Wanderer
Every flashcard pack and every book.
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- All vocabulary + grammar flashcards
- All A1–B2 books
- Conversation flashcards (soon)
- Learning games
- AI companion chat
Cada mañana el colectivo 109 pasa por Villa Gris, y cada mañana miro hacia otro lado.
No soy la única. La mujer a mi derecha lee el diario con la concentración de alguien que necesita no ver la ventana. El hombre de atrás duerme con la boca abierta —o finge dormir. Todos en el 109 hemos aprendido el mismo truco: cuando el colectivo frena en la parada de Rivadavia, miramos cualquier cosa menos el muro de concreto que llena la ventana izquierda. Tres metros de alto. Alambre en la parte de arriba que brilla cuando le da el sol. Soldados en la puerta principal, rifles colgando de los hombros como si pesaran poco. Y detrás del muro, entre las planchas de metal sueltas, caras. Grises. Delgadas. Ojos oscuros sin bordes visibles, que miran el colectivo pasar como quien mira llover.
El grafiti del puente dice ALIENS FUERA. Alguien le pintó encima una flecha señalando arriba, hacia el cielo. No sé si es un chiste o una orden.
Me llamo Sonia. Tengo dieciséis años. Vivo en Flores con mi madre, que limpia oficinas de día y un restaurante de noche. Mi padre murió cuando yo tenía once —un corazón que dejó de funcionar un martes a las tres de la tarde, sin aviso, sin despedida, sin sentido. Soy buena estudiante, no porque sea brillante, sino porque soy terca. Termino lo que empiezo. Me muerdo las uñas cuando estoy nerviosa, y uso la misma chaqueta de mezclilla a todos lados, cubierta de parches que mi madre cosió para tapar los agujeros. Cada parche es una conversación que no tuvimos sobre dinero.
En la escuela, el televisor de la cafetería muestra las noticias: un político dice que los aliens consumen recursos que Argentina no tiene. Mis compañeros repiten frases de sus padres como loros bien entrenados. Diego, un chico que siempre habla más fuerte de lo necesario, dice que su tío trabaja en el campamento. —Son asquerosos de cerca. Huelen a químico. —Hace una cara de asco exagerada. Todos se ríen. Yo no me río. Pero tampoco digo nada.
Después de la escuela, juego fútbol en el terreno vacío cerca de mi apartamento. El terreno está a tres cuadras del muro. El pasto es más seco aquí, el aire tiene un olor metálico que no pertenece a Buenos Aires —algo entre ozono y fruta madura. El barco alien, medio hundido en el Río de la Plata, es visible desde el techo de mi edificio. Nadie sube ya a mirarlo. Hace tres años que cayó. Ya es parte del paisaje.
Pateo mal. La pelota vuela sobre la reja y rueda contra la base del muro. Desaparece por un hueco —una abertura de drenaje medio escondida entre las hierbas altas.
—Déjala —dice Camila, retrocediendo—. Mi madre dice que no hay que acercarse.
Las demás también se alejan. Miro el hueco. Es mi única pelota. Mi madre trabaja turnos de catorce horas. Una pelota nueva no está en el presupuesto.
—Es solo una pelota —digo.
Camino hacia el muro. Sola. El concreto es áspero contra mis dedos. El hueco es justo lo suficientemente ancho. Del otro lado puedo ver la pelota, apoyada contra un montón de contenedores oxidados. Miro a la izquierda. A la derecha. Ningún soldado. Solo silencio y ese olor que se hace más fuerte —ozono, sí, pero también algo dulce debajo, algo vivo.
Me arrastro por el hueco.
El aire del otro lado es más denso. El silencio no es vacío —es un silencio lleno, como una habitación donde todos están conteniendo la respiración al mismo tiempo. Los contenedores se alzan sobre mí, sus sombras largas en la luz del atardecer.
Recojo la pelota. Mi mano se cierra alrededor de ella. Entonces escucho un sonido detrás de mí —un zumbido bajo, con capas, como si alguien tocara varias cuerdas al mismo tiempo dentro de un piano cerrado. Me doy vuelta.
Algo está de pie en la sombra de los contenedores. Es alto. Es gris. Me mira con ojos completamente oscuros. Y está extendiendo su mano —cuatro dedos largos, abiertos, quietos en el aire entre nosotros.
No me muevo. Mis piernas son concreto. Mi corazón golpea tan fuerte que seguramente el alien puede escucharlo —porque decido que es un alien, no una cosa, no un monstruo, aunque mi cuerpo entero me grita que corra.
Es de mi altura, tal vez un poco más alto. Piel gris clara, lisa, sin pelo visible. Cuatro dedos en cada mano, largos y delgados. Los ojos son lo que más me asusta y lo que menos debería asustarme: son completamente oscuros, sin separación entre iris y pupila, pero la manera en que me miran es tan curiosa, tan cautelosa, que reconozco la expresión. He visto esa misma mirada en el perro de la esquina cuando un extraño se le acerca con la mano abierta. Miedo mezclado con esperanza.
Hace el sonido otra vez. No es amenazante. Es una pregunta sin palabras, un tono suave con algo debajo —una vibración que siento en el pecho antes de escucharla con los oídos. Mira la pelota en mi mano. Después mi cara. Inclina la cabeza.
Y dice, en un español roto: —Pelota.
Señala la pelota. Repite: —Pelota. —Y sonríe —o lo que creo que es una sonrisa, una curva pequeña en una boca que no tiene labios exactamente, sino un pliegue en la piel gris que se suaviza.
Cuando dice esa palabra —pelota, una palabra tan simple— algo cambia. No puedo explicar la mecánica. Solo sé que un segundo antes era un alien, una sombra gris, y un segundo después era alguien que conoce la misma palabra que yo para la misma cosa redonda en mi mano.
—¿Hablas español? —Mi voz tiembla.
Un gesto con la mano —un movimiento que dice «más o menos». —Poco. —Se señala a sí mismo. Un sonido sale de su garganta: algo como «Kael», pero con un tono debajo, dos notas al mismo tiempo, un acorde imposible para una garganta humana. Lo intento. Suena como si tosiera. Él hace un sonido que solo puede ser risa —breve, suave, con armonías que vibran en el aire como gotas cayendo en agua quieta.
Kael me guía —con distancia entre nosotros, con cuidado— a una parte del campamento que nunca he visto en televisión. No es la imagen de las noticias: soldados, alambre, peligro. Es un barrio miseria hecho de metal y desesperación organizada. Refugios pequeños construidos de contenedores cortados. Un niño alien juega con un juguete de alambre retorcido —algo entre un avión y un insecto. Un alien mayor está sentado contra una pared, dibujando en la tierra con un palo. Dibujos complicados, con líneas que se cruzan en patrones que no parecen aleatorios. Familias. Niños. Juguetes. Rutinas.
El olor aquí es fuerte y complejo —metálico pero también floral, como un jardín después de una tormenta eléctrica. No es desagradable. Solo es diferente. Mi cuerpo no sabe si relajarse o correr.
Kael se arrodilla y dibuja en la tierra: dos círculos. Soles. Después formas angulares que podrían ser edificios o cristales. Después algo que reconozco —un barco. Señala arriba. Señala la tierra. Hace un sonido largo, vibrante, con capas de tonos que se superponen. No necesito hablar su idioma para entender. Es el sonido del duelo.
Una sirena rompe el momento. Alarma de toque de queda. La piel de Kael cambia —se aclara varios tonos, casi blanca. Me empuja hacia el hueco con urgencia pero sin brusquedad. Me arrastro de vuelta. Del lado de afuera, apoyo la espalda contra el concreto, la pelota contra el pecho, respirando como si hubiera corrido kilómetros.
En casa, las noticias: «Violencia alien en Villa Gris —tres soldados heridos». Mi madre, sentada con su café después de catorce horas de trabajo: —¿Ves? Animales.
Pienso en Kael diciendo «pelota». Pienso en el niño con el juguete de alambre. La palabra «animales» suena diferente ahora. Suena a algo que se dice para no tener que pensar.
Esa noche, acostada en la oscuridad, intento reproducir el nombre de Kael. El zumbido debajo de las sílabas. No puedo. Mi garganta no fue construida para esos sonidos. Pero intento otra vez. Y otra.
Entonces escucho algo fuera de mi ventana. Motores. Camiones pesados moviéndose hacia Villa Gris. Los cuento. Uno. Dos. Tres. Pasan, y la calle vuelve al silencio. Pero es un silencio que se siente diferente al de hace una hora. Un silencio que parece estar escondiendo algo.
Vuelvo al día siguiente. Y al siguiente. En una semana es rutina: escuela, fútbol, el muro, Kael. Llevo un cuaderno con la tapa medio rota. Dibujo cosas y escribo las palabras en español. Kael dibuja las mismas cosas y hace los sonidos de su idioma. Yo intento escribir los sonidos con letras que no fueron inventadas para ellos.
Dibujo un sol. «Sol». Kael produce dos tonos simultáneos, uno alto y uno grave, sostenidos como un acorde de órgano. Intento imitarlo. Suena como si estuviera ahogándome. Kael hace esa risa suya —corta, con armonías que cuelgan en el aire un segundo después de que termina.
Dibujo agua. «Agua». Su sonido es líquido, suave, y por un momento juro que puedo sentir humedad en el aire. Dibujo una casa. «Casa». Su sonido tiene tres capas —y noto que una de ellas suena melancólica. Le pregunto. —Nuestra palabra para casa —dice despacio, eligiendo cada palabra española con cuidado— tiene la tristeza adentro. Porque casa es el lugar que puedes perder.
El español de Kael mejora con una velocidad que no parece posible. Su especie procesa el lenguaje diferente —reconocimiento de patrones, algo que él llama «memoria del sonido». En dos semanas forma frases completas. Torpes pero con una precisión accidental que las hace poéticas. «El cielo aquí tiene solo un fuego». Un sol. «El aire sabe a tristeza aquí». Me siento triste. «Tu cara se mueve demasiado cuando hablas». Eres muy expresiva.
Yo intento aprender su idioma. Es más difícil —las armonías requieren producir dos notas al mismo tiempo, y mi garganta solo tiene una voz. Pero aprendo las palabras básicas: saludo, despedida, sí, no. Y una palabra que cambia todo.
La palabra para «amigo».
Kael explica. En su idioma no existe la palabra «extraño». Todos son «kaelu» —«uno que se queda»— o «kaelith» —«uno que todavía no se ha quedado». No hay concepto de alguien permanentemente afuera. Todos son un amigo posible que simplemente no ha llegado todavía.
—Eso es hermoso —digo.
Kael me mira. —Eso es normal. Tu palabra —extraño— me asusta. ¿Una persona que decidiste que nunca va a pertenecer? No tenemos esa idea. —Mira el muro—. Pero la estamos aprendiendo.
Me quedo callada. Pienso en el grafiti del puente. En Diego. En mi madre diciendo «animales». Palabras para separar. Muros construidos con el idioma antes de construirlos con concreto.
El secreto pesa más cada día. Miento a mi madre. Miento a mis amigas. En el almuerzo, Camila me mira con ojos preocupados. —¿Qué te pasa últimamente? —Nada. —La palabra sale automática, gastada de tanto uso. Camila no insiste, pero noto que empieza a sentarse más lejos de mí en clase. Las mentiras no solo esconden —también separan.
En el campamento, noto cosas nuevas cada visita. Las entregas de comida son más pequeñas. Los refugios están más fríos —el invierno se acerca y las paredes de metal no protegen de nada. Una sección del campamento se está vaciando. Aliens trasladados en camiones por la noche. —Reubicación —dice un soldado a un alien que pregunta—. Mejores instalaciones. Patagonia. —El alien asiente. No tiene otra opción.
Kael tiene una opinión sobre los camiones. —Mi madre dice que el aire miente aquí. —No entiendo lo que quiere decir. Todavía no.
El viernes llego al hueco y Kael no está. Espero una hora. El sol baja. Las sombras se alargan. Dos horas. Mis piernas se duermen. Mis uñas están destrozadas de tanto morderlas.
Entonces escucho pasos del otro lado del muro. Pesados. Botas militares. Un haz de linterna cruza el hueco. Me aprieto contra el concreto, sin respirar. Una voz: —Revisen esta sección. Alguien ha estado pasando por aquí.
El haz de luz pasa a centímetros de mi cara. Puedo ver el polvo flotando en el rayo blanco. Puedo oler el metal del muro contra mi mejilla. El haz sigue de largo.
Los pasos se alejan. Me quedo pegada al muro quince minutos más, temblando, antes de caminar a casa con las piernas de gelatina y el corazón en la garganta.
El hueco está vigilado. Un soldado camina de un lado a otro cada quince minutos. No puedo pasar. Tres días sin ver a Kael y el vacío en mi estómago no tiene nada que ver con hambre. ¿Lo atraparon? ¿Lo castigaron por mi culpa?
No como. Mi madre toca mi frente con su mano áspera. —Estás enferma. —Solo cansada. —Las mentiras se acumulan tan rápido que pierdo la cuenta.
En la escuela, Diego trae un dispositivo que su tío sacó del campamento —un objeto pequeño, angular, del tamaño de un teléfono, que zumba cuando lo tocas. —Arma —anuncia, sosteniéndolo como un trofeo—. Los aliens están construyendo armas. —La clase vibra con miedo y excitación. Es más fácil tener miedo de algo concreto que de algo abstracto. Un arma es simple. Una pregunta es incómoda.
Después de clase, cuando Diego lo deja sobre su escritorio, lo tomo. Es tibio en mi palma. Vibra suavemente, con un ritmo constante. He sentido esta misma vibración en el refugio de Kael, cerca de la pared donde duerme su hermanito. No es un arma. Es un calentador. Un aparato para que un bebé alien no muera de frío en una caja de metal en junio.
Pero Diego no ha estado dentro del campamento. Diego nunca va a estar dentro del campamento. Y cuando no conoces algo, cualquier cosa que construya parece peligrosa.
En el pasillo, veo un volante pegado a la pared —impreso a mano, simple, medio arrancado. Una frecuencia de radio pirata. El eslogan: «La verdad no es información clasificada. —M.R».. Lo arranco y lo meto en mi bolsillo. No sé por qué. La misma parte de mí que fue a buscar la pelota.
Necesito otra entrada al campamento. Camino por el terreno cerca del muro durante horas hasta encontrar un canal de drenaje debajo de las vías del tren. Es estrecho, sucio, oscuro. El agua sucia me llega a las rodillas. Algo me roza la pierna —una rata, espero. No grito. No puedo darme ese lujo. El canal corre bajo el muro y sale dentro del campamento, cerca de las bombas de agua.
Kael está vivo. Lo encuentro en su refugio, más delgado, con sombras debajo de los ojos que no le había visto antes. Estuvo confinado tres días —castigo colectivo por la «falla de seguridad» en el hueco. Mira el barro en mi ropa y en mi cara y hace una pregunta que no entiendo en su idioma. Después la traduce: —¿Pasaste por debajo de la tierra para llegar aquí? —Asiento. Algo cambia en su expresión —no es sorpresa exactamente, sino algo más cercano al respeto.
Conozco a Isa, la madre de Kael. Alta, un brazo —perdió el otro en el aterrizaje. Su piel es más oscura que la de Kael, casi color grafito, lo cual él me explicó que indica edad en su especie. Me mira un largo rato. Después habla —no en español, sino en su idioma, un torrente de armonías que llena el refugio entero. Kael traduce: —Dice que eres kaelu. Una que se queda. —Isa toca mi pelo con su mano, suavemente. El tacto es tibio y seco, y algo se aprieta en mi pecho.
Pero Isa no solo me acepta —me advierte. Kael traduce su segunda frase con más dificultad: —Dice que quedarse tiene un precio. Siempre tiene un precio. Pregunta si estás dispuesta a pagarlo.
No respondo. No sé la respuesta.
En la pantalla del campamento, el Coronel Vega anuncia la «Iniciativa de Reubicación de Patagonia». Su voz es tranquila, profesional, casi amable. Mejor comida. Más espacio. Las solicitudes están abiertas. En el fondo del video, veo la foto en su escritorio —una niña sonriendo en uniforme escolar. Y una taza que dice «El Mejor Papá del Mundo».
—Mi madre no le cree —dice Kael.
Esa noche busco al Coronel Vega en internet. No hay fotos de las instalaciones de Patagonia. No hay direcciones. No hay imágenes de satélite. Las instalaciones no aparecen en ningún mapa.
Meto la mano en mi bolsillo. El volante sigue ahí. «La verdad no es información clasificada». Me pregunto quién es M.R. Me pregunto si esa persona también buscó en internet y encontró lo mismo que yo.
Nada.
Visito el campamento de noche por primera vez. He escuchado los camiones pasar por mi ventana durante semanas. Necesito ver adónde van. Necesito entender qué pasa cuando el sol desaparece y la ciudad deja de mirar.
El campamento de noche es otro mundo. La bioluminiscencia lo transforma —un brillo azul tenue que sale de la piel de los aliens cuando duermen, visible a través de las paredes delgadas de los refugios. Las calles de tierra brillan. Parece una ciudad sumergida en el fondo del mar, o un cielo lleno de estrellas visto desde adentro. Es lo más hermoso que he visto, y está rodeado de alambre de púas.
Un convoy de camiones llega a la puerta principal. Los motores destruyen el silencio azul. Soldados forman una fila de aliens —unos cuarenta— con paquetes pequeños de posesiones. Un bolso de tela. Una manta. Un tubo de cartón con un dibujo enrollado. Suben a los camiones sin hablar. Un soldado verifica nombres contra una lista. Eficiente. Organizado. Uno de los aliens —mayor, piel tan oscura que parece carbón— toca el muro al pasar. Cuatro dedos abiertos contra el concreto, un momento largo. No es un gesto casual. Es una despedida.
Dos soldados hablan cerca de mí sin saber que estoy escondida detrás de las bombas de agua. —Transporte a Patagonia. Tercero este mes. —Hace frío allá. —Mejor que acá. —Se ríen. Un sonido ordinario, humano, del tipo que escucho en la escuela entre clase y clase.
Algo en mí se afloja. Tal vez es legítimo. Los aliens cooperan. Suben voluntariamente. Los soldados no son violentos. Esto parece reubicación. Es más fácil creer eso. Es cómodo. Y yo quiero estar cómoda —quiero volver a ser la chica que mira el teléfono cuando el colectivo pasa por Villa Gris.
Encuentro a Kael. Está despierto —los transportes mantienen a todos despiertos. Me lleva a su refugio y me muestra algo que ha estado trabajando durante semanas: un dibujo detallado de su mundo natal. Dos soles sobre un océano color cobre. Torres que parecen crecer del suelo como cristales gigantes. Criaturas con alas transparentes cruzando un cielo violeta.
—Se quemó —dice—. Todo. Guerra. Nuestra guerra. Nos destruimos.
—¿Cuántos estaban en el barco?
—Sesenta y dos mil.
—¿Eso es todos?
Asiente. La piel se le aclara varios tonos. —Somos lo último. Si morimos aquí, la canción se acaba.
—¿Qué canción?
Su piel se oscurece un tono —concentración, he aprendido a leer sus colores como se leen expresiones en una cara humana. Me enseña una palabra nueva: algo que traduce despacio como «el canto que sostiene el mundo». Es lo que su pueblo llama a la memoria colectiva —una canción compartida que contiene su historia, ciencia, arte. Si suficientes de ellos mueren, la canción se fragmenta. Silencio donde había música. Como una biblioteca que se quema habitación por habitación —puedes perder capítulos enteros que nadie más puede recitar.
El peso de la conversación me aplasta el pecho. Los sesenta mil aliens en Villa Gris no son una población. Son una especie entera. El último capítulo de un libro que nadie más puede escribir. Cada persona en esos refugios de metal es irremplazable —si muere, algo que el universo tardó millones de años en crear desaparece para siempre.
Kael me acompaña al canal de drenaje. Antes de irme, extiende su mano. Cuatro dedos, largos y tibios. La tomo. Su piel es lisa, nada como lo que esperaba —esperaba algo frío, algo duro, algo alien. Es solo piel. Tibia.
Dice mi nombre en su idioma. Un sonido que no puedo describir con palabras españolas —algo entre una campana y el eco de una piedra cayendo en un pozo profundo. Es la primera vez que alguien dice mi nombre en un idioma que no tiene palabra para «extraña». En su boca, mi nombre suena como si siempre hubiera pertenecido.
Después dice, en español, mirando al suelo:
—Se llevaron a mi padre anoche. En el camión. Solicitó Patagonia. —Pausa—. Se suponía que iba a llamar cuando llegara.
Me suelta la mano.
—Han pasado tres días. No ha llamado.
Tres días sin llamada. Me repito explicaciones: tal vez no hay señal en Patagonia. Tal vez las instalaciones son remotas. Tal vez todo está bien. «Tal vez» se convierte en la palabra más cobarde que conozco —una puerta que abro para no tener que mirar por la ventana.
Decido averiguar. Voy a la sede de la ACA, el edificio de oficinas cerca del campamento. Gris, bajo, con luces fluorescentes visibles desde afuera. Le digo a la recepcionista que soy estudiante haciendo un proyecto sobre la reubicación. ¿Podría hablar con alguien? Se ríe sin mirarme. —El Coronel no habla con estudiantes.
No me voy. Espero en el vestíbulo. Aprendo los ritmos del edificio —cuándo la recepcionista va al baño, cuándo los pasillos se vacían, qué puertas tienen llave. Vuelvo al día siguiente. Y al siguiente. A la tercera visita, suena la alarma de incendio —simulacro programado. El edificio se vacía. Yo no salgo. Me escurro por el pasillo hasta la oficina con el nombre «Cnel. R. Vega» en la puerta.
Cuatro minutos. Eso calculo antes de que alguien note que no salí con los demás.
El pasillo está vacío. Mis zapatillas no hacen ruido en el piso de linóleo. La puerta de la oficina de Vega no tiene llave —la confianza de un hombre que cree que nadie se atrevería.
La oficina huele a café y papel. Abro archivos con manos temblorosas. Expedientes administrativos. Presupuestos. Y entonces: manifiestos de transporte. Nombres. Fechas. Números de camión. Destino: «Instalación Omega —Patagonia Sur». En el escritorio, la foto enmarcada de la niña sonriendo. La taza que dice «El Mejor Papá del Mundo». Todavía tibia.
Tres minutos. Fotografío los documentos. Entonces veo el segundo grupo de registros en el cajón de abajo. Manifiestos de regreso.
Cada camión que fue a Patagonia volvió vacío. Ningún alien regresó. Ninguno fue transferido a otro lugar. Los camiones salen llenos. Los camiones vuelven vacíos. Cada vez. Durante ocho meses.
Hay una línea al final de cada manifiesto de regreso. Siempre la misma. «Procesamiento completo. Material descartado».
Dos minutos. Fotografío todo. Mis manos tiemblan tanto que tres de las fotos salen borrosas. Las tomo de nuevo. Material descartado. La frase se repite en cada página.
Un minuto. Salgo por la puerta de emergencia. El aire de afuera me golpea. Camino tres cuadras. Vomito en un callejón con una mano contra la pared de ladrillos y la otra sosteniendo el teléfono.
Hago las cuentas apoyada contra un contenedor de basura. Cuarenta por camión. Tres camiones al mes. Ocho meses. Novecientos sesenta. Novecientos sesenta aliens que subieron a camiones con bolsos de tela y mantas y dibujos en tubos de cartón, que tocaron el muro al salir, que creyeron la palabra «Patagonia».
El padre de Kael. El ingeniero que construyó el sistema de navegación del barco. El hombre que Kael dibuja de memoria cada noche.
Me siento en la vereda. Miro mi teléfono. El número llena mi cabeza. Debería ir a la policía. Pero la policía trabaja para el Coronel. Debería decirle a un diario. Pero los diarios imprimieron la versión del gobierno durante tres años sin preguntar. Debería decirle a alguien. Pero ¿a quién? ¿Quién le cree a una chica de dieciséis años con fotos de teléfono robadas de una oficina militar?
Pienso en el padre de Kael. El ingeniero. El hombre que construyó un sistema de navegación capaz de cruzar galaxias y que murió en un camión argentino camino a un lugar que no existe. Pienso en la primera palabra que Kael me dijo —pelota. Pienso en cómo todo empezó con una pelota de fútbol en un terreno vacío, y ahora tengo novecientos sesenta muertos en mi teléfono y soy la única persona fuera de ese muro que sabe.
Mi teléfono vibra. Un mensaje de un número desconocido. Dos palabras: «Te creo». Y debajo: un nombre. Mariana Rojas. Y una frecuencia —la misma del volante que arranqué de la pared de mi escuela hace dos semanas.
Me encuentro con Mariana en un café en San Telmo. Elijo el lugar —público, ruidoso, lleno de gente que no nos mira. Es más joven de lo que imaginé. Treinta y tantos. Pelo corto, ojeras profundas, una grabadora sobre la mesa entre nuestros cafés.
—Apaga eso —digo.
La apaga sin discutir.
Mariana cubrió el aterrizaje alien para La Nación hace tres años. Escribió un artículo cuestionando el programa de Patagonia —sin fotos de las instalaciones, sin direcciones verificables, sin pruebas de que existieran. La despidieron al día siguiente. Su editor dijo: —No podemos publicar cosas que el gobierno no quiere que se lean. —Desde entonces dirige una radio pirata desde un sótano debajo de una barra de tango. Transmite para quien escuche. Casi nadie escucha. Tiene pruebas de corrupción, robo de suministros, abusos militares menores. Pero nada sobre los transportes.
Le muestro las fotografías. Mariana se queda quieta. Su energía nerviosa desaparece. Mira los manifiestos. —Material descartado —lee en voz alta. Su voz se quiebra en la segunda palabra—. ¿Entiendes lo que tienes en ese teléfono?
La pregunta obvia: ¿cómo consiguió mi número? ¿Cómo sabía que yo tenía documentos? ¿Y si es una trampa?
—Binoculares —dice—. Desde el techo de un edificio en Caballito. He estado mirando ese hueco en el muro durante meses, esperando que alguien pasara por él. Te vi arrastrándote. Fotografié tu cara. Te encontré en Instagram. —Se detiene—. ¿Acosadora? Sí. ¿Desesperada? También. Llevo tres años esperando a alguien que cruce ese muro con algo más que miedo.
No le creo del todo. Pero tampoco tengo a nadie más.
El plan toma forma entre tazas de café vacías: necesitamos más que fotos. Necesitamos una voz. Un testimonio que no se pueda ignorar —no un informe, sino un testigo hablando en su propio idioma, nombrando a los muertos. Mariana tiene la radio. Yo tengo el acceso al campamento. Pero necesitamos la voz.
—¿Puedes conseguirla? —pregunta.
—Puedo intentar.
No le digo el nombre de Kael. Algo en mí se niega. Un nombre no es información. Un nombre es una persona, y las personas pueden ser encontradas.
Vuelvo al campamento por el canal de drenaje. Las condiciones empeoran cada semana —la comida llega en cantidades más pequeñas, los refugios no tienen calefacción suficiente para las noches de junio. Kael está más delgado. Sus costillas se marcan debajo de la piel gris. Ha estado dibujando en las paredes de su refugio: Buenos Aires vista desde dentro del campamento. Solo muros y un rectángulo de cielo. Nada más.
No le he dicho lo que descubrí. Cada vez que abro la boca para empezar, algo se cierra en mi garganta. ¿Cómo dices «tu padre está muerto» cuando tienes dieciséis años y la persona frente a ti no tiene palabra para venganza?
En el refugio de al lado, Isa canta al bebé. El sonido atraviesa las paredes de metal y llena el aire. Armonías imposibles de una sola garganta —capas de melodía que se superponen y vibran. No es una canción humana. Pero la reconozco. Cada madre ha hecho este sonido. Cada hijo lo ha escuchado. Es anterior al lenguaje. Anterior a la especie.
Me quedo afuera, escuchando, y pienso: esto. Esto es lo que la ciudad necesita escuchar. No números. No manifiestos. Este sonido.
Salgo por el canal. Está lloviendo —lluvia de Buenos Aires, repentina y furiosa. Subo al terreno de las vías y me pongo de pie, con barro en las rodillas y la cara, y frente a mí hay un soldado.
Es joven. Veinte años, tal vez. Tiene un rifle colgando del hombro. Me mira. Lo miro. La lluvia cae entre nosotros.
—Saliste de adentro —dice. No es una pregunta.
No respondo. Él mira el canal. Me mira a mí. Entonces hace algo que no espero.
Se hace a un lado.
—Andate a tu casa. Y no vuelvas por acá. Van a poner cámaras en los canales la semana que viene.
Se va caminando bajo la lluvia. Me quedo temblando, con el agua corriéndome por la cara, preguntándome por qué me dejó ir. Y preguntándome algo más: ¿cuántos soldados miran hacia otro lado cada noche cuando los camiones salen, y cuánto les cuesta ese silencio?
Vuelvo al campamento con la grabadora de Mariana escondida dentro de mi chaqueta. El canal de drenaje se siente más estrecho que antes, pero probablemente soy yo la que cambió. Hay cosas que cargas que te hacen más grande aunque no quieras.
Encuentro a Kael en su refugio. Está dibujando la cara de su padre en la pared de metal con un pedazo de carbón. El retrato es preciso —los ojos profundos, la mandíbula ancha, cuatro dedos abiertos como si estuviera a punto de tocar algo. La mano de Kael se mueve con una seguridad que me duele mirar. Conoce cada línea de esa cara.
—Era ingeniero —dice sin darse vuelta—. Construyó el sistema de navegación del barco. Podía construir cualquier cosa de la nada. —Toca el dibujo—. Yo solo puedo construir esto.
Le digo la verdad. No la suavizo. No existen palabras correctas para esto, así que uso las que tengo. —La instalación de Patagonia no es real. Los camiones van al sur y vuelven vacíos. Tu padre…
No puedo terminar. La piel de Kael se drena de color hasta un blanco que nunca le vi —un blanco que parece la ausencia de todo, no un color sino un vacío. No hace sonido. Se queda inmóvil tanto tiempo que empiezo a asustarme.
Después dice: —Lo sabía. Mi madre lo sabía. No queríamos saberlo, pero lo sabíamos.
Saber y admitir. Dos acciones separadas. Cuando yo digo las palabras en voz alta, el dolor se vuelve compartido. Se vuelve real de una manera que no era antes.
Kael acepta grabar. No por venganza —me repite que su idioma no tiene esa palabra. Por algo que traduce despacio, buscando cada palabra en español: «el relato que mantiene visibles a los muertos». Le pregunto qué significa. —Que si nadie cuenta lo que pasó, es como si nunca hubieran existido. El relato los mantiene aquí. Presentes. Visibles.
Graba. Habla en español primero, después cambia a su idioma. Nombra a su padre. Nombra a los cuarenta que se fueron en el mismo camión. Describe el campamento. La comida que no alcanza. El frío. El miedo que crece cada noche cuando se escuchan motores. Los camiones que aparecen después del toque de queda. Dice: —Vinimos aquí porque no teníamos otro lugar. Destruimos nuestro propio mundo. Le pedimos a este mundo ayuda. No pedimos mucho. Pedimos vivir.
Cuando termina, le pregunto si puedo grabar a Isa cantando. Habla con su madre. Isa me mira. Mira la grabadora. Asiente una vez, con la dignidad de quien entiende exactamente lo que le están pidiendo y el peso que tiene.
Canta. El sonido llena el refugio. Armonías que no deberían venir de una sola garganta —capas de melodía que se entrelazan y vibran en el aire. El bebé se duerme. Las paredes de metal resuenan suavemente, como si el refugio entero fuera un instrumento. Lloro. No me limpio las lágrimas. No me avergüenzo de ellas.
Kael me cuenta sobre la señal de emergencia que su pueblo envió cuando cayeron —un pulso al espacio profundo para cualquier barco sobreviviente. —Si están vivos, vendrán. —Mi corazón salta. Tal vez hay otra salida.
Pero Kael sacude la cabeza. —La señal lleva tres años transmitiendo. Nadie ha respondido. No queda nadie.
No hay rescate. No hay escape. La Tierra es el único lugar en el universo que tiene a su gente, y la Tierra los está matando. Todo descansa en lo que hagamos ahora —una grabadora escondida en una chaqueta de mezclilla con parches cosidos por mi madre.
Salgo del campamento con la grabadora contra el pecho. Cuarenta y tres minutos de nombres, dolor, y una canción de cuna que no es de este planeta. Camino a casa bajo la lluvia.
En mi puerta, encuentro una nota doblada debajo del felpudo. Sin firma. Cinco palabras en letra prolija y firme.
«Sabemos de las grabaciones».
Lo primero que hago es llevar la grabadora al sótano de Mariana. No soy estúpida. Si vienen por mí, van a buscar en cada rincón de mi cuarto. La nota sigue en mi bolsillo —cinco palabras que pesan más que todo lo que llevo encima.
Pero no vienen por la grabadora. Vienen por mí.
Dos hombres en trajes grises están sentados en mi sala cuando llego. Manos cruzadas, caras neutras, postura de gente acostumbrada a esperar. Mi madre está de pie junto a la ventana. Pálida. Manos temblando a los costados de su cuerpo. Su postura —esa postura perfecta que mantiene incluso después de fregar pisos doce horas— está rota.
—Sonia, estos hombres quieren hablar contigo.
Su voz es hueca. La reconozco. Es la misma voz que usó el día que murió mi padre —la voz de alguien que ya sabe que el mundo se rompió y solo está esperando que los demás se enteren.
El Coronel Vega llega diez minutos después. Ropa civil, lentes de alambre, zapatos lustrados. Se sienta a nuestra mesa de cocina. Acepta café de mi madre. —Muy limpio el departamento —dice, mirando alrededor—. Se nota el esfuerzo. —Me pregunta sobre la escuela. Sobre mis notas. Sobre mis planes después del secundario. Cada pregunta es normal. Cada pregunta es una trampa con alfombra encima.
Después:
—Has estado entrando a Villa Gris por los canales de drenaje. Has estado visitando a un alien designado K-4471 durante varias semanas. Fuiste observada en mi oficina durante el simulacro de incendio. Mi pregunta no es sobre lo que hiciste. Sabemos lo que hiciste. Mi pregunta es: ¿para quién trabajas?
—Para nadie.
—Una chica de dieciséis años no entra sola a una instalación militar. ¿Quién te envió?
—Nadie me envió. Fui a buscar una pelota de fútbol. Así empezó.
No me cree. En su mundo, la amistad entre una chica y un alien no es una categoría posible. Debe haber una red. Activistas. Periodistas. Inteligencia extranjera. La idea de que una pelota de fútbol puede iniciar algo que amenaza su operación no entra en su lógica.
Mi madre se quiebra.
—Es una niña. No sabe lo que hace. Por favor —va a parar. Yo la voy a hacer parar.
Su voz se rompe en la última palabra. Miro a mi madre suplicar. Mi madre que trabaja catorce horas diarias. Que plancha mi uniforme cada noche sin importar lo cansada que esté —la línea del pantalón siempre perfecta, su manera de decir «no estamos derrotadas». Mi madre que cosió cada parche de mi chaqueta para que pareciera intencional en vez de necesario. Mi madre, arrodillada frente a un hombre que bebe su café sin prisa.
Vega la mira. Después me mira a mí.
—Si sacaste algo de mi oficina —fotografías, documentos— necesito que lo devuelvas. Si lo devuelves, esta conversación termina aquí. Si no… —Pausa. Mira a mi madre—. Los contratos de limpieza con oficinas del gobierno pueden ser difíciles de mantener.
No amenaza con la cárcel. Amenaza con algo peor: pobreza. Va a quitarle los trabajos a mi madre. Vamos a perder el departamento. Vamos a convertirnos en las personas que la gente evita en la calle.
—No saqué nada —digo.
La mentira me quema la garganta.
Vega se va. Los hombres de gris se van. Mi madre se desploma en la silla. No me mira. Tiene las manos sobre la mesa, los nudillos blancos.
—Tu padre nunca hubiera hecho esto —susurra—. Tu padre sabía quedarse callado.
Las palabras me golpean. Mi padre. El hombre que murió en silencio un martes a las tres de la tarde. ¿Es eso lo que ella quiere para mí? ¿Silencio? ¿La capacidad de ver el muro y mirar hacia otro lado, como todos en el colectivo 109?
Me acuesto en la oscuridad. Tengo las pruebas en mi teléfono. Tengo la grabación donde Mariana. Tengo todo. Y si lo uso, mi madre pierde todo.
A las tres de la mañana, salgo de la cama. Voy a la cocina. Mi madre sigue en la mesa, mirando la nada, el café frío frente a ella. No levanta la vista.
Le tomo la mano. Ella no la retira. Pero no la aprieta.
Vuelvo a mi cuarto. Saco el teléfono. Abro las fotos de los manifiestos. Novecientos sesenta nombres convertidos en «material descartado». Y en cuatro días, ochocientos doce más.
Presiono enviar. Las fotos van a Mariana.
No hay vuelta atrás.
Tres días. Vega no vuelve. Mi madre va a trabajar en silencio, vuelve en silencio, plancha mi uniforme en silencio. La línea del pantalón sigue perfecta. No me habla. No me mira. Coexistimos en el departamento como dos personas en la misma sala de espera de un hospital, cada una con su propio diagnóstico, cada una mirando una pared diferente.
Me encuentro con Mariana en el sótano debajo de la barra de tango. El sonido del bandoneón se filtra por el techo, amortiguado. Mariana tiene todo listo: las fotografías impresas y digitalizadas, el testimonio de Kael limpio, la canción de cuna de Isa aislada en una pista separada. La radio pirata puede cubrir Buenos Aires durante cuarenta minutos antes de que rastreen la señal. También tenemos el servidor de la universidad —mi cuenta escolar me da acceso a la red. Puedo subir los documentos al mismo tiempo que la radio transmite.
—Cuarenta minutos —dice Mariana. Tiene sombras debajo de los ojos que rivalizan con las mías—. Cuarenta minutos para hacer que una ciudad entera preste atención a algo que lleva tres años ignorando.
—¿Y si no funciona?
Mariana me mira con una expresión que no es esperanza ni resignación. Es algo intermedio —la cara de alguien que apostó todo hace mucho tiempo y ya no tiene la opción de retirarse. —Entonces al menos habremos hablado. Y hablar es lo que el silencio no puede soportar.
El plan: viernes a las nueve de la noche. Máxima audiencia. Mariana transmite el testimonio de Kael. Yo subo los documentos desde el laboratorio de computación de la universidad. La canción de cuna al final.
Voy al campamento una última vez. El canal de drenaje —las cámaras que mencionó el soldado todavía no están instaladas. Última oportunidad. Kael me espera cerca del canal. Su piel está más oscura de lo normal —serena, decidida. Sabe lo que va a pasar. Sabe que puede no funcionar. Sabe que el próximo transporte sale en seis días.
Nos sentamos en su refugio. Las paredes están cubiertas de sus dibujos —su mundo perdido, Buenos Aires vista desde adentro, la cara de su padre. Me muestra el dibujo terminado del mundo natal. Dos soles sobre un océano de cobre, torres que crecen del suelo como cristales vivos, y en el primer plano una figura solitaria mirando hacia atrás. Me lo da.
—Si esto no funciona, quédate con esto. Para que alguien recuerde cómo se veía.
—Va a funcionar —digo. Mi voz no suena convincente ni para mí.
—¿Y si no?
No tengo respuesta. Tomo el dibujo. Las líneas de carbón son tan finas que parecen vivas.
Kael me enseña una última palabra. «Kaelunara». Significa «la que habla cuando otros callan». Su pueblo tiene una palabra para esto. Siempre la tuvieron. Me pregunto qué dice sobre su especie —que inventaron esta palabra porque la necesitaban. Y me pregunto qué dice sobre la nuestra, que nunca la inventamos.
Me voy por el canal por última vez. Del otro lado, miro el muro. Frío. Gris. Absoluto. Toco las marcas cerca del viejo hueco —«kaelu», grabadas por Kael. Una que se queda. Yo le di significado a esas marcas. Ahora tengo que hacer que toda una ciudad escuche.
En mi departamento, mi madre está planchando. No levanta la vista. Paso a su lado camino a mi cuarto. En la puerta me detengo.
—Mamá.
No responde.
—Mañana voy a hacer algo. No puedo contarte qué. Pero quiero que sepas que no lo hago para lastimarte. Lo hago porque… —Me trabo—. Porque papá sabía quedarse callado, y mirá cómo terminó. Callado y muerto y nadie recuerda por qué.
La plancha se detiene. Mi madre no me mira. Pero la plancha no se mueve. Es lo más cerca que he estado de una conversación con ella en días.
Viernes. 8:47 de la noche. El laboratorio de computación de la universidad. La pantalla brilla. Los documentos están cargados. Mi dedo sobre la tecla. En San Telmo, Mariana junto al transmisor. En Villa Gris, Kael con su madre y su hermanito, esperando.
8:58. Mi teléfono vibra. Mariana: «Lista».
Respondo: «Lista».
8:59. Cierro los ojos. Pienso en la palabra «kaelunara». La que habla cuando otros callan.
9:00. Presiono la tecla.
Los documentos se suben. En toda Buenos Aires, la señal pirata de Mariana corta la estática de la radio. La voz de Kael llena cocinas, autos, bares. Nombra a los muertos. Describe los camiones. Los manifiestos. El destino que no existe. Después cambia a su idioma. Las armonías son extrañas, inquietantes, hermosas. La gente deja lo que está haciendo. No entienden las palabras, pero entienden el tono. El dolor no necesita subtítulos.
Miro la barra de progreso. 60%. Escucho movimiento en el pasillo —seguridad notó el pico en la red. 75%. Pasos rápidos. Una puerta. 90%. Agarro la mochila. 100%. Corro.
Salgo por la puerta lateral. Dos cuadras corriendo, el sonido de mis zapatillas contra el asfalto mojado. Entonces un auto negro se detiene a mi lado. Vega. No envía soldados. Viene él mismo.
—Sube al auto, Sonia. —Voz calmada. Como si me invitara a merendar.
Subo. No tiene sentido correr. La transmisión está en el aire. Los documentos están en línea. Lo que tenía que pasar ya pasó.
Vega conduce a una calle tranquila y se estaciona. Apaga el motor. Me mira. Sus ojos detrás de los lentes son serenos. No está enojado. Está calculando.
—Eres valiente —dice—. Y no entiendes cómo funciona el mundo. La transmisión será bloqueada en veinte minutos. Los documentos serán removidos del servidor mañana. Los diarios publicarán un desmentido el martes. Tus grabaciones son de un alien sin capacidad legal para testificar. En una semana, nadie va a recordar.
Probablemente tiene razón. El sistema es más grande que una grabadora y una chica con un teléfono.
—Pero puedo ofrecerte algo —continúa—. K-4471. Tu amigo. Kael. Y su madre y el bebé. Los traslado a una instalación real. Salta. Una granja. Van a vivir. A cambio, vos parás. No más transmisiones. No más documentos. No más visitas. Te vas a casa. Terminás la escuela. Olvidás.
—¿Y los otros? ¿El próximo transporte?
—El próximo transporte sale en cuatro días. Ochocientos doce nombres en el manifiesto.
—Me estás ofreciendo tres vidas por ochocientas.
—Te estoy ofreciendo tres vidas que te importan por ochocientas que nunca conociste. Para la mayoría de la gente, no es una decisión difícil.
Me quedo en el auto oscuro. Motor apagado. Lluvia en el techo. Pienso en Kael. En Isa cantando al bebé con su único brazo. En las manos pequeñas del bebé cerrándose alrededor de nada mientras duerme. Podría salvarlos. Ahora mismo. Una palabra. Sí. Y Kael vive. Y ochocientos doce nombres se convierten en líneas en un manifiesto que nadie va a leer.
Miro la foto en el tablero —la hija de Vega. La misma sonrisa que vi en su oficina, al lado de la taza, al lado de los papeles que dicen «material descartado».
—¿Aceptarías ese trato si fuera tu hija y los ochocientos hijos de otra persona?
Vega mira la foto. No responde.
—Entonces sabés por qué yo tampoco puedo.
Abro la puerta. Bajo del auto. Camino bajo la lluvia. Vega no me sigue.
Llamo a Mariana. —¿Cuánto duró? —Treinta y siete minutos. La canción de cuna sonó al final. —¿Alguien escuchó? —Silencio. Después—: Mi teléfono no para de sonar.
Camino por Buenos Aires. Viernes de noche, debería haber música y tráfico y gritos. Pero algo es diferente. Desde una ventana abierta: la voz de Isa, reproducida en una radio. La canción de cuna. Otra cuadra. Otra ventana. El mismo sonido. En la Avenida Corrientes, un hombre parado en la puerta de un bar con el teléfono en la oreja. No habla. Escucha. Tiene los ojos rojos.
Empiezo a caminar hacia Villa Gris. No lo decido. Mis pies deciden. Y detrás de mí, pasos. Me doy vuelta. Una mujer con una vela. No me conoce. No me habla. Camina en la misma dirección.
Después otra persona. Un hombre con las manos en los bolsillos, sin vela, sin cartel, solo caminando. Después una familia —padre, madre, un chico de mi edad con auriculares colgando del cuello.
Después más. Y más.
Camino hacia Villa Gris. La lluvia no para. Buenos Aires se está lavando o se está llorando, y no sé cuál de las dos.
Detrás de mí la multitud crece. No organizada. No liderada. Gente caminando en la misma dirección, con velas y teléfonos y nada. Vienen de Flores, de Almagro, de Palermo. Barrios que nunca se pusieron de acuerdo en nada. No los une una idea. Los une un sonido.
La canción de cuna se repite en la frecuencia pirata. Mariana se niega a apagarla. Sale de radios de autos, de ventanas abiertas, de parlantes de tiendas que olvidaron cerrar. Una madre alien cantando a su hijo, y el sonido es tan familiar que el cerebro no puede rechazarlo. El ritmo es universal. Mecerse y proteger. Consolar y repetir. Lo más viejo del mundo.
Llego a Villa Gris. Las puertas cerradas. Soldados detrás, rifles bajos pero presentes. La multitud llena la calle —cientos, creciendo. No gritan. Están ahí. Una mujer sostiene un cartel: «Déjenlos cantar». Un hombre viejo está parado bajo la lluvia sin paraguas, las lágrimas mezclándose con el agua en su cara.
Vega llega. Se abre paso entre la gente. Se detiene frente a las puertas. Me mira. Saca la foto de su hija del bolsillo.
Desde dentro del campamento, Isa. En vivo. Cantando. Otras voces aliens se unen una por una, armonías en capas que hacen vibrar el aire. Los soldados se mueven incómodos. Uno —joven, el mismo que me dejó ir junto a las vías aquella noche— tiene la cara mojada.
Vega toma su radio. Un momento largo. La lluvia. El canto. Las velas. Mil personas bajo la lluvia de junio frente a un muro de concreto.
No dice «abran las puertas». Eso sería el final de una película, no de una vida.
Lo que dice es: «Suspender operaciones. Nadie entra. Nadie sale. Esperar instrucciones».
Una orden militar. No una rendición. Una pausa. Los camiones no van a salir esta noche. Pero las puertas siguen cerradas. Vega me mira y dice en voz baja: «Ganaste una noche. Mañana mis superiores van a llamar. No sé qué va a pasar después».
No es suficiente. Pero es más de lo que teníamos ayer.
Y entonces el soldado joven hace algo que nadie le ordenó. Se acerca a la puerta lateral —la pequeña, la de suministros. Gira la cerradura. Se hace a un lado. No es un gesto heroico. Es un acto pequeño que probablemente le va a costar el puesto. Pero la puerta está abierta.
Entro primera. El campamento se extiende ante mí —refugios de metal, calles de tierra, el brillo azul tenue de la bioluminiscencia. Kael está parado afuera de su refugio, bajo la lluvia, la piel brillando. Sus ojos me encuentran a través de la distancia.
Lo alcanzo. Dice mi nombre en su idioma —ese sonido que reconocería entre mil sonidos. Tomo su mano. Nos quedamos juntos mirando a la gente de Buenos Aires entrar por una puerta que un soldado de veinte años abrió porque no pudo seguir mirando hacia otro lado.
Detrás de nosotros, Isa canta. El bebé duerme en su único brazo, acunado contra la lluvia. La gente que entra deja de caminar. Se queda de pie entre los refugios y escucha. Ya no escuchan sonidos aliens. Escuchan a una madre. Una canción.
Mi madre está ahí. La veo al borde del grupo —sin vela, sin cartel. Ropa de trabajo. Manos ásperas a los costados. Me mira. Mira a Kael. Mira nuestras manos juntas.
Camina hacia nosotros. Despacio. Se para a mi lado. No habla. Vino no porque entienda, no porque apruebe, no porque dejó de tener miedo. Vino porque su hija está aquí. Y eso pesa más que el silencio.
La lluvia no para. Las velas que quedan encendidas son menos de las que había. No es mágico. No es perfecto. Es Buenos Aires en invierno, con barro y frío y gente mojada frente a refugios de metal que no deberían existir.
Mañana los políticos van a discutir. Mañana el Coronel va a explicar. Mañana mi madre va a tener miedo otra vez. Mañana todo va a ser complicado, difícil, y probablemente peor antes de ser mejor.
Pero esta noche, Isa está cantando. Y la ciudad está escuchando. Y cada persona que entró por esa puerta sabe lo que yo aprendí la primera vez que escuché a Kael decir mi nombre: no hay palabra para «extraño» en su idioma. Nunca la hubo.
Mi madre está a mi lado. No sostiene una vela. Sostiene mi mano. Su agarre es fuerte —los dedos ásperos apretando los míos con una fuerza que dice todo lo que su boca no puede.
Soy kaelu. Una que se queda.
Y esta noche, no estoy sola.
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