El Rescate Improbable

Capítulo 1 - El Libro en la Mesita de Noche

Marcos no quería un cuento. Quería su tableta, sus auriculares y que su abuelo dejara de reorganizar las almohadas como si la geometría exacta de la ropa de cama hubiera curado alguna vez una fiebre en la historia de la humanidad.

—Abuelo, no soy un bebé —dijo, aunque su voz sonaba exactamente como la de un bebé enfadado con mocos.

—No eres un bebé —confirmó Abuelo, y le ajustó la almohada por tercera vez—. Eres un niño de diez años con treinta y ocho grados de fiebre y una actitud que no merece la sopa de pollo que tu madre dejó en la cocina. ¿Quieres sopa?

—Quiero mi tableta.

—La tableta no cura fiebres. —Abuelo se sentó en la vieja silla de madera junto a la cama. La silla crujió bajo su peso, protestando—. Pero tengo algo mejor.

Del bolsillo interior de su chaqueta, sacó un cuaderno. No un cuaderno de los que se compran en papelerías con portadas de superhéroes. Este cuaderno era viejo. Viejo de verdad. Encuadernado en cuero agrietado, con páginas amarillentas que olían a tiempo y a algo que Marcos no podía identificar. ¿Romero? ¿Naranjas? Las esquinas estaban redondeadas por décadas de dedos que habían pasado las mismas páginas una y otra vez.

—Es una historia verdadera —dijo Abuelo, abriendo el cuaderno con la delicadeza de alguien que sostiene algo frágil y valioso.

—No existen las historias verdaderas —respondió Marcos, cruzando los brazos.

Abuelo lo miró por encima de sus gafas, que se le habían resbalado hasta la punta de la nariz.

—Había una vez un chico de campo llamado Tadeo Cienfuegos, y era el peor chico de campo de toda Andalucía.

Marcos suspiró. Pero no pidió su tableta de nuevo. Algo en la manera en que el viejo sostenía el cuaderno —con ambas manos, cerca del pecho, con los pulgares sobre el cuero gastado— hizo que el suspiro fuera el último por un largo rato.

En la granja —contó Abuelo—, Tadeo intentaba ordeñar una cabra. La cabra estaba ganando. No es que la cabra fuera particularmente inteligente. Es que Tadeo era particularmente terrible en todo lo relacionado con la vida rural. Tiraba del lado equivocado. Se sentaba en el lado equivocado. La cabra le dio una patada en el pecho y Tadeo acabó sentado en el barro, mirando al cielo con la expresión de un hombre que se pregunta por qué el universo necesita cabras.

Su mulo, Profesor, observaba desde la puerta del establo con lo que solo podía describirse como decepción profesional.

—¿El mulo se llama Profesor? —interrumpió Marcos.

—Era un mulo extraordinariamente sabio.

—Los mulos no son sabios.

—Este sí. No interrumpas.

Tadeo estaba enamorado de Valentina, la chica más hermosa del pueblo. Ella vendía naranjas en el mercado.

—¿Por qué naranjas?

—Porque eso es lo que vendía. No interrumpas.

Valentina se reía de los chistes de Tadeo. Era la única persona en Andalucía que lo hacía. Esto importaba más de lo que cualquier persona con buen gusto en el humor podría entender. Ella también discutía con los comerciantes sobre precios injustos, cantaba entre dientes canciones que creía que nadie escuchaba, y una vez persiguió a un ladrón durante tres calles con una naranja en cada mano. No era una chica indefensa. Elegía ser amable, no porque fuera débil, sino porque era fuerte y prefería las naranjas a los puños.

Un mensajero real llegó al pueblo un martes por la tarde, cuando el sol caía sobre los olivos. El Príncipe Rodrigo de los Altos Cerros —Marcos puso los ojos en blanco al escuchar el nombre— había elegido a Valentina como su novia. La llevarían a su fortaleza en una isla. No tenía opción.

Valentina discutió. Valentina luchó. Los guardias le sujetaron los brazos. Se fue, no porque quisiera, sino porque eran más, no porque ella fuera menos.

Tadeo observó desde detrás de un carro mientras se la llevaban. Valentina miró hacia atrás una vez. Sus ojos se encontraron. Ella no lloró. Estaba furiosa. Y esa furia, dijo Abuelo, y su voz hizo algo extraño al decirlo, algo más bajo, algo que venía de un lugar más profundo que la garganta, esa furia era lo más hermoso que había visto en su vida.

Marcos notó el cambio de tono, pero no dijo nada. En la cómoda, detrás de Abuelo, había una fotografía enmarcada de Abuela. Marcos no la miró. Abuelo tampoco.

—¿Puedo ver el cuaderno? —preguntó Marcos.

Abuelo lo apretó contra su pecho.

—Es muy viejo. Muy delicado.

Tadeo se quedó en el camino durante mucho tiempo después de que el polvo se asentó. La cabra lo observó desde el corral. Profesor lo observó desde el establo. El sol se fue. La luna llegó. Tadeo seguía ahí.

Luego caminó de vuelta a la granja, metió tres naranjas y una espada oxidada en un saco —la espada no era realmente una espada, era una herramienta para cortar heno que encontró detrás del establo, pero Tadeo la llamó espada porque la palabra le daba valor— y le dijo a Profesor: —Vamos a rescatarla.

Profesor lo miró con sus ojos marrones y profundos.

—Ya lo sé —dijo Tadeo—. Ya lo sé.

—Espera —dijo Marcos, incorporándose en la cama—. ¿Va a enfrentarse a un PRÍNCIPE? ¡No puede ni ordeñar una cabra!

Abuelo sonrió. Era una sonrisa extraña. Vieja y nueva al mismo tiempo. La sonrisa de alguien que sabe cómo termina la historia y la cuenta de todos modos, porque contar es lo que le queda.

—Exacto.

Capítulo 2 - El Camino a Ninguna Parte en Particular

El viaje de mil leguas comienza con un solo paso, y el primer paso de Tadeo fue en la dirección equivocada.

Salió al amanecer con Profesor, tres naranjas, una herramienta oxidada para cortar heno que él insistía en llamar espada, y una convicción absoluta de que el mar estaba «por ahí», porque una vez había escuchado una gaviota desde esa dirección.

—Eso no es cómo funciona la navegación —dijo Marcos.

—Tadeo no sabía eso —respondió Abuelo.

Caminaron durante tres horas. El paisaje no cambió. Los mismos olivos retorcidos, la misma tierra seca que olía a romero y polvo, el mismo cielo azul que no ofrecía ninguna indicación útil sobre dónde estaba el mar. Profesor caminaba detrás de Tadeo con la paciencia de alguien que sabe que su compañero está equivocado pero ha decidido no decir nada todavía.

Practicó la lucha con espada contra un espantapájaros que encontró en un campo cercano. Perdió. El espantapájaros se cayó sobre él, y Tadeo pasó diez minutos luchando para salir de debajo de una cruz de madera y una camisa vieja rellena de paja. Profesor observó todo el espectáculo sin mover una oreja.

—El espantapájaros le ganó —dijo Marcos.

—El espantapájaros tenía la ventaja del terreno —respondió Abuelo.

En una encrucijada, donde tres caminos se separaban bajo un árbol tan viejo que parecía haber visto la creación del mundo, una anciana estaba sentada sobre una piedra. Tenía los ojos del color del humo y las manos llenas de anillos que no brillaban.

—El príncipe tiene una isla —dijo la mujer, sin que nadie le preguntara—. Y esa isla está protegida por tres imposibilidades. Un genio al que nadie puede superar en astucia. Una espadachina a la que nadie puede vencer. Y una verdad que no puede ser dicha.

Tadeo la escuchó con la boca abierta. Luego asintió.

—Gracias, señora. ¿Cuál de estos caminos lleva al mar?

La anciana señaló a la derecha.

Tadeo fue a la izquierda.

—¡Fue por el lado EQUIVOCADO! —exclamó Marcos.

—Fue por el lado equivocado —confirmó Abuelo.

Después de caminar en círculos durante medio día, con el sol golpeándole siempre la mitad izquierda de la cara —porque siempre se dormía mirando hacia el mismo lado, y ahora caminaba con la misma terquedad—, Tadeo se detuvo. Miró a Profesor. Profesor lo miró a él. Luego, el mulo dio media vuelta y empezó a caminar hacia el oeste.

—¿El mulo sabía el camino? —preguntó Marcos.

—Los mulos saben cosas que los humanos no entienden.

—Es un MULO.

—Un mulo con perspectiva.

Llegaron a un pueblo pesquero al atardecer. El cielo estaba pintado de naranja, y las barcas de los pescadores se mecían en un puerto pequeño que olía a sardinas y madera mojada.

Tadeo necesitaba un barco. No tenía dinero. No tenía experiencia naval. No tenía, si somos honestos, ninguna cualidad que sugiriera que debería estar a menos de cien metros de cualquier masa de agua más profunda que un charco.

Pero necesitaba un barco.

Se sentó en el muelle con las piernas colgando sobre el agua oscura y sacó una de sus tres naranjas. La peló despacio, dejando que la cáscara cayera al mar. El olor subió, dulce y brillante, completamente fuera de lugar en un puerto de sardinas.

«Voy a encontrar la manera», le dijo a Profesor. «Siempre hay una manera».

Profesor no respondió. Estaba comiendo hierba junto a un poste.

Un pescador viejo, sentado en la barca de al lado remendando una red, observó a Tadeo durante un rato largo. Finalmente habló.

—Chico. ¿Estás buscando un barco?

—Sí.

—¿Tienes dinero?

—No.

—¿Experiencia?

—Ninguna.

—¿Un motivo sensato para ir al mar?

—Voy a rescatar a una chica de un príncipe en una isla.

El pescador lo miró. Luego miró a Profesor. Luego miró al cielo, buscando algún tipo de orientación celestial sobre por qué la juventud era tan increíblemente estúpida.

—Hay exactamente un barco en este puerto que aceptaría pasajeros sin dinero ni experiencia ni sentido común —dijo el pescador, señalando al final del muelle—. Pero te advierto que no es lo que esperas.

El barco volaba una bandera negra con una calavera, o al menos, algo que pretendía ser una calavera. Se parecía más a una patata con ojos.

«Piratas», susurró Tadeo.

Profesor dio media vuelta y empezó a caminar hacia casa.

«No», dijo Tadeo, agarrando el cabestro del mulo. «Necesitamos un barco. Eso es un barco».

Desde la cubierta, alguien gritó. Algo se cayó. Algo más estaba en llamas.

«Es un barco perfectamente aceptable», dijo Tadeo, sin convencer a nadie.

—Y sin embargo —dijo Marcos, con los ojos muy abiertos a pesar de la fiebre—, subió al barco pirata. ¿Verdad?

Abuelo pasó la página del cuaderno.

—Subió al barco pirata.

Capítulo 3 - Los Piratas de La Mentira

Lo que pasa con los piratas —los piratas de verdad, no los de las canciones— es que son, en su mayoría, personas que son muy malas en otros trabajos.

La Mentira era un barco que desafiaba las leyes de la física. Se inclinaba permanentemente hacia estribor. El mascarón de proa era un delfín tallado al que le faltaba la mitad de la nariz. La vela principal tenía más parches que tela original. Y el olor. El olor era sardinas. Todo olía a sardinas. El aire, la madera, las cuerdas, los piratas. Todo.

Tadeo subió por una tabla que hacía las veces de pasarela y pisó la cubierta. Debajo de sus pies, la madera crujió de una manera que sugería que estaba considerando seriamente dejar de ser madera.

El primer tripulante que vio fue un hombre enorme con un bigote tan grande que parecía una criatura independiente viviendo en su cara. El bigote era, de hecho, la única cosa impresionante de aquel hombre. El resto era sudor, miedo y una camisa que no había visto jabón desde una fecha que la decencia impide mencionar.

—¿Quién eres tú? —preguntó el hombre del bigote.

—Me llamo Tadeo Cienfuegos. Necesito un barco para—

Los ojos del hombre se abrieron enormes.

—¿Cienfuegos? ¿EL Cienfuegos? —Se giró hacia la tripulación—. ¡Es El Cienfuegos! ¡El bandido legendario del que hablan en los puertos!

—No, verás, yo no soy—

—¡Silencio! —gritó otro pirata—. ¡El Cienfuegos no necesita explicarse!

—Pero es que realmente no soy—

—¡Mirad su espada! —señaló Bigotes, porque así era como todos lo llamaban—. ¡La hoja legendaria que brilla bajo la luna!

Tadeo miró su herramienta oxidada para cortar heno. Decidió que tal vez no era el mejor momento para aclarar las cosas.

—¿Por qué no dice simplemente que NO es un bandido? —preguntó Marcos.

—Lo intenta. No le escuchan. La gente oye lo que quiere oír.

Los piratas le hicieron un tour del barco. Fue un desfile de catástrofes. El casco tenía fugas en tres lugares diferentes, y un pirata llamado Tomás estaba permanentemente asignado a sacar agua con un cubo. Tomás era alto y delgado, con manos enormes y una expresión de resignación perpetua, y sacaba agua con el ritmo mecánico de alguien que ha aceptado que este será su trabajo por el resto de su vida natural. La brújula señalaba al sur sin importar la dirección. El cocinero, un hombre bajito con ojos tristes llamado Pepito, solo sabía hacer un plato: sopa de sardinas. Llevaban comiéndola ocho meses. Pepito quería ser poeta, pero solo rimaba con «sardina». «Mañana fina, noche cristalina, alma de sardina». Los piratas ya no le pedían poemas.

—¿Ocho meses de sopa de sardinas? —Marcos arrugó la nariz.

—El olor nunca se va —dijo Abuelo—. Nunca.

La tripulación de La Mentira estaba compuesta por once hombres que habían llegado a la piratería no por vocación, sino por eliminación. Bigotes quería ser abogado, pero era peor en leyes que en piratería, lo cual era decir mucho. Tomás había sido panadero, pero le daban miedo los hornos. Había un pirata llamado Paco que no hablaba, uno llamado Sebastián que hablaba demasiado, y los gemelos —nadie recordaba sus nombres— que hacían todo al mismo tiempo, incluyendo estornudar.

—¿Pueden llevarme a la isla del Príncipe Rodrigo? —preguntó Tadeo.

El silencio que cayó sobre la cubierta fue tan denso que incluso las sardinas dejaron de oler por un momento.

—La isla del príncipe —repitió Bigotes, y su bigote tembló.

Los piratas se miraron entre sí. Algunos se persignaron. Uno se desmayó, aunque eso podía haber sido el sol. Tomás dejó de sacar agua, lo cual era preocupante dado que el barco estaba siempre hundiéndose.

—Estamos aterrorizados del príncipe, señor —dijo Bigotes.

—No soy vuestro capitán. Y no soy—

—Pero si EL Cienfuegos nos lo pide, no podemos negarnos.

Tadeo abrió la boca para corregirlo por cuarta vez. La cerró. Miró al mar. En algún lugar, al otro lado de esa agua que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, Valentina estaba esperando. No importaba que estos piratas fueran incompetentes. No importaba que el barco se estuviera hundiendo lentamente. No importaba que lo hubieran confundido con otra persona. Necesitaba un barco. Esto era un barco. Más o menos.

—Bien —dijo—. Entonces navegamos.

—¡El Cienfuegos ha hablado! —gritó Bigotes, con lágrimas en los ojos que podrían haber sido de emoción o de terror.

El barco zarpó. Tadeo vomitó por la borda antes de que hubieran pasado las primeras olas del puerto.

Los piratas interpretaron esto como un ritual de batalla.

—Es la Purificación del Guerrero —susurró Bigotes con reverencia, mientras Tadeo vaciaba el estómago por segunda vez—. Mi padre contaba historias sobre esto. Los grandes capitanes limpian su cuerpo antes de la guerra.

Tadeo no estaba limpiando nada. Estaba mareado. Profunda, miserablemente mareado. Pero los piratas lo miraban con tal admiración que decidió no arruinar el momento.

Profesor estaba debajo de la cubierta, en un rincón oscuro, mirando una pared con la expresión de alguien que está reconsiderando todas las decisiones que lo habían llevado a ese punto.

Llevaban dos horas en el mar cuando Bigotes apareció en la puerta del camarote. «Capitán», dijo —y Tadeo había dejado de corregirlos—, «tenemos un pequeño problema».

«¿Cómo de pequeño?»

«Del tamaño de tres barcos de guerra con la bandera del príncipe, dirigiéndose directamente hacia nosotros».

Tadeo miró al horizonte. Tres formas oscuras, creciendo.

«Ah», dijo. «Podría haber ido peor».

«¿Cómo?» preguntó Bigotes.

Tadeo lo pensó.

«Te lo diré cuando se me ocurra».

Capítulo 4 - La Batalla que No Fue

Hay muchas estrategias para escapar de tres barcos de guerra. Tadeo no conocía ninguna de ellas.

Los tres barcos se acercaban desde el este, con sus velas blancas hinchadas. Cada uno era tres veces el tamaño de La Mentira. Cada uno llevaba cañones que brillaban al sol. La tripulación de La Mentira entró en pánico de una manera organizada: gritaron, corrieron en círculos, y Bigotes se abrazó al mástil principal.

—¡Capitán! —gritaron todos a la vez—. ¡Capitán Cienfuegos! ¿Qué hacemos?

Tadeo, que no sabía absolutamente nada sobre tácticas navales, dijo lo primero que se le ocurrió:

—Girad a la izquierda.

Los piratas obedecieron. Giraron a la izquierda. Navegaron directamente hacia un banco de niebla que nadie había notado, porque estaban todos demasiado ocupados mirando los barcos de guerra para fijarse en el clima.

—Solo tuvo suerte —dijo Marcos.

—La suerte —respondió Abuelo— es lo que pasa cuando eres demasiado terco para rendirte.

Dentro de la niebla, todo desapareció. Los barcos de guerra, el horizonte, el sol. El agua golpeaba el casco de La Mentira con un ritmo monótono, y la niebla era tan espesa que Tadeo no podía ver su propia mano.

Los barcos del príncipe los perdieron. Pero los piratas también se perdieron a sí mismos. La brújula, que siempre apuntaba al sur sin importar qué, era inútil. Lo cual no era nuevo, porque siempre había sido inútil. Pero ahora era inútil de una manera más urgente.

—Sigamos a esos pájaros —sugirió Tadeo, señalando una bandada de gaviotas que volaba en formación sobre la niebla.

No tenía ninguna razón lógica para seguir pájaros. Pero los pájaros los llevaron a una isla pequeña con un manantial de agua dulce, una playa de arena y absolutamente ningún barco de guerra. Los piratas estaban convencidos de que Tadeo tenía poderes sobrenaturales de navegación.

—Es un genio —susurró Bigotes a Tomás.

—¿Un genio? —preguntó Pepito, que nunca escuchaba bien.

—UN GENIO —confirmaron todos.

Tadeo no era un genio. Había seguido pájaros porque le parecían pájaros simpáticos. Pero no corrigió a nadie.

En la isla, encontraron algo inesperado. Un hombre tumbado en la arena, quemado por el sol, con los labios agrietados. Era un antiguo sirviente del Príncipe Rodrigo, expulsado de la fortaleza por dejar caer una sopera durante una cena importante. La sopa había caído sobre el regazo del príncipe. El príncipe no perdonaba las manchas.

—Eso es muy conveniente —dijo Marcos—. Encontrar a un náufrago que sabe todo sobre la fortaleza justo cuando lo necesitan.

—La vida es ocasionalmente conveniente, Marcos.

—No, no lo es.

—En las historias verdaderas, sí.

El náufrago bebió agua con la desesperación de alguien que ha pasado días soñando con líquidos. Les contó sobre la fortaleza: su estructura, sus guardias. Estaba construida sobre un acantilado de piedra blanca, con murallas que brillaban al sol. Tenía una sola entrada por el puerto y un laberinto de corredores diseñados por un arquitecto que era brillante o estaba completamente loco, posiblemente ambas cosas. Pero el náufrago también les contó algo que no esperaban.

—La fortaleza tiene un punto débil —dijo, bajando la voz—. Túneles de agua, construidos por monjes hace trescientos años. Conectan el mar con el interior de la isla. Están inundados con la marea alta, pero con la marea baja, se puede pasar.

También mencionó tres guardianes. Un genio llamado Gaspar, que vigilaba los corredores y se consideraba la mente más brillante del reino. Una espadachina llamada Esperanza, que había ganado trescientos duelos y custodiaba la torre. Y el príncipe mismo, «porque no le importa nada, y eso lo hace peligroso».

—¿Cómo se puede derrotar a un genio? —preguntó Tadeo.

El náufrago se encogió de hombros.

—Probablemente no puedes. Pero preguntaste.

Mientras la tripulación llenaba barriles de agua fresca y Pepito intentaba pescar algo que no fuera sardinas —sin éxito, y compuso un poema sobre ello que nadie pidió escuchar—, Bigotes se sentó junto a Tadeo en la playa. El sol se estaba poniendo.

—Capitán —dijo Bigotes, y su voz era diferente ahora, más baja, sin la actuación—, ¿puedo contarte algo?

—Claro.

—Me hice pirata porque mi familia quería que fuera abogado. —Se retorció el bigote—. Soy terrible en piratería. Pero era peor en leyes. Mi padre no me habla. Mi madre me envía cartas que empiezan con «Querido decepción». —Hizo una pausa—. Pero en este barco, al menos soy el primer oficial de El Cienfuegos. Al menos soy alguien.

Tadeo miró a Bigotes. Vio a un hombre asustado dentro de un disfraz de pirata, igual que él era un chico asustado dentro de un disfraz de héroe. Ninguno de los dos sabía que el otro estaba fingiendo. Eso, pensó Tadeo, era tal vez lo más honesto de todo.

—Eres un buen primer oficial, Bigotes —dijo.

Bigotes se sonrojó debajo del bigote. Tomás, que estaba sacando agua de un bote a diez metros de distancia, levantó la vista. Sus manos grandes se detuvieron por un momento. Luego volvió a sacar agua, pero más despacio, escuchando.

Mientras se alejaban de la isla, el náufrago gritó desde la orilla: «¡Una cosa más! ¡El genio, Gaspar, hay una cosa que no puede resistir!»

«¿Qué?» gritó Tadeo.

Pero el viento se tragó la respuesta, y la isla desapareció en la bruma.

«Bueno», dijo Tadeo, «estoy seguro de que se me ocurrirá en el momento adecuado».

Bigotes lo miró con genuino terror.

«Capitán, usted no tiene un plan, ¿verdad?»

Tadeo sonrió con su sonrisa de diente torcido.

«Tengo algo mejor que un plan».

«¿Qué?»

«Optimismo».

Bigotes empezó a llorar.

Capítulo 5 - La Cosa en el Agua

La tercera noche en el mar, algo siguió al barco.

Empezó con un sonido. Un raspar suave contra el casco, rítmico, insistente. Los piratas se despertaron uno por uno, acurrucados en sus hamacas que apestaban a sardinas y miedo. Bigotes fue el primero en subir a cubierta. Luego Tomás, con las manos enormes agarrando un cubo vacío porque era lo primero que había encontrado. Luego los demás, arrastrando los pies, con los ojos muy abiertos en la oscuridad.

—Es un monstruo marino —susurró Pepito—. Mi abuela contaba historias sobre criaturas que arrastran barcos al fondo del océano.

—Tu abuela también decía que la luna estaba hecha de queso —respondió Tomás.

—La luna PODRÍA estar hecha de queso —insistió Pepito—. Nadie ha ido a comprobarlo.

—Eso no es—

—¿PUEDES demostrar que no es queso?

Tomás abrió la boca. La cerró. El debate lunar quedó suspendido por el ruido en el casco.

El sonido continuó. Una sombra se movió bajo el agua, negra contra la negrura del mar nocturno.

Tadeo, a quien el miedo no le funcionaba correctamente —no porque fuera valiente, sino porque su cerebro no procesaba el peligro con la velocidad adecuada—, se ofreció a investigar. Se acercó a la borda con un farol. La luz tembló sobre el agua oscura. No vio nada. Se inclinó más. Nada. Se inclinó un poco más.

Se cayó al agua.

—Por supuesto que se cayó —dijo Marcos.

—Estaba comprometido con la investigación.

Los piratas lo sacaron con una cuerda y mucha confusión. Tadeo tosió agua de mar durante cinco minutos mientras la tripulación buscaba al monstruo marino con faroles y un arpón que no habían usado nunca porque a nadie le gustaba sostener cosas puntiagudas.

La misteriosa criatura resultó ser un pelícano. Un pelícano grande, gordo y extremadamente persistente que había estado siguiendo al barco porque Pepito tiraba restos de sardinas por la borda tres veces al día.

El pelícano aterrizó en la cubierta y miró a la tripulación con la superioridad que solo un ave que ha engañado a once piratas puede expresar.

—Un PELÍCANO —dijo Marcos—. ¿Les asustó un PELÍCANO?

—Los pelícanos son más intimidantes de lo que la gente cree.

—No, no lo son.

—Este sí.

Los piratas, avergonzados pero aliviados, le pusieron un nombre al pelícano. Lo llamaron Rodrigo, por el príncipe, porque les pareció apropiado darle a un pájaro gordo y ruidoso el nombre de alguien que odiaban. El pelícano no se ofendió. Los pelícanos raramente se ofenden.

Durante el revuelo, Tadeo encontró algo clavado al mástil que no había notado antes. Un cartel de búsqueda, amarillento por el sol y el salitre. Describía a «Esperanza, la Espada del Sur —invicta en 300 duelos». Había una ilustración que mostraba a una mujer con una espada más larga que ella misma y una expresión que sugería que sonreír no estaba en su vocabulario.

—¿TRESCIENTOS duelos? —Marcos se incorporó en la cama—. ¡Y Tadeo no puede ni luchar contra un espantapájaros!

—Estás prestando atención. Bien.

Tadeo leyó el cartel y bajó al compartimento donde Profesor estaba tumbado con los ojos cerrados y la mandíbula apretada.

«Profesor», dijo Tadeo, sentándose junto al mulo, «hay una espadachina que ha ganado trescientos duelos y guarda la fortaleza. ¿Cómo de difícil puede ser luchar con espada? Solo hay que agitar la espada».

Profesor abrió un ojo. Lo cerró.

Los piratas, que habían escuchado a través de la pared delgada, se miraron entre sí. Bigotes sacó su diario —un cuaderno manchado de sardinas donde escribía con una caligrafía sorprendentemente elegante— y anotó: «El Capitán no teme a nada. Yo le temo al Capitán».

La noche se calmó. El pelícano se durmió sobre el mástil. Los piratas volvieron a sus hamacas. Solo Tadeo permaneció en cubierta, con los codos sobre la borda y la mirada perdida en la oscuridad donde el mar y el cielo se fundían.

Sacó la segunda naranja de su saco. La sostuvo en la palma de la mano. Estaba un poco blanda, un poco golpeada por el viaje, pero seguía oliendo a mercado. A mañanas. A la canción que Valentina tarareaba entre dientes cuando creía que nadie la escuchaba. Tadeo siempre la escuchaba. Desde el otro lado de la plaza, con los ojos cerrados, escuchaba.

La voz de Abuelo cambió, tan sutilmente que Marcos no supo si lo había imaginado. Se hizo medio tono más baja, medio grado más cálida.

El amanecer pintó el mar de oro, y allí, surgiendo del agua, había una isla. Acantilados blancos. Una fortaleza en la cima, brillando al amanecer. Hermosa y fría.

«Eso es», respiró Bigotes. «La isla del Príncipe Rodrigo».

Todos los piratas en cubierta se quedaron en silencio. Incluso el pelícano dejó de graznar.

En algún lugar de esa isla, detrás de esos muros, Valentina estaba esperando.

«Muy bien», dijo Tadeo, desenvainando su herramienta oxidada para cortar heno. «Vamos a rescatarla».

Nadie se movió.

«Ahora estaría bien», añadió.

Nadie se movió.

«¿Por favor?»

Capítulo 6 - El Peor Plan de la Historia

El plan de Tadeo tenía tres pasos. Paso uno: entrar en la fortaleza. Paso dos: encontrar a Valentina. Paso tres: salir de la fortaleza con Valentina. Cuando Bigotes señaló que eso no era tanto un plan como una lista de deseos, Tadeo dijo: «Exacto. Y siempre cumplo mis deseos». Esto no era verdad.

Reunió a la tripulación en la cubierta, junto al mástil donde el pelícano Rodrigo dormía con un ojo abierto, vigilando.

—El plan —anunció Tadeo, con la autoridad de alguien que no tiene ninguna— es el siguiente. Nos disfrazamos de comerciantes. Pepito vende sardinas en el puerto. Mientras los guardias están distraídos con el olor, entramos por la puerta lateral.

—¿La distracción es el OLOR? —preguntó Bigotes.

—Es un olor muy fuerte.

—Es un plan terrible —dijo Marcos desde la cama.

—Las mejores historias tienen planes terribles —respondió Abuelo.

Los piratas, con una resignación que bordeaba el heroísmo, aceptaron. Cambiaron la bandera del barco —la patata con ojos— por un estandarte de comerciantes que Tomás cosió con tela de velas viejas. Las manos enormes de Tomás resultaron ser sorprendentemente hábiles con la aguja. El resultado no era convincente, pero tampoco era peor que el resto del barco. Vistieron a Tadeo con ropa prestada que no le quedaba: los pantalones de Bigotes le llegaban al pecho, la camisa de Pepito le dejaba los codos al aire, y el sombrero de Tomás le tapaba los ojos completamente.

—Parece un espantapájaros —observó Marcos.

—Parecía un espantapájaros —confirmó Abuelo.

Y entonces, justo cuando iban a zarpar hacia el puerto de la isla, Marcos se sentó en la cama. No porque le doliera algo. No porque tuviera tos. Simplemente se sentó, y miró a Abuelo con ojos que, por primera vez en toda la tarde, no eran escépticos.

—Abuelo —dijo—. ¿Esto es una historia de amor?

Abuelo dejó de leer. Sus dedos, arrugados, se quedaron quietos sobre la página.

—Es una historia de rescate.

—Eso es lo mismo.

Un silencio. No largo. Apenas tres latidos de corazón. Pero suficiente.

—Quizás —dijo Abuelo.

Y volvió a la historia.

Los piratas disfrazados se acercaron al puerto de la isla. El puerto era un semicírculo de agua cristalina rodeado de acantilados blancos, con un muelle de piedra donde barcos mercantes descargaban provisiones para la fortaleza. Guardias con uniformes azules patrullaban el muelle con la energía de personas que llevan demasiados años haciendo un trabajo aburrido.

Tadeo sudó. Bigotes sudó más. Profesor estaba sospechosamente tranquilo.

Un guardia subió a bordo para inspeccionar el cargamento. Miró los barriles de sardinas. Miró a los piratas disfrazados de comerciantes. Miró a Profesor, que le devolvió la mirada con la dignidad de un diplomático.

—¿Qué venden? —preguntó el guardia.

—Sardinas —respondió Tadeo.

—Muchas sardinas —añadió Bigotes.

—Demasiadas sardinas —murmuró Pepito, con sinceridad absoluta.

El guardia arrugó la nariz. El olor era, hay que decirlo, convincente.

—Pasen —dijo, haciendo un gesto con la mano.

Y así, sin drama, sin heroísmo, sin una sola espada desenvainada, Tadeo Cienfuegos entró en la guarida del león. La seguridad de Rodrigo era teatral, no real. El príncipe era tan arrogante que no podía concebir que alguien se atreviera a desafiarlo. Esa arrogancia, tarde o temprano, le costaría.

Los piratas atracaron el barco. Tadeo puso un pie en la isla. La piedra blanca era suave bajo sus sandalias, caliente del sol de la tarde. Desde el puerto, podía ver la fortaleza subiendo por el acantilado.

Se giró hacia la tripulación.

—Si no vuelvo antes del amanecer—

—Nos vamos sin usted —dijo Bigotes.

—Iba a decir «enviad ayuda».

—Nos vamos sin usted.

—Justo.

Los piratas lo miraron marcharse hacia las puertas de la fortaleza. Solo. Un chico de campo con ropa que no le quedaba, una herramienta oxidada que no cortaba nada, y una naranja en el bolsillo que no tenía ningún uso práctico excepto oler a lo que más amaba en el mundo.

Bigotes esperó hasta que Tadeo desapareció detrás de las murallas. Luego se volvió hacia la tripulación.

—Si no vuelve —dijo, y su voz era la más firme que habían escuchado desde que lo conocían—, vamos a rescatarlo.

Los piratas no dijeron nada. Pero ninguno se movió hacia las velas. Nadie preparó la huida. Se quedaron en el muelle, con sus disfraces ridículos y su barco que se hundía, esperando.

Tomás se sentó en la proa con el cubo vacío entre las piernas. Miró al mar. Miró sus manos enormes. Dijo, tan bajo que casi no se oyó: «Mi padre también esperó a alguien una vez. No volvió». Nadie respondió. Pero Bigotes puso una mano en el hombro de Tomás, y Tomás no la apartó.

Tadeo caminó a través de las puertas de la fortaleza. Solo. Detrás de él, el puerto. Delante, un laberinto de corredores blancos, puertas cerradas, guardias, y en algún lugar, en algún lugar de este lugar frío y perfecto, la chica que se reía de sus chistes.

No tenía mapa. No tenía plan. No tenía una espada de verdad. No tenía habilidad. No tenía ninguna posibilidad.

Caminó hacia adelante de todos modos.

Y en el dormitorio de Madrid, Marcos susurró —sin querer decirlo en voz alta—: «Ve».

Capítulo 7 - El Laberinto de Rodrigo

La fortaleza del Príncipe Rodrigo había sido diseñada por el mejor arquitecto del reino, lo cual explicaba por qué era hermosa pero no tenía ningún sentido. Los corredores llevaban a otros corredores. Las escaleras subían y luego, inexplicablemente, también subían. Había puertas que se abrían hacia muros y muros que en realidad eran puertas.

Tadeo se perdió inmediatamente. Esto no era sorprendente. Se habría perdido en un pasillo recto con flechas pintadas en el suelo. Pero el laberinto del príncipe era algo especial: parecía diseñado para personas que disfrutaban caminar en círculos perfectos.

Cada puerta que abría revelaba algo absurdo. La primera: una habitación llena de retratos idénticos del Príncipe Rodrigo, todos mirando al espectador con la misma expresión de superioridad satisfecha. La segunda: un armario que contenía exclusivamente queso. No un queso. Docenas de quesos, apilados del suelo al techo, en diferentes estados de maduración. Nadie explicaría nunca el queso. La tercera: un balcón que daba a un patio interior donde guardias con uniformes impecables estaban ensayando un número de baile para la boda.

—¿Los guardias están BAILANDO? —preguntó Marcos.

—El príncipe exigía excelencia en todas las áreas.

—¿Incluyendo la coreografía?

—Especialmente la coreografía.

Tadeo caminó accidentalmente hacia la cocina. La cocina era enorme y olía a pan recién hecho, especias que no podía identificar, y el tipo de complicación que solo existe en lugares donde la gente tiene demasiado dinero y demasiado poco sentido común.

Un hombre gordo con un delantal cubierto de manchas lo miró.

—¿Eres el nuevo ayudante de cocina?

—No, en realidad estoy—

—Llegas tarde. Coge un cuchillo. Hay cebollas.

Antes de que pudiera protestar, Tadeo estaba picando cebollas. Las lágrimas le corrían por las mejillas. El jefe de cocina, Don Roque, trataba las cebollas con una ferocidad personal que sugería que las cebollas le debían dinero.

—Todos lloran su primer día —dijo, dándole una palmada en la espalda—. La emoción de servir al príncipe es abrumadora.

No era emoción. Eran cebollas. Pero Tadeo había aprendido algo importante: a veces, la mejor estrategia es no corregir a nadie.

—¡Está COCINANDO! —exclamó Marcos—. ¡Se supone que está RESCATANDO!

—Un buen rescatador debe ser flexible.

Mientras cortaba cebollas con la habilidad de alguien que nunca había cortado cebollas —con trozos de cebolla volando en direcciones que desafiaban la física—, Tadeo escuchó a los sirvientes hablar. Había algo maravilloso en las cocinas de los poderosos: la gente hablaba delante de los ayudantes de cocina porque los ayudantes de cocina eran invisibles.

—La novia está en la Torre Norte —susurró una sirvienta mientras cargaba una bandeja de frutas—. Se niega a hablar con el príncipe. Lleva tres días sin decir una palabra.

—La boda es en tres días —respondió otra—. El príncipe está furioso. Dice que el silencio es irrespetuoso.

—El silencio es lo más respetuoso que ella puede ser —murmuró la primera, y ambas se rieron en voz baja, la risa de personas que saben cosas que no deberían decir.

Tadeo absorbió todo. Torre Norte. Tres días. Valentina no estaba en silencio por debilidad. Estaba en silencio por furia. Su silencio era una declaración de guerra hecha sin ruido.

También escuchó que Gaspar «el Genio» patrullaba los corredores de noche, y que Esperanza custodiaba la torre durante el día. Los dos nunca coincidían. Gaspar insistía en trabajar solo porque la compañía de mentes inferiores reducía su capacidad intelectual. Esperanza insistía en trabajar sola porque la compañía de personas mortales la aburría.

Armado con información —y cubierto de jugo de cebolla—, Tadeo se escabulló de la cocina cuando Don Roque estaba discutiendo con un sirviente sobre si la sopa necesitaba más sal o más dignidad.

Caminó por los corredores con algo parecido a un propósito. Las antorchas en las paredes creaban sombras que se movían. En una ventana estrecha, la luna entraba y dibujaba una línea de plata sobre el suelo de piedra.

Pasó junto a un espejo en un pasillo estrecho y se detuvo. Su reflejo lo miró de vuelta: manchado de cebolla, aterrorizado, ridículo. Los pantalones prestados de Bigotes le colgaban. La camisa de Pepito tenía una mancha de sardina que nunca se iría. Su diente torcido, el pelo que ninguna cantidad de agua podía domar, las orejas que sobresalían.

Metió la mano en su bolsa y encontró la última de las tres naranjas que había empacado en la granja. Estaba magullada y blanda. La sostuvo con los dos pulgares presionando suavemente la piel. El olor subió, dulce, cálido, completamente imposible en esta fortaleza que olía a piedra y sal y a un lugar donde nadie había reído en mucho tiempo.

«Ella vale la pena», susurró.

El pelícano Rodrigo estaba posado en el alféizar de una ventana al final del corredor. Nadie sabía cómo había llegado allí. Nadie preguntó.

Tadeo se arrastró por el corredor de la Torre Norte, contando puertas. Tercera puerta a la izquierda. Estiró la mano hacia el picaporte.

«Yo no haría eso», dijo una voz detrás de él.

Se dio la vuelta. De pie en el corredor, con los brazos cruzados y las gafas brillando a la luz de las antorchas, había un hombre bajo con una frente enorme y una expresión de superioridad ilimitada.

«Obviamente», dijo el hombre, «sabía que venías. Lo he sabido desde que pusiste un pie en esta isla. Lo sé todo».

Ajustó sus gafas.

«Mi nombre es Gaspar. Y tú, chico de campo, tienes aproximadamente treinta segundos para impresionarme antes de que llame a los guardias. Yo no los desperdiciaría».

Capítulo 8 - El Genio y el Chico de Campo

Gaspar tenía un coeficiente intelectual de —bueno, te lo diría en los primeros treinta segundos de conocerlo, así que más vale decirlo: «Doscientos doce», dijo. «Medido dos veces. La segunda fue más alta, pero uso el número menor porque Gaspar es humilde».

Hablaba de sí mismo en tercera persona cuando estaba impresionado consigo mismo, lo cual sucedía constantemente. Era un hombre pequeño, no más alto que Tadeo, pero su frente ocupaba una proporción de su cara que sugería que su cerebro había exigido espacio adicional y el resto de sus rasgos habían tenido que reorganizarse.

—Te propongo un juego —dijo Gaspar, limpiando sus gafas con un pañuelo que tenía bordadas sus propias iniciales—. Tres acertijos. Si aciertas los tres, te dejaré pasar. Si fallas, llamo a los guardias. Es una oferta generosa. Gaspar es generoso.

—Solo responde los acertijos —dijo Marcos, inclinándose hacia adelante.

—Estás asumiendo que Tadeo es bueno en acertijos —respondió Abuelo.

—Oh, no.

—Oh, sí.

Acertijo número uno. Gaspar se aclaró la garganta, se ajustó las gafas, se enderezó la chaqueta, y pronunció un acertijo filosófico tan complejo que involucraba paradojas temporales, la naturaleza de la verdad, y una referencia a un filósofo griego que Tadeo nunca había escuchado mencionar.

Tadeo parpadeó.

—¿Puedes repetirlo?

—¿REPETIRLO? Gaspar nunca repite. Gaspar perfecciona al primer intento. —Se ajustó las gafas otra vez—. Pero lo explicaré, porque obviamente tu capacidad mental es limitada.

Y Gaspar explicó. Explicó con tanto detalle, con tanto entusiasmo por su propia brillantez, con tantas tangencias sobre por qué la respuesta era obvia para alguien de su calibre intelectual, que accidentalmente reveló la respuesta tres veces en la misma explicación.

—¿Es eso? —preguntó Tadeo, señalando la respuesta que Gaspar acababa de decir.

—Obviamente —Gaspar se detuvo. Su boca se abrió. Se cerró. Se abrió de nuevo. Sus gafas se deslizaron por su nariz—. Espera.

Acertijo número dos. Un rompecabezas matemático que involucraba raíces cuadradas, secuencias y algo sobre trenes que se cruzaban en túneles.

Tadeo no entendió la pregunta. Pero tenía un número favorito.

—¿Siete? —dijo.

Gaspar lo miró.

—Es correcto.

—¿Siete es la respuesta? —Tadeo no podía creerlo.

—¡CÓMO! —Gaspar se arrancó las gafas y las limpió furiosamente—. ¡CÓMO es posible! La probabilidad de adivinar esa respuesta es de una entre—

—Siete siempre es la respuesta en los acertijos de matemáticas —dijo Marcos desde la cama.

—Estás arruinando la historia —dijo Abuelo.

Acertijo número tres. Gaspar, con las manos temblando de indignación intelectual, hizo la pregunta más peligrosa de las tres:

—¿Cuál es la única cosa que Gaspar no puede resolver?

Gaspar empezó a analizar. Hizo una lista de todo lo que había resuelto: ecuaciones imposibles, códigos secretos, la estructura molecular del queso —el queso otra vez—, predicciones de mareas, patrones de migración de pájaros, la estrategia óptima para el ajedrez jugando con los ojos vendados.

—Gaspar puede resolver cualquier cosa —murmuró, paseándose por el corredor—. Gaspar ha resuelto cosas que otros ni siquiera saben que son problemas. Gaspar una vez calculó la velocidad exacta a la que una lágrima cae de un ojo humano.

Siguió hablando. Se consultó a sí mismo. Debatió consigo mismo. Discutió consigo mismo. Se dio la razón a sí mismo y luego se la quitó.

Tadeo, sin hacer ruido, caminó a su alrededor y siguió por el corredor hacia la puerta de la torre.

Gaspar no lo notó durante once minutos.

—¿ONCE minutos? —Marcos se tapó la boca con la mano para no reírse.

—Gaspar estaba muy concentrado.

Pero antes de que Tadeo llegara a la puerta, Gaspar —que había descubierto su error con un grito que resonó por tres corredores— lo alcanzó.

—¡Espera! —gritó, sin aliento, las gafas torcidas—. Tú… tu apellido. Cienfuegos. Ese es el nombre de la línea real perdida. ¡No eres un chico de campo! ¡Eres un príncipe!

Tadeo se detuvo. Su corazón hizo algo extraño. ¿Podría ser verdad? ¿Podría esto explicar por qué había sido lo suficientemente valiente para venir?

—¿Es realmente un príncipe? —preguntó Marcos.

—¿Tú qué crees?

—…No.

Abuelo sonrió.

Gaspar no llamó a los guardias. Se sentó en el suelo del corredor, aturdido. Por primera vez en su vida, alguien lo había superado sin ser inteligente. Era confuso. Era fascinante. Era lo más interesante que le había pasado en años, y Gaspar coleccionaba cosas interesantes.

Pero Gaspar también hizo algo que Tadeo no esperaba. Se levantó del suelo, se sacudió el polvo de la chaqueta, y dijo: «La nota que encontrarás en la torre. No la escribió ella. Bueno, la escribió ella, pero no con sus palabras. El príncipe la dictó». Ajustó sus gafas. «Gaspar te dice esto porque Gaspar respeta la honestidad accidental».

Tadeo llegó a la puerta de la torre. Su mano tocó el picaporte de hierro frío. Valentina estaba al otro lado. Podía escucharla tarareando, una canción que reconocía del pueblo, del mercado, de una vida que parecía a mil años de distancia. Tres notas que subían y bajaban.

Empujó la puerta.

La habitación estaba vacía.

Solo una silla, una ventana, y una nota sobre la mesa en una letra que conocía de memoria. La letra de Valentina, pequeña y firme y ligeramente inclinada hacia la derecha.

«No vengas a buscarme. No soy quien tú crees que soy».

Tadeo la leyó tres veces. La primera con confusión. La segunda con dolor. La tercera con las palabras de Gaspar en la cabeza: «No con sus palabras».

Arrugó la nota en su puño. Debajo, marcado con algo invisible en el papel —algo que solo podía ver porque la luz de la luna entraba en el ángulo correcto a través de la ventana— había un mapa diminuto, dibujado con jugo de naranja. Tinta invisible que solo se revelaba con la luz adecuada. Un mapa de los corredores que conectaban la torre con el ala oeste.

Valentina no necesitaba que la rescataran. Le estaba diciendo dónde encontrarla.

«Yo tampoco soy quien crees», dijo Tadeo. «Pero voy de todos modos».

Capítulo 9 - La Espada del Sur

Esperanza había estado esperando. Siempre estaba esperando. Trescientos duelos y ninguno había durado más de dos minutos, lo cual dejaba una enorme cantidad de tiempo para esperar.

Tadeo bajó de la torre vacía, siguiendo el mapa de Valentina, y entró en un patio interior bañado por la luz de la luna. Las piedras blancas brillaban. Una fuente en el centro no funcionaba. Y en un banco de piedra junto a la fuente, puliendo una espada con la calma de quien pule una uña, estaba sentada una mujer.

No era lo que Tadeo esperaba. Esperaba a alguien grande, brutal, con cicatrices y una mirada de odio. Esperanza era delgada, de estatura media, con el pelo negro recogido en una trenza apretada y unos ojos que eran simultáneamente los más amables y los más peligrosos que Tadeo había visto jamás. Parecía la profesora de un pueblo. Una profesora que podía matarte en dos movimientos.

Se levantó. «Con permiso», dijo, y desenvainó su espada.

La espada de Esperanza era lo opuesto a la herramienta de cortar heno de Tadeo. Era larga, delgada, perfectamente equilibrada, y reflejaba la luna. Tadeo desenvainó su instrumento oxidado con considerablemente menos elegancia. Se le cayó. Lo recogió. Se le cayó otra vez.

Esperanza lo miró con una expresión que combinaba profesionalismo con algo que podría haber sido compasión.

—¿Eso es… una herramienta de campo? —preguntó.

—Es una espada legendaria que brilla bajo la luz de la luna.

—Es una cortadora de heno.

—Con cierta luz…

—No hay ninguna luz en la que eso sea una espada.

—Podemos estar en desacuerdo en eso.

—Con permiso —dijo Esperanza de nuevo, y se puso en guardia.

—¡Él no está luchando! ¡Está CAYÉNDOSE! —dijo Marcos, que se había sentado tan recto en la cama que su almohada había caído al suelo.

—Hay una línea muy fina —respondió Abuelo.

El «duelo» comenzó. La técnica de Tadeo consistía en lo siguiente: agacharse, tropezar, y agitar la cortadora de heno en direcciones tan impredecibles que Esperanza no podía leerlas. No porque fueran geniales. Porque no eran nada. No había técnica. No había estrategia. Era puro caos coreografiado por el pánico.

Esperanza avanzó con un movimiento perfecto, un paso, un giro, la espada describiendo un arco. Tadeo, en vez de defenderse, se agachó para rascarse el tobillo. La espada pasó por encima de su cabeza.

Esperanza atacó de nuevo. Tadeo tropezó con una piedra suelta y cayó hacia atrás. Su cortadora de heno se agitó sin control, y Esperanza tuvo que saltar para evitarla, no porque fuera peligrosa, sino porque el movimiento era tan absurdo que su entrenamiento no tenía respuesta para él.

—Es que no puedo leerlo —murmuró Esperanza—. No hay patrón. No hay intención.

El momento clave llegó así: Tadeo tropezó con otra piedra —la fortaleza tenía un problema serio con las piedras sueltas— y cayó hacia atrás. Su cortadora de heno salió volando de su mano, giró por el aire en una parábola perfecta, y golpeó una maceta de geranios que estaba en el borde de la fuente. La maceta cayó sobre el pie de Esperanza. Ella se tambaleó. Una nube de polen de geranio le entró por la nariz. Estornudó. El estornudo fue enorme, el estornudo de alguien que llevaba trescientos duelos conteniendo todo lo que no fuera perfección. En el estornudo, su espada se le escapó de la mano.

Por las reglas del duelo, había sido desarmada. Tadeo había ganado.

Un silencio cayó sobre el patio. La luna. La fuente rota. El polen flotando en el aire. Esperanza miró su espada en el suelo. Luego miró a Tadeo, que estaba sentado en el suelo con tierra en el pelo, sin cortadora de heno, sin dignidad, y con una expresión de sorpresa tan honesta que era imposible no creerla.

Entonces se rió. Una risa de verdad. Completa, profunda, la primera risa en años. «Trescientos duelos», dijo, secándose los ojos, «y soy derrotada por un geranio».

Tadeo extendió su mano para ayudarla a levantarse. Ella la miró. Nadie le había extendido la mano en trescientos duelos. Normalmente, sus oponentes corrían. O lloraban. O las dos cosas. Pero este chico ridículo, cubierto de tierra y polen, le estaba ofreciendo su mano.

La tomó.

—Valentina —dijo Tadeo, mientras se sacudía la tierra de los pantalones de Bigotes—. ¿Dónde está realmente?

Esperanza lo estudió durante un momento largo. Había algo en sus ojos que no era solo curiosidad. Era reconocimiento. Reconocía algo en Tadeo que ella había perdido hace mucho tiempo: la capacidad de ser ridículo sin vergüenza.

—La movieron al ala oeste. A los aposentos privados del príncipe. La boda es mañana, no en tres días. El príncipe adelantó la fecha.

El estómago de Tadeo se convirtió en piedra.

—¿Mañana?

—Mañana por la mañana. —Esperanza recogió su espada—. Diré que me dominaste por la fuerza. Por mi reputación.

—¿Alguien lo creerá?

—No. —Se permitió otra sonrisa, más pequeña pero más real—. Pero es una buena historia. Y Tadeo… ten cuidado con Rodrigo. No es cruel por placer. Es cruel porque no sabe que lo es. Eso es peor.

Tadeo corrió. A través de corredores, subiendo escaleras, pasando guardias que estaban demasiado confundidos para reaccionar ante un hombre cubierto de tierra y polen corriendo a toda velocidad con una cortadora de heno.

Encontró el ala oeste. Encontró la puerta. Escuchó voces dentro.

Una era de Valentina.

La otra era del Príncipe Rodrigo.

Y el príncipe estaba diciendo: «No viene a buscarte. Nadie viene a buscarte. Nadie ha venido jamás a buscar a nadie. Eso es un cuento para niños».

Tadeo puso la mano en la puerta.

Su corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en los dientes.

Capítulo 10 - La Oferta del Príncipe

El Príncipe Rodrigo no era lo que Tadeo esperaba. Esperaba un monstruo. Lo que encontró fue algo peor: un hombre que sonreía con cortesía y genuinamente no entendía de qué iba todo el alboroto.

Tadeo empujó la puerta. Se abrió sin resistencia. La habitación era grande, con ventanales que daban al mar negro de la noche y muebles que parecían demasiado perfectos para que alguien los usara. Todo era blanco y dorado y frío.

Valentina estaba junto a la ventana. Llevaba un vestido que no era suyo, demasiado elegante, demasiado rígido. Cuando vio a Tadeo, su cara hizo algo que Abuelo describió despacio, con mucho cuidado, con la voz más cuidadosa que había usado en toda la tarde: esperanza. Terror. Y algo más.

Rodrigo estaba sentado en una silla junto a una mesa de mármol, con una copa de vino que no había tocado. Era guapo de una manera que parecía diseñada, no nacida. Cada pelo en su lugar. Cada arruga de la ropa calculada.

—Tú —dijo Rodrigo.

—Yo —dijo Tadeo.

Rodrigo no llamó a los guardias inmediatamente. Se reclinó en su silla y miró a Tadeo con la curiosidad de un científico que encuentra algo inesperado en una placa de laboratorio. Un espécimen cubierto de cebolla, tierra y polen de geranio.

—¿Un chico de campo? —dijo—. ¿Aquí? ¿Por qué?

—He venido a buscar a Valentina.

—Sí, puedo verlo. Mi pregunta es: ¿por qué crees que tienes algún derecho?

No había crueldad en la pregunta. Era peor que crueldad. Era indiferencia genuina. Rodrigo no podía concebir un mundo en el que Tadeo fuera relevante.

—¿Qué puedes ofrecerle que yo no pueda? —preguntó Rodrigo, cruzando las piernas con una elegancia que hacía que cruzar las piernas pareciera una declaración política.

Tadeo no pudo responder inmediatamente. Rodrigo tomó eso como permiso para continuar.

—Yo le ofrezco un reino. Seguridad. Comodidad. Un palacio donde nunca le faltará nada. —Hizo un gesto con la mano que abarcaba la habitación, la fortaleza, la isla, el mundo entero—. ¿Qué le ofreces tú? ¿Una granja con un mulo y tres naranjas?

—Dos naranjas —susurró Tadeo—. Ya solo quedan dos.

Rodrigo lo miró con algo que habría sido lástima si hubiera sabido lo que era.

—Le ofrezco… —Tadeo tragó saliva. Su garganta estaba seca. El corazón le latía en los oídos, en las manos, en todas partes—. Le ofrezco… a mí.

—Sí —dijo Rodrigo—. Ese es el problema.

—Eso fue cruel —dijo Marcos, y su voz era diferente. No enfadada. Triste.

—Fue honesto —respondió Abuelo—. Y eso es peor.

Rodrigo hizo una oferta. Márchate ahora, y te dejaré vivir. Quédate, y serás encarcelado. No hay ningún escenario en el que ganes. Las matemáticas no funcionan. Rodrigo era un hombre de matemáticas, de lógica, de cálculos fríos y perfectos. El amor no era una variable en sus ecuaciones porque nunca lo había experimentado, y las cosas que no has experimentado no existen en tu modelo del mundo.

Tadeo miró a Valentina. Ella negó con la cabeza. Quería que se fuera. Que estuviera a salvo. Su cara decía: «Vete». Sus ojos decían: «Quédate». Sus manos, apretadas contra los costados del vestido, temblaban.

Tadeo no se fue.

Los guardias entraron. Lo agarraron de los brazos. Eran más grandes que él, más fuertes, más todo. Lo arrastraron hacia la puerta mientras sus pies buscaban el suelo sin encontrarlo.

Y mientras lo sacaban, gritó. No fue un grito heroico. No fue la declaración perfecta que habría hecho un príncipe de verdad en un cuento de verdad. Fue desesperado, roto, y completamente honesto:

—¡Soy un granjero terrible, un pirata peor, y no sé luchar! ¡Pero vine! ¡VINE!

La expresión de Valentina. Abuelo se detuvo aquí. Su voz hizo algo que Marcos no había escuchado antes. Se suavizó hasta convertirse en algo que ya no era una voz que contaba un cuento. Era una voz que recordaba.

—Ella lo miró —dijo Abuelo— de la manera en que alguien mira a la persona que ha estado esperando sin saber que estaba esperando.

Marcos no interrumpió. No dijo «eso no tiene sentido» ni «eso es cursi» ni ninguna de las cosas que habría dicho diez minutos antes. Se quedó callado.

El calabozo era frío y oscuro y olía a sal. Tadeo se sentó con la espalda contra la pared de piedra y contó los sonidos: agua goteando, olas lejanas, su propia respiración. Había fracasado. Había venido hasta aquí —la granja, los piratas, el genio, la espadachina— y ahora estaba sentado en un calabozo, y mañana el príncipe se casaría con Valentina, y no había nada que pudiera hacer.

Nada.

Entonces, desde algún lugar encima de él, un sonido pequeño. Un golpecito. Luego otro. Luego un patrón. Tadeo presionó la oreja contra el techo.

Alguien estaba golpeando. No en código militar. Un ritmo. Una melodía, golpeada en piedra con la punta de un dedo.

Era la canción. La que Valentina tarareaba en el mercado cuando creía que nadie la escuchaba. Tadeo nunca le había dicho que podía escucharla desde el otro lado de la plaza.

Ella estaba directamente encima de él. Y le estaba diciendo: sé que estás aquí. Sé que viniste.

En el dormitorio de Madrid, Abuelo tarareó la melodía. Solo tres notas. Suaves. Un sonido que parecía venir de un lugar más profundo que la garganta.

Marcos no reconoció la canción. Pero reconoció la manera en que los ojos de su abuelo se cerraron al tararearla.

Capítulo 11 - Aliados en Lugares Improbables

El problema con los calabozos es que están diseñados para mantenerte dentro. La ventaja de este calabozo en particular es que fue diseñado por el mismo arquitecto que construía corredores que no iban a ninguna parte, lo cual significaba que incluso el calabozo no sabía del todo lo que estaba haciendo.

Tadeo encontró la falla a las dos horas de estar encerrado. Una piedra suelta en la pared, una piedra que se movía cuando la empujabas con el hombro. La empujó. Se movió. Empujó más. Se movió más. Detrás de la piedra, un hueco. Detrás del hueco, oscuridad. Y detrás de la oscuridad, un sonido familiar. El golpeteo de cascos sobre piedra.

Un hocico apareció en el agujero. Largo, gris, con las fosas nasales dilatadas.

Profesor.

—¿Cómo llegó el MULO a la fortaleza? —exclamó Marcos.

—Profesor tiene sus métodos.

—¡Es un MULO!

—Un mulo con iniciativa.

Profesor había bajado del barco por su cuenta —los piratas no estaban seguros de cuándo— y había entrado en la fortaleza a través de una entrada de servicio por donde metían suministros. Los guardias lo habían visto y asumido que era una entrega de equipo agrícola. Nadie cuestiona a un mulo con suficiente confianza en sí mismo.

El mulo llevaba una alforja que Bigotes había preparado: una cuerda, un bocadillo de sardinas —porque todo en La Mentira tenía sardinas— y un mapa de la fortaleza dibujado a mano que era mayormente incorrecto. El mapa mostraba la cocina donde debería estar la torre, la torre donde debería estar el puerto, y un dibujo de un pulpo en una esquina que nadie podía explicar.

Tadeo se arrastró por el hueco en la pared. Era estrecho —tuvo que contener la respiración y pensar pensamientos delgados— pero salió al otro lado cubierto de polvo y telarañas, libre.

—Gracias, Profesor —susurró, acariciando el hocico del mulo.

Profesor no respondió, pero la manera en que movió las orejas sugería algo parecido a «de nada, pero no te acostumbres».

Tadeo navegó los corredores usando el mapa de Bigotes, lo cual era inútil, y usando sus propios recuerdos de las horas en la cocina, lo cual era mejor. Poco a poco, los corredores empezaron a tener sentido. Más o menos.

Y entonces, al girar una esquina, se encontró con Esperanza.

La espadachina estaba apoyada contra la pared. Tenía los brazos cruzados y una expresión que podría haber sido hostil o amistosa.

—Sígueme —dijo.

Tadeo la siguió. Ella lo guio por corredores que no conocía, señalando rotaciones de guardias, indicando puertas seguras, susurrando instrucciones con la precisión de alguien que ha memorizado cada centímetro de un lugar que odia.

—¿Cambió de bando? —preguntó Marcos, esperanzado.

—¿Tú crees? —respondió Abuelo.

Lo llevó a un callejón sin salida. Un muro de piedra sin puertas, sin ventanas, sin escape. Tadeo se dio la vuelta. Esperanza lo miraba con una expresión que ahora era claramente una prueba.

—Entiendo —dijo Tadeo—. Tienes que estar segura.

—¿Segura de qué?

—De que no estoy fingiendo.

—¿Estás fingiendo?

—No soy lo suficientemente inteligente para fingir.

Un silencio. Esperanza lo estudió.

—Ven —dijo, y esta vez lo llevó por el camino correcto.

Lo guio hasta una ventana que daba al patio donde estaban construyendo el altar de la boda. Flores blancas. Telas doradas. Sillas dispuestas en filas perfectas. Todo hermoso. Todo frío. Todo para una boda que nadie quería excepto un hombre que no entendía la diferencia entre querer algo y merecerlo.

—Mañana por la mañana —dijo Esperanza—. Tienes doce horas.

—Gracias —dijo Tadeo—. ¿Por qué me ayudas?

Esperanza miró las flores del altar a través de la ventana. Lirios blancos.

—Trescientos duelos —dijo, en voz baja—. Trescientas veces fui la mejor persona en la habitación. ¿Sabes lo que se siente ser siempre la mejor?

—No.

—Se siente vacío. —Hizo una pausa—. Tú eres la peor persona que he enfrentado jamás. Y es lo más interesante que me ha pasado en diez años. —Lo miró directamente—. Pero te ayudo por otra razón. La chica. Le envía mensajes a la cocinera. Códigos con naranjas. La cocinera los pasa a los sirvientes. Los sirvientes los pasan entre ellos. Tu chica ha estado organizando su propio rescate desde dentro. Tú eres la pieza que le faltaba.

Tadeo absorbió esto. Valentina no era una damisela esperando. Era una estratega trabajando desde dentro. Él no era el rescatador. Era el cómplice.

Mientras tanto, en La Mentira, los piratas debatían. Bigotes quería quedarse. Tomás quería huir. Pepito quería sopa de sardinas. La discusión duró una hora.

Bigotes dio un discurso. No fue un buen discurso. Tartamudeó. Se le olvidó la mitad. Citó mal un proverbio. Pero lo que dijo era simple: «El Capitán fue por alguien que ama. ¿Vamos a irnos porque tenemos miedo? Siempre tenemos miedo. Eso nunca ha cambiado nada».

Tomás fue el primero en hablar después. Levantó sus manos enormes y las miró. «Mi padre esperó a alguien que nunca volvió», dijo. «Yo no quiero ser la persona que nunca vuelve. Quiero ser la persona que va a buscarla».

Se quedaron.

Tadeo se agachó bajo la ventana, mirando a los sirvientes llevar flores al altar de la boda. Lirios blancos.

«Ni siquiera le gustan los lirios», murmuró. «Le gustan los girasoles. Porque siempre miran hacia la luz».

Una mano le tocó el hombro.

Se giró.

Valentina.

Estaba allí. De pie en el corredor, con el pelo suelto, los ojos rojos. Había escapado de su propia habitación. Porque eso es lo que hacía Valentina. Esperaba el momento correcto, y luego hacía lo imposible.

«Idiota», susurró. «Absoluto y magnífico idiota».

Y entonces la voz del Príncipe Rodrigo resonó desde el final del corredor: «¡Guardias! ¡La torre está vacía!»

Capítulo 12 - La Verdad Sobre la Historia

Marcos dijo: «Para».

Abuelo levantó la vista del cuaderno. «¿Qué?»

«Para la historia. Necesito preguntarte algo».

Abuelo cerró el cuaderno. Algo cayó de entre las páginas. Una fotografía. Pequeña, decolorada, con las esquinas dobladas de décadas de ser mirada. Una chica. Pelo oscuro. Riendo. De pie detrás de una montaña de naranjas.

Marcos recogió la fotografía del suelo donde había caído. La sostuvo entre los dedos con el cuidado de alguien que sabe, sin que nadie se lo diga, que lo que tiene en las manos pesa más de lo que parece. La miró durante mucho tiempo. Conocía esa cara. No de la historia. De la cómoda. Del marco que estaba detrás de Abuelo, el que ninguno de los dos había mirado en toda la tarde. La misma sonrisa. La misma inclinación de la cabeza.

Marcos había notado cosas que no encajaban. ¿Por qué Abuelo sabía a qué olía el pelo de Valentina? ¿Por qué siempre describía la granja de la misma manera, los mismos olivos retorcidos, el mismo romero? ¿Por qué Tadeo tenía un diente torcido y un cowlick que ninguna cantidad de agua podía domar?

—Abuelo —dijo, y su voz tenía una calidad nueva—. Esta es Valentina. Esta es abuela.

Abuelo no lo negó. No lo confirmó tampoco. Se quitó las gafas y las limpió con el borde de su camisa, un gesto que hacía cuando necesitaba tiempo para encontrar las palabras correctas, o cuando las palabras correctas no existían. Sin las gafas, sus ojos parecían más grandes. Más viejos.

—Es una historia, Marcos.

—¿Es verdad?

—Las mejores historias son un poco verdad.

Un silencio largo. El más largo de todo el libro. Sin chistes. Sin interrupciones. Sin el crujido de la silla ni el sonido del tráfico de Madrid al otro lado de la ventana. Solo dos personas y una fotografía y sesenta años de distancia entre lo que fue y lo que queda.

La luz de la tarde entraba por las persianas entreabiertas, dibujando líneas doradas sobre las sábanas arrugadas, sobre el vaso de agua en la mesita de noche, sobre las manos del viejo y las manos del niño, que sostenían la misma fotografía desde extremos diferentes de una vida entera.

Entonces Marcos dijo: «¿Qué pasó después? En el corredor. Con los guardias».

No pidió más explicaciones. No preguntó si Abuelo era Tadeo, si Abuela era Valentina, si los piratas eran reales, si el mulo existió. Tenía diez años y fiebre y la sabiduría instintiva de los niños que saben cuándo una pregunta es más importante sin respuesta que con ella.

Abuelo recogió el cuaderno. Sus manos temblaban ligeramente. Lo justo para que las páginas susurraran al pasar.

Continuó la historia.

En el corredor, Tadeo agarró la mano de Valentina. La mano de ella era más pequeña que la suya pero más fuerte. Los dedos de ella se cerraron alrededor de los suyos con la firmeza de alguien que no piensa soltar.

—Corre —dijo él.

—Yo sé el camino —dijo ella—. Sígueme.

Corrieron. Pero no hacia el puerto. Valentina lo guio hacia abajo, hacia los sótanos de la fortaleza, hacia los túneles de agua que el náufrago había mencionado y que ella ya conocía porque llevaba días cartografiando la fortaleza con notas escritas en jugo de naranja.

Los guardias detrás de ellos, botas golpeando piedra, voces gritando órdenes que se multiplicaban en los ecos del laberinto. Corredores blancos pasando. Escaleras que bajaban. El arquitecto loco, por una vez, era su aliado: los guardias se perdían en su propio laberinto.

Empujaron una puerta que daba a una escalera que bajaba. Bajaron. Otra puerta. La empujaron con los hombros, juntos. Salieron a los túneles de agua.

El aire cambió. Húmedo, frío, con sabor a sal y siglos. El agua les llegaba a los tobillos y subía con la marea.

—¿Los túneles? —dijo Marcos—. ¿Van al mar?

—Van al puerto —dijo Abuelo—. Y La Mentira estaba esperando.

Pero la marea estaba subiendo. Lo que les llegaba a los tobillos les llegó a las rodillas en minutos. La luz de la antorcha de Valentina —porque ella llevaba antorcha, porque ella preparaba las cosas, porque ella era la mitad del rescate que siempre hacía falta— se reflejaba en el agua negra.

Profesor estaba en los túneles. Naturalmente. Esperándolos en una bifurcación, masticando algo con la calma de alguien que ha transcendido las limitaciones del espacio y el tiempo.

—¿OTRA VEZ el mulo? —dijo Marcos.

—A estas alturas —respondió Abuelo—, cuestionar al mulo es inútil.

Marcos no discutió.

Salieron al puerto. La noche estaba despejada, la luna llena convirtiendo el agua en plata. La Mentira esperaba, anclada en las sombras de los acantilados. Pero entre ellos y el barco había un problema: dos barcos de guerra de Rodrigo bloqueaban la salida del puerto.

—Tenemos que pasar entre ellos —dijo Valentina.

—Los barcos son enormes —dijo Tadeo.

—Sí.

—Tienen cañones.

—Sí.

—¿Tienes un plan?

Valentina sacó un papel de su bolsillo. Un mapa detallado de las corrientes del puerto, los horarios de las mareas, las posiciones de anclaje de cada barco. Todo escrito en jugo de naranja sobre papel de la cocina de la fortaleza.

—Tengo un plan —dijo.

Tadeo la miró. El mapa. La antorcha. El vestido roto. La determinación en sus ojos.

—Eres increíble —dijo.

—Lo sé —respondió ella—. Ahora corre.

Y en el dormitorio de Madrid, Marcos se inclinó hacia adelante. La fotografía de su abuela apretada en su mano pequeña y febril. La historia y la realidad, el cuento y la verdad, ya no eran dos cosas separadas.

«¿Escaparon?»

Abuelo pasó la página.

Capítulo 13 - La Caída

El plan de Valentina era brillante. El problema era que los planes brillantes necesitan que la realidad coopere, y la realidad esa noche estaba de vacaciones.

El plan consistía en lo siguiente: usar las corrientes del puerto, que a esa hora de la noche empujaban desde el este, para maniobrar La Mentira entre los dos barcos de guerra mientras los guardias cambiaban de turno. Valentina había cronometrado los cambios de guardia desde su ventana durante tres días. Sabía el minuto exacto en que la cubierta de cada barco estaría más vacía.

El problema número uno fue que La Mentira no respondía bien a las corrientes. La Mentira no respondía bien a nada. El barco tenía su propia opinión sobre la navegación, y esa opinión era generalmente equivocada.

El problema número dos fue Pepito. En el momento exacto en que necesitaban silencio absoluto, Pepito estornudó. Fue un estornudo épico, un estornudo que llevaba ocho meses de sopa de sardinas almacenados en los pulmones, un estornudo que resonó en las paredes del puerto.

El problema número tres fue el pelícano. El pelícano Rodrigo, asustado por el estornudo, despegó del mástil con un graznido que sonó exactamente igual que la alarma del barco de guerra más cercano. Los guardias del barco de guerra se despertaron. Los guardias del segundo barco de guerra se despertaron. Las antorchas se encendieron. El puerto se iluminó.

—Todo fue culpa de un estornudo —dijo Marcos.

—Todo fue culpa de ocho meses de sardinas —corrigió Abuelo.

Valentina no se rindió. Cambió de plan en tres segundos. Gritó a Bigotes que virara a estribor. Gritó a Tomás que cortara el ancla. Gritó a Pepito que dejara de estornudar. La Mentira se movió, lenta y crujiente, hacia el espacio entre los dos barcos de guerra.

Desde la proa del barco de guerra más cercano, un guardia gritó: «¡Alto! ¡Identifíquense!»

Bigotes, en un momento de inspiración de pánico, gritó de vuelta: «¡Somos la entrega de sardinas de emergencia!»

—¿Sardinas de emergencia? —repitió Marcos.

—Era lo primero que se le ocurrió.

—¿Existen las sardinas de emergencia?

—A partir de esa noche, sí.

El guardia, confundido por el concepto de sardinas de emergencia, dudó. Esos tres segundos de duda fueron suficientes. La Mentira pasó entre los dos barcos de guerra. Las paredes de madera de los barcos enormes se elevaban a ambos lados, tan cerca que Tadeo podía ver los clavos en los tablones. Los cañones los miraban desde arriba.

Pasaron. Por un pelo. Con Pepito conteniendo un segundo estornudo con ambas manos sobre la nariz y Bigotes rezando a santos que no conocía.

Y entonces la corriente los atrapó.

Valentina no había calculado la fuerza de la corriente nocturna. Era más fuerte de lo que esperaba. Mucho más fuerte. La Mentira fue arrastrada hacia los acantilados en la boca del puerto, donde las rocas se levantaban del agua negra con los bordes afilados.

Tadeo agarró el timón. No sabía manejar un timón. No importaba. Giró con todas sus fuerzas. El barco respondió, lento y protestando, pero respondió. Se alejó de las rocas por metros. Metros que separaban la supervivencia del desastre.

Pero en la maniobra, la corriente empujó la popa de La Mentira contra una roca sumergida. El impacto sacudió todo el barco. Algo se rompió en el casco. Agua empezó a entrar.

—Más agua —dijo Tomás, mirando sus pies—. Siempre más agua.

Agarró su cubo. Empezó a sacar agua. Sus manos enormes, que nunca habían servido para hacer pan ni para nada que su familia esperara de él, sacaban el agua con una velocidad furiosa. No se quejó. No tuvo miedo. Por primera vez en su vida, Tomás era exactamente la persona que el momento necesitaba: un hombre con manos grandes y un cubo.

Salieron al mar abierto. La Mentira crujía. El agua subía por dentro. Pero estaban fuera del puerto. Las alarmas sonaban detrás de ellos. Los barcos de guerra intentaban maniobrar para perseguirlos, pero los barcos grandes necesitan tiempo para moverse, y tiempo era lo único que La Mentira tenía.

Valentina estaba en la proa, empapada, con el vestido de seda roto y el pelo pegado a la cara. Le daba órdenes a la tripulación con la autoridad de alguien que nació para navegar, no para vender naranjas en un mercado de pueblo. Los piratas obedecían sin dudar.

Bigotes anotó en su diario, escribiendo con una mano mientras sacaba agua con la otra: «La novia del Capitán es mejor capitán que el Capitán. Esto explica muchas cosas».

Tadeo se acercó a Valentina. La luna los bañaba a ambos.

—Tu plan era brillante —dijo.

—Mi plan falló —respondió ella.

—Pero funcionó.

—Eso no es lo mismo.

—En mi experiencia —dijo Tadeo, con la sonrisa de diente torcido que ella conocía desde la infancia—, es exactamente lo mismo.

El barco más rápido de Rodrigo salió del puerto. Una forma oscura y elegante contra la línea del horizonte. Se acercaba.

«Capitán», dijo Bigotes. «Nos persigue».

Tadeo miró al horizonte. Valentina miró al horizonte. Se miraron el uno al otro.

«Bueno», dijo Tadeo. «Al menos no estamos aburridos».

Valentina, contra toda lógica, se rió.

Capítulo 14 - La Persecución

El barco del príncipe se llamaba El Juicio. Era esbelto, rápido, y construido con un único propósito: atrapar cosas que intentaban escapar.

La Mentira contra El Juicio no era una pelea justa. El Juicio era más rápido, mejor tripulado, mejor armado, y probablemente olía mejor. La Mentira era un barco que se mantenía a flote por costumbre más que por ingeniería, tripulado por piratas que se habían hecho piratas porque no servían para nada más, y armado con un único cañón que Valentina ya había identificado como funcional.

—¿Solo un cañón? —dijo Marcos.

—Solo uno. Y tres balas.

—TRES.

—Pepito las contó. Dos veces, porque la primera vez contó cuatro, pero una era un queso redondo.

Los piratas intentaron todo. Tiraron carga por la borda para aligerar el barco. Zigzaguearon entre arrecifes. Incluso tiraron sardinas al agua con la esperanza de que el olor fuera disuasorio.

—Las sardinas no son una estrategia militar —señaló Marcos.

—Estaban desesperados —respondió Abuelo.

Valentina tomó el timón. Navegó hacia una cadena de islas pequeñas, esperando perder a Rodrigo en los canales estrechos entre ellas. Las islas eran rocosas, con aguas poco profundas que El Juicio tenía que navegar con cuidado. La Mentira, que no tenía cuidado con nada, pasó entre las rocas con la temeridad de un barco que ya había aceptado que cada día era un milagro.

Y entonces La Mentira encalló en un banco de arena.

El barco se detuvo con un crujido que vino del fondo del casco. Se inclinó —más de lo que ya se inclinaba, lo cual era decir mucho— y quedó atrapado.

El Juicio se acercaba. Podían ver la proa cortando las olas. Tenían minutos.

—Perdimos —dijo Tomás. Pero no lo dijo con derrota. Lo dijo con la voz plana de alguien que evalúa hechos. Sus manos enormes agarraban el cubo vacío.

—No hemos perdido —respondió Valentina.

—Estamos encallados —dijo Pepito. Luego, en voz baja, compuso un verso: «Encallados en la arena, con el alma apenas buena». Nadie aplaudió.

—NO. HEMOS. PERDIDO —dijo Valentina.

Tadeo tuvo una idea. Su primera idea real, intencional, en toda la historia. No un accidente afortunado. No un malentendido. Un plan. Tal vez no un buen plan, pero un plan genuino, nacido de la desesperación de alguien que se niega a rendirse.

—Tirad todo lo pesado por un lado del barco —dijo—. Todo. Por estribor.

—¿Todo? —preguntó Bigotes.

—Todo.

Cañones —no tenían, pero la base de montaje pesaba. La tiraron. Barriles de agua. Los tiraron. Provisiones. Sardinas. El ancla de repuesto. La colección secreta de novelas románticas de Bigotes, una docena de libros con portadas que mostraban hombres sin camisa en situaciones meteorológicamente improbables.

—No mis libros —dijo Bigotes.

—Bigotes —dijo Tadeo.

—Pero «El Abrazo Prohibido del Duque» es—

—BIGOTES.

Los libros cayeron al mar. Bigotes los observó flotar con la expresión de un hombre que acaba de tirar su propia alma por la borda. Tomás puso una mano en su hombro. «Te prestaré los míos», murmuró. Bigotes lo miró, sorprendido. «¿Tú lees novelas románticas?» «Las manos grandes no significan corazón pequeño», respondió Tomás, y fue lo más largo que había dicho en toda la semana.

El barco se inclinó con el peso redistribuido. Se balanceó. Crujió. Y lentamente, con un gemido, se deslizó fuera del banco de arena justo cuando El Juicio rodeaba la isla.

Pero La Mentira estaba ahora sin provisiones. Sin peso. Sin las novelas románticas de Bigotes.

—¿Sabes qué? —dijo Valentina, mirando el barco vacío—. Es más rápido.

Y tenía razón. Sin peso, La Mentira volaba. Las velas parchadas atraparon el viento, y el barco saltó sobre las olas con una ligereza que nunca había tenido.

Valentina disparó el único cañón contra El Juicio. Falló el casco, pero acertó el timón. El impacto hizo que El Juicio girara sobre sí mismo. En la rotación, perdió velocidad. La Mentira ganó distancia.

Pepito disparó la segunda bala. Acertó al mástil de El Juicio. El mástil se agrietó. La vela principal cayó al agua.

Quedaba una bala. Valentina apuntó.

Bigotes cerró los ojos. Tomás agarró su cubo. Pepito compuso un verso final en su cabeza. Tadeo agarró la mano de Valentina.

—No necesito que me sujetes la mano para disparar un cañón —dijo ella.

—Ya lo sé —dijo él—. Me la estoy sujetando a mí mismo.

Valentina disparó. La tercera bala pasó a través de la bandera de El Juicio, arrancándola del mástil. La bandera del príncipe cayó al mar. No era un golpe fatal. El barco seguía a flote. Pero era una declaración. Un mensaje que Rodrigo, de pie en la proa de su barco dañado, recibió con los puños cerrados y la mandíbula apretada.

La Mentira desapareció entre las islas. El Juicio, sin timón funcional y con medio mástil, no pudo seguirlos.

—¿Ganaron? —preguntó Marcos.

—Escaparon —corrigió Abuelo—. Hay una diferencia.

—¿Cuál?

—Que el príncipe todavía tenía una flota. Y la boda estaba programada para mañana.

Capítulo 15 - La Isla de la Herbolaria

La Mentira estaba muriendo. Lentamente, de la manera en que mueren los barcos viejos: con dignidad cuestionable y mucha agua dentro.

El casco, dañado por la roca en el puerto y por años de negligencia general, dejaba entrar agua a un ritmo que Tomás ya no podía mantener con un solo cubo. Tomás sacaba agua. El agua volvía. Tomás sacaba más agua. El agua volvía más. Era la relación más constante de la vida de Tomás, y estaba harto.

—El barco se hunde —anunció Bigotes, con la voz de alguien que lee un diagnóstico médico.

—El barco siempre se hunde —respondió Valentina—. La pregunta es cuánto tarda.

La respuesta era: lo suficiente. Apenas. La Mentira se arrastró hasta una isla pequeña antes de que el agua le llegara a la cubierta. Encalló en la playa con un crujido final que sonó a rendición. El casco se abrió. El mar entró. La Mentira dejó de ser un barco y pasó a ser un montón de madera con pretensiones.

Pepito compuso un poema fúnebre para el barco. «Aquí descansa La Mentira, que nunca fue verdad, ni barco, ni mentira, solo mala voluntad». Los piratas aplaudieron. Era, objetivamente, su mejor poema.

La isla era pequeña, verde, y olía a hierbas. Hierbas medicinales, hierbas aromáticas, hierbas que probablemente no deberían crecer juntas pero que alguien con ideas muy específicas había plantado en filas organizadas. En el centro de la isla había una cueva, y en la entrada de la cueva había una mujer vieja con los brazos cruzados y una expresión que sugería que los visitantes no eran bienvenidos, frecuentes ni tolerados.

—¿Quién es ella? —preguntó Marcos.

—Una herbolaria. Posiblemente la misma mujer de la encrucijada.

—¿Posiblemente?

—Las mujeres viejas en las historias tienen una tendencia a aparecer donde se las necesita.

La herbolaria miró a Tadeo. Miró a Valentina. Miró a los piratas, al mulo, al pelícano. Miró los restos de La Mentira en la playa.

—No —dijo.

—No hemos pedido nada —respondió Tadeo.

—Ibais a hacerlo. No.

Valentina se adelantó. «Necesitamos reparar el barco. Tenemos madera de las islas cercanas. Tenemos manos. Lo que no tenemos es tiempo. La boda es mañana. Si tiene algo que pueda sellar un casco, se lo pagaremos».

La herbolaria la estudió.

—¿Con qué?

—Con lo que quiera.

—Quiero que os vayáis.

—Eso podemos hacerlo. Después de que arregle el barco.

La herbolaria tenía un barril de brea, el material perfecto para sellar cascos de barcos. También tenía mal genio, una colección de gatos que superaba lo socialmente aceptable, y una opinión sobre los hombres jóvenes que no era favorable.

—Los hombres —dijo, mientras les daba la brea a cambio de la promesa de irse inmediatamente— creen que el amor es ir a buscar a alguien. El amor es quedarse cuando es difícil. ¿Cuántos de vosotros sabéis quedarse?

Nadie respondió. Tadeo miró a Valentina. Valentina miró a Tadeo.

—Aún estamos aprendiendo —dijo Valentina.

La herbolaria asintió. «Eso es lo más inteligente que alguien ha dicho en esta isla en veinte años».

Los piratas trabajaron toda la noche reparando La Mentira. Tomás era el más útil: sus manos enormes manejaban los tablones con una precisión que nadie esperaba. Descubrieron que Tomás no tenía miedo de los hornos. Tenía miedo de decepcionar a la gente. El calor de los hornos le recordaba a las expectativas de su padre, que quería un panadero perfecto y tenía un hijo que no podía hacer pan recto. Pero aquí, en una playa con madera y brea y gente que lo necesitaba, las manos de Tomás hacían exactamente lo que debían.

Bigotes cosió velas nuevas con la aguja. Pepito cocinó sardinas sobre una fogata. Los gemelos hicieron todo al mismo tiempo, incluyendo martillar.

Tadeo y Valentina se sentaron en la playa mientras los piratas trabajaban. La luna estaba alta. El mar era una lámina de plata.

—No debiste venir —dijo ella.

—No podía no venir.

—Lo sé. Eso es lo que me asusta.

—¿Que vine?

—Que viniste sin pensar que podrías no volver. Eso no es valentía. Es terquedad.

Tadeo la miró. Ella tenía arena en el pelo y el vestido de la fortaleza estaba roto en tres lugares y sus ojos estaban rojos de cansancio y de sal. Era la persona más fuerte que conocía.

—¿Cuál es la diferencia? —preguntó.

—La valentía piensa en el mañana. La terquedad solo piensa en ahora.

—Entonces soy terco.

—Increíblemente.

—¿Eso está mal?

Valentina no respondió. Pero se recostó contra su hombro. Y se quedó ahí.

Al amanecer, La Mentira estaba reparada. Más o menos. El casco ya no dejaba entrar agua, aunque crujía de maneras nuevas y preocupantes. Las velas nuevas eran más parches que vela. Pero flotaba. Eso era suficiente.

La herbolaria los observó zarpar desde la entrada de su cueva, rodeada de gatos.

«Están locos», murmuró.

Uno de los gatos maulló.

«Sí», dijo la herbolaria. «Completamente locos».

La Mentira navegó hacia la isla de Rodrigo por segunda vez. La bandera pirata —la patata con ojos— ondeaba en el viento del amanecer.

«Nos verán llegar», dijo Bigotes.

«Bien», dijo Tadeo. «Quiero que nos vea».

No miraba a los piratas cuando lo dijo. Miraba a la fortaleza. La boda era hoy. Se preguntó si le habrían dado lirios otra vez. Esperaba que no. Valentina merecía girasoles.

Sacó la segunda naranja de su bolsillo. Arrugada y blanda. La guardó.

«Voy», dijo, tan bajo que solo el viento lo escuchó. «Otra vez. Todavía. Siempre».

Esta vez, traía amigos.

Capítulo 16 - El Regreso

El plan —y Tadeo usaba esa palabra de forma generosa— era simple. Asaltar la fortaleza. Interrumpir la boda. Intentar que nadie muriera.

«Esa última parte», dijo Bigotes, «es la que más me preocupa».

Valentina no participaría en el asalto. Eso era lo que hacía este plan diferente. Rodrigo la buscaba a ella. Si ella aparecía en el barco, la flota entera de Rodrigo los perseguiría sin descanso. Pero si Valentina se quedaba escondida en la isla de la herbolaria, Rodrigo no sabría dónde estaba. Su boda no podía celebrarse sin novia.

—¿Valentina se queda? —preguntó Marcos.

—Valentina toma las decisiones —corrigió Abuelo.

La decisión fue de Valentina. «Soy más útil planeando que huyendo», dijo. «Ve a la fortaleza. Busca a Esperanza y Gaspar. Convéncelos de ayudar. Si el príncipe no tiene guardián ni genio, es solo un hombre con una corona y una sala vacía».

El plan tenía lógica. Eso era nuevo. Los planes de Tadeo nunca habían tenido lógica antes, y la sensación era extraña, incómoda, como llevar zapatos de otra persona.

La Mentira llegó a la isla al mediodía. No por el puerto principal —eso sería suicidio— sino por el lado norte, donde los acantilados eran más bajos y los túneles de agua, según el mapa de Valentina, conectaban con el interior de la fortaleza.

Los piratas crearon una distracción. Encendieron los últimos barriles de aceite de sardinas y los empujaron al mar cerca del puerto sur. El aceite se encendió sobre la superficie del agua, creando una pared de humo y llamas que convirtió el puerto en caos. Los guardias corrieron hacia el sur. Exactamente lo que Valentina había predicho.

Tadeo y Bigotes entraron por los túneles del norte. El agua les llegaba a las rodillas. Las paredes estaban cubiertas de musgo que brillaba verde en la oscuridad. El aire era denso, húmedo, con un sabor a mineral y siglos.

—¿Y Tomás? —preguntó Marcos.

—Tomás se quedó en el barco. Alguien tenía que sacar agua.

—Siempre Tomás.

—Tomás eligió quedarse. Dijo que el barco lo necesitaba. Pero la verdad es que Tomás quería asegurarse de que hubiera un barco al que volver. No quería ser la persona que no vuelve.

Dentro de la fortaleza, los sirvientes ayudaron. No abiertamente. No con heroísmo. Con gestos pequeños. Un sirviente que no miró cuando Tadeo pasó. Una cocinera que le metió un trozo de pan en el bolsillo. «No has comido», susurró. «Se nota». Un guardia joven que decidió ir al baño en el momento exacto en que Tadeo necesitaba pasar por su puesto.

La palabra se había corrido por la fortaleza. El chico de campo estaba de vuelta. El que había saltado por una vendedora de naranjas. El que era nadie y venía de todos modos.

—¿Por qué le ayudan? —preguntó Marcos, en voz baja.

—Porque la gente reconoce algo verdadero cuando lo ve —respondió Abuelo—. Incluso cuando es ridículo. Especialmente cuando es ridículo.

Tadeo encontró a Gaspar en la biblioteca de la fortaleza. El genio estaba sentado en un sillón rodeado de libros, con las gafas en la punta de la nariz y una expresión que no era la habitual superioridad. Era algo diferente. Algo parecido al aburrimiento, pero más profundo.

—Has vuelto —dijo Gaspar, sin levantar la vista del libro.

—He vuelto.

—Gaspar ha calculado que la probabilidad de que volvieras era del diecisiete por ciento. Gaspar subestimó la terquedad humana. —Cerró el libro—. ¿Qué necesitas?

—Ayuda.

—Gaspar no ayuda. Gaspar observa.

—Gaspar está aburrido.

El silencio duró exactamente cuatro segundos. Luego Gaspar se levantó.

—Gaspar está profundamente aburrido —admitió—. Gaspar no ha tenido un problema interesante desde que tú te fuiste. Rodrigo no es un problema interesante. Rodrigo es un problema predecible. —Se ajustó las gafas—. ¿Cuál es el plan?

—No tengo plan.

—Obviamente no. —Gaspar casi sonrió—. Eso es lo interesante.

Encontrar a Esperanza fue más fácil. Estaba esperando. Siempre estaba esperando.

—Con permiso —dijo, y envainó su espada—. ¿A qué hora es la boda?

—Al atardecer —respondió Tadeo.

—Entonces tenemos cuatro horas.

—¿Vas a ayudar?

Esperanza lo miró con esa expresión que podía ser hostil o amistosa.

—Trescientos duelos —dijo—, y ninguno valió la pena. Creo que este sí.

Gaspar bloqueó tres corredores con muebles y cálculos de probabilidad. Esperanza neutralizó a dos guardias con una eficiencia que no necesitaba descripción. Bigotes, con su diario y su bigote y su miedo constante, los guio a todos usando el mapa incorrecto de la fortaleza, que resultó ser correcto por accidente en los tres lugares que importaban.

A las cinco de la tarde, estaban en posición fuera de la sala del trono. La música del cuarteto de cuerdas flotaba por los corredores. La boda estaba a punto de comenzar. Cuatrocientos invitados. Cincuenta guardias. Un príncipe.

Y una novia que no estaba.

Rodrigo, furioso, había enviado a sus hombres a buscar a Valentina. La fortaleza era un caos de búsqueda. Y en ese caos, mientras todos buscaban a la novia, nadie vigilaba la puerta de la sala del trono.

Tadeo puso la mano en la puerta. La madera era fría.

No tenía espada. Ni siquiera la oxidada.

No tenía plan.

No tenía ninguna posibilidad.

Empujó la puerta.

Capítulo 17 - La Sala del Trono

Cuatrocientas personas se volvieron a mirar al hombre que acababa de abrir las puertas de la sala del trono, y cuatrocientas personas tuvieron el mismo pensamiento: eso no puede ser el rescate.

Tadeo estaba empapado de los túneles. Cubierto de musgo verde. Tenía medio mango de cortadora de heno metido en el cinturón, porque la hoja se había roto en algún momento entre el capítulo 9 y ahora. Su camisa estaba rota en tres lugares. Un pantalón tenía una pierna y medio. Y el pelícano lo había seguido adentro, porque el pelícano siempre lo seguía, con la fidelidad absurda de un pájaro que ha decidido que este humano en particular es su responsabilidad.

El silencio que cayó sobre la sala del trono era el tipo de silencio que pesa. Cuatrocientos invitados en sus mejores ropas, sentados en sillas doradas, con copas de vino que dejaron de beber. El cuarteto de cuerdas dejó de tocar.

El altar estaba vacío. No había novia. Los lirios blancos estaban ahí, las sillas estaban ahí, pero la novia no.

Rodrigo, junto al altar, con un traje blanco inmaculado, miró a Tadeo con la expresión de un hombre que ha tenido un día muy largo y no necesita que empeore.

—Tú —dijo.

—Yo —dijo Tadeo.

—¿Dónde está Valentina?

—No está aquí.

—Eso puedo verlo. ¿Dónde está?

Tadeo no respondió. En su lugar, caminó por el pasillo central de la sala del trono, entre las filas de invitados que se apartaban. Cada paso resonaba en el suelo de mármol. El pelícano caminaba detrás de él con la misma solemnidad.

—¡Guardias! —dijo Rodrigo.

Los guardias no aparecieron. Estaban buscando a Valentina en los pisos superiores, en los túneles, en el puerto. Los que quedaban en la sala del trono miraron a Esperanza, que estaba de pie junto a la puerta con la espada desenvainada y una sonrisa que decía: «Intentadlo».

—Tus guardias están ocupados —dijo Tadeo.

—Tengo cuatrocientos testigos —respondió Rodrigo—. ¿Qué piensas hacer? ¿Un discurso?

—No soy bueno en los discursos.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

Buena pregunta. Tadeo no tenía un discurso preparado. No tenía una declaración heroica. Lo que tenía era la verdad, que era mucho más aterradora que cualquier espada.

—Estoy aquí —dijo Tadeo, y su voz temblaba pero no se rompía— porque usted le dijo a Valentina que nadie vendría a buscarla. Que eso era un cuento para niños. Quería que supiera que se equivocaba.

Rodrigo lo miró. Cuatrocientas personas lo miraron. El pelícano también lo miró, pero el pelícano siempre miraba a todo el mundo.

—No soy un pirata legendario —continuó Tadeo—. No soy un príncipe secreto. Gaspar me lo inventó en el capítulo ocho.

Desde el lateral de la sala, Gaspar levantó la mano. —Confirmo. Fue una prueba. Falló la prueba pero de una manera interesante.

—No sé luchar con espada. No sé navegar. Mi mulo es más inteligente que yo.

Desde algún lugar fuera de la sala, se escuchó el golpeteo de un casco contra piedra. Profesor, confirmando.

—¿Entonces qué eres? —preguntó Rodrigo. La pregunta era genuina. No retórica. No cruel. Genuinamente confundida. Un hombre que tiene todo preguntando a un hombre que no tiene nada: ¿qué eres?

—Soy un chico de campo que ni siquiera puede ordeñar una cabra correctamente —dijo Tadeo—. Pero vine. Vine la primera vez. Vine la segunda vez. Y si me echa de aquí, vendré una tercera vez. Y una cuarta. Y no pararé. Porque la amo. Y eso es todo lo que soy. Un hombre que no para.

La sala estaba en silencio. No el silencio de personas que esperan. El silencio de personas que están presenciando algo que no habían venido a ver, algo que no se puede comprar con una invitación ni organizar con una ceremonia.

En algún lugar de la sala, una mujer se llevó la mano al pecho. En otra fila, un hombre miró a su esposa y le apretó la mano sin saber por qué.

Rodrigo miró a Tadeo durante un momento largo. En su cara perfecta, algo se movió. No fue un terremoto. Fue un temblor. La grieta más pequeña en la máscara más perfecta.

—Guardias —dijo—. Sacadlo.

—No —dijo una voz desde la puerta lateral.

No era Esperanza. No era Gaspar. No era un pirata.

Era Don Roque, el jefe de cocina, con el delantal lleno de manchas y un cuchillo de cocina que no estaba destinado a cortar nada excepto cebollas pero que en sus manos parecía considerar otras opciones.

Detrás de Don Roque estaban los sirvientes de la fortaleza. Diez. Veinte. Treinta. Cocineros, lavanderas, jardineros, el tipo que limpiaba los establos. Personas que nunca habían sido invitadas a la sala del trono entrando por la puerta de servicio.

No llevaban armas. No eran guerreros. Eran personas que habían elegido, en un acto pequeño e invisible, no obedecer.

—El chico me picó cebollas una tarde —dijo Don Roque—. Mal. Terriblemente. Pero las picó. Eso es más de lo que usted ha hecho en esta cocina en diez años, Su Alteza.

Rodrigo miró a sus sirvientes. Miró a los guardias que no venían. Miró a Gaspar, que lo observaba con curiosidad científica. Miró a Esperanza, que bloqueaba la puerta con la calma de alguien que tiene trescientas razones para no moverse.

Y sintió algo que nunca había sentido antes: la soledad de tener poder sobre personas que ya no le tienen miedo.

—Esto —dijo Marcos— no es gracioso.

—No —dijo Abuelo—. Esta parte no lo es.

Capítulo 18 - Lo que Dijo el Príncipe

Lo que pasó después, Marcos, es la parte de la historia que nadie cuenta bien.

Rodrigo no se rindió. Un príncipe no se rinde porque un chico de campo da un discurso y unos sirvientes entran en la sala del trono. El mundo no funciona así. Las historias dicen que sí, pero las historias mienten.

Lo que Rodrigo hizo fue algo peor que atacar. Habló.

Se levantó de su silla junto al altar vacío, se alisó el traje blanco, y caminó hacia Tadeo. Los invitados se apartaron. Los sirvientes retrocedieron medio paso. Incluso Esperanza ajustó su postura.

Rodrigo se detuvo a un metro de Tadeo. Lo miró. Y habló con la voz tranquila de alguien que dice verdades que nadie quiere escuchar.

—Vine —dijo, repitiendo las palabras de Tadeo—. «Vine». Eso es lo que ofreces. ¿Sabes lo que pasa después de «vine»? Pasa la vida. Pasa el martes. Pasan las noches en que no hay dinero para la cena. Pasan los inviernos en que la granja no produce. Pasa la enfermedad sin médico. Pasa la vejez sin dignidad. Tú ofreces «vine». Yo ofrezco un futuro.

Tadeo no pudo responder. Porque Rodrigo tenía razón. No completamente. No de la manera que importaba. Pero tenía razón en lo suficiente como para que las palabras dolieran.

—Eso es cruel —dijo Marcos, y su voz era muy pequeña.

—Es verdad —dijo Abuelo—. Parte de lo que dijo era verdad. Eso es lo que lo hacía cruel.

Rodrigo se volvió hacia los invitados. —¿Esto es lo que quieren celebrar? ¿Un chico que ofrece naranjas y optimismo? ¿Un rescate basado en suerte y mulos inteligentes? La vida real no tiene finales felices escritos por un viejo en un cuaderno.

El silencio cambió. Ya no era el silencio de la admiración. Era el silencio de la duda. Rodrigo sabía manejar el silencio. Sabía llenar un espacio con la clase de lógica que suena correcta porque evita las emociones, que son sucias e impredecibles y no caben en ecuaciones.

Tadeo miró al suelo. Sus zapatos prestados. Sus pantalones rotos. Sus manos vacías. El príncipe tenía razón. ¿Qué iba a pasar después del rescate? ¿Volver a la granja? ¿Ordeñar la cabra que siempre le ganaba? ¿Ofrecer una vida de barro y olivos y nada más?

Y entonces Gaspar habló.

No con su voz habitual de genio. Con una voz más baja, más cuidadosa, la voz de alguien que ha descubierto algo que todas sus ecuaciones no podían resolver.

—Su Alteza tiene razón en los números —dijo Gaspar—. Los números dicen que usted tiene todo y él no tiene nada. Pero Gaspar ha notado algo que los números no pueden medir. En los cuatro días que Gaspar ha observado a este hombre, once personas han decidido ayudarlo sin que él lo pidiera. Un mulo cruzó un muro. Una espadachina rompió un juramento. Un cocinero abandonó su puesto. Once piratas que no le debían nada se quedaron en un puerto esperándolo. —Gaspar se ajustó las gafas—. Gaspar tiene un coeficiente intelectual de doscientos doce y no puede hacer que una sola persona se quede por él. Este hombre no puede ordeñar una cabra y la gente cruza el mar por él. Gaspar no sabe qué es eso. Pero sabe que usted no lo tiene.

El silencio cambió otra vez.

Rodrigo miró a Gaspar. La traición de un genio comprado duele más que la traición de un sirviente, porque el genio entiende lo que está haciendo y lo hace de todos modos.

—Estás despedido —dijo Rodrigo.

—Gaspar acepta —respondió Gaspar—. Gaspar debería haber sido despedido hace años.

La sala del trono se fragmentó. Los invitados susurraban. Los sirvientes no se movían. Esperanza seguía en la puerta. Y Tadeo, de pie en medio de todo, con el pelícano en el hombro y las manos vacías y el corazón latiendo en todas partes excepto donde debería latir, dijo lo único que le quedaba por decir.

—Rodrigo. No tengo un reino. No tengo un plan después de hoy. No sé qué va a pasar mañana. Pero puedo prometerte una cosa: ella se reirá. No sé si tendremos dinero ni casa ni nada de lo que tú puedes dar. Pero se reirá. Y tú no puedes comprar eso.

Rodrigo cerró los ojos. Los abrió. Había algo detrás de esos ojos que no era ira ni desprecio ni la habitual indiferencia. Era dolor. El dolor de alguien que acaba de entender lo que se ha perdido, no lo que le han quitado, sino lo que nunca tuvo.

Ordenó a los guardias que detuvieran a Tadeo. Pero los guardias que quedaban miraron a Esperanza, miraron a los sirvientes, miraron al pelícano que estaba devorando el pastel de bodas con entusiasmo criminal, y no se movieron.

Rodrigo estaba solo en una sala llena de gente. La soledad más profunda del mundo: estar rodeado de personas que ya no te obedecen.

—ABUELO. —La voz de Marcos. No impaciencia. No escepticismo. Miedo. El tipo de miedo que tiene un niño cuando una historia se acerca demasiado a algo real—. ¿Esto pasó?

Abuelo no respondió inmediatamente. Extendió la mano y tomó la mano de su nieto. Su mano vieja, curtida, llena de sesenta años, alrededor de la mano pequeña y febril.

—Algo de esto —dijo—. Las partes que importan.

—¿Qué partes?

—Las naranjas. Siempre las naranjas.

Capítulo 19 - La Decisión del Príncipe

Rodrigo no se rindió. Pero hizo algo que nadie esperaba. Habló otra vez. No a Tadeo. No a los invitados. A sí mismo, en voz alta, de la manera en que hablan las personas que han estado solas demasiado tiempo.

—Cuando era niño —dijo, y la sala se calló, porque un príncipe hablando de su infancia era tan raro como un milagro, tan inesperado como un pelícano en una sala del trono—, mi padre me enseñó que el poder es la única moneda que no pierde valor. Que las personas son piezas en un tablero. Que el amor es una debilidad que los fuertes no se pueden permitir.

Miró a Tadeo.

—Mi padre murió solo. En una habitación llena de sirvientes que no lo lloraron. Y dejó un reino que funciona perfectamente y una isla donde nadie ha reído jamás.

La confesión no buscaba simpatía. Era la declaración de un hombre que mira un espejo y no reconoce lo que ve, pero no puede dejar de mirar.

—Puedes irte —dijo Rodrigo.

Tadeo no se movió. —¿Y Valentina?

—Valentina nunca fue mía. —Las palabras salieron despacio, cada una un peso del que se deshacía—. No se puede poseer a alguien que no te elige.

—¿La deja ir? —preguntó Marcos, y su voz no era de un niño pidiendo un final feliz. Era de alguien que necesitaba saber si la historia era verdad.

—No la deja ir —corrigió Abuelo—. Deja de retenerla. Hay una diferencia.

—¿Cuál?

—La primera es generosidad. La segunda es justicia.

Rodrigo no fue generoso. Fue justo. La diferencia importaba, aunque nadie en la sala del trono pudiera explicar por qué.

Los invitados empezaron a levantarse. Las copas de vino, abandonadas. Los lirios blancos, marchitándose ya en los jarrones del altar. El cuarteto de cuerdas guardó sus instrumentos con la eficiencia de músicos que cobran por hora y la hora había terminado.

Rodrigo se quedó junto al altar vacío. Solo. No se fue. No habló. Solo se quedó ahí, mirando las sillas vacías y las flores que nadie quería, con la expresión de un hombre que acaba de descubrir que todo lo que tiene no suma nada.

Tadeo quiso decirle algo. No sabía qué. ¿Gracias? No se agradece a alguien por dejar de hacer algo malo. ¿Lo siento? No era responsabilidad de Tadeo la soledad de un príncipe. Pero algo en la imagen de Rodrigo —solo, inmóvil, con su traje blanco perfecto en una sala que se vaciaba— le dolió de una manera que no esperaba.

Gaspar fue el que habló. Se acercó a Rodrigo con pasos pequeños, se aclaró la garganta, y dijo: —Su Alteza. Gaspar tiene una propuesta. Gaspar necesita un laboratorio. Usted tiene una isla con una fortaleza vacía. Gaspar puede quedarse. Gaspar puede resolver los problemas de la isla —el arquitecto loco, las piedras sueltas, la colección de queso inexplicable— a cambio de espacio y silencio.

Rodrigo lo miró. —Me traicionaste.

—Gaspar le dijo la verdad. Eso no es traición. Es lo más respetuoso que Gaspar ha hecho en su vida.

El príncipe no respondió. Pero tampoco lo echó. Gaspar tomó eso como un sí.

Esperanza envainó su espada. Se acercó a Tadeo en la puerta de la sala del trono.

—Trescientos un duelos —dijo—. El último fue el mejor.

—No fue un duelo —respondió Tadeo.

—No con espadas. —Le extendió la mano—. Si alguna vez necesitas una espadachina, ya sabes dónde encontrarme.

Tadeo le estrechó la mano. Era fuerte. Más fuerte que la suya. Siempre lo sería.

Los piratas estaban en el puerto. La Mentira, reparada y remendada y todavía oliendo a sardinas, los esperaba. Bigotes tenía los ojos rojos. Tomás, de pie en la proa con su cubo vacío, miraba el horizonte con la expresión de alguien que finalmente sabe adónde quiere ir. Pepito estaba componiendo algo que podría haber sido un poema o una lista de la compra.

Tadeo subió al barco. El pelícano subió tras él.

—¿Y Valentina? —preguntó Marcos.

—Valentina estaba en la isla de la herbolaria.

—¿Está bien?

—Valentina siempre está bien. Es Tadeo el que necesita que lo cuiden.

Navegaron hacia la isla de la herbolaria con el viento a favor y el sol poniéndose detrás de ellos. El cielo era naranja. El mar reflejaba el color. Todo olía a sal y a posibilidad y a ese momento específico en que una historia deja de ser una historia y empieza a ser algo real.

Valentina los vio desde la playa. De pie entre los gatos de la herbolaria, con el vestido de la fortaleza finalmente reemplazado por ropa que la herbolaria le había prestado —ropa práctica, ropa de alguien que planta hierbas y no le importa las manchas de tierra—, los esperaba.

Tadeo saltó del barco antes de que atracara. Cayó al agua. No sabía nadar. Lo había olvidado. Valentina tuvo que sacarlo.

—Eso pasó de verdad —dijo Marcos, con una certeza que no tenía treinta segundos antes.

Abuelo sonrió. La sonrisa de diente torcido. La misma sonrisa de Tadeo.

—Eso pasó de verdad.

Capítulo 20 - La Despedida de los Piratas

Nadie habla del día después del rescate. Las historias terminan con el beso, con la victoria, con la puesta de sol. Nadie cuenta la mañana siguiente, cuando hay arena en los zapatos y sal en el pelo y la pregunta inevitable: ¿y ahora qué?

Tadeo despertó en la playa de la isla de la herbolaria. Valentina dormía a su lado, con la cabeza apoyada en el hombro de Profesor, que no se había movido en toda la noche porque los mulos entienden cosas que los humanos no. El pelícano dormía sobre el estómago de Bigotes, que no se había atrevido a moverse por miedo a despertar al pájaro. Los demás piratas dormían en la arena, en hamacas improvisadas, entre los gatos de la herbolaria que habían decidido que los piratas eran almohadas aceptables.

—¿Y ahora qué? —preguntó Marcos. La misma pregunta.

—Ahora —dijo Abuelo— empieza la parte difícil.

Valentina no podía volver a su pueblo. Rodrigo, aunque los había dejado ir, seguía siendo un príncipe, y un príncipe humillado es un príncipe peligroso durante un tiempo. Necesitaban ir a algún lugar donde nadie los conociera. Algún lugar nuevo.

—Sevilla —dijo Valentina, con la seguridad de alguien que ya lo ha decidido—. Hay mercados grandes. Puedo vender naranjas.

—¿Naranjas? —Tadeo la miró—. ¿Otra vez naranjas?

—Sé vender naranjas. No sé hacer otra cosa.

—Sabes navegar. Sabes planear. Sabes disparar cañones.

—Sé vender naranjas —repitió Valentina, y había algo en su voz que cerraba la discusión. No quería aventuras. Quería naranjas y un mercado y una mañana sin guardias.

Tadeo entendió. O empezó a entender. El rescate no era el final. El rescate era el principio. Y el principio era una chica vendiendo naranjas y un chico que no sabía qué hacer consigo mismo.

Los piratas tenían que decidir qué hacer con lo que quedaba de La Mentira. El barco, remendado con brea de herbolaria y oraciones de Pepito, podía flotar, pero no estaba en condiciones de piratear. No es que hubiera estado nunca en condiciones de piratear, pero ahora ni siquiera podía pretender.

Bigotes se sentó junto a Tadeo en la playa. Su bigote, por primera vez, parecía menos una criatura independiente y más simplemente un bigote. Algo había cambiado en Bigotes. Era más pequeño, de alguna manera. O más real.

—Capitán —dijo.

—No soy tu capitán.

—Lo sé. Nunca lo fuiste. —Hizo una pausa—. Pero fuiste el primero que me trató como si importara. —Se retorció el bigote—. Voy a escribir un libro. Sobre todo esto. «Las Memorias del Primer Oficial Bigotes». ¿Suena bien?

—Suena perfecto.

Tomás se acercó. Se sentó en la arena con sus manos enormes sobre las rodillas. Miró al mar. Miró sus manos.

—Voy a ser carpintero —dijo—. Mis manos sirven para construir cosas. No para sacar agua de un barco que se hunde.

—Eras el mejor sacador de agua que he conocido —dijo Tadeo.

—Era el único sacador de agua que has conocido.

—Por eso eras el mejor.

Tomás casi sonrió. Casi.

Pepito se acercó último. Traía un papel doblado. Lo extendió. Era un poema. El poema más largo que había escrito, sobre sardinas y mar y un chico de campo y una chica de naranjas y un mulo que sabía cosas que los humanos no. Era terrible. Absolutamente terrible. Rimaba «amor» con «sardina» dos veces y «corazón» con «limón» tres veces.

Tadeo lo leyó entero. Dos veces.

—Es hermoso —dijo.

—Es terrible —respondió Pepito.

—Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

Los piratas partieron al mediodía. Lo que quedaba de La Mentira se alejó de la isla con sus velas parchadas y su bandera de patata con ojos y su olor a sardinas que nunca se iría. Bigotes al timón. Tomás con el cubo, por última vez. Pepito componiendo poemas en la proa. Los gemelos haciendo todo al mismo tiempo. Paco sin hablar. Sebastián hablando demasiado.

Tadeo los miró desde la playa. Valentina estaba a su lado. Profesor estaba detrás de ellos. El pelícano, por primera vez, no siguió al barco. Se quedó en la isla, mirando a La Mentira desaparecer en el horizonte con algo que en un pájaro podría haber sido nostalgia y probablemente era hambre.

—¿Eso es el final? —preguntó Marcos.

—De esa parte, sí.

—¿Y de la otra parte?

Abuelo cerró el cuaderno. Lo puso en su regazo. Sus manos, arrugadas y manchadas por el sol, descansaron sobre el cuero gastado.

—La otra parte —dijo— no está en el cuaderno.

Marcos esperó.

—La otra parte la llevo aquí —dijo Abuelo, y se tocó el pecho.

Y en la mesita de noche, junto al vaso de agua, la fotografía de Abuela los miraba desde su marco. Pelo oscuro. Sonrisa. Naranjas.

Por primera vez en toda la tarde, los dos la miraron al mismo tiempo.

Capítulo 21 - El Mercado de Sevilla

Abuelo dejó el cuaderno en la mesita de noche. No lo cerró. Lo dejó abierto, con las páginas hacia arriba, respirando.

—Quiero saber qué pasó después —dijo Marcos.

—¿En la historia?

—En la vida real. En la parte que no está en el cuaderno.

Abuelo lo miró. Los ojos del niño estaban diferentes ahora. No eran los ojos de un niño con fiebre que quería su tableta. Eran los ojos de alguien que ha dejado de resistirse a algo que ha sabido toda la tarde pero no quería admitir: que esta historia era sobre personas que conocía. Que las naranjas eran reales. Que Valentina tenía otro nombre, un nombre que los dos conocían, un nombre que estaba escrito en el marco de la fotografía en la cómoda.

Abuelo contó.

Tenía diecinueve años. Era terrible en la granja de su padre. Las cabras le tenían más miedo que él a ellas, lo cual no es un cumplido para ninguna de las dos partes. Su padre lo envió a Sevilla a comprar suministros.

El mercado de Sevilla era ruidoso y caótico y olía a pescado y flores y polvo y a mil personas viviendo demasiado cerca unas de otras. Abuelo caminó entre los puestos buscando semillas y herramientas y en su lugar encontró a una chica vendiendo naranjas.

Tenía el pelo oscuro. Se estaba riendo de algo que un cliente había dicho. La risa era —y aquí Abuelo hizo una pausa, porque describir una risa es la cosa más difícil del mundo, más difícil que describir el color del cielo o el sabor de la sal, porque una risa es algo que solo puedes entender si la has escuchado, y una vez que la has escuchado, todas las palabras del mundo son insuficientes.

—Era la risa del cuento —dijo Marcos.

—Era la risa del cuento —confirmó Abuelo.

Compró seis naranjas. No le gustaban las naranjas.

Volvió al día siguiente. Seis naranjas más. Y al siguiente. Y al siguiente. Cada día, seis naranjas. Cada día, el mismo puesto. Cada día, ella lo miraba con ojos que sabían algo que él todavía no sabía decir.

Después de un mes, ella le dijo: —Te deben gustar mucho las naranjas.

Él respondió: —No me gustan nada las naranjas.

Ella se rió. Y ese fue el momento. No hubo piratas. No hubo príncipes. No hubo espadas ni mulos inteligentes ni pelícanos. Solo un chico de campo que no sabía cómo decir lo que sentía y una chica que se reía de sus chistes, y un mes de naranjas acumuladas en la cocina de una pensión barata de Sevilla donde el dueño empezaba a sospechar que su inquilino tenía un problema con los cítricos.

—¿Treinta días de naranjas? —dijo Marcos.

—Ciento ochenta naranjas —confirmó Abuelo—. No sabía qué hacer con ellas. Las regalé. Las tiré. Intenté hacer mermelada. La mermelada salió horrible. Tu abuela la probó años después y dijo que era lo peor que había comido en su vida.

Marcos se rió. La risa de un niño con fiebre, débil y ronca, pero real. Y Abuelo la escuchó, y su cara hizo algo que Marcos no había visto antes: se rompió. No dramáticamente. No con lágrimas. Simplemente se rompió, de la manera en que se rompen las cosas que han estado enteras demasiado tiempo sostenidas por pura fuerza de voluntad.

—Tienes su risa —dijo Abuelo.

Marcos dejó de reír. No porque fuera triste. Porque entendió. Tenía diez años y fiebre y entendió algo que la mayoría de los adultos tardan décadas en comprender: que las personas que amamos no desaparecen. Se quedan en las risas de otras personas. En las manos de otras personas. En los ojos de otras personas que no saben que llevan a alguien dentro.

—Cuéntame más —dijo Marcos.

Abuelo contó. El apartamento pequeño. Tres habitaciones que nunca estaban limpias porque ella prefería leer a limpiar y él prefería cocinar a limpiar y ninguno de los dos admitía que el desorden era un problema. Un gato que no era de nadie pero que vivía en la ventana. Los domingos que ella hacía café demasiado fuerte y él lo bebía sin quejarse.

Contó el día que nació el padre de Marcos. Cómo ella sostuvo al bebé y dijo: —Tiene tus orejas. —¿Mis orejas son malas? —preguntó él. —Tus orejas son perfectas —respondió ella—. Perfectamente ridículas.

Contó los martes que el coche no arrancaba. Las noches que llovía y ella leía junto a la ventana. Las mañanas que él iba al mercado y compraba naranjas —todavía naranjas, siempre naranjas, sesenta años de naranjas— y las llevaba a casa aunque ninguno de los dos las comía.

—¿Por qué seguías comprando naranjas? —preguntó Marcos.

—Porque ella sabía que las compraba. Y cada mañana, cuando las ponía en la mesa, ella sonreía. Y esa sonrisa era la primera cosa buena de cada día.

Marcos sostuvo la fotografía de su abuela. La miró de cerca. La sonrisa. Los ojos. Las naranjas detrás de ella.

—La echo de menos —dijo.

Abuelo tomó la mano de su nieto.

—Yo también.

Capítulo 22 - El Cuaderno

Marcos extendió la mano.

—Déjame ver el cuaderno.

Abuelo lo miró. El cuaderno estaba abierto en la mesita de noche, con las páginas hacia arriba. Marcos no había pedido verlo antes. No así. Antes lo pedía con curiosidad de niño. Ahora lo pedía con algo diferente. Con respeto.

Abuelo le pasó el cuaderno. Con las dos manos. Con cuidado.

Marcos lo abrió. Las páginas estaban llenas de una letra pequeña y apretada, escrita con bolígrafo azul, con correcciones en rojo, con notas en los márgenes. No era un libro impreso. No era una novela publicada. Era un diario. El diario de su abuelo.

La primera página decía: «Para ella. Porque merece una aventura más grande que la que le di».

Marcos pasó las páginas. Encontró dibujos al margen. Un barco que se parecía a La Mentira, inclinado hacia estribor. Un mulo con ojos sabios. Un pelícano gordo sobre un mástil. Un hombre con orejas grandes y un diente torcido, luchando contra un espantapájaros. Una chica con naranjas.

Había partes tachadas. Versiones anteriores de la historia. En una versión, Tadeo tenía un caballo en lugar de un mulo. En otra, los piratas eran fantasmas. En otra, el príncipe era bueno y el conflicto era un malentendido. Cada versión estaba tachada con una nota al margen: «No. Más divertido». «No. Ella se reiría más con esto». «No. Necesita un pelícano».

—¿Ella lo leía? —preguntó Marcos.

—Cada noche —dijo Abuelo—. En el hospital. Me sentaba junto a su cama y le contaba la historia. Cada noche una versión diferente. Cada noche más ridícula que la anterior.

—¿Por qué más ridícula?

—Porque ella se reía más con las partes ridículas. Y su risa… —Abuelo se detuvo. Sus manos, que habían estado quietas en su regazo, temblaron—. Su risa era lo que la mantenía. Cuando dejó de poder hablar, todavía se reía. Cuando dejó de poder moverse, sus ojos se reían. Y yo seguía contando.

Marcos pasó más páginas. Encontró fechas en los márgenes. Algunas recientes. Algunas de hace meses. Abuelo había seguido escribiendo después de que ella se fue. La historia no se detuvo. Los piratas seguían navegando. Tadeo seguía tropezando. Valentina seguía riéndose.

—¿Sigues escribiendo? —preguntó Marcos.

—Cada noche.

—¿Para quién?

Abuelo lo miró. Sus ojos, sin las gafas, parecían más grandes. Más húmedos.

—Para ella. Porque escribir es como hablar con alguien. Y si dejo de escribir, dejo de hablar con ella. Y si dejo de hablar con ella…

No terminó la frase. No necesitaba hacerlo.

Marcos encontró la última página escrita. La tinta era fresca. La fecha era de ayer. Era un capítulo nuevo, uno que Abuelo no había leído en voz alta. Marcos lo leyó en silencio.

En el capítulo, Tadeo y Valentina estaban viejos. Vivían en un apartamento en Madrid. Tadeo seguía siendo terrible en todo lo práctico. Valentina seguía vendiéndole naranjas, aunque ya no en un mercado, sino dejándolas en la mesa de la cocina cada mañana para que las encontrara cuando se levantaba. Profesor el mulo había muerto hacía décadas, pero Tadeo seguía hablando con él en voz alta porque los mulos, incluso los muertos, escuchan mejor que la mayoría de las personas. El pelícano había sido reemplazado por una paloma que vivía en la ventana y que Tadeo llamaba Rodrigo Segundo, por tradición.

Y una mañana, Valentina no se levantó. Y Tadeo se sentó junto a su cama y le contó la historia. La misma historia. Los piratas. El príncipe. El chico de campo que no podía ordeñar una cabra. Le contó hasta el final. Hasta el rescate. Hasta las naranjas.

Ella sonrió. Y luego dejó de sonreír. Y luego se fue.

Y Tadeo se quedó sentado junto a la cama vacía durante mucho tiempo, sosteniendo una naranja que no iba a comer, porque el olor era lo último que quedaba de ella en la habitación, y si dejaba de sostener la naranja, el olor se iría también, y entonces ella se habría ido del todo, y eso era lo único que Tadeo Cienfuegos, que no era valiente ni fuerte ni inteligente, no podía soportar.

Marcos cerró el cuaderno. Lo sostuvo contra su pecho, de la misma manera en que Abuelo lo había sostenido al principio de la tarde, cuando todo era solo un cuento sobre piratas y espadas y un chico que no podía ordeñar una cabra.

No dijo nada. Las lágrimas cayeron sobre el cuaderno, sobre el cuero gastado, sobre las páginas que olían a tiempo y a naranjas.

Abuelo se sentó en la vieja silla de madera. La silla crujió. Ninguno de los dos habló durante un rato largo. El silencio era diferente ahora. No era vacío. Estaba lleno de algo que no necesitaba palabras. De algo que un cuaderno y sesenta años de naranjas y una historia ridícula sobre un chico de campo habían construido entre un viejo y un niño en una habitación de Madrid.

—Abuelo —dijo Marcos, finalmente.

—¿Sí?

—¿Cómo termina?

—¿La historia?

—La historia real. La tuya.

Capítulo 23 - El Rescate Improbable

—¿Cómo termina la historia real? —repitió Marcos.

Abuelo se reclinó en la vieja silla de madera. La silla crujió, protestando, como siempre. La luz de la tarde había cambiado mientras leían. Ya no entraba dorada por las persianas. Entraba rojiza, más baja, más horizontal, el tipo de luz que Madrid tiene cuando el día se rinde pero todavía no se ha ido del todo.

—La historia real —dijo Abuelo— termina así.

Contó la boda. No la del príncipe. La suya. Un martes por la mañana, en una iglesia tan pequeña que los invitados tenían que turnarse para sentarse. Ella llevaba un vestido blanco que no era caro ni elegante pero que le quedaba bien porque ella era la clase de persona que hacía que todo le quedara bien. Él llevaba un traje prestado que le quedaba grande, porque Abuelo nunca encontraba ropa de su talla, porque Abuelo siempre fue demasiado flaco y demasiado alto y las orejas siempre sobresalían.

—Las orejas de Tadeo —susurró Marcos.

—Las orejas de Tadeo —confirmó Abuelo.

El cura se equivocó con los nombres. Dijo «Valentín» en lugar de «Valentina» y ella lo corrigió sin perder la sonrisa, y el cura se puso rojo y la iglesia se rió y Abuelo pensó: «Esto. Exactamente esto. Para siempre».

Contó los años que siguieron. No como una lista. Sino como momentos. Porque una vida no es una lista de eventos. Una vida es una colección de momentos que se quedan y momentos que se van, y los que se quedan son los que menos esperas.

Se quedó el martes que el coche no arrancaba y ella le dijo: —Al menos ya no tienes que comprar naranjas. Y se rieron. Y el coche arrancó. Como si la risa fuera gasolina.

Se quedó la tarde que su hijo —el padre de Marcos— dio sus primeros pasos. Los dio hacia ella, no hacia él. —Tiene buen gusto —dijo Abuelo. —Tiene mis piernas —dijo ella—. Cortas y decididas.

Se quedó el verano que no tenían dinero para vacaciones y se sentaron en el balcón del apartamento con dos sillas y un ventilador roto y ella dijo: —Esto es mejor que la playa. No era verdad. Pero ella lo dijo como si lo fuera, y eso era suficiente.

Se quedó la noche que discutieron por algo que ninguno de los dos recordaría al día siguiente. Ella se fue a dormir enfadada. Él se quedó en la cocina, sentado junto a las naranjas que nadie comía, preguntándose si el amor es algo que se tiene o algo que se hace. A las tres de la mañana, ella apareció en la puerta de la cocina. —Tenías razón —dijo—. No me acuerdo de sobre qué, pero tenías razón. ¿Podemos dormir ya? Fueron a dormir. Al día siguiente, ninguno recordaba la discusión.

Se quedó la mañana que ella le dijo que estaba enferma. La manera en que lo dijo. Directa. Sin rodeos. Sin la suavidad que la gente usa para suavizar las cosas que no se pueden suavizar. —Estoy enferma —dijo—. De verdad enferma. Y él se quedó callado durante un minuto entero, que es mucho tiempo cuando alguien está esperando que digas algo. Y luego dijo: —Voy a comprar naranjas. Y ella se rió. Se rió porque era absurdo. Se rió porque era lo único que él sabía hacer: ir a comprar naranjas cuando el mundo se rompía.

Marcos escuchaba. No interrumpía. No pedía detalles. No preguntaba «¿y luego?» con la impaciencia de antes. Escuchaba con todo el cuerpo, inclinado hacia adelante, con la fotografía de su abuela en una mano y la mano de su abuelo en la otra.

—El hospital —dijo Abuelo—. Los últimos meses. Me sentaba junto a su cama cada noche. Le contaba la historia. Los piratas. El mulo. El pelícano. Cada noche la historia era un poco diferente, un poco más ridícula, un poco más imposible. Porque ella se reía. Y mientras se reía, estaba viva. Y mientras estaba viva, yo podía seguir contando.

—¿Qué fue lo último que dijo? —preguntó Marcos.

Abuelo cerró los ojos. Los abrió.

—Dijo: «El chico de la historia era más valiente que tú».

—¿Y qué dijiste tú?

—Dije: «No es verdad. Yo compré más naranjas».

—¿Se rió?

—Se rió. —Una pausa—. Fue la última vez.

El silencio llenó la habitación. No era un silencio triste. O tal vez sí, pero era un silencio triste que estaba lleno de algo más. De sesenta años de martes y naranjas y risas y discusiones olvidadas y ventiladores rotos y un cuaderno lleno de la historia más ridícula jamás contada, escrita por un hombre que solo sabía hacer una cosa bien: no parar.

Marcos no se secó los ojos. No intentó esconder las lágrimas. Las dejó caer sobre la sábana. Tenía diez años y fiebre y acababa de aprender que el amor no es un rescate. Es lo que pasa después del rescate. Es los martes. Es las naranjas. Es quedarse.

—Abuelo —dijo.

—¿Sí?

—Eres Tadeo.

—Soy alguien que compró muchas naranjas.

—Eres Tadeo. Y ella era Valentina.

Abuelo recogió el cuaderno de las manos de Marcos. Lo sostuvo contra su pecho. El cuero estaba húmedo de las lágrimas del niño.

—Ella era todo —dijo.

Capítulo 24 - Las Naranjas

La luz en la habitación de Madrid era azul ahora. El final de la tarde, cuando el día se ha ido pero la noche todavía no ha llegado del todo, y todo existe en el espacio entre las dos cosas.

Marcos estaba acostado en la cama. La fiebre había bajado. No mucho. Lo suficiente. El vaso de agua en la mesita de noche tenía anillos de condensación. La fotografía de Abuela seguía en el marco en la cómoda, pero ahora Marcos la miraba directamente, sin desviar los ojos, sin pretender que no estaba ahí.

Abuelo estaba sentado en la vieja silla de madera. El cuaderno estaba en su regazo, cerrado. Sus gafas estaban en la mesita de noche, junto al vaso de agua, porque ya no necesitaba leer.

—¿Abuelo?

—¿Sí?

—¿Por qué me contaste la historia hoy?

Abuelo pensó. No era una pregunta fácil. Las preguntas de Marcos nunca habían sido fáciles. Desde que tenía tres años y preguntaba cosas que no tenían respuesta, Marcos había sido el tipo de niño que ve a través de las paredes que los adultos construyen para protegerse.

—Porque te pareces a ella —dijo Abuelo—. Cuando te ríes. Cuando estás enfadado. Cuando dices «eso no tiene sentido». Te pareces a ella. Y hoy, con la fiebre, estuve sentado en esa silla mirándote dormir, y por un momento —solo un momento— pensé que estaba sentado junto a su cama otra vez. Y necesitaba contar la historia. Porque contar es lo que me queda.

Marcos procesó esto. Con la seriedad de un niño de diez años que acaba de descubrir que los adultos también necesitan que los cuiden.

—¿Te sientes solo? —preguntó.

—A veces.

—¿Ahora?

Abuelo miró a su nieto. Pelo revuelto por la fiebre. Ojos enormes. Una pijama con cohetes espaciales que le quedaba pequeña. Las mismas orejas de Tadeo. Las mismas orejas de Abuelo. Las mismas orejas que la abuela llamaba «perfectamente ridículas».

—No —dijo—. Ahora no.

Marcos se sentó en la cama. Extendió los brazos. Era un gesto que no hacía desde que tenía seis años, porque los niños de diez años no abrazan a sus abuelos, porque los niños de diez años son demasiado grandes para eso, porque los niños de diez años tienen tabletas y auriculares y no necesitan cuentos.

Abuelo se levantó de la silla. La silla crujió por última vez. Se sentó en el borde de la cama y abrazó a su nieto. El cuaderno quedó entre los dos, presionado entre el pecho del viejo y el pecho del niño, entre sesenta años de naranjas y diez años de preguntas sin respuesta.

—La echo de menos —dijo Marcos.

—Yo también.

—¿Todos los días?

—Todos los días. Pero especialmente los martes. Porque los martes el coche no arrancaba.

Marcos se rió. La risa de ella. La risa que hacía que el mundo sonara como debería sonar.

Abuelo puso el cuaderno en la mesita de noche, junto al vaso de agua y la fotografía. Se levantó. Se puso las gafas. Se las quitó. Se las puso otra vez. Besó la frente de Marcos. La frente estaba caliente todavía, pero menos que antes.

—Tu madre llega en una hora —dijo—. Hay sopa de pollo en la cocina.

—No quiero sopa.

—Nadie quiere sopa. La sopa no es algo que se quiere. Es algo que se necesita. Como las naranjas.

Caminó hacia la puerta. La luz azul de la ventana caía sobre sus hombros, sobre su pelo blanco, sobre las manos que habían escrito un cuaderno entero de aventuras ridículas para una mujer que ya no podía leerlas pero que, tal vez, en algún lugar que no aparece en los mapas, todavía podía escucharlas.

Marcos lo llamó.

—¿Abuelo?

—¿Sí?

—¿Puedes leérmelo otra vez mañana?

El viejo sonrió. Era la misma sonrisa. La misma sonrisa ridícula, terca, descalificada, la sonrisa de un diente torcido y unas orejas que sobresalían y un cowlick que ninguna cantidad de agua podía domar. La misma sonrisa que una vez hizo reír por primera vez en años a una chica que vendía naranjas en Sevilla.

—Mañana —dijo—. Y pasado mañana. Y el día después de ese.

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