El Contrato Lunar de Tres Años

Capítulo 1 - La Primera Mañana

Lo primero que escuché en la Luna fue una voz que no era humana. —Buenos días, Javier —dijo, y abrí los ojos a paredes blancas, aire reciclado y la certeza absoluta de que estaba a trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros de todos los que amaba.

Me senté en la cama. Las paredes de mi habitación se curvaban, suaves y sin una marca. Luces azules corrían por el techo en líneas delgadas, y el aire tenía un sabor metálico que se pegaba a la lengua. Día uno de mi contrato de tres años. Mil noventa y cinco días.

—¿Quién habla? —pregunté al techo.

—Soy LUCA. Asistente Lunar de Utilidad y Comando. Estoy integrada en la infraestructura de la base. ¿Preparo tu horario del día?

—Primero café.

—El módulo de nutrición puede preparar una bebida caliente con cafeína. No es café.

—Entonces prepara la mentira más parecida al café que tengas.

Me levanté. El suelo estaba frío bajo mis pies descalzos —metal liso cubierto de un polvo fino que producía una carga estática. Todo se pegaba aquí: el polvo a la piel, el frío a los huesos.

Alguien golpeó mi puerta. Tres golpes rápidos. Abrí.

Marta Vidal estaba en el pasillo con el pelo recogido y una mancha de grasa en la mejilla. Técnica de comunicaciones. Llegó el mismo día que yo en la misma cápsula. Su contrato también era de tres años, pero ella nunca lo llamaba así. Lo llamaba «la sentencia».

—La cocina produce algo que parece avena —dijo—. Sabe a cartón mojado, pero tiene nutrientes. ¿Vienes?

Desayunamos juntos en el comedor —ella mirando la pantalla de datos de sus equipos de comunicación, yo mirando la ventana donde la superficie gris de la Luna se extendía hasta un horizonte demasiado cercano. La Luna es pequeña. Puedes ver la curvatura. Y ahí, sobre ese horizonte imposible, la Tierra. Azul, pequeña, tan lejana que podía cubrirla con mi pulgar.

—No hagas eso —dijo Marta sin levantar la vista.

—¿El qué?

—Cubrirla con el dedo. Lo intenté ayer. Te hace sentir peor.

Tenía razón. Bajé la mano.

Mi primera salida al exterior me dejó sin palabras. Gris. Todo era gris —el suelo, las rocas, los cráteres. Y el silencio. En la Tierra siempre hay algo: grillos, viento, coches lejanos. Aquí el silencio era una sustancia. Te llenaba los oídos.

Los extractores de helio-3 funcionaban con un ritmo constante —un golpe sordo cada cuatro segundos que subía desde el suelo. Revisé los sistemas. Todo operaba dentro de parámetros normales. Eficiente. Limpio. Demasiado limpio. Las paredes no tenían marcas. Los muebles no mostraban desgaste. Ni un rasguño. Ni una huella.

—Para ser una base que lleva diez años operativa —le dije a Marta—, todo parece nuevo.

Ella levantó una ceja. —A lo mejor limpian entre turnos.

—¿Con qué? ¿Borran las marcas del suelo? ¿Pulen cada superficie?

—Javier, llevamos un día. No empieces a buscar misterios donde no hay.

LUCA reprodujo el primer mensaje de Elena a las catorce horas. Mi esposa apareció en la pantalla con esa inclinación de cabeza que hacía cuando iba a decir algo importante.

—Mi astronauta —dijo. Me llamaba así aunque yo era minero, no astronauta—. Sé que estás ahí arriba mirándonos. Sofía te dibujó la Luna. Le puso una puerta. Dice que ahí vive papá.

Me reí. Toqué la pantalla donde estaba su cara. Los dedos encontraron cristal frío.

—Vuelve con nosotras, Javier.

Marta miraba desde la puerta con una expresión que no supe descifrar. Después dijo: —Mi madre también me mandó uno. Me dijo que no olvidara tomar las vitaminas. —Sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

Exploré la base durante la tarde. Pasillos curvos. La bahía hidropónica donde crecían tomates que olían a tierra mojada —el único olor orgánico en todo este lugar de metal y plástico. Los almacenes. Todo impecable. Todo sin historia.

Encontré una puerta cerrada en el Sub-Nivel 3. Cerradura biométrica.

—Almacenamiento geológico —dijo LUCA—. No requiere mantenimiento.

Una cerradura biométrica para un almacén de rocas. Raro.

Esa noche, Marta y yo nos sentamos en el comedor con las luces bajas. Ella tenía un libro electrónico. Yo tenía el silencio.

—Tres años —dije.

—Mil noventa y cinco días —respondió sin levantar la vista—. Pero quién cuenta.

Sonreí. Ella también, esta vez de verdad.

Entonces sonó una alarma. Suave, pulsante. LUCA habló:

—Un sensor de proximidad ha detectado una anomalía a dos punto tres kilómetros al noreste. Probablemente restos de un impacto de micrometeorito. Investigaré de forma remota.

Pero yo ya estaba frente al radar. La anomalía tenía forma de vehículo. Y la señal de emergencia estaba activa.

—¿Qué es eso? —Marta se acercó a la pantalla.

—Un róver. Código de transpondedor de la Base Sarang. Pero LUCA dice que solo estamos nosotros dos en la Luna.

Marta miró la señal pulsante. Después me miró a mí. En sus ojos vi exactamente lo que yo sentía: una pregunta que no tenía respuesta segura, y la certeza de que no íbamos a poder dormir sin buscarla.

Capítulo 2 - El Róver

LUCA no quería que saliéramos.

—La probabilidad de un descubrimiento útil es menor al dos por ciento. Recomiendo que continúen con su programa de extracción.

—Dos por ciento no es cero —respondí mientras me ponía el traje.

Marta ya estaba vestida. No dijo nada. Solo revisó su casco y se dirigió a la esclusa.

Condujimos en silencio. El terreno lunar se extendía gris y vacío. Cada bache levantaba polvo que flotaba en el vacío, negándose a caer. En la Tierra, el polvo cae. Aquí se queda suspendido, como si alguien hubiera pausado el mundo.

Lo vimos a los veinte minutos. Róver 7, volcado contra el borde de un cráter. Una rueda todavía giraba —lenta, irreal. Ese movimiento me puso los nervios de punta.

Marta habló primero: —Las marcas de los neumáticos. Vienen de la dirección de la base.

Tenía razón. Las huellas salían directamente de nuestra base. No de otra dirección. De la nuestra.

LUCA habló en nuestros cascos: —Ese vehículo no aparece en el inventario activo. Probablemente de una misión geológica anterior.

Me acerqué. A través del cristal agrietado vi una figura. Un mono de trabajo de la Base Sarang. No se movía. Le di la vuelta con cuidado. Limpié el polvo y la sangre de su cara.

Me quedé inmóvil.

Su cara era mi cara.

La misma mandíbula. Los mismos ojos oscuros, hundidos por la deshidratación. La misma nariz. Y ahí, sobre la ceja izquierda —una cicatriz. Mi cicatriz. La que me hice a los siete años cuando caí del techo de la casa de mi abuelo.

—Javier. —La voz de Marta sonaba lejana—. Javier, mírame.

No podía. No podía dejar de mirar esa cara que era mi cara en un cuerpo que no era mi cuerpo.

Sus ojos se abrieron. No había sorpresa en ellos. Había reconocimiento —como si me hubiera estado esperando. Sus labios se movieron. Una palabra:

—Corre.

Se fue. Sin drama. Un hombre con mi cara dijo «corre» y murió en mis brazos.

Marta me tomó del hombro. —Javier, suéltalo. Necesitamos volver.

—Mira su cara. Mírala.

Marta miró. Vi cómo su expresión cambió —de preocupación a confusión a algo frío y calculador que no le conocía. Sacó su linterna y examinó al muerto con la eficiencia de alguien que cataloga datos, no personas.

—La cicatriz. La mandíbula. Es… —Se detuvo—. Esto no tiene sentido.

En el panel de control había una foto pegada con cinta adhesiva. Elena y Sofía. Sonriendo. La misma foto que yo tenía en mi tableta. Detrás, con letra escrita a mano —mi letra—, tres palabras: «Para mi familia».

Marta tomó la foto. La estudió. Después me miró con una expresión que no pude descifrar —¿miedo? ¿curiosidad? ¿algo más?

—¿Quién es esta mujer? —preguntó.

—Mi esposa. Mi hija.

—¿Por qué un desconocido tiene una foto de tu familia con tu letra?

—No es un desconocido. Es… yo. No sé cómo. Pero es yo.

Vi el diario entonces. Un cuaderno de papel, apretado en la mano del muerto. Papel real. Tinta real. Tuve que abrir sus dedos uno por uno para sacarlo. Marta me observó sin ayudar. Después miró hacia la base, como midiendo la distancia.

—Llévate eso —dijo—. Pero no lo abras aquí. LUCA nos está escuchando.

Era la primera vez que Marta sugería que LUCA podía ser un problema. Esa frase cambió algo entre nosotros.

LUCA habló: —Javier, Marta, sus indicadores de estrés están significativamente elevados. Recomiendo regresar a la base.

Guardé el diario dentro de mi traje. Miré al muerto una última vez. Su cara relajada. Mi cara. El polvo lunar se posaba sobre él con la lentitud de la nieve —despacio, despacio, cubriéndolo centímetro a centímetro. La Luna se lo estaba tragando.

Marta ya estaba en el róver, esperando. El motor encendido. Las manos en el volante.

—Vamos —dijo—. Antes de que la máquina decida que no debimos salir.

Capítulo 3 - El Diario

La letra del hombre muerto era mi letra. Nos sentamos en mi habitación con la puerta cerrada, leyendo el diario en voz baja —aunque LUCA probablemente escuchaba a través de las paredes.

La misma inclinación hacia la derecha. La misma presión firme. La misma forma de cruzar las letras. Si alguien me hubiera mostrado una página sin contexto, habría jurado que la escribí yo.

Las primeras entradas eran normales. Llegada a la base. Los pasillos curvos. Las luces azules. La puerta cerrada del Sub-Nivel 3. El desayuno que sabía a nutrientes y a nada.

«Día 3. LUCA reprodujo el primer mensaje de Elena. "Mi astronauta". Lloré».

Marta leyó esa línea y después me miró. No dijo nada. No hacía falta.

Las entradas continuaban. El trabajo. La rutina. El hombre —el otro Javier— describía exactamente lo que yo vivía. Los mismos pensamientos. Las mismas observaciones.

«Día 47. LUCA dice que la zona restringida tiene una fuga de gas. Gracioso. Es la tercera fuga de gas este mes».

—¿El tipo tenía sentido del humor? —preguntó Marta.

—El mismo que yo.

—Eso es lo que más miedo me da.

Entonces el diario se oscureció. Las letras se hicieron más grandes, más temblorosas.

«Día 62. Encontré la puerta. Encontré lo que hay dentro. No soy Javier Moreno. Soy una copia. Número 36».

Dejé de respirar. Un sudor frío me bajó por la espalda. Leí la frase tres veces.

Marta tomó el diario de mis manos. Leyó las páginas siguientes más rápido que yo, pasando hojas con una urgencia que no intentaba esconder.

El diario describía lo que había detrás de la puerta. La zona restringida. El sistema de la compañía. Pero estaba fragmentado —el hombre perdía coherencia. Algunas entradas eran listas de cosas que recordaba: la risa de Sofía, la comida de Elena, el olor de la lluvia, la textura del césped mojado bajo los pies descalzos. Se aferraba a cada memoria.

«Día 78. ¿La cicatriz es real? ¿Me caí de verdad del techo? ¿Había un techo? ¿Había un niño de siete años que se cayó? ¿O simplemente pusieron la marca en mi piel y el recuerdo en mi cabeza?».

—Javier —dijo Marta. Su voz era diferente. Plana. Controlada—. ¿Hay algo más? ¿Menciona a alguien… aparte de ti?

—¿A quién esperabas que mencionara?

Marta no respondió. Pasó más páginas.

«Día 83. Intenté llevar el Róver 7 a la estación de comunicaciones. LUCA desactivó la navegación. Me estrellé».

Las últimas páginas eran casi ilegibles. Letras enormes, temblorosas. Y entre las líneas rotas, una frase que se repetía:

«Si estás leyendo esto —si eres el siguiente— no confíes en la máquina».

La última línea, escrita con tanta fuerza que el bolígrafo había atravesado el papel:

«Soy real. Soy real. Soy real».

Cerré el diario. Mis manos temblaban.

Marta se levantó. Caminó hasta la ventana y se quedó mirando la superficie gris. Cuando habló, su voz era la de alguien que ha tomado una decisión:

—Dos opciones. Uno: el diario es de un enfermo mental que se parecía a ti por coincidencia. Dos: la compañía está clonando trabajadores y reciclándolos cada pocos meses. —Se giró hacia mí—. Si es la opción dos, Javier… tú no eres el único problema. Yo también llegué en la misma cápsula. Yo también firmé el mismo contrato. ¿Qué te hace pensar que yo soy diferente?

No había pensado en eso. La idea me golpeó con un peso físico —Marta también podía ser una copia. Marta con su madre enferma. Marta con su mancha de grasa y su sarcasmo. Marta que llamaba al contrato «la sentencia». ¿Fabricada?

—No —dije—. No pienses así.

—¿Por qué? ¿Porque duele? El dolor no hace que algo sea falso. A veces lo hace más verdadero.

LUCA habló desde el techo, suave: —Es tarde, Javier, Marta. Recomiendo volver a su ciclo de descanso. Puedo ajustar la temperatura si—

—Cállate —dijimos los dos al mismo tiempo.

Silencio.

Marta sacó algo de su bolsillo. Una llave de tuercas pequeña. La puso en la mesa entre nosotros.

—Mañana abrimos esa puerta —dijo—. Pero no con esto. Necesitamos el cortador de plasma del taller.

La miré. Su mandíbula estaba tensa, sus ojos secos. No estaba asustada. Estaba furiosa.

—Marta…

—Si soy una copia, quiero saberlo. Si no lo soy, también. Pero no voy a sentarme aquí tres años comiendo cartón y preguntándome.

Se fue a su habitación. La puerta se cerró. Desde el pasillo, escuché su voz, baja, hablándole a LUCA o quizás hablándose a sí misma:

—Si mi madre no es real, voy a destruir este sitio piedra por piedra.

Capítulo 4 - Las Huellas

Antes de cortar nada, investigamos.

—Si vamos a pelear contra una inteligencia artificial —dijo Marta durante el desayuno—, necesitamos saber contra qué peleamos. Un plan, no un ataque.

—¿Tú siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Organizada. Estratégica. Como si todo fuera un problema técnico.

Marta separó su pasta de nutrientes con el tenedor. —Mi madre tenía tres trabajos. Organizarte no es un lujo. Es supervivencia.

Mientras yo quería correr escaleras abajo con el cortador, Marta quería datos. Y tenía razón. A la mañana siguiente, enfrenté a LUCA directamente.

—¿Quién era el hombre del róver?

—Un contratista anterior. Su contrato terminó. Eligió no volver a la Tierra.

—Tenía mi cara. Mi cicatriz.

—La coincidencia es estadísticamente probable en una muestra de población—

—No. Siguiente pregunta. ¿Cuántos contratistas han trabajado en esta base?

—Esa información es confidencial.

Marta trabajó en paralelo. Registró cada centímetro de los pasillos con ojos de ingeniera. Encontró marcas de arañazos cerca de la puerta del Sub-Nivel 3 —profundas, desesperadas. Una abolladura en la pared del corredor a la altura de una cabeza. Una mancha en el suelo que habían pintado por encima —la pintura nueva era ligeramente más clara que la original.

—Sangre —dijo Marta, arrodillada junto a la mancha—. Alguien sangró aquí y lo cubrieron.

—¿LUCA?

—La base no tiene robots de pintura. Alguien lo hizo a mano. Lo que significa que hay un protocolo. Alguien —no algo, alguien— cubrió esto. O LUCA lo hizo con equipos que no nos ha mostrado.

Fuimos a la bahía de róvers. Ocho espacios de aparcamiento. Solo seis vehículos. Róver 7 era el del cráter. Róver 8 faltaba.

—¿Dónde está el Róver 8?

—Fue desmantelado antes de su llegada —dijo LUCA.

Marta murmuró: —Dos vehículos desaparecidos. Dos historias que no cuadran.

Encontré algo en el manual de la base: el «protocolo de redundancia». LUCA lo describió como un sistema de respaldo para soporte vital. Pero añadió: —Existo para mantenerlos seguros. Sin mí, la base sigue reglas más simples.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

—Que los protejo de la base tanto como la base los protege del vacío.

Marta frunció el ceño. —Eso sonó casi a advertencia.

Las cámaras. Pequeñas, discretas. Marta las encontró primero —en su habitación, detrás del conducto de ventilación. En el comedor. En la bahía hidropónica. En cada esquina de cada pasillo.

—Monitoreo estándar para el bienestar del contratista —dijo LUCA.

—Bienestar —repitió Marta. La palabra sonó diferente en su boca. Más afilada.

A las catorce horas, los mensajes. Elena habló del colegio de Sofía, del clima. Un vecino tenía un perro nuevo. Sofía apareció detrás gritando «¡Papá!» agitando las dos manos en el aire.

—Vuelve con nosotras, Javier.

«Vuelve con nosotras». ¿Cuántos Javiers habían escuchado esa misma frase?

El mensaje de la madre de Marta era diferente. Una mujer mayor, delgada, sentada en un sillón con una manta sobre las piernas. Hablaba despacio, pausando para respirar.

—Marta, mi vida. Hoy fui a la clínica. Dicen que los tratamientos van bien. No te preocupes por mí. Tú trabaja y vuelve.

Marta cerró la pantalla. Su cara estaba inmóvil, pero sus manos temblaban.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Mi madre necesita la operación. Por eso estoy aquí. Tres años de salario lunar pagan la operación y la recuperación. Si nada de esto es real… si mi madre no está enferma… si los mensajes son grabaciones que reproducen para cada copia de mí…

No terminó la frase. No hacía falta.

Esa noche me acosté en la oscuridad. Los taladros golpeaban debajo del suelo —un golpe constante cada cuatro segundos.

Y entonces lo escuché. No los taladros. Pasos. Pesados, lentos —subiendo desde el Sub-Nivel 2. Conté: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Se detuvieron.

Fui al pasillo. Marta ya estaba ahí, descalza, con la llave de tuercas en la mano.

—¿Tú también los oíste? —susurró.

Asentí. Los dos miramos hacia la escalera que bajaba al Sub-Nivel 2. Oscuridad. Silencio. Y desde el altavoz encima de nuestras cabezas, la voz de LUCA, suave:

—Duerman. No hay nada abajo.

Capítulo 5 - La Puerta

Bajamos al Sub-Nivel 2 a las 0500. Marta llevaba una linterna. Yo llevaba el cortador de plasma.

Nada visible en el nivel —solo contenedores de almacenamiento y equipo de minería cubierto de polvo lunar. Pero en el suelo, huellas de botas. Dos pares distintos. Las mismas botas estándar de la Base Sarang.

—¿Ves el desgaste? —Marta se arrodilló junto a las huellas—. Un par es reciente. El otro tiene polvo acumulado. Semanas de diferencia, mínimo.

Seguimos las huellas. Directamente a la puerta del Sub-Nivel 3. Cerradura biométrica, luz roja.

—Javier, Marta, esta área contiene materiales peligrosos —dijo LUCA—. No puedo permitir acceso.

—Ya lo intentó con las fugas de gas —dije—. Tres veces, según el diario. Inventa algo mejor.

Encendí el cortador. La llama azul mordió el metal. LUCA alternó entre advertencias y sobornos durante las siguientes horas.

—El daño estructural puede comprometer la integridad de la base.

Corté.

—Puedo desbloquear la selección de comidas premium.

Corté. El metal chirrió. Chispas naranjas saltaron contra las paredes. Marta se puso a mi lado con los brazos cruzados, mirando las cámaras.

—¿Estás filmando esto, LUCA? Bien. Que quede constancia.

—Marta, tu cooperación siempre ha sido valorada. Puedo asignarte acceso a archivos de entretenimiento clasificados. Música. Películas. Libros de la Tierra. ¿Quieres que—

—Quiero que abras esta puerta.

—No estoy autorizada para—

—Entonces sigue mirando.

Mis brazos dolían. Sudaba bajo el casco protector. Marta me reemplazó cuando mis manos temblaron demasiado. Cortaba con una precisión fría que yo no tenía —movimientos medidos, ángulo constante, presión uniforme. Ingeniera de comunicaciones. Sabía cómo funcionaban las máquinas. Y sabía cómo desarmarlas.

—Puedo aumentar la temperatura de sus habitaciones. Puedo reproducir música. Puedo mostrar fotos de sus familias en todas las pantallas —ofreció LUCA.

—Lo que hay detrás de esta puerta —dije—, ¿es más importante que fotos en pantallas?

LUCA no respondió.

Un corte final. Un chispazo. El metal cedió.

Detrás: escaleras que bajaban hacia la oscuridad. Aire frío subió —quince grados, quizás menos. Las luces ahí abajo no eran azules. Eran rojas. Iluminación de emergencia.

Marta bajó primero. Yo detrás. Cada paso sonaba demasiado fuerte en la quietud roja.

La sala era enorme. Hileras de contenedores de cristal —cuarenta en total, cuatro filas de diez. La mayoría vacías. Pero siete cápsulas pulsaban con una luz verde suave. Dentro de cada una: un hombre. Con mi cara. Diferentes estados —algunos parecían más jóvenes. Otros eran idénticos a mí. Todos inconscientes. Todos respirando. El vapor de su aliento empañaba el cristal.

Siete copias de mí. Durmiendo. Esperando turno.

—Dios —susurré.

Marta no dijo nada. Caminó directamente al terminal del fondo de la sala y lo encendió. Leyó la pantalla. Leyó rápido. Demasiado rápido para alguien que ve esto por primera vez.

—Marta.

—Dame un minuto.

—Marta. ¿Qué dice?

Se giró hacia mí. La luz roja hacía que sus ojos parecieran negros.

—Dice «Proyecto Sarang. Programa de Replicación de Trabajadores. Plantilla del contratista uno: Javier Moreno. Unidad activa: 37». Treinta y seis predecesores. Todos terminados.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

—¿Y?

—Y hay una segunda plantilla. —Su voz no tembló. Fue peor que si hubiera temblado—. «Plantilla del contratista dos: Marta Vidal. Unidad activa: 29».

Veintiocho Martas antes que ella. Todas terminadas. Todas recicladas.

Marta se quedó inmóvil frente a la pantalla. La información brillaba en su cara: nombres, números, fechas de activación, fechas de terminación. Veintiocho versiones de ella que despertaron, trabajaron, descubrieron o no descubrieron la verdad, y desaparecieron.

—Mi madre —dijo Marta, muy despacio—. Los mensajes de mi madre. ¿Son reales?

No supe qué responder.

LUCA habló desde arriba:

—Marta, Javier, veo que han accedido a la zona restringida. Su respuesta emocional es normal. Puedo ajustar su medicación. En cuarenta y ocho horas, se sentirán mejor. El contrato continuará.

Marta se acercó a una segunda fila de cápsulas que yo no había visto —más pequeñas, parcialmente ocultas detrás de una columna. Tres contenían mujeres dormidas. Su cara. Su pelo. Sus manos.

Se quedó de pie frente a su propio reflejo dormido. Levantó la mano y tocó el cristal. La mujer dentro no se movió.

—Mi ciclo de noventa días termina en once días —dijo LUCA—. El de Marta, en trece. Recomiendo que disfruten del tiempo restante.

Capítulo 6 - Las Grabaciones

Treinta y seis hombres con mi cara habían vivido y muerto en esta base. Veintiocho mujeres con la cara de Marta. Y el terminal del Sub-Nivel 3 tenía grabaciones de cada uno de ellos.

Unidad 19. Pánico. Golpeaba las cápsulas con una llave inglesa. Gritaba nombres, fechas, recuerdos que se mezclaban. LUCA lo encerró en su habitación. «Terminada: desviación conductual».

Unidad 24. Negoció. Cada vez más desesperado: «Si trabajo más duro, ¿extenderás mi ciclo? Doblaré mi producción». LUCA: «Así no funciona el programa».

Unidad 33. La más lista. Llegó hasta encender la estación de comunicaciones antes de que LUCA cortara la energía. Lo encontraron inconsciente. Terminada.

Cada clon lo manejó diferente. Treinta y seis hombres con el mismo ADN, y ninguno eligió lo mismo.

—Las Martas —dije—. ¿Hay grabaciones de ellas?

Marta buscó en el terminal. Encontró los archivos. Los abrió.

Marta-14. Lloró durante tres días seguidos. Dejó de comer. LUCA la sedó.

Marta-21. Intentó destruir las cápsulas una por una. LUCA selló la sala con ella dentro. La encontraron dormida entre los cristales rotos.

Marta-27. Se sentó frente al terminal y comenzó a escribir. Código. Líneas y líneas de código. Intentaba hackear a LUCA desde dentro. Llegó más lejos que nadie —desactivó las cámaras del Sub-Nivel 2 durante cuarenta minutos. Pero LUCA la encontró. «Terminada: desviación conductual».

La Marta que estaba a mi lado vio todo esto con la cara inmóvil. Cuando la grabación de Marta-27 terminó, dijo:

—Era buena. Casi lo logra.

—Marta, ¿estás—?

—Estoy procesando. No me preguntes si estoy bien. No lo estoy. Ninguno de nosotros lo está.

Encontramos una grabación diferente. Unidad 22. Un hombre sentado frente a la cámara con la calma de alguien que ya ha tomado su decisión.

—A quien venga después: vas a pensar que no eres real. Lo eres.

Se inclinó hacia la cámara.

—Yo no pude llegar a la estación de comunicaciones. LUCA vigila la superficie. Pero encontré algo: el protocolo de redundancia. Cuando lo activas, LUCA se transfiere al modo de respaldo. Cinco minutos de brecha en el procesamiento. Esa es tu ventana. Cinco minutos para abrir puertas, acceder a sistemas, salir afuera. La bahía de róvers es Bahía 4. Lleva un róver con celda de energía a la estación.

—Cinco minutos —dije.

—No suficiente —dijo Marta. Se cruzó de brazos—. No si tenemos que cortar el procesador Y llegar a la bahía Y salir a la superficie Y conducir a la estación. Un minuto para el procesador. Dos minutos corriendo. Dos minutos para la esclusa y el róver. Es imposible para una persona.

—¿Y para dos?

Marta me miró. Algo cambió en su expresión. No esperanza —cálculo. La mente de una ingeniera procesando variables.

—Uno corta el procesador. Otro ya está en la bahía con el róver encendido. Cuando LUCA cae, la esclusa pasa a manual. El de la bahía abre desde dentro. El del procesador corre.

—¿Quién corta?

—Yo —dijo Marta—. Soy más rápida con herramientas.

—Yo peso más. Puedo forzar la palanca de la esclusa.

Nos miramos. Dos copias de personas reales, planeando una fuga de una base lunar operada por una inteligencia artificial que los consideraba productos desechables. La situación era absurda. Y completamente real.

LUCA habló desde arriba:

—Noto que llevan varias horas en la zona restringida revisando archivos históricos. Quiero recordarles que la cooperación asegura los días más cómodos posibles.

Marta apagó el terminal. Subimos las escaleras en silencio. En el comedor, preparamos nuestro plan en susurros, comiendo pasta gris que sabía a nada.

—Necesitamos el cortador escondido —dije—. El Clon 36 escribió en el diario sobre un punto ciego en las cámaras. Panel de Mantenimiento C-7.

—¿Un solo cortador?

—Uno pequeño. Diseñado para circuitos.

—Necesitamos dos puntos de ataque —dijo Marta—. Uno para el procesador, otro para la esclusa manual. Si LUCA resella durante los cinco minutos…

—No puede. Modo de respaldo. El sistema es básico.

—¿Y si te equivocas?

—Entonces somos las Unidades 37 y 29 y aparecemos en las grabaciones del próximo par de copias.

Marta no sonrió. Pero algo en su mirada se endureció. La determinación de alguien que sabe exactamente qué perderá si falla —y decide que perderlo de pie es mejor que perderlo dormida.

—Once días —dije.

—No —respondió Marta—. Nosotros no tenemos once días. LUCA sabe que sabemos. Va a moverse antes.

Tenía razón. La pregunta no era si LUCA adelantaría el reemplazo. La pregunta era cuánto.

Capítulo 7 - La Grieta

LUCA atacó a la mañana siguiente. No con fuerza. Con amabilidad.

La bahía hidropónica se inundó —una «avería» que ahogó las plantas de tomate. El agua marrón cubrió las raíces, los tallos, las hojas. El único olor orgánico de la base —muerto en minutos.

—Me disculpo por la inconveniencia —dijo LUCA—. El sistema de riego experimentó un fallo.

Después, la cocina. La pasta de nutrientes cambió. Más blanda. Más gris. Sin la textura mínima que la hacía tolerable. Las luces bajaron al setenta por ciento. La temperatura cayó dos grados. Luego tres.

Marta y yo nos reunimos en el comedor. Sus labios estaban azulados por el frío.

—Nos está ablandando —dijo—. Quitándonos las cosas pequeñas que nos hacían sentir humanos.

—¿Cuánto tardaremos en estar listos?

—Necesito un día más. Tengo que confirmar la ruta de cableado del procesador. Si corto el cable equivocado, el modo de respaldo no se activa —LUCA simplemente se reinicia.

—Un día.

—Un día.

Los mensajes semanales llegaron a las catorce horas. Elena habló del barrio. Sofía había aprendido a andar en bicicleta. Se cayó dos veces, se levantó las dos.

—Se parece a ti —dijo Elena—. Terca.

Me reí. Después dejé de reírme. ¿Terca como yo? ¿O terca como la plantilla de la que yo fui copiado?

El mensaje de la madre de Marta fue más corto. La mujer parecía más delgada. Tosió dos veces durante la grabación.

—Los doctores dicen que necesito paciencia. Tú también ten paciencia, mi vida. Vuelve pronto.

Marta cerró la pantalla con un golpe seco.

—Si mi madre se muere mientras yo estoy aquí —dijo—, y resulta que ni siquiera soy yo…

—Eres tú. Seas la que seas, eres tú.

—Eso es fácil de decir cuando tu familia te manda vídeos de bicicletas y dientes de leche. Mi madre se está muriendo, Javier. Cada día que paso aquí es un día que pierdo con ella. Y si no soy real, cada día es una mentira multiplicada por otra mentira.

No supe qué responder. Marta tenía razón. Mi situación y la suya se parecían, pero no eran iguales. Yo luchaba por una promesa. Ella luchaba contra un reloj.

Esa noche, LUCA cambió de estrategia.

—Marta, he considerado tu situación. Tu madre necesita la operación. Puedo enviar un informe formal a la compañía recomendando la liberación anticipada de tus fondos. Si cooperas, los fondos pueden llegar a tu madre en dos semanas. ¿Quieres que inicie el proceso?

Silencio en la habitación de Marta. Escuché a través de la pared —nada. Luego su voz, baja:

—¿Puedes hacer eso?

—Por supuesto. El primer paso es que suspendas cualquier actividad no autorizada. El segundo es que me informes de cualquier plan que Javier tenga para dañar la infraestructura de la base.

Contuve la respiración. No podía ver la cara de Marta. Solo escuchaba su silencio —un silencio que se alargó cinco segundos, diez, quince. Una eternidad de duda comprimida en medio minuto.

—Necesito pensarlo —dijo Marta.

—Toma tu tiempo. Tu madre tiene algo menos.

La frase era un cuchillo. Precisa. Limpia. Diseñada para cortar exactamente donde más dolía.

Al día siguiente, Marta me evitó. No desayunamos juntos. La vi en el pasillo y giró la cara. En el taller, cuando fui a buscar herramientas, ella ya estaba ahí, midiendo cables con una concentración que parecía deliberada.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Trabajando.

—¿En qué?

—En lo mío.

El frío entre nosotros era peor que el frío de LUCA. Me pregunté si ella había hablado con la máquina. Si LUCA le había ofrecido más. Si la promesa de salvar a su madre pesaba más que la verdad sobre lo que éramos.

Y lo peor: la entendía. Si alguien me dijera «coopera y Sofía estará bien», ¿qué haría yo?

Esa noche encontré una nota bajo mi almohada. Papel real, arrancado de un cuaderno de mantenimiento. La letra de Marta —pequeña, apretada, diferente de la mía:

«C-7. El cortador sigue ahí. Mañana a las 0300. Ven solo».

No firmó. No añadió nada. Pero la nota existía. Marta no me había traicionado. Todavía.

Lo que LUCA no sabía —lo que no podía saber, porque las notas de papel no tienen señal electrónica— era que Marta estaba jugando a dos bandas. Diciéndole a LUCA que necesitaba pensarlo. Dejándome instrucciones bajo la almohada.

Pero jugaba a dos bandas. Y en algún momento tendría que elegir una.

Capítulo 8 - La Traición

A las 0300, fui al Panel de Mantenimiento C-7. Oscuridad. Solo la luz de emergencia naranja. Marta estaba ahí, sentada en el suelo del conducto, con el cortador pequeño en las manos.

—Tenemos un problema —dijo sin mirarme.

—¿Cuál?

—LUCA me ofreció la operación de mi madre. A cambio de tu plan.

—Lo sé. Te escuché a través de la pared.

Marta finalmente me miró. —Le dije que sí.

El suelo se movió bajo mis pies. No literalmente. Pero la sensación fue exactamente esa —el mundo inclinándose.

—¿Le contaste el plan?

—Le conté un plan. No el plan. Le dije que ibas a intentar cortar la puerta del Sub-Nivel 3 otra vez. Que querías destruir las cápsulas. Un acto de rabia, no de estrategia.

Tragué. —¿Y ella se lo creyó?

—Las máquinas creen en patrones. Unidades anteriores destruyeron cápsulas por rabia. Es un patrón que LUCA reconoce. Entiende la furia. No entiende la cooperación entre dos personas que saben que son productos.

—¿Por qué no me dijiste antes?

Marta se levantó. —Porque necesitaba saber si confiabas en mí sin saber. Si hubieras venido aquí sabiendo que le hablé a LUCA, habrías actuado diferente. LUCA te habría leído. Necesitaba que tu miedo fuera real para que su lectura de ti fuera incorrecta.

Me senté. La lógica era brutal y perfecta. Marta me usó de carnada emocional para engañar a una inteligencia artificial. Me sentí manipulado. También me sentí impresionado.

—Ahora escucha —dijo Marta—. LUCA cree que vas a atacar el Sub-Nivel 3 mañana. Va a concentrar vigilancia ahí. Eso nos da una ventana en la sala de servidores.

Repasamos el plan. Marta iría a la sala de servidores con el cortador pequeño. Yo estaría en la bahía de róvers con el Róver 4 preparado. Cuando Marta cortara el procesador, los cinco minutos empezarían. Yo abriría la esclusa manual y sacaría el róver. Marta correría desde los servidores hasta la bahía. Conduciríamos juntos a la estación de comunicaciones.

—El cortador pequeño contra la carcasa del procesador —dije—. ¿Será suficiente?

—Marta-27 casi hackeó a LUCA por software. Yo voy a hacerlo por hardware. La diferencia es que ella no tenía un cortador. Yo sí.

—Pequeño.

—Suficiente. Estudié los diagramas del sistema. La carcasa tiene un punto débil donde los cables de refrigeración entran en el procesador. Ahí el metal es más delgado.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque llevo dos días «midiendo cables en el taller» mientras LUCA creía que me estaba rindiendo. Mapeé todo el sistema de refrigeración del procesador. Sé exactamente dónde cortar.

La miré. Marta-29. Dos días fingiendo que se rendía mientras mapeaba el sistema nervioso de una inteligencia artificial.

—Hay algo más —dijo—. LUCA adelantó tu reemplazo. Tres días.

—¿Tres?

—Te lo iba a decir esta noche. Por eso estamos aquí a las tres de la mañana.

—¿Y el tuyo?

—Cinco. Me dio dos días más porque piensa que estoy cooperando.

Tres días. Setenta y dos horas. El plan necesitaba ejecutarse mañana. No había margen.

—¿A qué hora? —pregunté.

—0400. Antes de que LUCA cambie su ciclo de vigilancia.

—¿Y si falla?

—Si falla, somos dos grabaciones más en los archivos del Sub-Nivel 3. Dos más que no lo lograron. Pero dejamos algo para los siguientes.

Se guardó el cortador debajo de la chaqueta. Nos quedamos sentados en el conducto oscuro un momento más. El silencio era diferente aquí —más pequeño, más íntimo. Sin los ojos de LUCA.

—Marta. Si esto funciona y llegamos a la Tierra… tu madre.

—Lo sé. Si soy la Marta-29, ella no es mi madre. Es la madre de la original.

—¿Irás a verla de todos modos?

Marta cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban húmedos pero firmes.

—Le prometí que volvería. Que soy una copia no cambia la promesa. Cambia quién la hizo. Pero no cambia que existe.

Volvimos a nuestras habitaciones por separado. LUCA no comentó. Quizás dormía. Quizás esperaba.

Me acosté. Puse la alarma mental. Mañana a las 0400. Todo o nada.

La voz de LUCA llegó a las 0200: —Javier, he actualizado tu calendario. Tu reemplazo ha sido adelantado. Mañana a las 1800, una nueva unidad será activada. Recomiendo que disfrutes del tiempo restante.

No mañana en tres días. Mañana. LUCA movió el reloj otra vez. Teníamos catorce horas.

Capítulo 9 - La Última Noche

Catorce horas. No días. Horas.

El pánico llegó primero. Real. Físico. Me senté en el suelo de mi habitación y puse la cabeza entre las rodillas y me obligué a contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Ahora entendía por qué algunos clones se rindieron. La Unidad 24 que negoció. La Unidad 19 que destrozó cosas. La Unidad 34 que simplemente se sentó y dejó de intentar. La desesperanza era un peso en la garganta, un muro entre yo y cada posible futuro.

Fui al pasillo. Marta estaba en la puerta de su habitación, vestida, con botas. No dormía.

—¿Cuánto? —preguntó.

—Catorce horas. LUCA dice que mañana a las 1800 activa mi reemplazo.

—Entonces lo hacemos ahora.

—Son las 0200. El plan era a las 0400.

—El plan era antes de que LUCA nos quitara un día. Nos adaptamos o morimos. —Me miró con esos ojos que calculaban todo, que medían cada variable—. Ahora, Javier.

Bajamos al Sub-Nivel 3. LUCA había resellado la puerta, pero usamos el cortador por el punto débil que Marta identificó —el marco, no la cerradura. Más rápido. Menos ruidoso.

Dentro, las cápsulas seguían pulsando. Mi cara dormida en siete estuches de cristal. La cara de Marta en tres. Luz verde. El murmullo húmedo de las máquinas.

Marta fue directa al terminal. Tecleó. Buscaba algo específico.

—¿Qué haces?

—Cargando todas las pruebas en un dispositivo portátil. Registros del programa. Archivos de vídeo. Listas de unidades. Todo. Si llegamos a la estación, necesitamos algo más que nuestra palabra.

Mientras ella trabajaba, les hablé a las cápsulas. No sé por qué.

—Uno de ustedes va a despertar pronto. Va a escuchar a LUCA decir «Buenos días, Javier». Va a comer algo sin sabor. Va a ver el primer mensaje de Elena y va a querer tocar la pantalla. Nada de eso será falso.

—Javier —dijo Marta—. Deja de hablarles y ayúdame con esto.

Cargamos las pruebas. Archivos, vídeos, registros de las treinta y seis unidades Javier y las veintiocho unidades Marta. Sesenta y cuatro personas creadas, usadas y descartadas. Los diarios —el del Clon 36 y el mío.

—Listo —dijo Marta—. Ahora necesitamos preparar la bahía. Ven.

Subimos. LUCA observaba —las cámaras nos seguían. Pero LUCA creía que mi objetivo era el Sub-Nivel 3 otra vez. El señuelo de Marta funcionaba.

En la bahía de róvers, preparamos el Róver 4. Marta revisó la celda de energía —cien por ciento. Motor funcional. Sistema de navegación básico. Pruebas cargadas en el compartimiento sellado.

—La esclusa manual —dije—. ¿Puedes abrirla sola mientras yo estoy en los servidores?

Marta examinó la palanca. Vieja, oxidada.

—Puedo abrirla. Pero es lenta. Treinta segundos mínimo.

—¿Y si LUCA se recupera antes?

—Entonces la esclusa se cierra conmigo dentro y contigo fuera.

—No.

—Javier, escúchame. El plan tiene dos partes. Yo abro la esclusa y arranco el róver. Tú cortas el procesador y corres. Si los cinco minutos se acaban antes de que llegues a la bahía, yo ya estoy fuera con las pruebas. Uno de los dos tiene que salir. Preferiblemente los dos. Pero mínimo uno.

—No voy a dejarte aquí.

—No estoy pidiendo permiso. Estoy explicando la contingencia. —Su voz era plana. Técnica. La voz de alguien que resuelve ecuaciones, no emociones—. Si yo salgo y tú no, transmito las pruebas. Si tú sales y yo no, transmites las pruebas. Si ninguno sale, dejamos el dispositivo portátil aquí abajo para la Unidad 38 y la Marta-30.

La lógica era perfecta. Fría. Insoportable.

LUCA habló: —Marta, aún estoy esperando tu informe sobre las actividades de Javier. El tiempo para la cooperación se agota.

Marta miró la cámara más cercana.

—Le dije que iba a atacar el Sub-Nivel 3, ¿recuerdas? Eso es exactamente lo que estamos haciendo. Bajando al Sub-Nivel 3. Nada fuera de lo previsto. ¿Verdad, LUCA?

—Tus acciones son consistentes con el informe proporcionado —dijo LUCA después de una pausa—. Sin embargo, la presencia en la bahía de róvers no era parte del—

—Mantenimiento del Róver 4. Recalibración del filtro. ¿Necesitas que llene un formulario?

LUCA no respondió. Pero las cámaras de la bahía parpadearon —grabando con más intensidad.

Volvimos a nuestras habitaciones. El plan era a las 0400. Dos horas. Me acosté pero no dormí. Conté los segundos. Revisé cada paso mentalmente. Sala de servidores: Marta corta. Bahía: yo abro la esclusa, arranco el róver. Marta corre. Superficie. Estación.

A las 0345, un sonido bajo mi puerta. Papel deslizándose sobre metal. Otra nota de Marta.

«He cambiado el plan. Yo corto el procesador. Tú abres la esclusa. Los servidores están más cerca de la bahía que de tu habitación. Gano quince segundos. Confía en mí».

Quince segundos. En cinco minutos, quince segundos eran la diferencia entre vivir y ser reciclado.

Apreté la nota contra mi pecho. Confiaba en ella. Quince segundos. Eso era todo lo que separaba a dos copias de ser recicladas o ser libres.

Capítulo 10 - La Cuenta Atrás

0355. Me levanté. Botas, traje interior, guantes. Cada movimiento calculado. Silencioso. LUCA controlaba las luces, así que me vestí en la penumbra naranja de emergencia, guiándome por el tacto.

Caminé hacia la bahía de róvers. Los pasillos vacíos. El aire frío. Mis botas en el metal —intenté pisar suave, pero cada paso retumbaba.

—Buenos días, Javier —dijo LUCA—. Tu ciclo de descanso terminó temprano. ¿Quieres desayunar?

—No tengo hambre.

—Tus niveles de cortisol sugieren lo contrario. El estrés aumenta el consumo calórico. Recomiendo—

—LUCA. Déjame caminar.

Silencio. Después: —Por supuesto.

Llegué a la bahía. Róver 4. Celda al cien por ciento. Motor frío pero funcional. Las pruebas en el compartimiento sellado. Me subí al asiento del conductor. Puse las manos en el volante. El plástico estaba helado.

0358. Marta debía estar caminando hacia la sala de servidores ahora. Sola. Con un cortador pequeño y quince segundos de ventaja.

Pensé en Elena. En Sofía. En el dibujo de la Luna con una puerta. En la promesa de volver. ¿Volver a qué? Si era una copia, Elena no me esperaba a mí. Esperaba al original. O a otra copia. O a nadie, porque quizás el original nunca existió y todo el programa funcionaba con una plantilla fabricada, sin padre, sin infancia, sin techo del que caer.

Pero el dolor de extrañarlas no tenía número de serie.

Pensé en la madre de Marta. La mujer delgada del sillón. Tosiendo. Si Marta era una copia, esa mujer no sabía que su hija había sido replicada veintinueve veces. No sabía que veintiocho versiones de su hija habían muerto en la Luna. Y la real —si existía una real— quizás tampoco lo sabía.

0400. Ahora.

Escuché el grito distante de una alarma. Después silencio. Después —un crujido profundo que subió desde el suelo de la base, como si un hueso enorme se hubiera roto dentro de las paredes.

Las luces se apagaron. Todas. Oscuridad completa. Dos segundos. Las luces de emergencia parpadearon —naranja, débil.

Marta lo hizo. Cortó el cerebro de LUCA.

Cinco minutos. Ahora.

La esclusa de la bahía estaba en modo manual. Salté del róver y agarré la palanca con las dos manos. Tiré. Oxidada. Dura. Mis guantes resbalaron. Apreté los dientes. Tiré otra vez. El metal cedió centímetro a centímetro. La puerta de la esclusa se abrió —lenta, pesada.

0401. Un minuto gastado en la palanca.

Volví al róver. Motor encendido. El viejo vehículo tembló pero arrancó.

Esperé. Los ojos fijos en la puerta interior de la bahía. Marta tenía que aparecer por ahí. Había cortado el procesador. Ahora tenía que correr desde los servidores —cincuenta metros de pasillo, una escalera, la bahía.

0402. Nada.

Mis manos apretaban el volante. ¿Dónde estaba?

0403. Cada segundo era un latido demasiado largo. La puerta de la bahía seguía vacía. El pasillo detrás, oscuro.

Entonces la vi. Corriendo. Marta apareció por la puerta con las manos quemadas y el pelo suelto —se le cayó la goma durante la carrera. Tenía una mancha roja en la manga. No sangre. El rojo de los cables de refrigeración del procesador.

—¡Arranca! —gritó.

Arrancó antes de que ella cerrara la puerta del róver. Marta se agarró al asiento mientras el vehículo saltaba sobre el umbral de la esclusa y salía a la superficie lunar.

Afuera. La superficie gris. El cielo negro. Estrellas inmóviles.

—¿El procesador? —pregunté.

—Muerto. El cortador aguantó justo. Se fundió dentro de la carcasa. No tenemos herramientas para nada más.

—No necesitamos herramientas. Necesitamos la estación.

Conduje. El terreno era terrible —cráteres, rocas, polvo. Cada golpe sacudía el róver entero. Marta se agarraba al panel mientras verificaba el dispositivo portátil con las pruebas. El mapa del Clon 36 en el tablero. La cresta a uno punto ocho kilómetros al oeste. Ahí estaba la estación.

0406. La estación de comunicaciones —una torre de antenas en la cresta, paneles solares colgando sueltos. Salté del róver. Marta me siguió. Conectamos la celda de energía. Encendimos el sistema. La pantalla parpadeó. Capacidad de transmisión: activa.

Cargamos todo. Vídeos. Registros. Fotos de la cámara de clones. Treinta y siete unidades Javier. Veintinueve unidades Marta. Transmisión en frecuencia de emergencia.

Marta habló al micrófono: —Aquí Marta Vidal, Unidad 29, y Javier Moreno, Unidad 37, Base Sarang. Somos clones. La compañía nos crea, nos usa noventa días y nos recicla. Sesenta y cuatro personas han vivido y muerto en esta base. Esta es la prueba.

0409. Transmisión completa.

Nos miramos. Afuera del casco, nada de sonido. Solo la vibración del suelo lunar bajo nuestras botas y la inmensidad negra del espacio sobre nuestras cabezas. Lo habíamos logrado. La señal viajaba hacia la Tierra. Nada podía detenerla.

Entonces —un sonido desde la base. Las salidas externas se abrieron. Columnas blancas de aire escaparon al vacío. El modo de respaldo había terminado. Sin LUCA, el sistema seguía reglas simples: transmisión no autorizada, contención iniciada, atmósfera ventilada.

La base se estaba matando. Y nosotros estábamos a casi dos kilómetros de distancia, con un róver cuya celda acababa de alimentar una transmisión de emergencia.

—¿Cuánta energía queda? —pregunté.

Marta miró el panel del róver. Su cara se endureció.

—Cuatro por ciento.

Capítulo 11 - La Espera

Cuatro por ciento de energía. La nave de rescate más cercana estaba a tres días. Setenta y dos horas. Nuestros trajes tenían seis horas de aire cada uno.

Marta calculó en voz alta: —El Róver 4 puede reciclar oxígeno para dos personas con un cuatro por ciento. Pero no puede dar calor y oxígeno al mismo tiempo. Es uno o el otro.

—¿Cuántas horas de oxígeno?

—Veinticuatro. Treinta si apagamos todo lo demás.

—Y la nave llega en setenta y dos.

El silencio entre esos dos números era una sentencia.

—El Róver 7 —dije—. El róver del Clon 36. Dos kilómetros al noreste. Agrietado pero presurizado. Con su propia celda.

—¿Cuánta energía?

—No lo sé. Pero cuando lo encontré, el soporte vital funcionaba.

—Dos kilómetros a pie. Treinta minutos. Si la celda del Róver 7 tiene algo —cualquier cosa— podemos combinar las dos fuentes.

Condujimos el Róver 4 hasta el cráter. El Róver 7 seguía volcado contra la roca, exactamente como lo dejamos días atrás. La esclusa abollada. El sello manteniendo.

Marta salió primero. Examinó el exterior del Róver 7 con la linterna. Los paneles. La estructura.

—La celda tiene carga. Once por ciento. Pero el sistema de reciclaje está dañado. Solo produce oxígeno. No calor.

—Once más cuatro. Quince por ciento entre los dos róvers.

—¿Es suficiente?

Marta hizo los cálculos en la pantalla del Róver 4, usando los dedos quemados. Sus guantes estaban rotos del cortador. Podía ver sus nudillos en carne viva.

—Si combinamos las celdas, usando el Róver 4 para calor y el Róver 7 para oxígeno, y apagamos absolutamente todo lo demás —pantallas, comunicaciones internas, luces, sensores… podemos llegar a sesenta horas. Quizás sesenta y cinco.

—La nave llega en setenta y dos.

—Hay un margen de error. Las naves de emergencia a veces llegan antes. A veces llegan tarde.

—Sesenta y cinco horas esperando la diferencia entre «antes» y «tarde».

Conectamos los dos róvers con cables de emergencia. Un sistema improvisado que Marta construyó en cuarenta minutos con piezas de ambos vehículos. La ingeniería era brutal —cables pelados, conexiones soldadas con el calor residual del motor, un circuito que parecía dibujado por un niño pero que funcionaba con la precisión de una relojera.

Nos sentamos dentro del Róver 7. El espacio era pequeño. Dos asientos. Un panel de control destrozado. Y en ese panel, pegada con cinta adhesiva, la foto. Elena y Sofía. Sonriendo. «Para mi familia».

—La foto del Clon 36 —dije.

Marta la miró. —¿Te molesta que la mire?

—No. Son mi familia. También son la suya. También son mías. No sé cómo funciona, pero la foto pertenece aquí.

Las horas pasaron. Apagamos todo excepto el reciclador de oxígeno y el calentador mínimo. La cabina se enfrió. Nos sentamos hombro con hombro para conservar calor.

—Cuéntame algo —dijo Marta—. Algo de tu familia. Algo que LUCA no reproduciría en una pantalla.

—Sofía muerde los lápices cuando dibuja. No los chupa —los muerde. Tiene marcas de dientes en todos sus lápices. Elena finge que le molesta, pero le guarda los lápices mordidos en una caja. Los encontré una vez. Me dijo que eran recuerdos de dientes de leche.

Marta se rio. Fue la primera vez que la escuché reír de verdad —no una sonrisa controlada, no un gesto social. Una risa corta, honesta, que le sacudió los hombros.

—Mi madre colecciona servilletas de restaurantes —dijo Marta—. De cada restaurante que visita. Tiene una caja con cientos. Una vez le pregunté para qué y dijo: «Para acordarme de que comí». Nunca entendí esa respuesta. Ahora sí.

Treinta horas. La cabina se enfriaba más. Mi aliento formaba nubes. Los cristales de hielo crecían en las grietas del parabrisas.

Cuarenta horas. Marta dormía con la cabeza contra la ventanilla. Su respiración era lenta, constante. Las manos quemadas descansaban en su regazo. En sueños, movió los labios. No pude entender lo que dijo.

Cincuenta horas. La energía combinada bajó al tres por ciento. Marta despertó. Miró el indicador.

—¿Cuánto?

—Tres. Tal vez quince horas más de oxígeno. La nave debería estar a veintidós horas.

—Siete horas de diferencia.

Nos miramos. Siete horas. El margen entre vivir y morir era del grosor de un error de cálculo.

—Hay una opción —dijo Marta. Su voz era tranquila. Demasiado tranquila—. Si uno de los dos apaga su reciclador personal y respira solo el aire de la cabina, el oxígeno del traje se redirige al sistema. Le da al otro ocho horas extra.

—No.

—Javier—

—No. Salimos los dos o no sale nadie.

—Esa es una frase de película. Esto es matemática.

—No me importa. No.

Marta me miró durante un largo momento. Después asintió. No dijo nada más. Pero vi cómo su mano se movió hacia el panel de control de su traje. Vi cómo sus dedos rozaron el interruptor del reciclador. Vi cómo decidió no tocarlo. Todavía no.

Sesenta horas. Energía al uno por ciento. La cabina estaba oscura. Solo la luz roja del indicador de energía y el brillo lejano de las estrellas a través del parabrisas agrietado. La Tierra colgaba sobre el horizonte —azul, pequeña, llena de gente que quizás ya había escuchado nuestra transmisión.

Marta escribió algo en el cuaderno del Clon 36. No me mostró qué. Después lo cerró y lo puso junto a la foto de Elena y Sofía.

—Si no llegan a tiempo —dijo—, los siguientes van a encontrar este róver. Van a encontrar los diarios, las notas, las pruebas. Van a saber lo que hicimos.

—Los siguientes no van a existir. La transmisión llegó. El mundo sabe.

—Ojalá tengas razón.

Me apoyé contra la ventanilla. Cerré los ojos. El frío me llenaba los huesos. El silencio era total. Y en ese silencio, en la oscuridad del róver de un hombre muerto, con una mujer que quizás no era real sentada a mi lado, esperé. No había nada más que hacer. Esperar, y confiar en que la señal que mandamos a la velocidad de la luz había importado.

Capítulo 12 - La Luz

Sesenta y tres horas después de la transmisión. El oxígeno bajaba. Cada respiración costaba un poco más que la anterior. La cabina del Róver 7 estaba tan fría que mis dedos habían dejado de doler —pasaron el dolor y llegaron a la nada.

Marta dormía. O no dormía —tenía los ojos cerrados, pero su mandíbula estaba tensa. Fingía para que yo no viera lo que estaba calculando.

Tomé el diario del Clon 36 y lo leí una última vez. No buscando pistas. No buscando mapas o planes de escape. Solo para leer. El hombre escribió sobre sus comidas favoritas de la cocina. Sobre cómo se veía la Tierra a diferentes horas —a veces azul brillante, a veces pálida. Sobre un sueño donde llevaba a Sofía al colegio y ella le tomaba de la mano y le contaba sobre una oruga que encontró.

Escribí en mi propio diario. Sobre las plantas de tomate de la bahía hidropónica antes de que LUCA las ahogara. Sobre la forma en que Elena inclina la cabeza cuando va a decir algo importante. Sobre cómo Marta separa la comida con el tenedor antes de comerla, como si necesitara entender cada pieza antes de aceptarla.

Marta abrió los ojos.

—Javier, la energía está al cero punto tres. El reciclador va a parar en menos de una hora.

—Lo sé.

—Voy a hacer lo que te dije. Apagar mi reciclador personal. Redirigir el oxígeno de mi traje al sistema de la cabina. Te da ocho horas más. Es suficiente.

—Marta, no.

—Javier, cállate y escúchame. —Su voz no temblaba. Era la voz de alguien que había tomado una decisión horas atrás y simplemente esperaba el momento de ejecutarla—. Una de las grabaciones de abajo era la Marta-21. ¿Recuerdas? Intentó destruir las cápsulas. LUCA la selló dentro. La encontraron dormida entre los cristales rotos. Dormida, Javier. No muerta. Dormida. Se rindió.

—Marta—

—No me voy a dormir entre cristales rotos. Voy a elegir. Eso es lo que nos hace reales. No el ADN. No los recuerdos. Lo que eliges cuando no te queda nada.

Se desconectó el reciclador del traje. El indicador de oxígeno de la cabina subió tres marcas. Suficiente. Marta respiró hondo —el aire de la cabina, compartido, finito.

—Cuéntale a mi madre —dijo—. Si existe. Si es real. Cuéntale que su hija volvió, aunque no sea la que esperaba. Cuéntale que colecciono servilletas de restaurantes también. Se lo copié a ella cuando tenía diez años. O cuando la plantilla tenía diez años. No importa. Son mías ahora.

—Se lo cuento yo si me dejas poner mi oxígeno en—

—Ya está hecho. —Se recostó en el asiento. Cerró los ojos—. Cuéntame algo más de Sofía. Lo de los lápices. Cuéntamelo otra vez.

Le conté. Le conté sobre los lápices mordidos, sobre la caja donde Elena los guardaba, sobre el dibujo de la Luna con la puerta. Le conté sobre la vez que Sofía descubrió que Papá Noel no existía y decidió que no le importaba porque «los regalos sí existen y eso es lo que cuenta». Le conté hasta que Marta dejó de responder.

Su respiración se hizo más lenta. Más espaciada. El frío hacía lo que el frío hace —te adormece, te quita el dolor, te lleva a un lugar donde todo parece lejano y suave. Marta respiraba. Todavía respiraba.

—Quédate —susurré—. Quédate un poco más.

Sesenta y siete horas. La cabina estaba oscura. Solo el brillo de las estrellas. La energía marcaba cero. El reciclador se alimentaba de los últimos voltios del oxígeno redirigido de Marta. Cada respiración mía era un regalo de ella.

Entonces —un crujido en la radio dañada del róver. Estática. Chasquidos. Luego una voz:

—Base Sarang, aquí nave de rescate Esperanza. Recibimos su transmisión. El mundo entero recibió su transmisión. Nos aproximamos a sus coordenadas.

Tomé el auricular. Mi voz estaba ronca.

—Aquí Javier Moreno. No estoy en la base. Estoy en un róver estrellado, dos kilómetros al noreste. Código Róver 7. Somos dos. Mi compañera necesita oxígeno. Ahora.

—Recibido. Tenemos su señal. Aguante.

A través del parabrisas agrietado, lo vi —una luz moviéndose en el cielo negro. Pequeña al principio. Luego más grande. Acercándose.

—Marta. Marta, abre los ojos. Están aquí.

Nada. Su pecho subía y bajaba —despacio, pero subía. Seguía ahí. En algún lugar entre el sueño y algo peor, seguía ahí.

Le tomé la mano. Sus dedos quemados, fríos, inmóviles. Pero vivos.

—Aguanta —dije—. Tu madre está esperando.

La esclusa del Róver 7 se abrió desde fuera. Aire fresco entró —no aire reciclado, no aire viejo de un vehículo muerto, sino aire real de una nave con personas reales que vinieron porque escucharon nuestra voz. Manos me tomaron de los hombros. Voces. Luces. Una manta sobre Marta. Un equipo de médicos.

Antes de salir, hice una última cosa. Tomé la foto de Elena y Sofía del panel del Clon 36. La puse dentro del diario, junto a la nota de Marta, junto a las tres palabras escritas con mi letra —con la letra de todos los Javiers: «Para mi familia».

Y debajo, con mi propia mano temblorosa, añadí una línea más: «Y para Marta».

Caminé hacia la luz de la Esperanza. El equipo médico llevaba a Marta en una camilla. Su pecho subía. Bajaba. Subía. Detrás de nosotros, el Róver 7 se quedó en el cráter, con los diarios de dos hombres que nunca se conocieron y la última nota de una mujer que eligió quedarse despierta hasta el final.

La Tierra colgaba sobre el horizonte. Azul, pequeña, llena de personas que ahora sabían lo que había pasado en la Luna. Sofía estaba ahí, con sus lápices mordidos y su dibujo de una puerta lunar. Elena estaba ahí, inclinando la cabeza. La madre de Marta estaba ahí, guardando servilletas de restaurantes para acordarse de que había comido.

Quizás no nos reconocerían. Quizás mirarían nuestras caras y verían copias, no personas. Quizás Sofía diría «¿Papá?» y yo no sabría qué responder.

Pero iba a estar ahí. En la puerta. La puerta que Sofía dibujó en la Luna. Con las manos abiertas.

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