Wanderer
Every flashcard pack and every book.
- Sample stories + live demos
- All vocabulary + grammar flashcards
- All A1–B2 books
- Conversation flashcards (soon)
- Learning games
- AI companion chat
El trasgu tiró todas las ollas de la estantería a las tres de la mañana, lo que significaba que algo malo venía. Ya sé que suena loco —una criatura de medio metro con un gorro rojo prediciendo el futuro destruyendo la cocina de mi abuela— pero en Valleoscuro, esto era simplemente un martes.
Me levanté descalza sobre el suelo de piedra helado. La cocina era un desastre. Ollas volcadas, cucharas de madera clavadas en la harina que cubría la mesa, y un rastro de pequeñas huellas desde el armario de las especias hasta la ventana, ida y vuelta, ida y vuelta, como si el trasgu hubiera estado midiendo algo. Contando pasos hasta algo que todavía no podíamos ver.
—Ya vale —le dije, recogiendo una olla—. Te he escuchado. Algo viene.
Me miró con esos ojos suyos, redondos y negros. Luego me lanzó una cuchara de madera a la cabeza. La esquivé. Casi.
Hay mañanas en que la luz gris del amanecer me convence de que estoy hablando con el aire. Que el trasgu es un juego de sombras, y yo soy la futura loca de Valleoscuro. Pero entonces él me tira algo a la cara, y la duda desaparece.
Rosa Romero apareció en la puerta con su bata gris y su pelo blanco suelto. Miró el desastre. Miró al trasgu. Suspiró.
—Hizo esto antes de la inundación del ochenta y siete —dijo—. Y antes de que tu madre se fuera. Él sabe cosas.
Mi madre. La ciudad. Un trabajo con horario y un piso donde nadie deja cuencos de leche junto a la puerta. Se fue cuando yo tenía seis años, y a veces pienso que las cosas viejas —los espíritus, los pactos, las canciones que Abuela canta mientras teje— son exactamente lo que aleja a la gente.
Desayunamos en silencio. Café con leche, pan con mantequilla. El trasgu robó un trozo de queso cuando Abuela se giró para coger el azúcar. Ella lo sabía. Siempre lo sabía. No dijo nada. Esa era su forma de dejarle ganar.
Caminé a la escuela por las calles empedradas de un pueblo que olía a humo de leña de castaño y jamón curado. La niebla cubría las montañas y las campanas de las vacas sonaban en algún sitio invisible entre la bruma, con ese ritmo lento que marca las mañanas de Valleoscuro desde antes de que nadie recuerde.
Pasé por el río. Bajo la superficie, algo brillaba —dorado, tenue. Las xanas. En el límite del bosque, una sombra se movió entre los robles, demasiado verde para ser solo una sombra. El bogosu. Todos seguían ahí.
Pero había menos ofrendas en los portales de las casas que el mes pasado. Menos amuletos sobre las puertas. Las cosas viejas se erosionaban poco a poco, y nadie parecía notarlo excepto yo.
En la escuela, Jesus Soler me enseñó un dibujo en su cuaderno gastado. Era el trasgu —diminuto, con su gorro puntiagudo y el agujero en la mano izquierda por donde las cosas se le caían. Lo había dibujado con más detalle del que yo le había dado.
—¿De verdad tiene un agujero en la mano? —preguntó.
—Sí.
—Eso es un defecto de diseño.
Me reí. Primera vez en días. Jesus no creía en espíritus. Pero dibujaba lo que yo le contaba con una precisión que me hacía pensar que alguna parte de él quería creer. O que al menos no quería dejar de escuchar.
Después de clases, la campana de la iglesia sonó fuera de horario. El pueblo se reunió frente a la puerta de piedra. Un nuevo cura había llegado.
Se llamaba Padre Fermín. Alto, delgado, con ojos profundos y una sonrisa que te hacía querer confiar en él inmediatamente. Cuando habló, su voz llenó la plaza sin esfuerzo.
Entonces sus ojos pasaron por el portal de Paloma Benitez, donde ella había dejado un cuenco de leche para los espíritus. Y algo en su cara cambió. Fue rápido —un destello, como un relámpago detrás de nubes. Pero yo lo vi. Reconocí lo que era, porque lo veía en el espejo cada vez que pensaba en mi madre: miedo disfrazado de otra cosa.
Y el trasgu, subido al techo de la iglesia donde nadie más podía verlo, también lo vio. Se bajó el gorro hasta los ojos, despacio, con las dos manos. Solo hacía eso cuando tenía miedo de verdad.
Padre Fermín predicó su primer sermón el domingo, y fue brillante. Esa era la peor parte.
Si hubiera sido aburrido, la gente habría bostezado y seguido dejando cuencos de leche en sus portales. Pero fue cálido, divertido, moderno. Habló de progreso. De dejar atrás los miedos infantiles. Usó palabras grandes con voz suave, y el pueblo entero asentía.
—Las supersticiones nos mantienen en la oscuridad —dijo—. Nuestros abuelos vivían con miedo. Nosotros no tenemos que vivir así.
Yo me senté en el último banco con los brazos cruzados. No era lo que decía. Era cómo lo decía. Como si las ofrendas, las canciones, los cuencos de leche fueran algo de lo que avergonzarse. Como si recordar fuera una debilidad.
Después del sermón, Paloma Benitez salió de la iglesia y recogió el cuenco de leche de su portal. Lo escondió dentro de su casa sin mirar a nadie.
—El padre tiene razón —dijo cuando me vio observándola—. No somos niños.
Quise decirle que el cuenco no era para niños. Que su abuela lo dejaba, y la abuela de su abuela, y que la leche siempre desaparecía por la mañana. Pero Paloma Benitez ya estaba cerrando la puerta, y la vergüenza en su cara era tan gruesa que no dejaba espacio para nada más.
Nadie la obligó. No hubo amenazas ni gritos. Solo un hombre con una voz bonita que hizo que una mujer de setenta años se sintiera tonta por hacer lo que su familia llevaba haciendo siglos.
Esa noche, en la cocina de Abuela, vi algo que me quitó el aire.
El trasgu estaba en su sitio habitual, encima del armario de las especias. Pero cuando parpadeé, durante un segundo pude ver la pared a través de él. Su cuerpo, normalmente sólido, se había vuelto transparente.
Se miró las manos. Las giró, palmas arriba, palmas abajo. Se tocó el pecho. La confusión en sus ojos era lo más triste que había visto en mi vida —un ser que descubre que está dejando de existir y no entiende por qué.
—¡Abuela! —grité—. Algo le pasa al trasgu.
Abuela dejó caer las agujas de tejer. Su cara se quedó completamente quieta.
—Ha empezado —dijo.
No preguntó qué. No preguntó cómo. Se sentó junto al fuego y cerró los ojos, y el silencio de la cocina se llenó de un peso que no había tenido antes —el peso de algo que ambas sabíamos pero que ninguna quería decir en voz alta.
Más tarde esa noche, cuando el pueblo dormía, vi a Padre Fermín salir de la casa parroquial. Caminaba rápido, con la cabeza baja, hacia el este. Algo en la forma en que se movía —los hombros encogidos, las manos en los bolsillos, los pasos largos de alguien que huye— me hizo seguirlo.
Caminó hasta la base del pico oriental, donde el camino se estrecha y las piedras están mojadas del agua de la cascada. La entrada de la cueva del cuélebre. Yo conocía ese lugar. Había sentido el aliento cálido del dragón salir de esa boca de piedra desde que era niña.
Padre Fermín se detuvo frente a la entrada. Y se arrodilló.
En el barro y el frío, este hombre que había predicado sobre la razón y el progreso se arrodilló ante la cueva y presionó su mano derecha contra la roca. La mano que siempre cubría con la manga. Sus labios se movieron. No podía escuchar las palabras, pero reconocí la forma. Era la lengua de los pactos. La que solo conocían los viejos de las montañas. La que un cura de fuera no debería saber.
Se levantó, se limpió la mano en el abrigo con un gesto brusco, y se alejó casi corriendo. No miró atrás.
Me quedé escondida entre las rocas, con el corazón golpeándome las costillas, hasta que la niebla se lo tragó.
Cuando llegué a casa, encontré a Abuela en la cocina. Estaba de pie frente a la mesa, con la mano extendida hacia el trasgu, palma arriba. Pero su mano lo atravesaba. A través de su hombro, de su gorro, del aire vacío donde esa mañana había habido un cuerpo sólido.
—Lucía —dijo Abuela, sin darse la vuelta—. No tenemos mucho tiempo.
Abuela se sentó junto al fuego con las manos quietas sobre las rodillas. Manos que normalmente no paraban de tejer, de cocinar, de moverse. Cuando las manos de Abuela se quedaban quietas, la cosa era seria.
—Los espíritus existen porque el pueblo los recuerda —dijo—. No es fe. No es magia de cuento. Es una conversación. Leche para el trasgu. Canciones para las xanas. Silencio cerca de la cueva del cuélebre. Y ofrendas en las piedras de la cumbre para el Nuberu antes del invierno.
—Pero todo el pueblo ha dejado de hablar —dije.
—Exactamente. Y cuando dejas de hablar, ellos dejan de escuchar.
El pacto más importante era con el Nuberu —el señor de las tormentas. Cada otoño, alguien del pueblo subía a las piedras de la cumbre y renovaba el pacto. A cambio de ofrendas, el Nuberu templaba las tormentas. Sin el pacto, la fuerza completa del invierno caía sobre el valle sin protección.
—¿Nadie ha subido este año?
—Nadie ha subido en tres años.
Le pregunté por qué yo podía ver los espíritus y nadie más podía. Abuela se encogió de hombros.
—Tu abuelo los veía. Su madre los veía. Salta de generación en generación. No significa que seas especial, Lucía. Significa que tienes un trabajo.
—Eso no es reconfortante.
—No preguntas a un río por qué corre. Solo bebes.
Al día siguiente, después de clases, bajé al río. El camino a la poza de las xanas era resbaladizo —musgo húmedo, raíces traicioneras, barro que se pegaba a las botas. Resbalé dos veces. El agua estaba más fría de lo normal, y oscura. Normalmente podías ver las piedras del fondo. Hoy, nada.
Me senté en la roca plana donde los antiguos dejaban ofrendas y canté la canción que Abuela me enseñó de niña. Mi voz sonó débil en el aire frío.
Nada.
Canté otra vez, más fuerte, con la voz rompiéndose en las notas altas. El frío me subía por los pies, por las piernas. El río corría oscuro y silencioso.
Estaba a punto de irme cuando lo vi —un parpadeo profundo bajo la superficie. Oro pálido. Las xanas seguían ahí.
Una subió cerca de la superficie y presionó su palma contra el agua desde abajo, reflejando mi mano. Su cara era hermosa y triste. Podía ver las piedras del fondo a través de su cuerpo. Se estaba desvaneciendo, igual que el trasgu.
Mantuve mi mano contra el agua helada hasta que los dedos me dolieron. La xana me miró con ojos del color del oro viejo, y sentí algo que no puedo explicar —un tirón, antiguo y fino, entre nosotras. Una cuerda que conectaba algo en mí con algo en el río, algo que existía desde mucho antes de que yo naciera.
La xana se hundió en la oscuridad. El río volvió a ser solo un río.
En la escuela, Jesus me encontró durante el descanso. Debía tener cara de haber visto un fantasma, porque fue directo al punto.
—¿Qué pasa?
Le conté sobre el trasgu desvaneciéndose. Me detuve a mitad de frase, como siempre. Ya me habían reído demasiadas veces. Pero Jesus esperó con su cuaderno abierto y el lápiz listo.
—No creo en espíritus —dijo—. Pero creo en ti. Dime cómo son y los dibujaré. Si son reales, lo descubriremos. Si no, al menos tendré dibujos geniales.
Esa noche dejé leche extra para el trasgu. La bebió. Por la mañana estaba un poco más sólido.
Cuando volví de la escuela al día siguiente, Abuela estaba sentada junto al fuego con el viejo libro de cuero —el que guardaba bajo llave en el baúl bajo su cama, el que nunca me había dejado tocar. Estaba abierto sobre sus rodillas.
Vi un dibujo: las piedras de la cumbre, y sobre ellas, una figura hecha de viento y relámpagos, con un sombrero de ala ancha sobre algo que no era exactamente una cara. El Nuberu. Debajo, con la letra de mi bisabuela: «Si el pacto no se renueva antes de la primera tormenta, el Nuberu tomará lo que se le debe. Tomará TODO».
Abuela me miró. Por primera vez en mi vida, vi miedo en sus ojos.
—Diecinueve días —dijo—. Y yo ya no puedo subir.
Me tendió el libro. Sus manos temblaban, pero su voz no.
—Tienes que hacerlo tú. Tienes que subir hasta él. Sola.
Pasé tres días estudiando el libro de Abuela. Sentada en el suelo de la cocina, con las piernas cruzadas y una taza de café que siempre se enfriaba antes de que la tocara.
El libro era viejo. Tan viejo que algunas páginas se rompían si las tocabas demasiado fuerte. Escrito a mano con diferentes letras, diferentes tintas, diferentes siglos. La letra de mi bisabuela, firme y clara. La de su madre, más pequeña, inclinada. Y antes, nombres que no reconocía, con tinta tan pálida que apenas se leía. Generaciones de mujeres escribiendo las palabras, las canciones, las ofrendas para cada espíritu. El libro olía a papel viejo, a cera, a hierbas secas prensadas entre las páginas.
El pacto del Nuberu era el más complejo. Requería subir a las piedras de la cumbre con ofrendas específicas: pan hecho con castañas, sidra derramada sobre la piedra, una canción en la lengua de los pactos. Y debía hacerse durante la primera tormenta del invierno —no antes, no después. Algunas páginas estaban en idiomas que no podía leer. Palabras más viejas que el castellano, más viejas que el latín.
Una tarde, tres golpes suaves sonaron en la puerta. Padre Fermín. Abuela lo dejó pasar con la cortesía fría que reservaba para las visitas que no había pedido. Le ofreció café. Él aceptó.
Se sentaron uno frente al otro en la mesa de la cocina. La conversación empezó educada y terminó con los dientes apretados.
Padre Fermín vio el cuenco de leche junto a la puerta.
—Señora Rosa, no me diga que todavía…
—Lo hago —dijo Abuela.
—Estas supersticiones retienen al pueblo. Mire alrededor —el mundo ha cambiado. ¿Cuántos jóvenes quedan aquí? Se van a las ciudades porque este pueblo vive en el pasado.
—Estas supersticiones mantuvieron al pueblo unido durante mil años. ¿Qué ha hecho la modernidad? Vaciar las casas.
Padre Fermín apretó los labios. Iba a responder, pero sus ojos cayeron sobre la mesa donde yo había dejado el libro abierto. Su mano rozó la cubierta de cuero.
Se puso blanco. Completamente blanco. Su mandíbula se tensó. Durante tres segundos que no terminaban, miró el libro sin parpadear. Luego compuso una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—¿Recetas antiguas?
—Algo así —dijo Abuela, sin pestañear.
Más tarde, mientras preparaba más café, Abuela empezó a tararear una de las canciones del libro. Una melodía que subía y bajaba imitando el viento entre los picos. Y Padre Fermín —sin pensar, sin darse cuenta— terminó la melodía. Tres notas perfectas. Su voz era grave y afinada, y conocía esa canción.
El silencio que siguió duró demasiado. Podía oír el fuego. Mi propio corazón.
Padre Fermín se levantó de golpe, casi tirando la silla.
—Debería irme.
Estaba fuera antes de que yo pudiera abrir la boca. ¿Cómo conocía un cura de fuera una canción que solo cantaban los viejos de las montañas? Abuela siguió tejiendo sin mirarme.
—Los hombres que temen las cosas viejas normalmente tienen sus razones.
En el pueblo, la erosión continuaba. El carnicero quitó su amuleto. La maestra dejó de contar las historias de los espíritus a los niños. Cada día, cuando volvía a casa, el trasgu era un poco más transparente. Ya podía ver las grietas de la pared a través de su cara.
Jesus me enseñó sus dibujos nuevos durante el recreo. Las xanas parecían flotar fuera del papel. El cuélebre respiraba fuego de tinta.
—No puedo verlos —dijo, mirando sus propios dibujos con una expresión extraña—. Pero puedo verlos a través de ti.
—Jesus —dije—. ¿Por qué te importa? No crees en esto. Tu padre ya te mira raro por hablar conmigo. ¿Qué sacas de todo esto?
Se quedó callado un momento. Luego cerró el cuaderno.
—Mi madre dibujaba —dijo—. Antes de irse. Dibujaba cosas que veía y que mi padre decía que no existían. Colores en las montañas al atardecer que él no veía. Pájaros que ella juraba que habían cantado toda la noche y él no había oído. Se fue cuando yo tenía nueve. Mi padre dice que porque estaba loca. —Me miró—. No quiero ser mi padre, Lucía. No quiero ser la persona que mira algo hermoso y dice que no existe porque le da miedo.
No supe qué decir. Así que no dije nada. Jesus se guardó el cuaderno en la mochila y cambió de tema. Siempre cambiaba de tema cuando la conversación se acercaba demasiado a algo que dolía.
Esa noche, algo me despertó. No fue el trasgu. No fue Abuela.
Fue un sonido que sacudió la casa entera.
El cuélebre gritó. Un rugido que hizo temblar las ventanas, que sacudió los platos en los armarios, que envió al trasgu a esconderse bajo la cama con las manos sobre el gorro.
Venía del pico oriental. De la cueva. Y no era furia. Era dolor.
El rugido del cuélebre todavía vibraba en las paredes cuando salió el sol. No había dormido.
—No vas a entrar sola en la cueva de un dragón —dijo Jesus a la puerta de la escuela, poniéndose la mochila—. Eso no es valentía. Es un mal plan.
—No es exactamente un dragón.
—Enorme, escamas, vive en una cueva, ruge. Es un dragón, Lucía.
Subimos juntos por el camino del pico oriental. Empinado, piedras sueltas, raíces resbaladizas, viento helado que cortaba a través de la ropa. Jesus estaba aterrorizado. Lo sabía porque no dejaba de hablar.
—¿Cuánto mide exactamente? ¿Tiene fuego? ¿Come gente? ¿Hay un plan? Por favor, dime que hay un plan.
—El plan es entrar, ver cómo está, y volver.
—Eso no es un plan. Es una lista de deseos.
La cascada estaba medio congelada —hielo azul y blanco que brillaba bajo el sol de otoño. Pero detrás, la boca de la cueva respiraba aire cálido. El aliento de algo enorme y viejo.
El interior era otro mundo. Cálido a pesar del frío de fuera, con paredes que brillaban con depósitos minerales. El olor era de azufre y piedra vieja.
Y ahí estaba.
El cuélebre era enorme —su cuerpo llenaba la caverna— pero transparente. Sus escamas estaban apagadas. Grises. Sus ojos apenas se abrían. El tesoro a su alrededor —cristales, fósiles, madera petrificada— había perdido el brillo. Todo parecía polvo.
Me acerqué despacio. El cuélebre abrió un ojo. Era del tamaño de un plato de cena. Decidí no correr, sobre todo porque mis piernas habían dejado de funcionar. Puse mi mano sobre su hocico. Apenas tibio.
—Estoy aquí —susurré—. Te recuerdo.
Exhaló. Un aliento que olía a tierra profunda y fuego viejo. Y en ese aliento vi algo. Un destello de memoria que no era mía.
Un niño. Años atrás. De pie en una cueva, con las manos temblando. Haciendo un pacto. Su mano era pequeña. El fuego espiritual se encendió —brillante, dorado, hermoso durante un instante. Luego creció demasiado. Una mujer gritó. Olor a pelo quemado. A piel quemada. A algo que nunca debería quemarse.
Retiré la mano.
—¿Qué has visto? —preguntó Jesus detrás de mí.
—No estoy segura —mentí.
Había visto algo terrible. Un niño que intentó hacer un pacto y algo salió mal. ¿Quién era ese niño? La pregunta me seguía mientras salíamos de la cueva, pesada, insistente.
En el camino de vuelta, cometí un error. Porque soy terca —Abuela siempre lo dice, y no se equivoca. Vi un atajo por las rocas que cortaba media hora del camino. Jesus dijo que no. Yo fui primera.
La roca estaba mojada. Mi pie resbaló. Caí. Jesus me agarró del brazo, pero mi peso lo arrastró. Los dos nos deslizamos por la pendiente húmeda, buscando algo donde agarrarnos, hasta que mi mano encontró una raíz.
Nos quedamos colgando ahí, jadeando, con las rodillas raspadas y los dedos blancos de la presión.
—Tu valentía va a matarnos —dijo Jesus.
—Todavía no.
—TODAVÍA hace mucho trabajo en esa frase.
Bajamos por el camino largo. Jesus no habló durante diez minutos. Cuando finalmente abrió la boca, su voz era diferente. Sin humor. Sin nerviosismo.
—No vuelvas a hacer eso.
—Jesus, era solo un…
—No. Escúchame. —Se paró en el camino y me miró—. Tú crees que ser valiente es ir primera y no parar. Pero no es valentía. Es orgullo. Y casi nos mata a los dos.
—Yo no…
—Si vamos a hacer esto —subir a la cumbre, renovar el pacto, lo que sea— necesito que me escuches cuando digo que no. No soy tu compañero decorativo. Si voy contigo, voy como igual. Y si digo que un camino es peligroso, no tomas ese camino.
Me quedé callada. Porque tenía razón. Y porque nadie me había hablado así, y dolía de una forma extraña —no el dolor de un insulto, sino el de una verdad que ya sabías pero no querías escuchar.
—De acuerdo —dije.
—De acuerdo —repitió. Sacó su cuaderno y dibujó algo rápido: el camino, con anotaciones. Una ruta alternativa. Estaba preparándose para volver.
Cuando llegamos al pueblo, algo había cambiado.
Cada portal estaba vacío. Cada amuleto, cada ofrenda, cada cuenco de leche —todo desaparecido. Y en la puerta de la iglesia, un cartel con la letra cuidadosa de Padre Fermín: «El tiempo de la superstición ha terminado. Caminemos hacia la luz».
Jesus leyó el cartel dos veces. Luego miró los portales vacíos, uno por uno, calle abajo. No dijo nada. Pero cerró su cuaderno y lo apretó contra el pecho, y supe que estaba pensando en sus dibujos —en las criaturas que había dibujado de mis palabras, y si acababa de dibujar los retratos de algo que estaba muriendo.
En los días siguientes, los espíritus se apagaron uno por uno.
El trasgu ya solo era visible para mí, y apenas. Si no entrecerraba los ojos, si no miraba con esa parte de la mente que siente en vez de pensar, no lo veía. Las xanas habían dejado de brillar en el río. El agua corría oscura y ordinaria. Y el bogosu había desaparecido del bosque por completo.
Abuela también empeoraba. Se movía despacio. Olvidaba palabras a mitad de frase —«pásame el…» y luego silencio, los ojos buscando algo que sabía que tenía pero no encontraba. Se sentaba frente al fuego durante horas. Una mañana le dije que tenía que comer algo. Me miró y me llamó por el nombre de mi madre.
Esa tarde fui a la iglesia. Padre Fermín estaba arreglando las flores del altar. El aire olía a cera e incienso.
—Los espíritus se están muriendo —le dije, sin rodeos—. Usted lo sabe. Lo he visto arrodillarse frente a la cueva.
Sus manos se detuvieron sobre las flores.
—Son cuentos para niños, Lucía.
—Usted les tiene miedo. Se le nota.
Algo cruzó sus ojos. No ira. Algo más profundo. El miedo de alguien que ha tocado algo que le quemó y no quiere acercarse de nuevo. Pero recuperó la compostura rápido.
—Tu abuela te ha llenado la cabeza de fantasías. Es hora de crecer.
Salí de la iglesia temblando de rabia. No porque me hubiera insultado. Porque sabía que estaba mintiendo. Había visto sus labios moverse en el idioma que solo conocen los que han hablado con espíritus. Había oído cómo terminó la melodía de Abuela sin pensar. Y ahora se escondía detrás de su sonrisa de predicador mientras el valle se moría.
Esa noche, Abuela me sentó junto al fuego. El trasgu estaba sobre su hombro, apenas visible. Abuela habló despacio, eligiendo cada palabra con cuidado.
—Los espíritus no son mascotas, Lucía. No son cuentos. Son los huesos de este lugar.
Las xanas purificaban el agua del río. Sin ellas, el agua se contaminaba —lenta, silenciosamente. El cuélebre sostenía la montaña —su cuerpo enrollado en la roca profunda impedía los derrumbamientos. Sin él, la montaña se vendría abajo. El trasgu protegía los hogares del fuego y los derrumbes. Y el Nuberu negociaba con las tormentas.
—Sin su pacto, las tormentas no solo empeoran. Llegan con toda su fuerza antigua.
Se detuvo. Miró al fuego.
—La última vez que el pacto falló, hace trescientos años, la mitad del pueblo quedó enterrada bajo la nieve. El río inundó todo lo que quedaba.
El silencio en la cocina era absoluto.
—Cuando los huesos desaparecen —dijo Abuela—, el cuerpo se cae.
Me quedé sentada sin poder mover un músculo.
—¿Por qué no me lo contaste antes? —pregunté. La voz me salió dura. Más dura de lo que pretendía—. Sabías todo esto. Sabías lo del Nuberu, lo de los trescientos años, lo de la inundación. ¿Por qué esperaste a que fuera casi demasiado tarde?
Abuela no me miró. Siguió mirando al fuego.
—Porque esperaba no tener que hacerlo. Esperaba que el pueblo recordara solo. Que alguien subiera sin que yo tuviera que pedirle a mi nieta de catorce años que escalara una montaña en una tormenta.
—Pues no recordaron.
—No. —Su voz se rompió por primera vez—. Y ahora te estoy pidiendo que hagas algo que no debería pedirle a nadie. Y no sé si estoy haciendo lo correcto, Lucía. Quizá Fermín tiene razón. Quizá los pactos son demasiado peligrosos para una niña. Quizá debería dejarlo todo morir y que el pueblo se las arregle.
La miré. Mi abuela, que nunca dudaba, que siempre tenía la respuesta exacta, que era roca y raíz y certeza. Estaba dudando. Y verla dudar me asustó más que cualquier otra cosa en las últimas semanas.
—No voy a dejar que se mueran —dije.
Abuela me miró entonces. Con los ojos brillantes.
—Lo sé. Por eso tengo miedo.
Fui puerta por puerta al día siguiente. El carnicero. La maestra. Paloma Benitez. Llamé, expliqué, supliqué. Me miraron con lástima. Me acariciaron la cabeza.
—Pobre Lucía —escuché mientras me alejaba—. Igual que la vieja Rosa.
Me fui a casa con los puños cerrados. No lloraba. Todavía no.
Pero esa noche, mientras lavaba los platos, encontré algo dentro del cuenco de leche del trasgu. Él lo había dejado ahí, metido bajo la leche que ya no podía beber porque sus manos lo atravesaban. Un botón. De la camisa de Abuela. Lo reconocí porque le faltaba uno desde hacía una semana, y Abuela se había quejado tres veces de que el trasgu lo había robado. Pero no era un robo. Era un regalo. El trasgu le devolvía sus cosas cuando sabía que no iba a poder robárselas mucho más tiempo.
Esa fue la primera vez que lloré.
Me quedé junto a la ventana después, mirando el cielo. Las nubes se acumulaban sobre los picos del norte —gruesas, oscuras, pesadas.
La primera tormenta del invierno no llegaría en diecinueve días. No en una semana.
El viento cambió de dirección, y lo olí —nieve y hierro y algo más viejo. Algo que sabía a final.
Tres días. Quizá cuatro. Y el pacto del Nuberu estaba muerto.
Corrí al río antes del amanecer. Las nubes sobre los picos del norte estaban más bajas que ayer, más oscuras.
La poza de las xanas estaba casi congelada. Una capa de hielo fino cubría la superficie, y debajo el agua estaba negra. Me arrodillé en la roca y canté. Mi voz se rompía, desafinaba, temblaba. No me importó. Canté con todo lo que tenía.
Nada. El hielo me devolvía mi propia voz.
Canté otra vez. Y otra. Las rodillas me dolían del frío de la piedra. Mis manos estaban azules.
Y entonces, debajo del hielo, profunda, casi invisible —una chispa de oro pálido. La última xana.
Subió lentamente. Presionó su palma contra el hielo desde abajo, y donde tocó, el hielo se volvió transparente. Su cara apareció —hermosa, antigua, cansada. Y me mostró algo.
Una visión, más clara que la del cuélebre. Fuego. La mano de un niño. Una mujer gritando. Un collar de cura. El niño tenía ojos oscuros y hundidos. Estaba de pie en una cueva más pequeña que la del cuélebre, gritando palabras de pacto con la desesperación de alguien que sabe que se le acaba el tiempo. Sin las ofrendas correctas. Sin nadie que le enseñara. El fuego espiritual respondió salvaje, sin control. Envolvió sus manos. Saltó hacia la mujer detrás de él. Ella gritó. El fuego le lamió los brazos, el lado izquierdo de la cara.
La visión cambió. El niño, mayor, con un collar de cura y una cicatriz en la mano que cubría con la manga. Ojos hundidos. Treinta años de culpa en cada arruga.
Padre Fermín.
La xana se hundió en la oscuridad. El hielo se cerró sobre ella.
Corrí a casa. Le conté a Abuela. Asintió despacio.
—Lo sospechaba —dijo—. Los hombres que temen las cosas viejas normalmente tienen sus razones. Ahora conoces la suya.
Jesus me encontró en el recreo con los ojos brillantes y su cuaderno abierto.
—He investigado en la biblioteca. Periódicos viejos. Un incendio en un pueblo llamado Cangas del Narcea, hace veintiocho años. La madre de un sacerdote gravemente quemada en un «accidente de cocina».
—¿El nombre del sacerdote?
—Fermín Álvarez.
Me enseñó la fotocopia del artículo amarillento. La foto era borrosa, pero podía ver a una mujer con vendas en los brazos y la cara, y a un niño a su lado. Los mismos ojos que veía todos los domingos desde el púlpito.
Padre Fermín no era malvado. Era un niño que intentó salvar a su madre con un pacto y la quemó con el fuego que invocó. Pasó su vida adulta destruyendo lo que la había herido. Su miedo tenía raíces profundas. Raíces reales.
Pero su miedo estaba matando a mi pueblo.
Esa tarde lo busqué en el jardín de la iglesia, entre las rosas secas.
—Sé lo que le pasó de niño —dije, con la voz más suave que pude—. Con el pacto. Con su madre.
Se paralizó. Las tijeras de podar temblaron en su mano.
—No sabes nada —dijo, con los ojos clavados en las tijeras.
—El pueblo va a ser destruido si no renovamos el pacto del Nuberu. Lo que le pasó fue terrible. Pero lo que va a pasar aquí será peor.
Me miró entonces. Y lo que vi no fue ira, ni desdén. Fue algo peor. Terror puro. El terror de alguien que ya ha visto lo que el fuego puede hacer y no puede soportar verlo otra vez.
—He dicho que no sabes nada, niña.
Vi la cicatriz de su mano claramente por primera vez. No era una quemadura normal. El fuego espiritual dejaba un patrón diferente —líneas blancas que se ramificaban bajo la piel, finas y precisas.
Me dio la espalda. La conversación había terminado.
Caminé a casa bajo un cielo cada vez más oscuro. La nieve empezó a caer —suave, ligera, tanteando.
Esa noche, el trasgu apareció en mi ventana. Tan débil que podía ver las estrellas a través de él. Presionó ambas manos contra el cristal, y donde tocaron, se formó escarcha en patrones. No al azar. Un mapa. El camino montaña arriba hasta las piedras de la cumbre. Y a lo largo del camino, dibujó marcas. Una, dos, tres, cuatro, cinco. Cinco peligros entre yo y el Nuberu.
Luego dibujó una cosa más. Una sexta figura en la cumbre. No un espíritu. Un hombre con cuello de cura.
Y la figura ya estaba allí.
El ayuntamiento olía a madera vieja y a humedad. Los bancos crujían bajo el peso de todo el pueblo. Era la reunión mensual —la de los turnos de riego y el precio de la leche. Pero esa noche yo tenía algo más importante que decir.
Me puse de pie cuando el alcalde preguntó si alguien tenía algo que añadir. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que todos podían oírlo.
—Los espíritus protegen el valle. Las xanas purifican el agua. El cuélebre sostiene la montaña. El Nuberu controla las tormentas. Sin el pacto, la primera tormenta de invierno destruirá el pueblo.
Silencio.
Luego risas. No crueles —peor que crueles. Compasivas. La risa de adultos que miran a un niño que ha dicho algo absurdamente tonto.
—Lucía, tu abuela te ha llenado la cabeza de tonterías —dijo la maestra.
—Esto es exactamente lo que temía —dijo Padre Fermín—. Estas historias dañan a nuestros niños.
Abuela se puso de pie para apoyarme. Pero temblaba, confusa —me llamó por el nombre de mi madre. El pueblo vio a una anciana confundida y a su nieta impresionable. Nos miraron con una pena que cortaba más que cualquier insulto.
Jesus se levantó junto a mí. Antes de que pudiera abrir la boca, su padre lo agarró del brazo y lo sentó de un tirón. El banco crujió.
—No vuelvas a juntarte con esa chica —le dijo en voz baja. Toda la sala lo oyó.
Jesus me miró por encima del hombro de su padre. No dijo nada. Pero vi algo en su cara que no esperaba. No era disculpa. Era decisión. La mirada de alguien que acaba de entender en qué lado está y no piensa moverse.
Salí del ayuntamiento sola. Abuela caminaba despacio detrás de mí, apoyándose en las paredes.
Al día siguiente, los compañeros me evitaban en la escuela. Susurros cuando pasaba. Ya sabía el nombre: la bruja. «La bruja de Valleoscuro». Lo decían riéndose. Pero no me dolió el nombre. Lo que me dolió fue ver a Marta —que el año pasado me prestó su bufanda en el recreo cuando me olvidé la mía— cruzarse de acera para no caminar conmigo.
Caminando a casa, pasé por la iglesia. A través de la ventana vi a Padre Fermín solo frente al altar. No estaba rezando. Sostenía una fotografía —pequeña, arrugada, tocada tantas veces que los bordes eran suaves. Sus hombros temblaban. No podía ver la foto, pero vi su cara. Y pensé en lo que Jesus dijo una vez sobre sus dibujos —que a veces entendía mejor las cosas cuando las miraba desde lejos, porque de cerca solo veía líneas. Desde fuera de esa ventana, Padre Fermín no parecía un hombre que estuviera ganando nada.
El sentimiento pasó rápido. Tenía que pasar. No podía permitirme sentir lástima por el hombre que estaba matando a mi pueblo.
Esa noche, Abuela se derrumbó.
Estaba sirviendo sopa cuando las piernas le fallaron. La sopa se derramó por las baldosas. El trasgu saltó de la estantería y aterrizó junto a ella, agarrando su dedo meñique con sus manos pequeñas.
La llevé a la cama. Ardía de fiebre. Sus labios se movían, murmurando fragmentos de canciones, nombres de espíritus, pedazos del idioma viejo.
Me senté a su lado con el libro y una vela que temblaba. Las palabras del Nuberu nadaban frente a mis ojos. Demasiado complejo. El trasgu se sentó en la almohada de Abuela, acariciando su frente con la mano que tenía el agujero.
La nieve golpeaba la ventana —densa, insistente, con golpes rápidos que sonaban como alguien llamando para que le abran.
La mano de Abuela encontró la mía en la oscuridad. Su agarre era débil, pero sus ojos estaban claros.
—Las palabras del pacto —susurró—. Las escribí en el libro. Pero hay una que nunca escribí. La última. La que lo sella.
Me acercó.
—No es una palabra que se dice, Lucía. Es una palabra en la que te conviertes.
Cerró los ojos. Y no los volvió a abrir.
Abuela no estaba muerta. Respiraba —apenas, con un sonido fino. Pero estaba inconsciente, ardiendo, inalcanzable. El médico vino al amanecer, le tomó la temperatura, y dijo que era una enfermedad de invierno. —Necesita descanso y líquidos.
El trasgu era apenas una mancha de color en el aire. Se sentaba en la almohada de Abuela, y lo peor era que él sabía que estaba desapareciendo. Lo veía en cómo se miraba las manos —esas manos con el agujero— intentando recordar su propia forma antes de perderla.
La tormenta llegaba mañana. Las nubes eran un muro sobre las montañas del norte.
Intenté estudiar el libro sola. La luz de la vela temblaba sobre las páginas amarillas. El ritual del Nuberu era largo: palabras en el idioma viejo, ofrendas en orden, la canción perfecta. Y la última palabra —la que sellaba el pacto. «Una palabra en la que te conviertes». No tenía ni idea de lo que significaba.
Jesus apareció al mediodía. Su padre le había prohibido verme, pero se escapó por la ventana de su habitación. Llegó a mi puerta con la nariz roja y una mochila llena.
—No voy a dejarte sola con esto.
—Tu padre te va a matar.
—Puede matarme cuando baje.
—Jesus…
—He mapeado la ruta. Tres caminos posibles hasta las piedras. Dos refugios naturales en caso de tormenta. Y he traído cuerda, comida, y una linterna. —Abrió su cuaderno y me enseñó páginas de mapas detallados, con anotaciones sobre el terreno, los puntos de riesgo, las distancias—. He estado preparando esto desde la cueva. Desde que casi nos caímos.
Lo miré. Había estado preparándose en silencio. Mientras yo lloraba, mientras el pueblo se reía, mientras su padre le prohibía verme, él había estado dibujando mapas y calculando rutas.
—¿Por qué? —pregunté.
Me miró con una expresión que no le había visto antes. Seria, sin rastro de nerviosismo.
—Porque si te pasa algo en esa montaña y yo me quedé en casa haciendo lo que mi padre me dijo, no voy a poder vivir con eso.
Asentí. No había más que decir.
Pero seguía sin ser suficiente. El pacto necesitaba fe. No la de una persona —la del pueblo. «No puedes renovar un pacto que todos han roto», me dijo Abuela una vez. ¿Era demasiado tarde?
Fui a la cueva del cuélebre. Necesitaba sentir que algo quedaba vivo. La cascada estaba completamente congelada —un muro de hielo, sólido, cerrado. Presioné mi cara contra él. El frío me quemó la mejilla. Grité el nombre viejo del cuélebre, el que las montañas conocían antes de que hubiera pueblos.
Nada. Ni calor. Ni olor. La cueva estaba tan fría y muerta como cualquier agujero en la tierra. Los cristales del interior estaban completamente oscuros.
Me senté en la nieve con la espalda contra el hielo y lloré. No con dignidad. No con una lágrima bonita rodando por la mejilla. Lloré con mocos y temblores que me doblaban el cuerpo. Mis manos estaban insensibles. No había nada bonito en esto.
Y me admití a mí misma algo que me aterrorizaba: quizá todo esto era mentira. Quizá los espíritus eran un juego de sombras y corrientes de aire, y yo era exactamente lo que todo el pueblo pensaba —una chica sentada en la nieve frente a una cueva vacía, hablando sola.
Entonces —un sonido. Débil. Desde lo profundo de la cueva.
No un rugido. Un tarareo. Una melodía que reconocí inmediatamente porque Abuela me la cantaba de niña, sentada en sus rodillas frente al fuego. El cuélebre, en algún lugar de la oscuridad, estaba tarareando la canción.
Puse la mano contra el hielo. La vibración era profunda, antigua. El cuélebre estaba muriendo. Pero seguía cantando. Y mientras una criatura cantara, las cosas viejas no estaban del todo muertas.
Me levanté. Me sequé la cara con la manga.
«Una palabra en la que te conviertes».
Miré arriba. Los primeros copos de la tormenta real estaban cayendo —gruesos, pesados, que caían con fuerza. El viento crecía. En algún lugar encima de las nubes, el Nuberu reunía toda su fuerza.
Tenía hasta el amanecer.
Me apreté el abrigo, recogí el libro, y empecé a subir.
La montaña de noche no pertenecía a las personas. Pertenecía al viento.
La nieve caía de lado, empujada por ráfagas que gritaban entre las rocas. El camino había desaparecido bajo una capa blanca, y cada paso era un riesgo —piedra firme o vacío. Llevaba el libro dentro de mi mochila, junto al pan de castañas y una botella de sidra. Las ofrendas. Todo lo que necesitaba menos la única cosa que no tenía.
Subí sola durante una hora. Las piernas me ardían. El frío se metía por cada hueco de la ropa —entre los guantes y las mangas, dentro de las botas donde mis calcetines se habían mojado.
Entonces escuché pasos detrás de mí.
Una linterna se balanceaba entre los árboles.
—¿Pensabas que iba a dejarte ir sola? —Jesus. Con su mochila llena, su cuaderno dentro del abrigo, y una cara que mezclaba determinación y pánico en partes iguales.
—Traigo cuerda. Comida. La ruta mapeada. Y un miedo terrible, pero eso probablemente no ayuda.
—Probablemente no.
Pero algo dentro de mi pecho se aflojó. No estaba sola.
Subimos juntos. Nos atamos con la cuerda después de la primera hora, cuando el viento empezó a empujarnos de lado. Jesus dibujaba mientras caminaba —la montaña, la nieve, las formas del viento— con el lápiz temblando entre dedos azules.
—Estoy d-documentando —dijo—. Alguien t-tiene que hacerlo.
En el límite del bosque, el camino desapareció. Todo era blanco. Sin marcas, sin señales. Empecé a girar en círculos, buscando alguna referencia, un árbol que reconociera, una roca.
Entonces algo se movió. Apenas visible, una sombra contra la nieve. El bogosu. Señaló hacia un hueco entre las rocas.
—Gracias —susurré.
—¿Acabas de dar las gracias a una sombra?
—La sombra acaba de salvarnos la vida.
Jesus miró el hueco. Consultó su mapa. El hueco estaba exactamente donde indicaba el camino seguro. No dijo nada. Pero sus ojos se abrieron mucho.
Más arriba, el viento se volvió brutal. Ráfagas que nos tiraban de lado, que nos robaban el aire antes de que llegara a los pulmones. Unas rocas se soltaron de la pared y pasaron silbando junto a la cabeza de Jesus —lo agarré de la cuerda y los dos caímos, deslizándonos tres metros antes de encontrar una raíz. Me corté las manos a través de los guantes. La sangre era caliente dentro de la tela mojada.
Jesus temblaba.
—Podemos morir aquí arriba —dijo.
—Lo sé.
—Vale. Solo quería asegurarme de que los dos lo sabíamos.
Se puso de pie. Siguió subiendo.
Saqué el libro bajo la linterna, protegiéndolo de la nieve con mi cuerpo. Repasé las palabras, la canción, las ofrendas. Todo listo. Excepto la última palabra. Seguía siendo un misterio.
Cerca de la cumbre, Jesus se detuvo.
—Lucía. Creo que veo algo.
Detrás de nosotros, en la nieve. Un destello dorado. Una luz que se movía a ras del suelo, dejando un rastro luminoso. Jesus la miraba con la boca abierta.
Una xana. Siguiéndonos. Dejando un camino de luz en la oscuridad.
—Es hermosa —susurró. Su voz había cambiado. Ya no temblaba de frío. Temblaba de otra cosa.
Llegamos a las piedras de la cumbre justo cuando la tormenta golpeó con toda su fuerza. Las piedras eran antiguas, cubiertas de liquen, apenas visibles en la nieve que volaba horizontal. Los dibujos tallados en la roca brillaban con una luz débil —lo último de la magia vieja.
Coloqué el pan. Derramé la sidra sobre la piedra central, viendo cómo el líquido desaparecía en la roca. Abrí el libro y empecé a cantar las palabras contra el viento.
Y entonces una voz detrás de mí dijo:
—Las estás diciendo mal.
Me giré. Padre Fermín estaba al borde del círculo de piedras, con nieve en el pelo, su mano descubierta por primera vez. Sus ojos no estaban enfadados. Estaban aterrados. E, imposiblemente, llenos de lágrimas.
Padre Fermín entró en el círculo de piedras. La nieve volaba horizontal. El viento tiraba de nosotros con fuerza.
—¿Cómo sabe las palabras? —grité.
Su máscara se agrietó. No de golpe. Despacio, grieta por grieta, hasta que ya no quedó nada detrás.
—Tenía doce años. Mi madre estaba muriendo. Algo que los médicos no podían nombrar. Fui a la cueva del espíritu de mi pueblo. Solo. De noche. Porque no quedaba nadie que me enseñara.
El viento le arrancó una lágrima de la mejilla.
—Intenté hacer un pacto. Mi servicio por su vida. Pero no sabía las palabras. No sabía las ofrendas. Era un niño gritando en la oscuridad, y la oscuridad respondió mal.
Cerró los ojos. La nieve se acumulaba en sus pestañas.
—El fuego creció demasiado. Alcanzó a mi madre. Le quemó las manos. Los brazos. La cara.
Abrió los ojos. Y la rabia que esperaba no estaba. Solo un dolor tan viejo que ya no tenía bordes.
—Vivió. Quedó marcada. Y nunca me culpó. Mintió por mí veintiocho años. Dijo que fue un accidente con la estufa. —Su voz se rompió—. Podría haber sobrevivido a su rabia. No pude sobrevivir a su bondad.
Lo miré a través de la nieve. Este hombre que yo había odiado durante semanas. Que había vaciado los portales. Que había convencido al pueblo de olvidar. Y vi lo que era: un niño de doce años que nunca dejó de estar arrodillado en una cueva oscura, viendo cómo el fuego alcanzaba a la persona que más quería.
—No vine a salvar a vuestro pueblo de la superstición —dijo—. Vine porque cada vez que te veía caminar hacia esa cueva, me veía a mí mismo. Y no podía mirar cómo pasaba otra vez.
—Tenía doce años y estaba solo —dije. Me ardían los ojos, pero me negué a llorar ahí, en la cumbre, en la tormenta—. El error no fue el pacto. El error fue que nadie le enseñó. Nadie caminó con usted.
Miré a Jesus, temblando con su cuaderno contra el pecho. Al trasgu en mi hombro, una mancha de rojo apenas visible. Al libro en mis manos, con las palabras de generaciones de mujeres.
—Eso es lo que yo tengo que usted no tuvo. No estoy sola.
El Nuberu estaba presente. No visible, pero sentido —una presión en el aire, un peso sobre nosotros, un sonido justo debajo de lo que los oídos podían captar. La montaña entera vibraba.
Empecé el ritual. Dije las palabras. Canté la canción. Pero la última palabra seguía sin aparecer.
Padre Fermín me observó. Luego, despacio, se arrodilló en la nieve. Colocó su mano con la cicatriz sobre la piedra central. Y cantó. La misma canción. Con una voz que recordaba cada nota a pesar de treinta años intentando olvidar.
Jesus dibujó. Su lápiz volaba sobre la página —las piedras, la tormenta, las dos figuras cantando. No podía cantar con nosotros porque no conocía la letra. Pero hizo algo que nadie le pidió: arrancó una página de su cuaderno —el dibujo del trasgu, el primero que hizo, semanas atrás— y lo colocó junto a las ofrendas en la piedra. Su forma de participar. Su ofrenda.
Los espíritus respondieron. El rugido del cuélebre resonó desde abajo, más fuerte que en semanas. La luz de las xanas parpadeó en la nieve derretida. El bogosu apareció al borde del círculo. Y el trasgu —diminuto, apenas visible— apareció en mi hombro con su gorro agitándose en el viento.
Entonces lo entendí. La última palabra. «Una palabra en la que te conviertes». No era una palabra. Era lo que haces cuando nadie mira y no queda nada. La leche dejada cuando todo el pueblo dejó de dejarla. La canción cantada a un río vacío. La mano puesta sobre el hocico de un dragón moribundo. Cada vez que elegí recordar cuando olvidar hubiera sido más fácil. Eso era la palabra. Y no era solo mía. Era la de Abuela enseñándome las canciones. Era la de Jesus dibujando criaturas que no podía ver. Era la de Padre Fermín arrodillándose en esta cumbre a pesar de todo lo que le quemaba por dentro.
Puse ambas manos sobre la piedra central. La roca estaba helada y entonces, de repente, cálida —con un pulso profundo que subía desde el interior de la montaña. Canté. La canción de Abuela. Padre Fermín cantó conmigo. Jesus tarareó la melodía. Tres voces en una tormenta.
Las piedras se encendieron con un brillo dorado. No fuego —algo más cálido que el fuego. La tormenta se detuvo un segundo. El viento cambió. El Nuberu aceptó. No porque el ritual fuera perfecto. Porque era honesto.
La luz pulsó hacia fuera —a través de la nieve, montaña abajo, hacia el valle. La tormenta que debía enterrar Valleoscuro se partió en dos y pasó alrededor del pueblo como un río alrededor de una roca.
Caí de rodillas. El trasgu estaba sólido en mi hombro —cálido, real, tirándome del pelo. Padre Fermín seguía arrodillado, con lágrimas congelándose en su cara, la mano sobre la piedra. Y desde el valle, subiendo por el viento, llegó algo imposible: voces. Los vecinos cantaban la canción vieja sin saber por qué —algo en la luz les había recordado. No lo entendían. Pero lo sentían.
Amaneció.
La tormenta había pasado alrededor del pueblo, rodeándolo sin tocarlo. El valle estaba cubierto de nieve profunda, pero las casas seguían en pie. El río corría. No hubo inundación. El pacto había sostenido.
Bajamos la montaña con la primera luz —yo, Jesus, y Padre Fermín. En silencio. Demasiado cansados para hablar, demasiado llenos de lo que había pasado para intentar ponerlo en palabras. La nieve crujía bajo nuestras botas. El cielo era rosa y naranja, limpio.
El pueblo despertaba. La gente salía de sus casas, miraba el cielo, miraba la nieve, se miraba entre ellos. Algo había cambiado pero nadie podía decir qué. Algunos tarareaban la canción vieja entre dientes, sin darse cuenta.
Cuando llegué a casa, Abuela estaba sentada en la cama.
El color había vuelto a su cara. El trasgu estaba en el alféizar, completamente sólido, reorganizando los tarros de especias con una precisión agresiva. Movía el orégano a la izquierda del romero. Luego lo movía a la derecha. Luego a la izquierda otra vez.
—Lleva así desde el amanecer —dijo Abuela—. Creo que está presumiendo.
Me senté junto a ella. Me abrazó, y olía a humo de leña y a lana y a las hierbas que siempre guardaba en los bolsillos. Durante un minuto no necesité ser valiente. Solo necesité ser su nieta.
Padre Fermín vino una hora después. Se quedó en la puerta, inseguro. Abuela lo miró un largo momento. Luego sacó una silla.
Se sentó a la mesa de la cocina. Hubo un silencio largo. Abuela le sirvió sidra caliente y empujó el cuenco de leche por la mesa.
—Para el trasgu —dijo.
Padre Fermín miró el cuenco. Su mano con la cicatriz descansaba sobre la mesa, descubierta, las líneas blancas visibles a la luz de la mañana. No lo empujó hacia atrás.
El trasgu bajó del alféizar. Cruzó la mesa con pasitos firmes. Olfateó el cuenco. Lo miró a Padre Fermín. Lo miró al cuenco. Metió la cara y bebió haciendo tanto ruido como le fue posible. Leche por todas partes. Por la mesa, por su gorro, por el agujero de su mano.
Padre Fermín lo miró —realmente lo miró. Y su cara cambió. No hacia fe. No hacia perdón. Hacia algo más tranquilo. La expresión de alguien que suelta algo que ha sostenido durante treinta años y descubre que las manos ya no duelen tanto.
—Las cosas viejas y las nuevas no tienen que ser enemigas —dijo Abuela—. Nunca lo fueron. Tu madre sabía eso. Por eso nunca te culpó.
Padre Fermín bajó la cabeza. Abuela no lo abrazó. No dijo que todo iba a estar bien. Simplemente se sentó con él mientras lloraba, y le rellenó el vaso cuando estaba vacío. Su forma de curar. La más vieja de todas.
Jesus vino después. Me enseñó su cuaderno —páginas y páginas de dibujos de la subida, la tormenta, el ritual. Las piedras con luz. El viento con forma. Y en la última página, algo nuevo: el trasgu, dibujado del natural. Cada detalle perfecto. El gorro, el agujero, la expresión de quien lleva mil años robando botones y no piensa parar.
—La vi —dijo en voz baja—. La xana. —Pasó la página. El dibujo era diferente de los anteriores. Más vivo. Más real. Porque esta vez no la había dibujado de mis palabras. La había dibujado de la suya propia.
—Voy a seguir dibujándolos —dijo—. Alguien debería hacerlo.
Después de comer, caminé por el pueblo. El aire olía a nieve limpia y a humo de leña, y las campanas de las vacas sonaban en algún sitio invisible entre la bruma. Pasé por la puerta de Paloma Benitez. Había un cuenco de leche fresco en su portal. Me vio mirando y se encogió de hombros.
—No podía dormir. Tuve un sueño sobre mi abuela. Estaba enfadada por lo de la leche.
En el río, las xanas cantaban —débil pero claro. En el límite del bosque, el bogosu observaba, sólido y verde. En el techo de la iglesia, el trasgu estaba sentado con el sombrero de Padre Fermín puesto. Cuando lo miré, me guiñó un ojo.
La nieve caía suave sobre el pueblo, cubriendo las tejas rotas y los caminos de barro, haciendo todo limpio otra vez. Desde la cocina podía escuchar a Abuela tarareando y al trasgu tirando una cuchara de madera al suelo, y a Abuela diciendo «¡Trasgu!» con esa voz que significaba que no estaba realmente enfadada.
Me quedé en la puerta y escuché a las xanas cantando bajo el hielo del río —débil y constante, como un latido que no notas hasta que alguien te pide que lo escuches.
Y pensé: esto es lo que significa recordar. No vivir en el pasado. Sino llevarlo adelante, como Abuela llevaba la canción de su madre, como el cuélebre lleva la montaña, como la nieve lleva la luz de un sol que ya se ha puesto —sosteniéndolo con cuidado, para que la gente que viene después pueda encontrar el camino a casa.
Choose a category
Every flashcard pack and every book.
Everything — plus the games and the AI companion.