Wanderer
Every flashcard pack and every book.
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La alarma no sonó como una alarma. Sonó como si el hábitat estuviera gritando.
Tenía las manos en la tierra, revisando las raíces de los tomates, cuando el mundo cambió de color. Rojo. Todo rojo. Las paredes, el aire, mi piel. Y la voz automática —fría, sin emoción, la voz que solo había escuchado en simulacros— cortó el aire del invernadero:
—Ruptura de presión detectada. Módulo 3. Evacuen inmediatamente.
Me levanté tan rápido que tiré una bandeja de plántulas. Las semillas de lechuga rodaron por el suelo húmedo —semillas que mi madre había traído desde la Tierra, cruzando doscientos veinticinco millones de kilómetros para terminar en el suelo de un invernadero marciano. Corrí hacia el corredor principal. Mis botas resbalaron. Casi caí. No caí.
El mamparo de emergencia cayó antes de que llegara.
No hubo advertencia. Un segundo el corredor estaba abierto y al siguiente había una pared de acero entre yo y el resto del hábitat. Golpeé el metal con las dos manos. Mis puños contra una puerta diseñada para resistir el vacío del espacio. El sonido era patético.
—¡Mamá! —grité. —¡MAMÁ!
A través de la pequeña ventana del mamparo, vi a la tripulación corriendo hacia la bahía del transbordador. Vi al Comandante Salas empujando gente hacia adelante. Vi a la doctora Kimura cargando una caja de datos contra su pecho. Y vi a mi madre.
Se detuvo. Me vio. Su cara cambió. No era miedo. Era algo peor —era el momento exacto en que entiendes que no puedes salvar a alguien que amas.
Corrió hacia mí. Sus manos golpearon el cristal desde el otro lado. Si el cristal no hubiera existido, nuestros dedos se habrían tocado. Su voz llegaba distorsionada a través del metal: —¡Mi hija! ¡Mi hija está ahí!
El Comandante Salas la agarró por los hombros. La jaló hacia atrás. Mi madre luchó. Le golpeó el pecho con el puño cerrado. Gritó mi nombre con una voz que nunca le había escuchado. Pero Salas era más fuerte, y la cuenta regresiva no esperaba:
—Salida del transbordador en sesenta segundos.
Un minuto. Sesenta segundos entre la tripulación y la muerte. No podía pedirles que se quedaran. Yo era la hija de la botánica. La pasajera. La chica que estaba aquí porque su madre había insistido durante dos años hasta que la junta de la misión dijo que sí para que dejara de insistir.
No intenté la anulación manual del mamparo. No sabía dónde estaba. No busqué la salida secundaria del invernadero. No sabía que existía. Me quedé golpeando el cristal y gritando «mamá» como si tuviera cinco años. No actué. No pensé. Esperé a que alguien me salvara.
Nadie vino.
Vi cómo cerraron la puerta de la bahía. Sentí la vibración de los motores a través del suelo —un temblor que subió por mis piernas, mi estómago, mi pecho. El sonido creció. Después se fue haciendo más pequeño. Más delgado. Más lejano.
Hasta que no hubo nada.
La alarma se detuvo. Las luces rojas se apagaron. Las luces blancas del invernadero volvieron —ese blanco frío de los LED que hacía que las plantas parecieran fantasmas. El reciclador de aire zumbó. Las luces de cultivo cambiaron de ciclo con un clic. El agua goteó en una bandeja. Sonidos normales. Sonidos que ahora significaban que estaba completamente sola en un planeta a doscientos veinticinco millones de kilómetros de la persona más cercana.
Presioné la frente contra el metal frío. A través de la ventana, el corredor vacío. A través del techo, algo que ya no podía escuchar —un transbordador haciéndose más pequeño en un cielo del color del óxido.
Estaba sola en Marte. Y no tenía idea de si alguien iba a volver.
La primera hora no me moví.
Me senté en el suelo del invernadero con la espalda contra el mamparo. El metal estaba frío. La tierra de las bandejas que había tirado todavía estaba dispersa en el suelo, y sus granos se metían debajo de mis uñas cuando cerraba los puños.
Hice lo que David siempre me decía cuando mi cabeza giraba demasiado rápido. David Cabrera, mi mejor amigo en el programa de familias de la misión. El chico que siempre respondía a mis crisis con la misma frase: «Cuenta hasta diez, Marta. Respira. Después decide». Lo decía con esa cara de alguien que ya ha decidido todo y no entiende por qué tú no puedes.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez.
A la tercera repetición, mis manos dejaron de temblar. A la quinta, pude respirar sin sentir que el aire no alcanzaba. A la séptima, abrí los ojos y miré el invernadero. Las plantas estaban bien. Verdes, tranquilas, completamente indiferentes al hecho de que el universo acababa de romperse.
Me obligué a levantarme.
Primer paso: evaluar. Segundo paso: no pensar en todo lo que puede salir mal.
Revisé el mamparo de emergencia. Sellado, pero el corredor al otro lado se había represurizado —los sistemas automáticos habían contenido la ruptura en el Módulo 3. Encontré el control manual debajo de un panel rojo que decía SOLO EMERGENCIA. Tiré de la palanca.
El mamparo se abrió con un suspiro de aire.
El hábitat principal parecía un recuerdo roto. Sillas volcadas. Una taza de café en un charco en el suelo —todavía tibio cuando toqué el líquido con el dedo. La bata de laboratorio de mi madre colgada en el respaldo de una silla. La toqué. Todavía tenía su calor. Todavía olía a tierra húmeda y jabón de manos.
La consola de comunicaciones estaba muerta. Miré por la ventana y vi la antena —metal retorcido, cables sueltos, la base inclinada. Los restos de la ruptura del Módulo 3 la habían destruido. Sin comunicación de largo alcance. Sin forma de decirle a nadie: estoy aquí. Estoy viva.
Me senté y empecé a contar. No hasta diez. Cosas.
Comida: raciones para diecisiete soles para una persona. La tripulación se había llevado la mayor parte, pero quedaba suficiente. Diecisiete días marcianos. Cada uno treinta y siete minutos más largo que un día terrestre.
Agua: el reciclador funcionaba. Mientras tuviera energía, tendría agua.
Oxígeno: los depuradores de CO2 funcionaban. Los generadores de oxígeno funcionaban.
Energía: los paneles solares producían. La batería de reserva al ochenta por ciento.
Lo que no tenía era una razón para creer que alguien sabía que seguía viva.
Saqué mi tableta de datos y grabé mi primer mensaje. No podía enviarlo. No importaba.
—David. Es Sol 31. Todos se fueron. Estoy sola. No sé qué hacer.
Puse la tableta en la mesa del comedor. Doce sillas. Once vacías. La pizarra en la pared con doce horarios de tripulación. Once nombres simplemente idos. Doce casilleros. Once cerrados. Solo el mío abierto, con mi chaqueta colgando como si este fuera un día normal.
Entonces lo escuché.
Un golpe. Rítmico. Constante. De la pared norte. Cada cuatro segundos.
Tap. Tap. Tap.
En Marte no hay nada vivo fuera de estas paredes. La atmósfera es noventa y cinco por ciento dióxido de carbono. La presión es menos del uno por ciento de la Tierra. Nada camina. Nada golpea. Nada quiere entrar.
Tap. Tap. Tap.
Puse la mano plana contra el polímero de la pared. La vibración viajó a través de mi palma —pequeña pero real. Algo estaba ahí fuera. Y repetía su mensaje cada cuatro segundos, paciente, insistente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Ponerme el traje espacial sola tomó cuarenta minutos.
Era pesado —cuarenta kilos de tela, metal y sistemas de soporte vital. Mi madre siempre verificaba los sellos del cuello mientras yo verificaba las muñecas. Ella revisaba la presión del tanque mientras yo ajustaba el casco. Hoy hice todo tres veces. Cada sello. Cada conexión. Si uno fallaba en la superficie, tendría doce segundos de consciencia antes de que la presión casi inexistente de Marte terminara conmigo.
Abrí la esclusa. El aire interior salió con un silbido agudo. La puerta exterior se abrió.
Marte.
Había salido antes, siempre con alguien hablándome por la radio del traje. Alguien diciendo dónde pisar, qué evitar, cuánto oxígeno quedaba. Esta vez la radio devolvía silencio. Mi propia respiración era el único sonido, amplificada dentro del casco, demasiado rápida.
El paisaje era enorme. Rojo oscuro hasta un horizonte que curvaba de forma visible —Marte es más pequeño que la Tierra y puedes ver dónde el mundo se termina. El cielo tenía un color que no existe en ningún cielo terrestre —anaranjado pálido, casi rosa en los bordes. Y un silencio tan profundo que lo sentía contra el casco como presión física. El silencio de un planeta entero que no tiene nada que decir.
Caminé hacia la pared norte. El golpeteo era más fuerte aquí, transmitido a través de las botas. Encontré la fuente: un panel térmico suelto, vibrando con el viento marciano. No era algo vivo. No era una persona. Un panel de metal moviéndose con una brisa que casi no existía.
Me reí. El sonido rebotó dentro del casco y me asustó —la risa de una extraña en un planeta vacío.
Lo reparé. Tres tornillos. Diez minutos. Mi primera reparación fuera del hábitat. Pequeña. Pero mía.
Volví sintiéndome casi capaz.
El reciclador de agua me quitó esa sensación dos horas después.
Primero un zumbido diferente del normal —más grave, irregular. Después un chirrido que hacía doler los dientes. A las seis de la tarde el agua que salía tenía color amarillento. A las siete, dejó de salir.
Sin el reciclador, tenía dos días de agua almacenada. En un planeta donde el agua líquida hierve en la superficie por la baja presión atmosférica. Dos días. Después nada.
Abrí el manual de botánica de mi madre. Ella había anotado cada página —notas en los márgenes, diagramas, su letra por todas partes. Su voz convertida en tinta: «La membrana de filtración puede obstruirse con minerales del regolito. Reemplazar con repuesto. Armario de suministros, tercer estante».
Mis manos temblaron durante todo el proceso. Abrí el panel del reciclador —un laberinto de tubos y conexiones que mi madre habría navegado en segundos. Encontré la membrana. Oscura, casi negra, cubierta de depósitos minerales. La desconecté. Puse la nueva. Conecté los tubos. Cerré el panel.
El reciclador zumbó. Tosió. Zumbó otra vez. Y después —agua. Limpia, clara. El sonido más importante que había escuchado en tres días.
—Gracias, Mamá —dije al cuarto vacío.
Grabé un mensaje: «David. Reparé el agua. El manual de mi madre me salvó. Su letra está por todas partes. Es como si todavía estuviera aquí, diciéndome exactamente qué hacer, paso por paso, como siempre».
Me acosté en su litera —la mía estaba detrás de la ruptura. Once literas vacías alrededor. El transbordador de emergencia habría transmitido la posición de la tripulación, no la mía. Para el control de misión, yo era una línea en un informe: «Gutierrez, M. —dependiente civil, personal no esencial. Perdida durante la evacuación».
No esencial.
Me tapé la cara con la manta de mi madre. Intenté contar hasta diez. Llegué a cuatro. Después me dormí de puro agotamiento, con la manta apretada contra la cara, y soñé con un reciclador que dejaba de funcionar y esta vez no había membrana de repuesto y la última gota de agua caía al suelo y se evaporaba antes de tocar la tierra.
Sol 4. Establecí una rutina porque sin rutina el tiempo se disuelve.
Seis de la mañana: revisar los depuradores de CO2. Seis y media: revisar los paneles solares desde la ventana mientras el amanecer marciano pintaba el horizonte de rosa viejo. Siete: el invernadero —regar, hablar con las plantas, fingir que no hablaba sola. Ocho: media ración de comida. Las barras de proteína sabían a cartón con buenas intenciones. Nueve: ejercicio. Los músculos se atrofian rápido con el treinta y ocho por ciento de gravedad. En dos semanas sin moverme, no podría caminar. Y necesitaba poder caminar.
Después del ejercicio, exploré.
El hábitat era más grande vacío que lleno. Cada habitación era una cueva con paredes blancas. El comedor y sus doce sillas. Los laboratorios con las pantallas apagadas. El módulo médico con camillas esperando pacientes que no llegarían. Revisé cada armario, cada cajón, catalogando todo como mi madre catalogaba sus semillas —excepto que ella lo hacía por amor y yo lo hacía por supervivencia.
En los cuartos del Comandante Salas encontré mapas. Mapas topográficos detallados con anotaciones de diferentes misiones —cada una dejando su marca en tinta de un color diferente, como las capas geológicas de este planeta muerto.
Y ahí, a ocho kilómetros al este, un círculo rojo. Las palabras «COMM BACKUP» escritas en tinta casi borrada. La Estación de Relevo Bravo. Una estación de comunicaciones de respaldo, instalada por una misión no tripulada años antes de nuestra llegada.
Ocho kilómetros. En la Tierra, menos de dos horas caminando. En Marte, en un traje de cuarenta kilos, con seis horas de oxígeno y sesenta grados bajo cero —era otra dimensión.
El rover podía hacerlo. Pero el rover estaba roto.
Fui a la bahía de vehículos. El rover estaba ahí —una caja de metal con ruedas diseñada para el terreno marciano. Una banda de tracción cortada por los mismos restos que destruyeron la antena. El acoplamiento de energía agrietado. Lo miré como si mirarlo fuera a arreglarlo.
Abrí la guantera buscando un manual. No había manual. Había una fotografía vieja pegada al interior, boca abajo. La dejé. No había tiempo para sentimentalismos.
Salí de la bahía y me detuve. En el polvo marciano: marcas de ruedas. Dos líneas paralelas, uniformes, recientes —el polvo fino no las había cubierto todavía.
Mi corazón saltó. ¿Habían vuelto? ¿Otro vehículo?
Seguí las marcas con las manos sudando dentro de los guantes. Rodearon el hábitat en un circuito completo y terminaron exactamente donde empezaron: la bahía de vehículos. La prueba de diagnóstico automático del rover. El sistema que se ejecutaba antes de apagarse. El rover probándose a sí mismo mientras yo dormía en Sol 2. Nadie había vuelto.
Grabé: —David. Encontré una estación de comunicaciones. Ocho kilómetros. El rover está roto y yo sé de plantas. Sé de clorofila y raíces y cómo germinar tomates en tierra que nunca ha tenido vida. No sé nada de motores.
En la computadora del rover, abrí los registros de entrenamiento de Salas. Módulo 7: Reparación de Emergencia de Vehículos. Su voz llenó la bahía —calmada, directa, la voz de alguien que podría decirte que el mundo se acaba y tú le creerías que todo está bien.
—Este módulo no requiere experiencia mecánica previa. Si estás viendo esto, algo ha salido muy mal. Vamos a arreglarlo.
Una pausa. Después: —Y si todo lo demás falla, improvisa. Eso no está en el manual, pero debería estarlo.
Tomé una llave inglesa. Pesada, extraña en mi mano —un objeto de un mundo que no era el mío. Mamá cultivaba cosas. Yo cultivaba cosas. Nosotras cuidábamos raíces, no motores.
La alarma de energía gritó.
La pantalla principal parpadeó en rojo: PRODUCCIÓN SOLAR EN DESCENSO. ACUMULACIÓN DE POLVO DETECTADA. RESERVA DE BATERÍA: 72 HORAS.
Miré el rover roto. Miré la alarma. Setenta y dos horas antes de que las luces se apagaran. Ocho kilómetros entre yo y la única radio del planeta. Y estaba sosteniendo una herramienta que no sabía usar.
Sol 6. El cielo cambió de color y supe que algo venía.
El anaranjado normal se había oscurecido hasta parecer óxido viejo. El horizonte temblaba. Los instrumentos confirmaron lo que el cielo ya decía: presión bajando, viento subiendo. Los números se movían en la dirección equivocada.
Mi madre me lo había enseñado: las tormentas de polvo en Marte pueden durar semanas. Reducen la eficiencia de los paneles solares hasta un setenta por ciento. Sin energía solar, el soporte vital funciona con baterías de reserva. Cuarenta y ocho horas como máximo.
Tenía que salir a limpiar los paneles antes de que la tormenta llegara.
Dudé. ¿Y si pasaba rápido? ¿Y si no era tan fuerte? Mamá sabría cuándo actuar y cuándo esperar. Yo solo sabía que no sabía, y esa duda me robó treinta minutos. Treinta minutos que Marte no devuelve.
Antes de salir, conecté un sistema de irrigación improvisado —un tubo del condensador de humedad directo a las bandejas del invernadero, goteando agua automáticamente. Si la tormenta me atrapaba fuera, al menos las plantas no morirían de sed.
Cuando salí, la tormenta ya golpeaba.
El polvo es fino como harina y se mete en todo —entre los sellos del traje, contra el visor, dentro de tu cabeza donde vive el pánico. Visibilidad: veinte metros. Los paneles solares eran sombras oscuras contra un cielo que se cerraba.
Limpié. Panel por panel, de rodillas, mientras el viento me empujaba de lado. Estaba conectada al hábitat por un cable de seguridad —el mismo cable que se enganchó en el soporte de un panel cuando giré.
Tiré. No se movió. Más fuerte. Nada.
Atrapada fuera del hábitat en una tormenta marciana. El cable enrollado dos vueltas alrededor del soporte metálico. Si tiraba más fuerte, podía romper el sello del guante contra la fricción del cable. Y con un sello roto en Marte: doce segundos de consciencia.
La alarma de CO2 sonó a través de mi radio. ¿Los depuradores fallando? Si fallaban, tres horas antes de que el dióxido de carbono me matara. Y estaba fuera, enganchada, en una tormenta que me enterraba.
Dejé de tirar. Miré el cable. Dos vueltas. No necesitaba fuerza. Necesitaba paciencia. Desenrollé vuelta por vuelta, con los dedos del traje que apenas sentían el metal. Primera vuelta. Segunda. Libre.
Corrí a la esclusa. Entré. Sellé. Me quité el casco y aspiré aire del hábitat —metálico, reciclado, el olor que significaba seguir viva.
Los depuradores no fallaban. El sensor estaba obstruido con polvo del aire que entró cuando abrí la esclusa. Falsa alarma. Limpié el sensor. La alarma se detuvo.
Pero la tormenta no paraba.
Producción solar: treinta y uno por ciento. Batería: cuarenta y cuatro horas.
La tormenta golpeó las paredes toda la noche. Me acosté en la oscuridad —todas las luces no esenciales apagadas— y escuché el hábitat crujir. La contracción del metal a ochenta grados bajo cero producía golpes que venían de todas direcciones. Marte tocando a las paredes. Paciente. Insistente. Como si supiera que solo tenía que esperar.
Batería al treinta y ocho por ciento. Si la tormenta duraba otros dos días, los depuradores se apagarían. Después el reciclador de agua. Después la calefacción.
Grabé en la oscuridad: —David. La tormenta no para. No puedo salir. No puedo arreglar esto. No puedo—
Dejé de grabar. Porque la siguiente palabra iba a ser «sobrevivir». Y todavía no estaba lista para decirla. Pero mis dedos, en la oscuridad, encontraron la tableta de datos y escribieron una cosa más —no un mensaje de voz, sino texto, letras que mis dedos temblorosos escribieron mal tres veces antes de acertar:
«Si alguien encuentra esto: la comida está en el armario del módulo central. El reciclador necesita membrana nueva cada 30 soles. Las plantas necesitan agua del condensador cada 12 horas. Mi nombre es Marta Gutierrez y mantuve este lugar vivo el mayor tiempo que pude».
Era un testamento. Lo escribí y después me odié por haberlo escrito. Pero no lo borré.
Sol 8. La tormenta se debilitó lo suficiente para salir.
Limpié los paneles solares durante dos horas. Mis movimientos eran más seguros ahora —sabía dónde pisar, cómo mover el trapo sin que el viento lo arrancara, cómo manejar el cable de seguridad. La energía se recuperó al setenta y cuatro por ciento. Había sobrevivido la tormenta.
En el invernadero, evaluando los daños —la tormenta había movido algunas bandejas, pero mi sistema de irrigación improvisado había funcionado— encontré algo detrás del estante de semillas.
Una tableta de datos. Escondida entre la pared y el estante. Apagada. La tableta personal de mi madre.
La encendí. Contraseña. Probé mi cumpleaños: 1-5-0-8. Funcionó. Mi madre nunca fue buena con las contraseñas. Era la mujer más brillante que conocía y su seguridad digital era mi fecha de nacimiento.
Contenía sus registros privados. No los oficiales —un diario personal. Audio. Fechas que cubrían los dos años antes de la misión.
Me senté en el suelo del invernadero y escuché.
Mi madre había luchado para incluirme en la tripulación. Múltiples solicitudes. Rechazada. Rechazada otra vez. Carmen Gutierrez argumentando que era educativo, una oportunidad única. La junta decía que no —los dependientes civiles eran un riesgo.
Después encontré el registro que lo cambió todo.
Una grabación después de una reunión con el psicólogo de la misión. La voz de mi madre —la voz que me había cantado para dormir, que me enseñó los nombres de cada planta en español y en latín— llenó el invernadero:
«El psicólogo dice que Marta no tiene ambición. No tiene dirección. Tiene dieciséis años y no sabe qué quiere hacer con su vida. Pasa todo su tiempo en mi invernadero, siguiéndome, copiando lo que hago. Si voy a Marte y la dejo en la Tierra tres años… tengo miedo de que simplemente se detenga. De que no funcione sin mí. Me necesita ahí. Tengo que traerla».
Escuché la grabación tres veces. Cada vez las palabras pesaban más.
Mi madre no me trajo a Marte porque yo estaba lista. Me trajo porque creía que me derrumbaría sin ella. No era orgullo. No era «mi hija es capaz». Era: «mi hija no puede funcionar sola».
Me quedé sentada mucho tiempo. El invernadero zumbaba a mi alrededor —las luces, el condensador, el agua cayendo gota a gota en las bandejas. Un lugar que mi madre construyó y que yo estaba manteniendo vivo. Sola. Ocho soles. Sin derrumbarme.
Miré sus etiquetas. Estaban en cada bandeja, cada herramienta, cada paquete de semillas. Su letra precisa, casi mecánica. BANDEJA DE TOMATES 3 —pH 6.5, VERIFICAR SEMANALMENTE. HERRAMIENTAS DE PODA —ARMARIO B. SEMILLAS DE LECHUGA —PLANTAR EN SOL 45.
Etiquetas para todo. Instrucciones para todo. Porque Carmen Gutierrez no confiaba en que su hija descubriera nada sola.
Pero su hija había descubierto cosas. Un reciclador de agua reparado. Una tormenta sobrevivida. Un panel exterior arreglado. Un sistema de irrigación inventado en quince minutos de emergencia. Un motor de rover que funcionaba porque yo —no ella, no Salas, no un ingeniero— había cortado cable de un módulo no esencial y duplicado la línea de energía.
Todo el tiempo, mi madre creía que yo no podía funcionar sin ella.
Tomé un marcador. No quité sus etiquetas. Pero al lado de cada una escribí mis propias notas. El pH había cambiado —5.8 ahora, no 6.5, por los minerales del regolito marciano. La planta de tomate producía fruto antes de lo esperado. La lechuga necesitaba más sombra. Información nueva. Información que mi madre no tenía porque mi madre nunca estuvo sola aquí el tiempo suficiente para ver cómo cambiaban las cosas.
Mi letra no era perfecta. Era torcida, apurada. Pero los datos eran míos.
Apagué la tableta y la puse detrás del estante. Grabé un mensaje. No para David.
—Marta Gutierrez. Sol 8. Tu madre piensa que eres incapaz. Tu madre está equivocada. Demuéstralo.
Sol 9. Las palabras de mi madre ardían en mi cabeza.
«No funcione sin mí». Cada tuerca que giraba era una respuesta. Cada cable que conectaba era una prueba. Ya no seguía los registros de Salas al pie de la letra —improvisaba, adaptaba, descubría por mi cuenta.
El acoplamiento de energía necesitaba cuarenta amperios. La especificación pedía cable de ingeniería que no tenía. Pero el sistema de iluminación del módulo de almacenamiento tenía cable de cobre de treinta amperios. Dos líneas paralelas, más superficie, menos resistencia —cuarenta amperios. No estaba en ningún manual. Estaba en mi cabeza, en los cálculos que hice a las tres de la mañana con los ojos ardiendo.
Salas decía en su registro: «No intente esto sin un ingeniero presente».
No había ningún ingeniero. Había una chica de dieciséis años con las manos cortadas y una rabia que funcionaba como combustible.
Corté el cable. Medí. Doblé. Conecté al acoplamiento. Verifiqué tres veces. Me senté en el asiento del rover, cerré los ojos, y encendí el motor.
Metal contra metal. Un clic. El motor ronroneó. Energía al sesenta, setenta, ochenta por ciento.
Salté por la bahía de vehículos, sola, riendo. Cuando el eco de mi risa volvió, por un segundo sonó como si hubiera dos personas en la habitación.
Entonces la radio de corto alcance crepitó.
Estática, después algo más. Algo rítmico. Algo que sonaba como una voz humana. Distorsionada, rota, pero con la cadencia de palabras reales flotando entre olas de ruido blanco.
Corrí a la consola. Ajusté frecuencias. La voz se hizo más clara —casi palabras— y se disolvió. Otra frecuencia. Otra. Aparecía y desaparecía.
—¿Hola? —dije al micrófono. Mi propia voz sonaba gruesa, oxidada—. ¿Hay alguien?
Estática. Después, durante dos segundos, algo que sonó como alguien diciendo mi nombre.
Pasé cuatro horas frente a la radio. No cené. No fui al invernadero. Busqué patrones, frecuencias, palabras. Necesitaba que fuera real. Nueve días sin otra voz. Mi cerebro hambriento de compañía de la misma forma en que mi estómago de comida.
Pero al final comparé el patrón de la señal con los datos de la tormenta. Correlación perfecta. Cada pico de la «voz» correspondía con un cambio en la densidad de polvo alrededor del hábitat. Interferencia electromagnética. Partículas cargadas golpeando la antena.
No era una voz. Era Marte jugando con mi soledad.
Lloré sentada en la silla de comunicaciones. No por la voz falsa. Porque la quería real con tanta desesperación que casi me convencí. Puedes reparar un motor y sobrevivir una tormenta y seguir siendo una chica de dieciséis años que no ha tocado a otro ser humano en nueve días.
Cuando pude hablar, grabé: —David. Escuché una voz hoy. No era real. Pero arreglé el motor del rover, y eso sí fue real.
David habría dicho algo irritante y perfecto. Habría dicho «Marta, estás en Marte. Obviamente no tiene servicio de voz. ¿Esperas que Marte te llame por tu nombre? Marte ni sabe tu nombre». Y me habría hecho reír. Y después, sin cambiar el tono, habría dicho: «Oye. Lo del motor fue increíble. Lo sabes, ¿verdad?»
Esa era la diferencia entre David y yo. Él decía las cosas en voz alta. Yo las pensaba y después las descartaba.
Hice las cuentas. Diecisiete soles de comida original. Hoy Sol 9. Ocho restantes. La banda de tracción seguía rota. La Estación de Relevo Bravo a ocho kilómetros. A pie: cuatro horas. Mi tanque de oxígeno: seis horas.
Dos horas de margen. Si todo salía perfecto.
Pero a la una de la mañana, mientras revisaba la computadora del rover buscando más datos técnicos sobre la banda, encontré algo que no esperaba. Un registro de Salas que no era entrenamiento. Era personal. Estaba marcado como borrador no enviado —una carta para alguien llamada Lucía.
«No sé si estoy haciendo lo correcto. Traje a once personas a un planeta que puede matarlas y mi trabajo es traerlas de vuelta. Cada noche repaso los protocolos y cada noche encuentro otro escenario donde fallo. Otro escenario donde alguien no vuelve a casa. Doy las órdenes con voz calmada porque eso es lo que necesitan escuchar. Pero por dentro estoy contando los días para que termine esta misión y todos estén en la Tierra».
Leí la carta dos veces. El Comandante Salas —la voz más calmada que conocía, el hombre que hacía que arreglar un rover sonara como hacer café— tenía miedo. Miedo real. Miedo de cada noche.
No era solo yo la que fingía ser más fuerte de lo que era.
Cerré la computadora. Me fui a la litera. Y por primera vez en nueve soles, la soledad se sintió diferente. No más pequeña. Pero sí más humana.
Sol 11. Dos horas de margen no eran suficientes. Necesitaba el rover.
Conducir a la Estación de Relevo Bravo en lugar de caminar significaba cuatro horas de oxígeno extra. Cuando la diferencia se mide en aire respirable, cada minuto importa.
Estudié la banda rota. El material original era fibra de carbono que no podía replicar. Pero no necesitaba la misma resistencia —solo algo que soportara ocho kilómetros de terreno marciano.
Corté un panel de polímero reforzado de la pared del módulo de dormitorios. El sonido de la sierra resonó por los pasillos vacíos. Dividí el panel en secciones. Las uní con pernos. El resultado era horrible —parecía algo que un niño construiría en un garaje con los ojos cerrados. Pero las juntas estaban firmes.
Tres horas de instalación. Me corté dos veces a través de los guantes de trabajo. La sangre se mezcló con grasa del rover y formó líneas oscuras en mis nudillos que no se limpiaron por tres días. Cuando terminé, miré mi creación: una banda de tracción improvisada que tenía que funcionar perfectamente ocho kilómetros, o yo moría en algún punto entre aquí y ningún lugar.
La probé. Un circuito lento alrededor del hábitat. Crujió. Vibró. Sostuvo.
Después fui al invernadero y tres bandejas de papa se estaban muriendo.
Las hojas que ayer eran verdes colgaban amarillas. El pH del suelo había cambiado —demasiado ácido. La tormenta desactivó el regulador automático y yo no lo noté. Mientras fabricaba una banda, mis plantas morían.
Raciones: ocho soles. Las papas iban a extender eso a veinticinco. Sin ellas, Sol 11, seis días de comida.
Ajusté el pH con bicarbonato de los suministros médicos —un truco que mi madre me enseñó cuando tenía doce años. Pero la proporción para regolito marciano, con su hierro oxidado que cambia la química del suelo cada semana —eso no existe en ningún jardín terrestre. Medí, ajusté, probé. Otra vez. Otra vez.
Sesenta por ciento salvado. Cuatro soles extra.
Grabé: —David. No puedes concentrarte en un solo problema aquí. Marte te ataca con todo al mismo tiempo. Arreglas el rover, las papas mueren. Salvas las papas, la energía baja. Todo conectado.
Quité la etiqueta de mi madre de la bandeja —«BANDEJA DE PAPAS 3— pH 6.2, VERIFICAR SEMANALMENTE» —y la reemplacé: «BANDEJA DE PAPAS 3— pH 5.8 (ajustado para hierro del regolito), VERIFICAR DIARIAMENTE».
Guardé su etiqueta en el bolsillo de mi bata. No la tiré. Pero ya no era la etiqueta correcta.
Esa noche, los números. Seis soles de raciones. Cuatro de papas. El rover con su banda improvisada. Y aun si enviaba una señal, el rescate estaba al otro lado del sistema solar. Meses de viaje.
No tenía meses. Tenía diez días.
Abrí la computadora del rover. La carta de Salas a Lucía seguía ahí. La releí. «Cada noche encuentro otro escenario donde alguien no vuelve a casa».
Le escribí una respuesta en mi tableta. Una carta que nunca iba a leer.
«Comandante. Me dejó en un planeta con su voz calmada y sus registros de entrenamiento y esa frase sobre improvisar que se ha convertido en lo único que me repito cuando todo falla. Usted tenía miedo cada noche. Yo tengo miedo cada segundo. Pero aquí estoy, usando su manual y yendo más allá. Y si algún día lee esto: su miedo no importó. Lo que importó fue que grabó los registros de todas formas».
Apagué la tableta. Apagué la luz. En la oscuridad, once literas vacías y el peso de diez días contra mi pecho.
Pensé en la etiqueta de mi madre en mi bolsillo. En sus datos, correctos para la Tierra, incorrectos para Marte. En mis datos, correctos para aquí, para este suelo, para estas plantas. Ella me había enseñado a medir. Yo había aprendido a medir en un lugar donde sus medidas no funcionaban.
Pero entonces otra voz —la voz que siempre estaba ahí, la que sonaba como mi madre pero peor, porque era la mía— dijo lo que había estado evitando pensar desde Sol 1:
Quizás mi madre tenía razón sobre mí.
Tres días de comida.
Sol 14. Medias porciones, después cuartos de porción. Estaba mareada la mayor parte del tiempo. Mis manos temblaban en el invernadero. Me caí subiendo la escalera del módulo de almacenamiento y me quedé tirada en el suelo cinco minutos, mirando los tubos del techo, porque levantarme requería energía que no estaba segura de tener.
La banda del rover había sobrevivido dos circuitos más, pero no confiaba en ella para ocho kilómetros de terreno abierto. Había estado haciendo cálculos obsesivamente: caminar versus conducir, consumo de oxígeno, exposición al frío, probabilidad de fallo de la banda. Cada opción tenía un defecto fatal.
Conducir: la banda falla y quedo varada. Caminar: apenas tengo oxígeno y cero margen. Quedarme: la comida se acaba y me debilito hasta que los sistemas que no puedo mantener empiezan a fallar.
Fui al invernadero. La planta de tomate había producido un segundo fruto —pequeño, verde, todavía no maduro. Lo toqué con la punta del dedo. Esta planta estaba luchando por vivir en un planeta que no quería nada vivo.
Fui a la bahía del rover una última vez. En Sol 4 había abierto la guantera y dejado una fotografía boca abajo. No había tiempo, dije entonces. Siempre no había tiempo. Pero hoy tenía todo el tiempo del mundo y ningún lugar donde ir que no fuera la muerte.
La di vuelta.
Una mujer en la Tierra. Un niño pequeño en sus brazos, los ojos entrecerrados por el sol. Detrás de ellos, pasto verde y un cielo azul —un azul que Marte no conoce, un azul que yo no había visto en meses. En el reverso, con tinta descolorida: «Para que no olvides por qué vuelves».
Alguien de una misión anterior. Alguien que se sentó en este mismo rover, en este mismo planeta, y necesitó una razón para seguir. Sostuve la foto mucho tiempo. Pesaba casi nada. Era la cosa más real que había tocado en dos semanas.
Me senté en el suelo de la bahía. Saqué mi tableta. No grabé para David. Grabé para mí.
—Marta Gutierrez. Sol 14. Tres días de comida. Sin comunicación. Sin rescate. Un rover que podría romperse y un traje que podría no alcanzar.
Pausa. El zumbido del reciclador al otro lado de la pared. Mi respiración.
—Sigo aquí. Sigo decidiendo estar aquí. Es todo lo que tengo. Pero es mío.
Tomé la decisión. Conduciría el rover lo más lejos posible. Si la banda fallaba, caminaría el resto. Calculé la distancia máxima segura —cinco kilómetros— que dejaba oxígeno suficiente para volver al hábitat si el rover moría. Si sobrevivía más allá de cinco kilómetros, seguiría hasta la Estación de Relevo Bravo. De cualquier forma, me movería mañana.
Puse la fotografía en el bolsillo del traje. No era mía, pero la necesitaba. Alguien antes que yo necesitó una razón para volver. Yo necesitaba una razón para ir.
No dormí. Me acosté y conté hasta diez. Una y otra vez. Hasta que contar se convirtió en respirar y respirar se convirtió en algo parecido a la paz.
Sol 15. Me puse el traje al amanecer. Verifiqué el oxígeno: seis horas y doce minutos. El rover: energía al ochenta por ciento, banda sosteniendo. El mapa: ocho kilómetros. Me verifiqué a mí misma: manos firmes. Corazón firme.
Abrí la esclusa y salí a la superficie de Marte. El sol estaba subiendo —un disco pálido y frío en un cielo anaranjado. No sabía si alguien escucharía mi señal. No sabía si el rover sobreviviría. No sabía si yo sobreviviría.
Encendí el motor de todas formas. Porque Marta Gutierrez había terminado de esperar.
El rover avanzó hacia el este y dejé el hábitat atrás sin mirar.
Si miraba, iba a querer volver. Así que miré hacia adelante, hacia el terreno rojo que se extendía hasta un horizonte que parecía demasiado cerca —porque Marte es más pequeño que la Tierra, y puedes ver cómo el mundo se dobla en los bordes.
Rocas del tamaño de puños dispersas por todas partes. Depresiones donde el polvo se acumulaba más profundo. Una capa de polvo sobre tierra dura que hacía saltar las ruedas cada pocos metros. Cada salto vibraba a través del asiento y mi estómago.
Narré el viaje en voz alta. Para mí.
—Kilómetro uno. Terreno estable. Oxígeno al noventa y siete. Banda sosteniendo.
El color de la tierra cambiaba según la luz —naranja donde el sol tocaba, rojo oscuro en las sombras, casi negro en las depresiones. No había verde. Ni azul. Solo variaciones de un planeta que nunca ha conocido otra paleta.
Fobos —la luna de Marte, con su forma irregular— cruzó el cielo mientras conducía. Siete horas para completar su órbita. La cosa más rápida en este cielo. La miré pasar como miraba los aviones cuando era niña, acostada en el jardín de mi madre, contando nubes. Aquí no había nubes.
A tres kilómetros, crucé el lecho seco del río antiguo. Un canal poco profundo, dos metros de profundidad, con paredes de roca que hace miles de millones de años fue el fondo de un río real. Agua corriendo por Marte. Agua que se evaporó cuando los humanos todavía eran bacterias.
Bajé por una orilla y subí por la otra. La banda crujió pero sostuvo. Solté el aire que estaba conteniendo.
—Kilómetro tres. Río cruzado. Banda sosteniendo. Todo va bien.
A cinco kilómetros —mi punto de no retorno— detuve el rover. Si la banda fallaba después de aquí, no podía volver al hábitat caminando. La distancia sería demasiado grande, el oxígeno insuficiente. Bajé y examiné la banda. Se estaba desgastando —marcas de tensión en las juntas, líneas blancas donde el polímero se estiraba— pero seguía entera.
Grabé: —Más allá del punto de no retorno. Qué frase tan estúpida. Pasé ese punto en Sol 1.
Seis kilómetros. Siete. El terreno se puso difícil —más rocas, una pendiente cuesta arriba que el motor subió con un ruido enfadado.
A 7.3 kilómetros, una roca afilada cortó el polímero. El rover dio un tirón y se detuvo. Las ruedas giraron en el polvo sin avanzar. La banda colgaba suelta e inútil.
Me quedé sentada en el rover muerto treinta segundos. Verifiqué mi oxígeno: tres horas y cuarenta y un minutos. Distancia a la Estación de Relevo Bravo: setecientos metros. Podía verla —un brillo metálico contra el cielo.
Salí del rover y caminé.
Setecientos metros. Cada paso un poco más largo que en la Tierra por la gravedad baja. Pero el traje era pesado y mis piernas estaban débiles por dos semanas de raciones reducidas. El frío entraba por las juntas del traje —muñecas, tobillos, cuello. Menos cincuenta y ocho grados fuera. Caminé más rápido.
Doscientos pasos. Trescientos. La estación crecía. Quinientos. Seiscientos. Mis piernas ardían.
Setecientos.
Un refugio del tamaño de un armario. Metal, una antena plegable, un tanque de emergencia. Entré, sellé la puerta, presurícé el aire. Treinta minutos de aire del refugio. No me quité el traje —solo levanté el visor.
El transmisor estaba frente a mí. Viejo, cubierto de polvo, pero las luces respondieron cuando toqué el interruptor. Conecté cables. Desplegué la antena. Encendí.
Escribí mi mensaje —coordenadas, oxígeno, situación— y presioné TRANSMITIR. La Tierra estaba a doscientos veinticinco millones de kilómetros. Doce minutos de ida. Doce de vuelta. Veinticuatro minutos de silencio.
Me senté en la caja de metal al borde del mundo y esperé.
Y entonces —antes de que mi mensaje pudiera haber llegado a la Tierra, antes de que pasaran siquiera cinco minutos— el receptor sonó. Señal entrante. Algo cercano. Algo que había estado escuchando durante días.
La señal no venía de la Tierra.
La fuerza era demasiado alta, la latencia demasiado corta. Venía de algo en órbita. Algo cercano. Algo justo encima de mí.
Decodifiqué la señal con las manos temblando. Un código de transpondedor. Lo conocía —lo había visto en cada pantalla del hábitat durante treinta y un soles antes de la evacuación. El código del Resurgir. El transbordador de la tripulación. El que despegó mientras yo golpeaba el cristal del mamparo.
Abrí el canal de comunicación. Estática. Después —una voz. Distante, comprimida, pero inconfundible. La voz de cien registros de entrenamiento. La voz que terminaba cada lección con una frase que yo había convertido en mi propia regla de supervivencia.
Comandante Salas.
—Estación Esperanza, aquí Transbordador Resurgir. Hemos estado en órbita de Marte catorce soles. Repito: estamos en órbita. Dimos la vuelta en Sol 3. No podemos aterrizar —la baliza de aterrizaje está fuera de línea. Si alguien puede escuchar esta transmisión, activen la baliza en el hábitat principal. Acusen recibo.
El mundo se detuvo. Catorce días. Habían estado orbitando sobre mi cabeza catorce días mientras yo pensaba que estaba completamente sola. Salas transmitiendo en todas las frecuencias, cada treinta segundos, durante dos semanas. Pero la antena principal estaba destruida. Tuve que reparar un rover, fabricar una banda, sobrevivir una tormenta, y cruzar ocho kilómetros de desierto para encontrar la única radio que podía captar su señal.
Mientras yo lloraba frente a una radio que solo me devolvía la voz de una tormenta de polvo, ellos estaban ahí arriba. Mientras yo creía que el universo me había olvidado, Salas apretaba el botón de transmisión cada treinta segundos sin parar.
Respondí. Mi voz se quebró: —Resurgir, aquí Marta Gutierrez. Los escucho. Estoy viva. Estoy en la Estación de Relevo Bravo.
Un segundo. Dos. Tres. Después un grito tan fuerte que la radio distorsionó el sonido. Y la voz de mi madre atravesó la estática:
—¡Marta! ¡Marta, mi amor, Marta—!
Y Salas, retomando el control: —Marta. Te escuchamos. Activa la baliza de aterrizaje en el hábitat. Estaremos en tierra en treinta minutos.
Pero su voz no era la voz tranquila de los registros de entrenamiento. Había algo roto en ella. Algo que sonaba como catorce días sin dormir, catorce días dando vueltas sobre un planeta sabiendo que una chica de dieciséis años podía estar muerta abajo y sin poder hacer nada. Salas también había tenido miedo. Salas también había contado los días.
La baliza. En el hábitat principal. A ocho kilómetros. El rover muerto a 7.3. Tenía que caminar. Setecientos metros de vuelta al rover y después 7.3 kilómetros al hábitat.
Oxígeno: dos horas y catorce minutos. Distancia a velocidad de caminata: tres horas. No alcanzaba.
Tenía que correr.
—Necesito volver al hábitat a pie. Va a ser justo con el oxígeno.
Salas: —Camina rápido. Conserva la respiración. Estaremos observando desde órbita.
Después, más bajo: —Y si todo lo demás falla—
Terminé la frase: —Improvisar. Lo sé, Comandante. He estado improvisando diecisiete soles.
Sellé el casco. Salí del refugio. El sol marciano estaba bajo —un disco frío en un cielo que cambiaba del anaranjado al azul oscuro. La temperatura bajaba rápido.
Empecé a moverme. No caminar —saltar. Usar la gravedad baja para lanzarme en arcos largos y bajos. Cada salto: tres, cuatro metros.
—Uno. Dos. Tres. Sigo respirando. Cuatro. Cinco. Seis. Sigo decidiendo.
Pasé el rover muerto sin detenerme. Siete kilómetros por delante. El hábitat era un punto plateado en la distancia. El calentador del traje se apagó para conservar energía y el frío de Marte entró por cada junta —cuello, muñecas, tobillos. Sesenta grados bajo cero presionando contra mi piel.
Oxígeno: cuarenta y tres minutos. Hábitat: dos kilómetros. Piernas temblando. Pulmones ardiendo.
Iba a llegar. O iba a caer a mil ochocientos metros de mi puerta, en un planeta con el nombre del dios de la guerra, a la vista de la baliza que podía salvar a todos.
No reduje la velocidad. Salté más fuerte. Porque Marta Gutierrez iba a casa —y nadie, ni siquiera Marte, iba a detenerla.
Llegué al hábitat con diecinueve minutos de oxígeno.
Caí a través de la esclusa. Me arranqué el casco con dedos que apenas se movían —entumecidos, torpes, los dedos de alguien que ha saltado ocho kilómetros a través de un planeta a sesenta grados bajo cero. Aspiré el aire del hábitat. Metálico. Reciclado. El mejor aire de mi vida.
Mis piernas temblaban tanto que me arrastré hasta la consola de comunicaciones. Rodillas contra el suelo de goma. Manos agarrando el borde del panel. Activé la baliza de aterrizaje.
La radio: «Baliza adquirida. Descenso autorizado. Aterrizaje estimado: catorce minutos».
Me dejé caer al suelo. Boca arriba. Brazos abiertos. Respiré. Miré el techo —el mismo techo blanco que había mirado diecisiete noches desde la litera de mi madre. Pero se veía diferente. Se veía como un lugar que me pertenecía.
Me levanté. Las piernas protestaron pero obedecieron. Caminé al invernadero.
Mis plantas estaban vivas. El sistema de irrigación que improvisé antes de la tormenta seguía goteando —agua del condensador cayendo a las bandejas con la misma paciencia que había mantenido este pequeño trozo de verde durante todo el tiempo que estuve fuera. Las lechugas verdes. Las papas recuperándose —las fuertes, las que decidieron vivir. Y la planta de tomate tenía un solo fruto maduro. Rojo, pequeño, perfecto.
Lo corté del tallo. Lo sostuve en la palma de mi mano. Pesaba casi nada en la gravedad de Marte.
Lo comí de pie en el invernadero. El invernadero de mi madre. Mi invernadero. Sola por última vez. El jugo bajó por mi barbilla y tenía el sabor de tierra y sol y agua reciclada y algo que no puedo nombrar —algo que se parecía a merecer estar viva.
Catorce minutos. Los conté todos.
A través de la ventana del invernadero, un punto de luz descendiendo por el cielo anaranjado. Creciendo. Haciéndose más brillante. Resolviéndose en la forma del transbordador. Motores encendidos contra la gravedad. Polvo levantándose en nubes rojas. Patas de aterrizaje extendiéndose.
El transbordador aterrizó. La esclusa se abrió. Mi madre fue la primera en salir, corriendo tan rápido que casi cayó en el polvo.
Me agarró. Me sostuvo con una fuerza que tenía diecisiete soles de miedo adentro. Podía sentir cada día de terror en la presión de sus manos, cada noche en órbita sin saber si yo estaba viva. Estaba llorando, diciendo mi nombre una y otra vez: —Marta, Marta, Marta.
La tripulación entró detrás. Salas —con los ojos rojos, las manos temblando, nada de la calma de sus registros de entrenamiento. La doctora Kimura me revisó los dedos inmediatamente. Dos del pie izquierdo estaban negros por el frío —principio de congelación. Me dolían ahora que la adrenalina se iba, un dolor profundo que pulsaba con cada latido. El ingeniero Vargas. Todos hablando al mismo tiempo. Todos tocándome como si necesitaran confirmar que era real.
Sostuve a mi madre y dije, en voz baja: —Estoy bien, Mamá. Mantuve todo con vida.
Después —después de las revisiones médicas, las barras de raciones que comí demasiado rápido, las historias de la tripulación sobre su vuelta desesperada en Sol 3 y catorce soles atrapados en órbita— llevé a mi madre al invernadero.
Le mostré las etiquetas. Las suyas al lado de las mías. Carmen vio su letra junto a la mía. Leyó mis notas. Los nuevos valores de pH. Los horarios ajustados. Las observaciones que ella nunca hizo porque nunca estuvo sola aquí el tiempo suficiente para ver cómo las plantas cambiaban con el regolito marciano.
Tocó mi letra en la etiqueta. La leyó una vez. La leyó otra vez. Su mano tembló —la mano que hacía pruebas de pH con precisión de cirujana, la mano que nunca temblaba. Se volvió hacia mí y su voz era diferente. No la voz cálida pero mandona. No la voz de madre. Algo más tranquilo. De colega a colega. De científica a científica.
—Tus datos son mejores que los míos.
—Tuve más tiempo.
Y Carmen Gutierrez hizo algo que nunca había hecho: sacó su propio cuaderno y me pidió que le enseñara.
Esa noche, con la tripulación dormida alrededor —doce personas respirando, roncando, moviéndose en sus literas, doce corazones latiendo dentro de estas paredes— fui al invernadero una última vez. Me senté entre las plantas con las piernas cruzadas en la tierra marciana.
Saqué mi tableta. Presioné grabar.
—Sol 17. Entrada final. Volvieron. Por supuesto que volvieron. Pero esta es la cosa que voy a cargar conmigo el resto de mi vida, lo que aprendí en diecisiete soles sola en la superficie de un planeta que te quiere muerta.
Miré la planta de tomate —la que cuidé desde que era una semilla, la que me dio su único fruto el día que más lo necesitaba— y sonreí.
—Volvieron por la hija de la Doctora Gutierrez. Pero la persona que encontraron fue Marta. Solo Marta. Y fue suficiente.
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