Wanderer
Every flashcard pack and every book.
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No quiero ver el video. Pero Sofía dice que tengo miedo, y esas son palabras de guerra.
El cine La Estrella cerró hace quince años. Lo abandonaron con las butacas puestas, como si la última película hubiera sido tan mala que todos huyeron y nadie quiso volver. Huele a palomitas podridas y a algo más profundo —un olor que viene de las paredes, de la piedra, de algo que lleva mucho tiempo sin moverse.
Es sábado por la noche. Hay una fiesta. No es mi fiesta. Yo no tengo fiestas. Estoy aquí porque Sofía me arrastró del brazo, y porque mi casa es peor que un cine abandonado cuando mi padre tiene tres botellas vacías en la mesa y la televisión encendida sin sonido. Al menos aquí hay ruido que no me pertenece.
Veinte chicos sentados entre butacas rotas. Algunos beben cerveza. Otros ríen demasiado fuerte, porque la oscuridad da permiso para ser idiota. Yo estoy en una esquina con la espalda contra la pared. Observando. Es más seguro desde fuera.
Federico está tres filas delante. Un chico de mi clase que nunca puede mantener los ojos quietos. Nervioso por naturaleza, como un animal que sabe que algo lo observa pero no sabe qué. No intenta hablar conmigo. Por eso me cae bien.
Sofía levanta un teléfono viejo —uno de esos que pesaban como ladrillos.
—Estaba pegado debajo de una butaca con cinta adhesiva. Tiene un solo video.
—Qué asco —dice alguien.
—Es una leyenda urbana —Sofía sonríe—. Si lo ves, algo viene por ti. En siete días.
Federico se acerca.
—No deberíamos verlo.
Nadie le escucha. Sofía conecta el teléfono al proyector viejo. No debería funcionar después de quince años, pero funciona. La pantalla cobra vida con estática y veinte personas se callan al mismo tiempo.
El video dura cuarenta y siete segundos. Los cuento.
Una escalera que sube hacia ningún lugar —los escalones se multiplican, se doblan, desaparecen en una oscuridad que tiene peso. Un reloj sin manecillas. Una puerta que se abre hacia un negro absoluto, un negro que absorbe la luz.
Y una voz. No humana —algo que imita una voz humana de la misma manera que un espejo imita una cara. Cuenta hacia atrás.
Siete. Seis. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno.
Pantalla negra. Un segundo. Dos. Y entonces un solo fotograma: una cara hecha de muchas caras superpuestas, todas gritando en silencio. Dura menos de un segundo pero se quema en mis ojos.
Las luces vuelven. La tensión se rompe. Todos se ríen, aliviados.
Yo no me río. Federico tampoco. Está pálido. Nuestros ojos se encuentran un segundo. Los dos miramos hacia otro lado.
Sofía me agarra del brazo.
—¿Ves? Nada. Solo un video raro.
—Solo un video raro —repito. Pero mi voz suena diferente de lo normal. Sofía no lo nota. Sofía nunca nota las cosas importantes.
Me voy temprano. Camino sola por las calles de San Valero. Las farolas hacen un zumbido eléctrico que normalmente no escucho. Esta noche lo escucho todo. Mis pasos en los adoquines. Mi respiración. El silencio entre los sonidos.
La primera farola que paso se apaga. Miro hacia atrás. La segunda se apaga. La tercera se apaga cuando llego exactamente debajo. Una por una, en secuencia perfecta.
Corro. No sé por qué —es un problema eléctrico, una coincidencia. Pero mis piernas corren antes de que mi cerebro pueda discutir.
Casa. Mi padre duerme en el sofá. Tres botellas en la mesa. Le pongo una manta encima. No lo despierto. Nunca tiene sentido despertarlo.
Mi habitación. Puerta cerrada. Respiro.
Me lavo la cara. El agua fría ayuda. Siempre ayuda. Levanto la cabeza y miro al espejo. Mi reflejo me devuelve la mirada. Ojos marrones con ojeras oscuras, uñas mordidas, la chaqueta de cuero que nunca me quito. Todo normal.
Mi reflejo sonríe. Pero yo no estoy sonriendo.
Los espejos mienten. Eso me digo mientras camino a la escuela con los ojos fijos en el suelo, evitando cada escaparate, cada superficie reflectante, cada charco.
No dormí. Cada vez que cerraba los ojos, veía las caras del fotograma —las bocas abiertas, los ojos superpuestos, el grito que no hacía ruido pero que podía sentir en los dientes. Me dije que era mi imaginación. Me lo dije catorce veces. No funcionó ninguna.
La mañana parece equivocada. Los colores están apagados. Los sonidos llegan con medio segundo de retraso —un coche pasa y el ruido viene después, un eco que no debería existir.
En el pasillo de la escuela, veo a Federico. Peor que yo. Ojos rojos, manos dentro de los bolsillos, la mandíbula tensa. Me ve. Mira hacia otro lado.
Pero al final de la clase de historia, se acerca. Sus manos sacan un papel del bolsillo —un dibujo hecho con bolígrafo, rápido, nervioso. La escalera del video. El reloj sin manecillas. La puerta.
—Tú también lo viste —dice, tan bajo que apenas lo escucho.
—Todos lo vieron.
—No. Todos miraron la pantalla. Tú y yo lo vimos. Es diferente.
Miro el dibujo. Los detalles son exactos —demasiado exactos para alguien que lo vio durante cuarenta y siete segundos. Federico dibuja de memoria. Es bueno. No sabía eso de él.
—El video tenía algo debajo —continúa—. Una frecuencia. La sentí en el pecho, en las costillas. ¿Tú también?
Sí. Sí la sentí. Pero no lo digo. Doblo el papel y se lo devuelvo.
—Fue solo un video, Federico.
Algo se apaga en sus ojos. No discute. Se guarda el papel y se va. Sus hombros se hunden un centímetro, y algo en mi pecho se aprieta al verlo.
Después de clase, camino al apartamento de Virginia Marin. Es martes. Los martes siempre voy. Es la única rutina que me importa.
Tercer piso sin ascensor. El olor me alcanza antes de llegar —canela y café con leche. Abuela abre la puerta antes de que llame.
—Pasa, niña. El café está listo.
Su cocina. El tarro de caramelos en la ventana. Me pone tres en la mano —duros, de menta, envueltos en papel verde.
—Uno para hoy, uno para mañana, uno por si acaso.
Me los guardo en el bolsillo. Nuestro ritual.
Abuela me sirve café con leche. Su balcón da a un patio interior con un limonero. La luz de la tarde entra dorada. Este es el único sitio del mundo donde mi estómago no está tenso.
—¿Qué te pasa, niña?
—Nada.
—Nada no te pone esas ojeras.
No le digo lo del video. No le digo lo del espejo. No involucro a las personas que quiero en las cosas que me asustan. Así funciono.
Abuela no insiste. Pone su mano sobre la mía. No dice nada. Su mano tiembla un poco, y por un momento el mundo recupera sus colores.
Al irme, me da un beso y me mete otro caramelo en el bolsillo cuando cree que no miro.
Camino a casa por el barrio viejo. Las farolas se encienden. Normales. Respiro.
Entonces escucho pasos detrás de mí. Alguien camina a mi ritmo exacto —acelero, acelera. Freno, frena. Giro una esquina y me pego contra la pared.
Los pasos se acercan. Pasan frente a mí. Veo una sombra en el suelo —forma humana, brazos, piernas, cabeza. Pero cuando miro arriba, no hay nadie. La sombra pasa sin cuerpo que la proyecte.
Corro a casa. Puerta cerrada con llave. Espalda contra la pared.
A las once de la noche, mi teléfono vibra. Número desconocido. Un mensaje con una dirección y tres palabras:
«Primer acertijo. Corre».
La dirección es el parque donde mi madre me llevó la última vez que la vi. Tenía seis años. Me compró un helado de fresa. Me dijo que volvía enseguida.
Debajo de la dirección, aparece una segunda línea:
«Ella también corrió. No fue suficiente».
El parque está cerrado a medianoche. Yo también debería estarlo —en mi casa, en mi cama, con la puerta cerrada. Pero el mensaje dijo «corre», y siempre he sido mejor corriendo hacia el peligro que huyendo de él.
Mi padre ronca en el sofá. La televisión parpadea sobre su cara con luz azul. Paso junto a él sin hacer ruido. En la mesa hay un sobre abierto con letras rojas —una factura sin pagar. No es la primera. No será la última.
El parque de San Valero tiene un viejo laberinto de espejos de una feria que nunca desmontaron. Los marcos están oxidados. Los cristales, agrietados. De día parece triste. De noche parece otra cosa.
Entro por una valla rota. La hierba mojada hace un sonido húmedo con cada paso. La luna ilumina los espejos y brillan como algo que acaba de abrir los ojos.
El acertijo: encontrar el único espejo real entre docenas de falsos. El real tiene una llave detrás. Los falsos muestran reflejos que no son correctos.
Entro.
Al principio, mis reflejos se comportan. Levanto la mano, la levantan. Pero después del tercer giro, el reflejo de la izquierda está medio paso detrás. Me muevo —ella se mueve después. Me detengo —ella se detiene un segundo tarde.
En el siguiente espejo, mi reflejo está adelante. Ya se ha movido antes de que yo lo haga.
Y en el tercero, hace algo que yo no hago. Señala. Su dedo apunta a la izquierda, hacia un pasillo oscuro. Mis manos están a los lados. Pero ella señala, insistente.
No sigo su dirección. Voy a la derecha. No confío en reflejos que piensan por sí mismos.
El laberinto se complica. Los espejos se multiplican. Algunos reflejos se tapan la boca con las manos. Otros me observan sin copiar nada, con una expresión que parece pena. Uno llora. Las lágrimas le corren por la cara, pero mis mejillas están secas.
Pienso. Los falsos muestran reflejos con vida propia. El real me mostrará exactamente como soy. Sin retraso. Sin adelanto. Sin fantasmas.
Tardo veinte minutos en encontrarlo. Al fondo, más pequeño que los demás. Me paro delante. Levanto la mano derecha. Mi reflejo levanta la izquierda —como debe ser en un espejo real. Me toco la nariz. Al mismo tiempo exacto. Este es.
Envuelvo el puño en la manga de mi chaqueta y golpeo. El cristal explota. Me corta los brazos —tres líneas rojas desde el codo hasta la muñeca. Detrás del marco: un hueco en la pared. Una llave de bronce, pesada y fría. Y una nota en papel amarillento:
«Nos estamos quedando sin tiempo. Hay que ser dos».
Hay que ser dos. La frase me molesta más de lo que debería. No es una súplica —es una instrucción. Alguien la escribió como un hecho, tan simple como que el agua moja.
Me guardo la llave. Guardo la nota. No sé por qué guardo la nota.
Salgo sangrando por tres cortes. Si hubiera habido dos personas, una podría haber sujetado el marco mientras la otra alcanzaba la llave sin romper nada.
Pero no había nadie. Y funcionó. Sola.
Fuera del laberinto, noto huellas de botas en el barro. No son mías —más grandes, más profundas. Alguien estuvo aquí antes. O al mismo tiempo.
Miro hacia el último espejo visible desde fuera. Hay un reflejo que no es mío. Una silueta de pie detrás de mí —alta, inmóvil. Me giro. Nadie. Pero el reflejo sigue ahí cuando vuelvo a mirar.
Corro.
Llego a una farola. Respiración rápida. Corazón golpeando las costillas. Miro mis manos —cubiertas de sangre del cristal roto, roja y brillante bajo la luz.
Pero la sangre se mueve. Se arrastra por mi piel, lenta, con propósito, formando letras:
«DÍA 1 DE 7».
Y debajo, en letra más pequeña, una dirección que conozco. La librería del barrio gótico. La que lleva cerrada desde antes de que yo naciera.
Mañana estará abierta.
La librería se llama El Faro. El letrero está roto —solo quedan las letras F y O. La puerta se abre con un sonido suave, como un suspiro contenido.
Día dos. No he dormido. La sangre de mis manos desapareció durante la noche —no la lavé, simplemente ya no estaba cuando encendí la luz. Pero los cortes siguen ahí, rojos e hinchados. Los cortes son reales.
Dentro huele a papel viejo y a algo dulce que no quiero identificar. Miles de libros en estantes hasta el techo. Muchos están destruidos —las páginas hinchadas de agua, las tapas cubiertas de moho, las letras desapareciendo. La luz entra por las ventanas sucias en líneas delgadas, iluminando polvo que flota sin prisa.
El acertijo: un candado de combinación en un armario de cristal al fondo. La combinación está en un libro específico. Pero hay miles de libros, y la mayoría se deshacen cuando los toco.
Empiezo a buscar. Reviso estantes, abro libros, sacudo páginas. Mis manos se cubren de polvo y tinta. Una hora. Dos. El silencio es tan profundo que escucho mi propio pulso.
Detrás de un estante caído, encuentro algo que no es un libro. Un diario. Cuaderno de cuero marrón, páginas escritas a mano con tinta azul. Primera página: «Mi nombre es Lucía. Si encuentras esto, lee rápido».
Alguien estuvo aquí antes. Alguien pasó por esto.
Lucía lo describe todo. El video. Los mensajes. Los acertijos. Su letra es clara, ordenada. En la entrada del día dos escribe: «El libro con la combinación tiene la tapa roja. Tercer estante desde la ventana».
Voy al tercer estante. Una tapa roja —un libro de poesía sin título. En la página cuarenta y tres, tres números escritos con lápiz: 8-3-1.
Orlando la combinación. El candado se abre. Dentro: una caja de madera con un símbolo grabado —un círculo que se come su propia cola. La abro. Un disco de metal con símbolos que todavía no entiendo. Me lo guardo.
Vuelvo al diario. Lucía escribe sobre otra persona que resolvía los acertijos. «Lo vi otra vez hoy. Estaba en el acertijo tres antes que yo. Se llevó algo». Reconozco algo en ella —esa desconfianza, esa preferencia por resolver las cosas sola.
Pero algo no encaja. Su letra es demasiado regular. Demasiado calmada. Si algo me persiguiera con una cuenta atrás de siete días, mi letra sería un desastre. Lucía escribe sin miedo.
Nadie que esté siendo cazado escribe sin miedo.
Me detengo. Leo la frase otra vez: «Lo vi otra vez hoy». Pero miro la fecha —el mismo día del primer acertijo. ¿Cómo vio a alguien en el acertijo tres si ella estaba en el día dos? Los números no cuadran.
Cierro el diario. Lo guardo en la mochila. Quizás estoy cansada. Quizás las fechas son un error. Pero algo no me deja tranquila.
Salgo de la librería. El sol está bajo y las sombras se estiran por el suelo. Al otro lado de la calle, hay una figura. Un chico. Chaqueta oscura, manos en los bolsillos, mirándome.
Lo he visto antes —una silueta parecida en las huellas del barro del parque. ¿El mismo que Lucía describía? ¿El que robaba pistas?
Doy un paso hacia él. Se gira y desaparece en un callejón. Lo sigo, pero cuando llego, solo hay una pared de ladrillos y un gato que me observa con ojos amarillos.
Vuelvo a la calle. Saco el diario. Quiero leer más sobre el desconocido.
Pero antes, mi teléfono vibra. Sofía.
«¿Has visto a Federico? No vino a clase hoy. No contesta mensajes».
Leo el mensaje tres veces. Federico no fue a clase. Federico, que dibujó las imágenes del video de memoria. Federico, que sintió la frecuencia. Federico, que intentó advertirnos.
No contesto a Sofía. No sé qué decir. Pero guardo el mensaje. Es la primera vez que algo me preocupa que no sea mi propia supervivencia.
Abro la última página del diario.
La letra cambia. Ya no es ordenada. Son palabras enormes, temblorosas, escritas con algo oscuro y espeso que no es tinta:
«ÉL NO TE ESTÁ AYUDANDO. ÉL ES LA TRAMPA».
No me gustan los espacios cerrados. No me gusta la oscuridad. Y sobre todo, no me gusta bajar.
Día tres. Mi teléfono vibra al amanecer: una dirección en el barrio viejo y las palabras «Tercer acertijo. Baja».
Pero antes de ir, hago algo diferente. Voy a la escuela. Busco a Federico.
Su mesa está vacía. Segundo día sin venir. Su mochila sigue en la taquilla —la reconozco por las pegatinas de bandas que nadie más conoce. Le pregunto a Sofía.
—Sus padres dicen que está enfermo. Gripe. —Sofía se encoge de hombros—. Pero le escribí y me dejó en visto tres veces.
Gripe. Mentira. Lo sé porque a mí también me gustaría decir que tengo gripe y meterme en la cama y olvidar todo. Pero no puedo. Los cortes en mis brazos están calientes y la cuenta atrás no espera.
La entrada a los túneles está detrás de una puerta de metal en un callejón. Debería estar cerrada con candado, pero se abre cuando pongo la mano. Sin ruido.
Bajo.
Escaleras de piedra, húmedas y resbaladizas. El aire cambia —más frío, más espeso, con un olor a tierra mojada y a metal. Las paredes de ladrillo sudan humedad. Gotas caen del techo con un ritmo constante.
Los pasadizos son un laberinto. Se abren en tres direcciones, cuatro, cinco. El suelo tiene charcos negros que reflejan la luz de mi teléfono. Escucho susurros que podrían ser el viento o podrían ser voces tres túneles más allá.
Veinte minutos caminando. La primera señal: marcas de arañazos en la pared. Junto a las marcas, una página arrancada de un cuaderno. Medio mapa —la mitad izquierda de los túneles, con una X marcada en rojo. La otra mitad falta.
Más adelante: una linterna en el suelo. Funciona todavía. Alguien la dejó caer.
¿El chico de la chaqueta oscura? ¿El saboteador que describe Lucía?
Tomo la linterna. Sigo el medio mapa hasta la X.
Una puerta de madera antigua con dos cerraduras de hierro.
Tengo la llave de bronce del laberinto. La pongo en la cerradura izquierda. Gira perfectamente. Pero la puerta no se abre. Necesita las dos cerraduras giradas al mismo tiempo.
Busco la segunda llave. Cada grieta, cada hueco. La encuentro en un nicho a tres metros —una llave de hierro, negra, fría.
El problema: las dos llaves deben girar simultáneamente. Una en cada cerradura. Pero las cerraduras están demasiado separadas. No llego. Mis brazos son treinta centímetros demasiado cortos.
Encuentro cuerda vieja y una piedra. Construyo un mecanismo para tirar de una llave mientras giro la otra. Me lleva una hora. La cuerda se rompe dos veces. Mis manos sangran. Sudo en el frío del túnel.
Pero funciona. La puerta se abre.
Dentro: una habitación con mapas en las paredes. Mapas de San Valero, viejos y detallados. Siete ubicaciones marcadas con círculos rojos —los siete acertijos. Saco mi teléfono y fotografío todo.
Entonces noto algo. Los mapas muestran pares de rutas a cada ubicación. No una ruta. Dos. Dos caminos diferentes para llegar a cada acertijo. Dos cerraduras. Dos rutas. La nota del laberinto: «Hay que ser dos».
Lo veo. Lo entiendo. Lo ignoro.
La puerta funcionó. Tardé una hora, me corté las manos, casi me desmayé. Pero sola. Como todo lo que he hecho en mi vida.
Me giro para salir. Y detrás de mí, en el túnel, escucho respiración. No un eco. No el viento. Alguien respirando fuerte, intentando no hacer ruido. Fallando.
Apago la linterna. La oscuridad es total. Solo mis latidos y esa respiración ajena.
Entonces una voz:
—Espera. No corras. Por favor.
Una voz de chico. Joven. Asustada. Muy diferente de la voz que esperaba —la de un saboteador, la de una trampa.
—¿Quién eres? —Mi voz sale afilada.
—Me llamo Orlando. Vi el video. El mismo video que tú.
Enciendo la linterna. El chico tiene sangre en las manos —se cortó con un azulejo roto. Nudillos abiertos. Y mi nombre está escrito en la pared detrás de él, con letras rojas y temblorosas.
—¿Por qué está mi nombre en la pared?
—Porque no sabía cómo encontrarte. Por favor, escúchame. Los acertijos están diseñados para—
—No.
Corro. Pero antes de girar la esquina del túnel, algo me hace mirar atrás. Orlando no me sigue. Está de pie, exactamente donde lo dejé, con la linterna iluminando su cara desde abajo. Y detrás de él, pegada a la pared con cinta vieja, hay una fotografía que no vi antes. Una pareja. Un hombre y una mujer jóvenes, sonriendo.
La mujer se parece a mí. El hombre se parece a Orlando.
No confío en él. Pero la puerta del diario me sigue molestando más que la puerta del túnel.
Día cuatro. No he dormido en dos noches. El brazo duele donde los cortes se están infectando. Y las sombras han dejado de esperar a la noche —las veo de día ahora, en la esquina del ojo, un movimiento donde no debería haber movimiento.
Antes del acertijo, hago algo que nunca hago: investigo. Voy a la biblioteca municipal de San Valero. Pido los periódicos viejos, los de hace diez, veinte, treinta años. Busco el nombre Lucía.
Tardo dos horas. Y encuentro algo que me hiela la sangre.
No hay ninguna Lucía. Ninguna desaparición que coincida con el diario. Las fechas que escribió no corresponden a nada real. Pero encuentro otra cosa: una lista de personas desaparecidas en San Valero a lo largo de décadas. Siempre en parejas. Dos personas, la misma semana, sin relación aparente. La policía nunca encontró conexión. Los casos se cerraron sin resolver.
Saco el diario de la mochila y lo abro en la biblioteca. Leo cada página con cuidado. Y ahora veo lo que el cansancio me impidió ver antes. Las instrucciones son demasiado útiles. La combinación del candado, la ubicación exacta del libro rojo. No son notas de una víctima —son migajas de pan para una trampa.
Lucía no existió. El diario fue puesto ahí para mí. Para alguien que confía más en papeles que en personas.
Mi teléfono vibra. Orlando. Un mensaje desde un número desconocido.
«Sé que no confías en mí. Pero he encontrado algo en mi acertijo tres que necesitas ver. Por favor».
Debajo, una foto. La pared de un túnel diferente al mío. Fotos pegadas. Docenas de caras mirándome desde fotografías amarillentas. Nombres. Fechas. Conectados por hilos rojos —siempre en parejas.
Orlando envía otro mensaje: «Cada pareja fracasó. Todos intentaron hacerlo solos».
Y otro: «Llevo un día de ventaja. Mis acertijos son diferentes pero los lugares se cruzan. Tengo la otra mitad del mapa».
La mitad derecha. Yo tengo la izquierda.
Cierro el teléfono. Respiro. No contesto.
Pero voy al cuarto acertijo. La torre del reloj en la plaza. El mensaje llegó al amanecer: «Cuarto acertijo. Sube».
La torre tiene cien años. Su reloj lleva parado en las 3:33 desde que tengo memoria. La puerta está abierta. Subo la escalera de caracol. El aire huele a aceite viejo.
El mecanismo es enorme —engranajes de bronce, cadenas gruesas, pesas de hierro. Y el acertijo: siete engranajes pequeños fuera de su sitio, cada uno con un símbolo diferente. Los comparo con el disco de metal de la librería. Un código. Luna, estrella, ojo, mano, puerta, escalera, espejo. Los mismos elementos del video.
Trepo por la estructura. Un engranaje entre los dientes, otro en la mano izquierda. Necesitaría tres manos. O dos personas. Tengo dos manos. Tendrán que servir.
Estoy a medio camino cuando escucho pasos abajo. Rápidos. Urgentes.
Federico aparece en la puerta. Lleva tres días sin venir a clase. Tiene los ojos hundidos, la piel gris, las manos temblando.
—Susana. Los mensajes no paran. He intentado ignorarlos pero algo me sigue. Mi sombra se movió sola anoche. Me sonrió.
—¿Por qué vienes a mí?
—Porque eres la única que no finge que fue solo un video raro.
Bajo del mecanismo. Lo miro. Está temblando. Y saca de su bolsillo un papel arrugado —el dibujo que me mostró en clase, la escalera, el reloj. Pero ahora tiene más cosas: notas, observaciones, las mismas frecuencias que mencionó.
—He estado investigando —dice—. Hay un patrón de sonido en el video. Si lo analizas, tiene coordenadas. He encontrado tres de los siete sitios.
Me quedo mirándolo. Federico, el chico nervioso que nadie escucha, ha hecho en tres días de terror lo que yo no pensé en hacer: analizar la señal.
—¿Cuáles?
Me muestra. Dos de sus tres ubicaciones coinciden con las mías. La tercera es nueva —un sitio que no está en mis mapas.
Pero no quiero hacerlo. No quiero abrir esta puerta. Si dejo entrar a Federico, si trabajo con alguien, si confío —y luego esa persona se va, desaparece, no vuelve— el golpe será peor que cualquier maldición.
—No puedo ayudarte —digo.
Las palabras salen antes de que pueda pensarlas. Federico me mira. No con sorpresa —con algo peor. Reconocimiento. Sabe exactamente lo que estoy haciendo porque lo hace él también. Se protege. Yo me protejo. Los dos nos morimos de miedo pero preferimos morir solos a arriesgarnos a confiar.
—De acuerdo —dice. Tranquilo. Sin insistir. Da media vuelta y baja la escalera.
Vuelvo al reloj. Coloco los engranajes uno por uno. El último entra y el mecanismo cobra vida —las cadenas se tensan, los engranajes giran con un sonido que vibra en mis huesos.
Del interior cae una nota. La recojo.
«Bien hecho. Sigue sola. Es más seguro».
Sonrío. Pero debajo hay otra frase: «No necesito a nadie».
Mis palabras exactas. Las dije esta mañana, sola en mi habitación. ¿Cómo puede una nota dentro de un reloj contener algo que dije hace horas?
Algo me escucha. Algo me conoce. Y le gusta lo que escucha.
Día cinco. La nota de la torre del reloj sigue en mi bolsillo. «No necesito a nadie». Mis propias palabras, devueltas por algo que escucha. No he podido dormir pensando en eso —en que la cosa que me caza me conoce mejor de lo que me conozco yo misma.
La campana de la catedral suena pero hoy no la cuento. He perdido la cuenta. Eso me asusta más que las sombras.
Mi brazo huele a infección debajo de la venda sucia. La sombra ya no espera a la noche —la veo de día, en los escaparates, en los charcos, en cada superficie que refleja. Más cerca cada vez.
Antes de ir al quinto acertijo, paso por la escuela. Busco a Federico. No está. Cuarto día sin venir. Su taquilla está igual. Nadie pregunta por él excepto Sofía, y Sofía pregunta como se pregunta por el tiempo —sin esperar respuesta.
El quinto mensaje: un edificio de apartamentos abandonado en la zona norte. «Quinto acertijo. Escucha».
El edificio tiene cinco pisos. Las ventanas rotas dejan entrar un viento que suena a queja. Entro.
El acertijo es sonoro. En algún apartamento hay una caja de música tocando una melodía. Debo encontrarla.
Pero el edificio está lleno de sonidos que no deberían existir.
En el segundo piso, llanto detrás de una puerta cerrada. Demasiado regular, demasiado rítmico —una grabación en bucle. En el tercero, risas de niños que rebotan por el pasillo vacío, multiplicándose en los ecos. En el cuarto, susurros. Mi nombre, repetido desde todas las direcciones.
Subo al quinto. La canción de cuna es más fuerte aquí. Apartamento 5C. La puerta se mueve sola con una brisa que no existe.
Un apartamento pequeño —habitación vacía, cocina destrozada, baño sin puerta. En la mesa: una caja de música de madera oscura. Abierta. La bailarina gira lentamente.
La melodía me para el corazón. La reconozco. Es la canción que mi madre cantaba para dormirme. Nota por nota.
Debajo de la bailarina, una fotografía. Una mujer. Pelo oscuro, ojos marrones, pómulos altos. Se parece a mí —una versión mayor de mí. Por un segundo creo que es mi madre. No lo es. La fecha dice treinta años.
¿La entidad elige víctimas que se parecen? ¿O escogió esta foto para mí?
Detrás de la foto: un mapa con la ubicación del sexto acertijo. Me lo guardo.
El edificio empieza a cambiar. Las puertas que dejé abiertas están cerradas. La temperatura cae diez grados —mi respiración sale en nubes blancas. Los susurros vuelven, más altos. Y desde el pasillo, pasos. Muchos pasos. Todos los apartamentos abriéndose al mismo tiempo.
Bajo corriendo. Las risas del tercero se mezclan con el llanto del segundo y los susurros del quinto —todo junto, una sola voz que grita y ríe y llora al mismo tiempo.
Salgo a la calle. Me siento en un banco. Tiemblo. No puedo parar.
Llamo a Abuela.
Contesta al primer tono.
—¿Niña? ¿Estás bien?
—Sí, Abuela. Solo quería escucharte.
—Son las once de la noche. Estás mintiendo.
No digo nada. Abuela escucha mi silencio.
—Sabes que tengo algo que confesarte —dice, y su voz cambia. Más seria. Más vieja—. Hace mucho tiempo. Antes de que tú nacieras. Tu madre vino a verme una noche. Estaba asustada. No quiso decirme de qué. Pero me pidió que te cuidara. Me hizo prometer.
El mundo se detiene.
—¿Qué?
—Yo pensaba que hablaba de cuidarte cuando ella viajara por trabajo. Después, cuando se fue… me pregunté si sabía que se iba a ir. Si ya lo tenía planeado.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque una niña de seis años no necesita saber que su madre planificó irse. Y porque no estoy segura. Quizás me equivoco. Quizás estaba asustada por otra cosa.
Silencio. El viento frío me golpea la cara. Los sonidos del edificio se desvanecen detrás de mí.
—Susana —dice Abuela—. No tienes que ser fuerte todo el tiempo. A veces, la fuerza es dejar que alguien te ayude.
—Tengo que colgar, Abuela. Te quiero.
—Siempre, niña.
Cuelgo. Me quedo en la oscuridad. Mi madre sabía que se iba. Mi madre planificó irse. La información me quema pero no me sorprende. En algún lugar, siempre lo supe.
Mi teléfono vibra. Orlando.
«Estoy en el acertijo cinco. No puedo hacerlo solo. Susana, por favor».
Mi dedo va al botón de borrar. Es lo que siempre hago. Borrar, cortar, seguir.
Pero esta vez, algo se detiene. Las palabras de Abuela. La confesión sobre mi madre. Federico que no vuelve a clase. Orlando que pide ayuda. Y yo, sentada en un banco, sola, temblando, con los brazos infectados y cinco días de terror en el cuerpo.
No borro el mensaje.
En el silencio de la noche, mi teléfono emite un sonido que no es una notificación. Es música. La canción de cuna de la caja de música, saliendo del altavoz sin que nadie la haya puesto. Y detrás de la melodía, una voz que conozco mejor que la mía propia:
«No contestes, mi amor. No necesitas a nadie».
Contesto el mensaje de Orlando. Tres palabras: «Dónde estás».
Nunca he escrito tres palabras más difíciles. Mi dedo tiembla sobre enviar. Pero la voz de mi madre en el teléfono —esa voz falsa, esa imitación perfecta diciéndome que no conteste— me da la rabia que necesito. Si la cosa que me persigue quiere que esté sola, entonces estar sola es exactamente lo que no debo hacer.
Orlando me envía una dirección. Una iglesia vieja en el barrio sur. Llego en veinte minutos. Él está sentado en los escalones de la entrada, con las manos vendadas con trozos de su propia camiseta. Nudillos abiertos. Un corte sobre el ojo izquierdo. Toca algo en su cuello —un rosario de cuentas de madera.
—Gracias por venir —dice.
No respondo. No sé cómo se responde a eso. Me siento a su lado, a un metro de distancia. Un metro de seguridad. Mi distancia mínima con cualquier ser humano que no sea Abuela.
—Mis acertijos van un día por delante de los tuyos —dice—. Hoy fue mi sexto. Un sótano debajo de esta iglesia.
—¿Qué había?
—Una habitación con velas, comida, mantas. Notas en las paredes diciendo que era un «lugar seguro». Que la sombra no podía entrar.
—¿Y lo era?
Orlando se ríe. Es una risa corta, sin humor.
—Las paredes empezaron a moverse. A cerrarse. El techo bajó. Casi no salgo.
Me muestra su teléfono. Fotos. La habitación con las velas, las notas, las mantas. Y después: las mismas paredes moviéndose, los ladrillos comprimiéndose, la puerta desapareciendo.
—Es una trampa —digo—. No un refugio. Una jaula.
—Diseñada para que quieras quedarte. Todo cálido, todo seguro. Todo falso.
Miro las fotos de la pared de víctimas que me envió antes. Las parejas conectadas por hilos rojos. Todas fallaron. Todas muertas.
—Cuando estaba dentro —continúa Orlando—, oí una voz. Mi hermano.
—¿Tu hermano?
—Lucas. Se ahogó hace dos años. Yo debía estar vigilándolo. —Toca el rosario—. Lo llevo porque es la última cosa que toqué que él también tocó.
No dice «lo siento». No dice «fue terrible». Solo dice el hecho, limpio y duro, sin protección. Y algo se rompe en el muro que construí alrededor de todo.
—La voz de Lucas me dijo que me quedara —dice Orlando—. Que dejara de luchar. Que estaba a salvo.
—Pero saliste.
—Porque sabía que Lucas no me diría eso. Lucas era un niño de ocho años que quería ser bombero. Me habría dicho que corriera. Que pateara la pared. Que no fuera estúpido.
Lo miro. Realmente lo miro. Sangre seca en los nudillos. El corte sobre el ojo. Las manos que temblaban al principio pero que ahora están quietas. No porque no tenga miedo —porque decidió tener miedo y seguir de pie.
—Deberíamos buscar a Federico —digo. No sé de dónde viene la frase. Pero los dibujos que me mostró en clase siguen en mi cabeza. La frecuencia que describió. Su cara cuando le dije que no podía ayudarle.
Orlando frunce el ceño.
—No. Escúchame. Solo nos quedan dos días. Si perdemos tiempo buscando a alguien que quizás ni siquiera quiere ser encontrado—
—Lo eché de la torre del reloj —le corto—. Vino a pedirme ayuda y le dije que no. Si le pasa algo—
—Susana. —Su voz cambia. Más dura—. No puedes salvar a todo el mundo. A veces hay que elegir, y si elegimos mal, morimos los tres en vez de solo uno.
Lo miro. No esperaba esto. Orlando, el chico que pide ayuda, que toca su rosario, que llora por su hermano —calculando quién vale la pena salvar y quién no.
—Lucas —digo. Bajo. Cruel. Lo sé antes de decirlo pero lo digo igual—. ¿También elegiste con Lucas?
El silencio que sigue pesa más que las paredes del túnel. Orlando me mira con una expresión que nunca le he visto —rabia limpia, sin protección. Por un segundo creo que va a levantarse e irse. Y tendría razón.
Pero no se va. Cierra los ojos. Respira.
—Tienes razón —dice—. Busquemos a Federico. Pero mañana. Después del sexto acertijo. Si lo hacemos antes, no llegaremos al cine a tiempo.
—De acuerdo.
Es un compromiso. Mi primer compromiso con otro ser humano en once años.
—¿Qué sabes que yo no sepa? —pregunto.
Orlando saca su medio mapa. Lo pone en el suelo. Yo saco el mío.
Encajan perfectamente. Las siete ubicaciones forman un círculo. Y el centro —el séptimo acertijo— está exactamente donde empezó todo.
—La Estrella —digo—. El cine.
—Un círculo completo.
El sexto acertijo para mí está mañana. Un hospital abandonado en la colina. Y según el mapa completo, tiene dos entradas. Dos rutas. Dos personas.
—Mañana necesito tu ayuda —digo. Las palabras salen torpes, forzadas, incorrectas. Pero salen.
Orlando asiente. No sonríe. No celebra. Solo asiente, y eso es exactamente lo que necesito —alguien que no convierta mi vulnerabilidad en un momento.
—Una cosa más —dice—. Las notas del sótano. Las de las «víctimas anteriores». ¿Tienes un diario que encontraste?
—Lucía.
—Las víctimas no son reales. Las notas, los diarios —todo es la criatura. Cada pista, cada consejo. Diseñado para mantenernos corriendo solos. Para alimentarse de nuestro aislamiento.
Lo sé. Ya lo sospechaba desde la biblioteca. Pero escucharlo en voz alta, confirmado por otra persona, duele de una manera diferente. Confié en un diario falso antes que en una persona real.
Nos quedamos sentados en los escalones de la iglesia. La luna sale entre las nubes. Orlando cuenta las campanadas de la catedral —las once de la noche. Lo noto porque sus labios se mueven.
—Tú también cuentas —digo.
—Siempre. Es mi manera de controlar lo que no puedo controlar.
Lo mismo que yo. Exactamente lo mismo.
Entonces, todas las farolas de la calle se apagan al mismo tiempo. Todas. Y en la oscuridad total, algo enorme respira.
Día seis. El sexto acertijo. Y por primera vez, no voy sola.
El hospital abandonado está en la colina que domina San Valero. Cinco pisos de hormigón gris con ventanas vacías. Orlando y yo subimos por caminos separados —el mapa muestra dos rutas que convergen en la azotea. Quedamos en encontrarnos arriba.
Entro por la puerta principal. Orlando entra por la escalera de emergencia trasera.
Dentro del hospital, los pasillos se estiran más allá de lo que la arquitectura permite. Las habitaciones tienen camas oxidadas, cortinas que se mueven sin viento, y un olor a desinfectante que lleva años pudriéndose en las baldosas.
El acertijo de la azotea necesita dos personas: dos palancas de metal a veinte metros de distancia, una en cada extremo. Deben tirarse al mismo tiempo.
Pero primero tengo que llegar arriba. Y el hospital no quiere que llegue.
En el segundo piso, una puerta se cierra detrás de mí. Intento abrirla. Cerrada. La ventana del pasillo da a un patio interior lleno de maleza. No hay otra salida.
Excepto una habitación al final del pasillo con la puerta entreabierta. Dentro, una televisión vieja encendida. Estática. Y en la estática, formas. Caras. Las mismas caras del video —las bocas abiertas, los ojos superpuestos.
La televisión habla. Con la voz de Sofía.
—Susana, ¿por qué no viniste a la fiesta? ¿Por qué siempre tienes que ser tan rara?
Cambia. La voz de mi padre, borracho, arrastrando las palabras.
—Tu madre se fue por tu culpa. Lo sabes, ¿verdad?
Mi padre nunca dijo eso. Pero mi cerebro lo ha imaginado mil veces. La entidad sabe qué he pensado a las tres de la mañana cuando no podía dormir. Sabe dónde duele.
Me obligo a caminar. La puerta al fondo de la habitación está abierta. Lleva a otra escalera. Subo.
En el tercer piso, encuentro algo que me detiene. Una habitación con paredes cubiertas de dibujos. Reconozco el estilo. La escalera del video. El reloj sin manecillas. La puerta hacia la nada. Son los dibujos de Federico. Hechos con el mismo bolígrafo nervioso, el mismo trazo rápido.
Federico estuvo aquí. Las paredes están llenas de sus observaciones —frecuencias, patrones, coordenadas. Ha estado trabajando solo, en silencio, investigando con una obsesión que reconozco porque es la mía.
Pero los dibujos del final de la pared cambian. El trazo se vuelve errático. Las líneas se rompen. Y el último dibujo no es un acertijo —es una persona sola en una habitación que se encoge, con las paredes cerrándose, y una sola palabra escrita debajo: «AYUDA».
Federico encontró la habitación segura. La trampa. Y yo lo eché de la torre del reloj cuando vino a pedirme ayuda.
El peso de eso me dobla. Me siento en el suelo del hospital abandonado, rodeada de los dibujos de un chico al que le cerré la puerta, y por primera vez siento el daño completo de lo que significa protegerte tanto que destruyes a los demás.
Mi teléfono vibra. Orlando.
«Estoy en la azotea. ¿Dónde estás?»
Me levanto. Subo. Cuarto piso —vacío. Quinto piso —la escalera termina en una puerta metálica que da a la azotea.
Orlando está al otro lado. El viento silba por los conductos rotos. La vista: toda la ciudad debajo. Las calles como venas. La catedral en el centro.
Tiramos las palancas al mismo tiempo. Simple. Diez segundos para dos personas. Imposible para una sola.
Un compartimento se abre en el suelo. Dentro: un proyector pequeño y una bobina de película.
Montamos el proyector contra la pared. La película cobra vida en blanco y negro. Siluetas de personas solas caminando por calles oscuras. Una sombra enorme las sigue. Consume a las que están solas —se hacen pequeñas hasta desaparecer. Pero cuando dos siluetas se juntan, la sombra retrocede.
La entidad se alimenta de aislamiento. Lleva siglos eligiendo parejas, apostando a que nunca confiarán. En cientos de años, nunca ha perdido.
La película termina. El proyector hace clic. Y en la pantalla aparece una última imagen que no estaba en la bobina: Federico. De pie en una habitación que se cierra. Los ojos abiertos. La boca formando una palabra que no puedo escuchar.
—¿Quién es? —pregunta Orlando.
—Alguien a quien debí ayudar.
Orlando no pregunta más. Se sienta en el suelo. Yo me siento a su lado. Más cerca que ayer. Sin pensarlo.
—Mi madre se fue cuando yo tenía seis años —digo. Las palabras salen en fragmentos—. Un día la cocina olía a café. Al día siguiente, no olía a nada. Abuela dice que lo planificó. Que sabía que se iba a ir.
Orlando no dice «lo siento». Solo asiente. Comprensión, no compasión.
—Un acertijo más —digo—. La Estrella. El cine.
—El séptimo día empieza en unas horas.
—Antes del cine, necesito hacer algo.
—¿Qué?
—Encontrar a Federico.
Las tres de la mañana. San Valero está vacía. Solo nuestros pasos en los adoquines.
Orlando y yo seguimos las coordenadas de los dibujos de Federico en el hospital. Una dirección en el barrio sur —un antiguo almacén junto al río. Federico encontró este sitio con las frecuencias del video. Un lugar que no estaba en ninguno de nuestros mapas.
El almacén huele a óxido y a río. Entramos por una puerta lateral. Dentro: maquinaria abandonada, estantes vacíos, charcos de agua sucia en el suelo de cemento. La linterna de Orlando ilumina paredes cubiertas de grafiti.
Entonces escucho algo. Un golpe. Rítmico. Cada tres segundos. Viene de abajo.
Encontramos una trampilla en el suelo. Bajamos. Un sótano pequeño, húmedo, con un frío que huele a metal y a algo orgánico —sudor viejo, comida abandonada, el olor de alguien que lleva días sin moverse. Y ahí está Federico.
Sentado contra la pared. Los ojos cerrados. Las manos llenas de tinta de escribir en las paredes —números, frecuencias, patrones. Ha cubierto cada centímetro de pared con sus investigaciones. El golpe que escuchamos es su cabeza contra el ladrillo, suave, constante, como si mantuviera un ritmo que solo él puede oír.
—Federico.
Abre los ojos. Me mira. No con alivio. Con algo peor —sorpresa. Como si no pudiera creer que alguien vino.
—Susana. —Su voz es un susurro roto—. Las paredes no se cierran aquí. Encontré un punto muerto. La criatura no me ve si me quedo quieto.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—No sé. ¿Dos días? Las noches son largas.
Orlando le ofrece agua. Federico la toma con manos que tiemblan tanto que derrama la mitad. Bebe el resto de un trago.
—Encontré algo —dice Federico, señalando la pared—. Las frecuencias del video. No son aleatorias. Son un mensaje. Coordenadas y algo más —una secuencia de activación. El video no solo te marca. Te conecta con la entidad. Abre un canal. Pero el canal funciona en dos direcciones.
—¿Qué significa eso?
—Que si usamos la misma frecuencia contra ella, podemos cerrar el canal. Cortar la conexión. Pero necesita transmitirse desde el lugar original. El cine.
Orlando y yo nos miramos.
—Eso es el séptimo acertijo —digo.
Federico asiente. Se levanta. Apenas puede sostenerse. Orlando le ofrece el brazo. Federico lo toma —sin orgullo, sin vergüenza. Simplemente lo toma.
Salimos del almacén. El aire frío del río nos golpea la cara. Federico respira hondo, como si llevara días sin respirar de verdad.
—¿Puedes caminar hasta el cine? —pregunto.
—Puedo hacer lo que haga falta.
Caminamos los tres por las calles vacías. Federico entre Orlando y yo. Ninguno habla. No hace falta. El silencio entre nosotros se siente diferente del silencio de estar sola —este tiene peso, tiene forma, tiene compañía.
Pero a cuatro calles del cine, la ciudad cambia.
Las farolas se apagan. No una por una esta vez —todas al mismo tiempo. La oscuridad cae como una cortina. Y con ella, el frío. Un frío que no viene del aire sino del suelo, de las paredes, de nosotros mismos.
La sombra aparece al final de la calle. No una forma —muchas. Siluetas superpuestas que se mueven a diferentes velocidades. Bocas abiertas. Manos que se estiran.
Habla con la voz de Lucía —la del diario falso.
—Tres. Nunca han sido tres. Siempre parejas. ¿Quién es el tercero?
Se acerca. Orlando retrocede. Federico se paraliza. Yo siento la sangre salir de mi cara.
—El juego es para dos —dice la voz, ahora con la voz de mi madre—. El tercero sobra. Uno de vosotros tiene que quedarse.
Las sombras se extienden por la calle, rodeándonos. El círculo se cierra.
Federico da un paso adelante. Sus manos tiemblan pero su voz no.
—Corred. Yo la distraigo.
—No.
—Susana, escúchame. Las frecuencias. Yo las descubrí. Sé cómo funciona la señal. Puedo mantenerla ocupada el tiempo suficiente para que lleguéis al cine. Pero necesito que lleguéis. Si no llegáis, muero igual.
Orlando me mira. Yo miro a Federico. El chico nervioso. El que nadie escuchaba. El que intentó advertirnos la primera noche y todos lo ignoramos.
—Quince minutos —dice Federico—. Dadme quince minutos y estará tan enfadada conmigo que no os verá llegar.
Saca su teléfono. De los altavoces sale un sonido —la frecuencia del video, invertida, distorsionada. La sombra retrocede un metro. Grita. Cien voces al mismo tiempo.
—Corred. Ahora.
Orlando me agarra del brazo. Corremos. Dejamos a Federico en la oscuridad, con su teléfono como única arma, enfrentando algo que lleva siglos devorando personas.
Corro. Y por primera vez en mi vida, correr me parece lo más cobarde que he hecho.
El cine La Estrella es más grande esta noche. La fachada se ha extendido, los muros se han estirado hacia arriba. La puerta está abierta —una boca enorme esperando que entremos.
Orlando y yo entramos corriendo. Detrás de nosotros, cuatro calles más atrás, la frecuencia de Federico todavía suena. Pero se debilita. Se apaga. El silencio que llega después es peor que cualquier grito.
El interior del cine es imposible. Los pasillos se curvan más allá de la arquitectura. Las paredes están cubiertas de fotografías. Cientos de caras. Todos los que fracasaron. Nombres. Fechas. Décadas.
La sala principal. El proyector viejo está encendido, lanzando luz blanca contra la pantalla manchada. Y frente a la pantalla, la entidad.
No es una forma. Es muchas. Siluetas humanas superpuestas, capas de sombras que se mueven a diferentes velocidades. Más grande que la sala y sin embargo contenida en ella.
Habla con la voz de Lucía primero. Después cambia —las voces de todas las «víctimas» que nunca existieron. Un coro.
—Has llegado más lejos que la mayoría, Susana. Felicidades. Pero aquí es donde termina.
Saco la bobina del hospital. Orlando saca el proyector pequeño. Nuestro plan: proyectar la película que muestra cómo derrotarla —la luz que quema la sombra cuando dos personas se unen. Pero necesitamos el proyector viejo del cine, el grande, el que tiene suficiente potencia para llenar la pantalla.
—Confiaste en papeles muertos antes que en una persona viva —dice la entidad—. Confiaste en mi diario. En mis notas. En mi habitación segura. Todo fui yo.
Lo sé. Pero ya no importa.
Orlando corre hacia el proyector viejo. Yo corro hacia la pantalla para desmontar la bobina antigua y poner la nuestra. Tenemos que trabajar al mismo tiempo —él carga la bobina mientras yo alimento la frecuencia de Federico a través del sistema de sonido del cine. Federico me enseñó la secuencia en el almacén. La memoricé. Cada número. Cada nota.
Pero la entidad tiene un último truco.
Las sombras se reorganizan. Y frente a mí aparece mi madre.
La misma cara. El pelo largo. Los ojos como los míos. Sonríe con la ternura que recuerdo de cuando tenía seis años —la última sonrisa antes de que se fuera.
—Ven aquí, mi amor. No tienes que luchar más. Quédate conmigo.
Once años de ausencia. De rabia. De preguntas sin respuesta. Ahí está, con los brazos abiertos, diciendo lo que esperé mil noches junto a la ventana.
No puedo moverme. Mis ojos se llenan. Mis piernas quieren ir hacia ella porque mi cuerpo recuerda —las manos en mi pelo, la canción de cuna— y mi mente sabe que no es real pero mi corazón nunca ha escuchado a mi mente.
Del otro lado de la sala, la entidad ataca a Orlando. Le muestra a Lucas junto a un río, con los brazos extendidos: «Hermano, no me sueltes».
Orlando grita. Sus manos sueltan la bobina. Cae al suelo de rodillas.
Tengo que elegir. Si voy hacia la imagen de mi madre, pierdo. Si voy hacia Orlando, puedo terminar esto.
Respiro.
—Tú no eres mi madre —digo. Mi voz tiembla pero no se rompe—. Mi madre se fue. Planificó irse. Me dejó. Y yo la he odiado por eso cada día de mi vida. Pero el odio es mío. No tuyo. No tienes derecho a usar su cara.
Giro la espalda a la imagen. Camino hacia Orlando. Cada paso pesa una tonelada. Detrás de mí, la voz de mi madre grita: «¡No te vayas! ¡No me dejes otra vez!»
Llego hasta Orlando. Está de rodillas, mirando al niño del río. Toco su hombro.
—Orlando. Estoy aquí. Soy real.
Levanta la cabeza. Me mira. Los ojos rojos. Las manos temblando. Pero me ve. Y en verme, suelta la imagen de Lucas.
—La bobina —digo.
Se levanta. Monta la bobina en el proyector viejo. Yo corro al sistema de sonido y tecleo la frecuencia de Federico —cada número exacto, sin error. La sala se llena de un sonido que vibra en los huesos, en las paredes, en los dientes.
La película se proyecta. Nuestra sombra compartida cae sobre la pantalla —una sola sombra de dos personas. Y donde toca la forma de la entidad, arde.
La entidad grita. Cien personas al mismo tiempo. Intenta separarnos. Viento. Oscuridad. Voces de todos los que murieron solos rogando que no lo hagamos.
Orlando agarra mi mano. Yo agarro la suya. Con todo lo que tengo.
—No voy a soltar —digo.
La frecuencia aumenta. El sonido se vuelve insoportable. Las caras de las fotografías en las paredes se encienden —una por una, como velas, como alguien que por fin puede cerrar los ojos. La entidad se fractura. Se separa. Las caras superpuestas se liberan, desaparecen.
Colapsa hacia la pantalla. Hacia la nada.
Silencio.
El proyector se quema. La bobina se derrite. El techo cruje. Orlando me tira de la mano y corremos hacia la puerta. El cine se derrumba detrás de nosotros —butacas, paredes, pantalla, todo hundiéndose.
Salimos a la calle. El primer rayo de sol toca los edificios. Y la campana de la catedral suena. Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis.
Estamos vivos.
Pero Federico. ¿Dónde está Federico?
Lo encontramos a dos calles del cine. Sentado contra una pared, con el teléfono muerto en la mano y los ojos cerrados. Por un segundo terrible creo que está muerto. Pero entonces abre un ojo y dice:
—¿Funcionó?
Me arrodillo junto a él. Tiene un corte en la frente y los labios partidos. Sus manos están quemadas —la batería del teléfono explotó mientras transmitía la frecuencia.
—Funcionó —digo.
—Bien. —Cierra los ojos otra vez—. Me duele todo.
Orlando se sienta al otro lado. Los tres contra la pared, en la calle vacía, con el primer sol del octavo día tocándonos la cara. Un día que no debería existir.
San Valero se despierta. Un camión de reparto pasa por la calle. Un perro ladra en algún balcón. Una mujer tiende ropa en una ventana. La campana de la catedral suena siete veces. Las cuento. Puedo contar otra vez.
Federico se examina las manos.
—Voy a necesitar un médico —dice—. Y una explicación para mis padres de por qué llevo tres días fuera de casa.
—Diles que fue una gripe muy fuerte —sugiere Orlando.
—Una gripe que quema las manos y corta la cara. Muy convincente.
Me río. Es un sonido extraño. No recuerdo la última vez que me reí de verdad. Pero aquí estoy, rota, exhausta, con los brazos vendados y el cuerpo temblando, riéndome en una acera con dos personas que hace una semana eran desconocidos.
Orlando se levanta. Ayuda a Federico a levantarse. Federico acepta la ayuda sin pensarlo —sin el orgullo que yo todavía sentiría, sin la resistencia. Es más valiente que yo en eso. Más valiente que yo en muchas cosas.
—Debería irme a casa —dice Orlando—. Mi abuela estará preocupada.
—La mía también —digo.
Saco mi teléfono. Llamo a Abuela. Ni un tono completo —descuelga antes de que termine el primero. Ha estado despierta toda la noche. Lo sé por su voz.
—Estoy bien, Abuela. Tengo algo que contarte. Pero necesito tu café primero.
—Ven cuando quieras, niña. Los caramelos están esperando.
Cuelgo. Sonrío. Pequeña, casi invisible, pero la primera que no ha tenido que luchar para existir.
Federico se va hacia el norte, cojeando, con el teléfono muerto en el bolsillo y las manos quemadas. Se gira una vez y levanta el brazo. Un gesto pequeño. Un «nos vemos». Nunca le agradecí que investigara las frecuencias. Nunca le pedí perdón por echarlo de la torre del reloj. Voy a tener que aprender a hacer las dos cosas.
Pienso en mi madre. No con rabia. Con algo más viejo, más cansado. Mi madre se fue porque no pudo quedarse. Quizás tenía su propia maldición —su propia incapacidad de confiar, de ser vulnerable. No la perdono. Quizás nunca. Pero entiendo un poco más qué se siente cuando confiar te parece más peligroso que estar sola. Lo entiendo porque lo viví siete días.
Orlando se sacude el polvo. El rosario brilla bajo el sol.
—Debería irme.
—Orlando.
Se gira.
Quiero decir gracias. Quiero decir perdón por no contestar tus mensajes durante cuatro días. Quiero decir que cuando me agarraste la mano en el cine y no soltaste, sentí algo que no sentía desde que tenía seis años y mi madre aún estaba. Pero no tengo las palabras. No las tengo todavía. Así que digo lo que puedo:
—Mañana. Misma hora. Aquí.
No es elocuente. No es profundo. Es una invitación. La primera que hago en once años.
Orlando asiente. Una sonrisa cansada, llena de cicatrices.
—Mañana.
Se va.
Me quedo sola en los escalones de la iglesia. Pero no se siente como soledad. Se siente como silencio antes de una conversación.
El caramelo de Abuela sigue en el bolsillo de mi chaqueta. «Uno por si acaso». Lo saco. Lo miro. Lo guardo otra vez. No es «por si acaso». Es para mañana. Para compartirlo con alguien.
Miro mi reflejo en la ventana de la iglesia. Levanto la mano. Mi reflejo levanta la mano al mismo tiempo exacto. Nada de sonrisas fantasma. Nada de retrasos. Solo yo. Entera.
Cierro los ojos. El sol me toca la cara. La campana de la catedral suena a lo lejos y la cuento sin pensarlo —ocho. Las ocho de la mañana del octavo día. Un día que no debería existir, lleno de gente que no debería estar viva.
Lo primero que voy a hacer es ir a casa de Abuela. Lo segundo, ir al hospital a ver a Federico. Lo tercero, no lo sé. Y por primera vez, no saberlo no me asusta.
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