse.

Teresa vino a las cuatro de la mañana con un informe de vigilancia. Había estado en el tejado toda la noche. Setenta y cuatro años y ni un solo bostezo.

—La orilla opuesta está despejada. El bombardeo lo limpió todo. No veo movimiento en kilómetros.

—¿Y la nuestra?

—Algunos rezagados. Nada que no pueda manejar un grupo organizado con un plan decente. —Me miró—. ¿Tienes un plan decente?

—Tengo un plan. «Decente» es optimista.

—Servirá.

Ruiz entró por la puerta trasera. Había estado patrullando. Solo. Sin equipo. Sin cinta roja. Solo él y una linterna.

—El perímetro está limpio —dijo. Luego, más bajo—: Marcos. Mis hombres quieren quedarse aquí. Construir algo. ¿Tú qué vas a hacer?

—No lo sé.

—Bueno. Cuando lo sepas, avísame. Iré donde vayas.

Miré a mi alrededor. Treinta y una personas durmiendo en un pub. Niños en los reservados. Adultos en el suelo. Fernando en la barra. La radio, que habíamos dejado encendida, murmuraba estática.

A las seis de la mañana, la radio cambió.

No estática. Una voz. Temblorosa pero real:

—Aquí la Zona de Recuperación Sur. Si pueden oírnos… no están solos. Nos estamos organizando. Hay comida, refugio y seguridad. Coordenadas: cincuenta y un grados…

Todo el pub se despertó.

—¿Es real? —preguntó alguien.

—Solo hay una forma de saberlo —dije.

La puerta del pub estaba abierta. La luz de la mañana entraba, amarilla y tibia.

Mamá ya estaba de pie junto a la puerta, abrigo puesto, bolso en mano, Fernando en el transportín. Me miró con esa ceja levantada.

—¿Vamos?

Ana se puso a mi lado. Me cogió la mano. Gordo se levantó del reservado con un gruñido. Benny y Sofía se pusieron de pie juntos. Teresa se ajustó los prismáticos. Pilar rodeó la barra, se quitó el delantal, lo dobló con cuidado y lo dejó sobre la barra. El primer delantal que dejaba en treinta y cinco años.

Ruiz abrió la puerta del todo. La calle estaba vacía. El sol brillaba.

—Entonces —dije—. ¿Listos?

Nadie estaba listo. Nunca nadie está listo. Pero salimos igualmente.

Capítulo 24 - Hora de Abrir

La mañana después del fin del mundo olía a hierba mojada y a posibilidad.

Caminamos hacia el sur. Treinta y una personas, un gato y las coordenadas de una transmisión de radio que podía ser real o podía ser estática con esperanza. No importaba. Caminábamos porque caminar era lo contrario de quedarse sentado, y ya habíamos probado lo segundo durante demasiado tiempo.

Gordo caminaba a mi lado. Había perdido peso durante la semana, lo cual era impresionante dado que no había dejado de comer en ningún momento. Pero caminaba diferente. Con los hombros hacia atrás. Con la mirada hacia delante.

—Oye, Marcos.

—¿Qué?

—Cuando encontremos un sitio seguro… quiero aprender a cocinar. De verdad. No recalentar cosas. Cocinar.

—¿Tú? ¿Cocinar?

—Tu madre me enseñó a hacer una tortilla en el pub. Mientras tú dormías. Era buena.

—¿La tortilla?

—Tu madre. —Pausa—. La tortilla también.

Ana caminaba al otro lado, la mano en la mía. No hablaba. No necesitaba hacerlo. Después de una semana durmiendo en suelos, huyendo de muertos, cruzando ríos, habíamos descubierto que el silencio entre dos personas que se quieren no es vacío. Es el tipo de conversación que no necesita palabras.

Benny y Sofía iban detrás. Él le contaba algo que la hacía reír. Ella le empujaba el hombro. Él se dejaba empujar. Tenían diecinueve y veintiún años y el mundo se había acabado y estaban caminando hacia un futuro que no existía todavía, y de alguna forma eso los hacía más libres que nadie que hubiera conocido.

Benny sacó el teléfono. Sin señal, por supuesto. Pero tecleó un mensaje para su madre igualmente. Lo guardó en borradores. —Para cuando funcione —dijo. Sofía apoyó la cabeza en su hombro.

Teresa marchaba al frente del grupo con la energía de alguien que ha caminado toda su vida y no piensa parar ahora. Llevaba los prismáticos al cuello y el silbato en el bolsillo. De vez en cuando miraba hacia atrás, contaba cabezas, asentía.

Pilar caminaba junto a mamá. Las dos en silencio. Pero un silencio diferente al del pub. Un silencio que miraba hacia delante.

Ruiz cerraba la retaguardia. Sin cinta roja. Sin señales de mano. Solo un hombre que había descubierto que proteger a la gente no requería un disfraz.

Pasamos junto a un pub abandonado. Gordo se detuvo un segundo. Todos nos detuvimos. Miramos las ventanas oscuras, la puerta cerrada, los taburetes vacíos visibles a través del cristal.

Seguimos caminando.

El camino nos llevó por un pueblo pequeño: casas con jardines, una iglesia con el reloj parado a las tres y cuarto, una tienda de periódicos con el escaparate intacto. Normal. Extrañamente normal.

Y al final de la calle principal, un cartel. Pintado a mano, letras irregulares, clavado en un poste de luz:

ZONA DE RECUPERACIÓN SUR —2 KM

HAY TÉ CALIENTE

Mamá leyó el cartel. Asintió con aprobación.

—Por fin —dijo—. Gente civilizada.

Llegamos a una granja reconvertida en campamento. Tiendas de campaña, una cocina improvisada, generadores. Personas. Vivas, enteras, organizando cosas. Un hombre nos vio llegar y se acercó corriendo.

—¿De dónde vienen?

—De un pub —dije.

No necesitó más explicación.

Nos dieron mantas. Comida caliente. Té. Mamá probó el té, levantó una ceja, pero no dijo nada. Fernando se instaló junto a la cocina y procedió a ser adorado por todos los niños del campamento.

Me senté en un banco de madera fuera de la granja. El sol estaba alto. Un campo verde se extendía hacia el horizonte. No había zombis. No había hordas. No había gemidos.

Ana se sentó a mi lado. Gordo al otro. Benny y Sofía enfrente, compartiendo una manta. Teresa patrullaba el perímetro del campamento porque no sabía estar quieta. Ruiz hablaba con los organizadores, ofreciendo ayuda, encontrando su lugar. Pilar estaba dentro, detrás de la mesa de la cocina. Sirviendo. Era lo que hacía. Daba igual la barra. Daba igual el edificio.

Mamá trajo té. Lo dejó delante de mí, se sentó en el banco de al lado y sacó el álbum de fotos que había arrastrado por medio Londres, a través de un hospital, un metro, un río y un bombardeo.

Lo abrió en la foto de mi padre. Corbata torcida. Sonrisa enorme. El día que abrió su taller.

—Se parece a ti —dijo mamá.

Miré la foto. La miré de verdad. Por primera vez en años. La corbata torcida, la sonrisa, los ojos que decían: «No tengo ni idea de lo que estoy haciendo, pero voy a hacerlo de todas formas».

—Sí —dije—. Supongo que sí.

Ana apoyó la cabeza en mi hombro. Gordo le robó una galleta a Benny. Mamá cerró el álbum con cuidado, como si las fotos fueran frágiles, que lo eran, y lo guardó en su bolso, junto a Fernando, que ya se había quedado dormido.

Me quedé ahí sentado. Sin hacer nada. Pero por primera vez, no hacer nada se sentía diferente. Porque no estaba esperando. No estaba evitando. Estaba descansando. Y descansar y rendirse se parecen, pero no son lo mismo. Descansar es lo que haces entre las cosas que importan. Rendirse es pretender que nada importa.

En algún lugar, un pájaro cantó. Gordo dijo que el té estaba frío. Ana dijo que dejara de quejarse. Mamá dijo que el mundo necesitaba más modales y menos zombis.

Saqué la tarjeta de cumpleaños del bolsillo. Mojada, arrugada, con el dinosaurio de fiesta medio borrado. Se la di a Ana.

—Feliz cumpleaños —dije—. Sé que no es hasta el jueves.

Ana miró la tarjeta. Miró al dinosaurio. Me miró.

—¿«Feliz 5º Cumpleaños»?

—Era la única que quedaba.

Se rio. Y era el mejor sonido del mundo. Mejor que el silencio. Mejor que la música. Mejor que cualquier cosa que hubiera escuchado en seis años sentado en un taburete mirando la nada.

Me tomé el té. Estaba frío. No me importó.

The Library

Choose a category

Learn Spanish

Reader

Reader

The Membership

Nómada Digital

Everything — plus the games and the AI companion.

$19.00per month
  • Sample stories + live demos
  • All vocabulary + grammar flashcards
  • All A1–B2 books
  • Conversation flashcards (soon)
  • Learning games
  • AI companion chat