El Consejo Estudiantil No Muerto

Capítulo 1 - La Mordida

Tenía diecisiete cosas en mi lista de tareas la noche que morí. Bueno —casi morí. El punto es que no tenía tiempo para eso.

Me llamo Esperanza Marin. Presidenta del consejo estudiantil del Colegio San Martín. Tenía diecisiete años, tres agendas con códigos de colores, y una hoja de cálculo para organizar mis hojas de cálculo. Mi promedio era el más alto del colegio. Mi hobby era reorganizar lo que ya estaba organizado. Según mis compañeros, mi defecto era que los ponía nerviosos. Según yo, eso era un cumplido.

La noche del martes, a las nueve, estaba sola en el estacionamiento. Cargaba cajas de decoraciones para el baile de fin de curso hasta mi coche. Sola. Porque la última vez que delegué esa tarea, Marcos dejó caer las flores de papel en un charco. Las rehíce a las tres de la mañana. Nunca volví a delegar.

Algo se movió entre las sombras cerca de los basureros. Grande. Rápido. Pensé: gato callejero. No investigué. Mi horario no incluía «investigar ruidos misteriosos» entre las nueve y las nueve y cuarto.

No era un gato.

Un dolor agudo en el cuello. Caliente. Imposible. Las cajas cayeron. Las flores de papel volaron por el aire. El cielo giró y el asfalto se acercó a mi cara.

Me desperté en el suelo. El cuello me ardía. Las decoraciones estaban esparcidas por todo el estacionamiento. A unos metros, escuché un ruido metálico —algo buscando algo pequeño entre la grava. Después, nada.

Lo primero que pensé —antes del miedo, antes de la confusión— fue que las flores de papel estaban arruinadas. Tres horas de trabajo. En el suelo. Mojadas. Eso me enfureció más que la herida en el cuello.

Conduje a casa. Me fui a la cama. Decidí que un animal me había atacado y que por la mañana todo tendría sentido.

No tuvo sentido.

Me miré en el espejo del baño. El espejo estaba vacío. Mi cepillo de dientes flotaba frente al espacio donde debería estar mi cara. Levanté la mano. Nada. Giré la cabeza. Nada. La toalla, la pared, la ducha —todo reflejado excepto a Esperanza Marin.

Mis dientes se sentían diferentes. Pasé la lengua y me corté. Largos. Afilados. Imposibles.

Toqué el marco de la ventana donde entraba el sol. Mi piel ardió. Retiré la mano con marcas rojas que desaparecieron en segundos.

Quiero ser clara: no estaba asustada. Estaba furiosa. Tenía un examen de historia a las diez y cuarto y convertirme en un monstruo no era una ausencia justificada.

Me puse las gafas —que ya no necesitaba, pero me negaba a aceptar otro cambio más— y fui al colegio. En el autobús, el único asiento en sombra estaba al lado de un chico comiendo pan con ajo. Mi estómago se retorció. Ayer adoraba el ajo. Hoy quería saltar por la ventana. No salté. Tenía un horario.

Bajé al sótano. La Sala B-13 —nuestra sala de reuniones que no existía en ningún mapa oficial del colegio. Los fluorescentes parpadeaban como siempre. El póster motivacional de los setenta seguía en la pared: un gato tan desvanecido que ya era un fantasma con el texto «¡Aguanta!» El olor a café quemado de una cafetera que llevaba décadas encendida.

Abrí la puerta.

Beto, el vicepresidente, sostenía un café en una mano y un cruasán en la otra. Doña Lucía, la tesorera, escribía sobre un pergamino con una pluma que parecía sacada de un museo. Marcos, el secretario, miraba la pantalla de su teléfono como si contuviera los secretos del universo.

Me miraron. Los tres al mismo tiempo.

El café de Beto se estrelló contra el suelo. El líquido oscuro se derramó sobre las baldosas y nadie respiró. Doña Lucía dejó su pluma sobre la mesa con un clic deliberado. Marcos bajó el teléfono —algo que jamás hacía, ni durante terremotos, ni durante simulacros de incendio, ni durante la vez que una paloma entró en la sala y atacó a Beto durante cuarenta minutos.

Silencio. El tipo de silencio que tiene peso.

Beto me miró el cuello. Los ojos. A Doña Lucía. Otra vez a mi cuello.

Y dijo lo último que esperaba escuchar en una reunión del consejo un lunes por la mañana:

—Oh, maravilloso. Ya eres una de nosotros.

Capítulo 2 - La Peor Orientación

—¿Una de ustedes? —repetí—. ¿Qué significa eso?

Beto sonrió. Tenía colmillos. Largos, blancos, imposibles de ignorar ahora que sabía buscarlos. Doña Lucía mostró los suyos sin levantar la vista del pergamino —discretos, elegantes, como todo en ella. Marcos abrió la boca y los exhibió con el orgullo de un niño mostrando un diente nuevo.

—Somos vampiros —dijo Beto con la misma naturalidad con la que alguien dice «somos de Guadalajara».

—El consejo estudiantil de este colegio ha sido no muerto desde al menos 1952 —añadió Doña Lucía—. Aunque yo llevo aquí desde considerablemente antes.

Mis piernas dejaron de funcionar. Me senté en la silla más cercana.

—¿Quién me mordió?

Se miraron. Beto se encogió de hombros. Marcos revisó su teléfono como si Google tuviera la respuesta. Doña Lucía mojó su pluma en tinta y dijo: —No lo sabemos. Posiblemente un vampiro independiente. Muy descortés. En mi época, uno pedía permiso.

—¿Y cómo lo arreglo?

—¿Arreglar? —Doña Lucía me miró por encima de sus gafas imaginarias—. ¿Por qué arreglarías la perfección?

Mi cerebro hizo lo que siempre hacía cuando el mundo no tenía sentido: organizó.

Saqué la agenda roja —la de emergencias— y empecé a escribir. —Punto uno: entender la transformación vampírica. Punto dos: protocolo de alimentación segura. Punto tres: inventario de habilidades sobrenaturales. Punto cuatro—

—¡Tiene subtítulos! —Beto se inclinó para ver mi agenda—. Su risa era genuina, encantada—. ¡Y colores! Lucía, tiene secciones con colores.

—Encantador pero innecesario. Yo hice mi transición en 1614 sin una sola agenda.

Beto fue asignado como mi mentor. Sus credenciales: —Solo he mordido a tres humanos por accidente, y uno ya estaba dormido, así que casi no cuenta.

Su primera lección: cómo no comer personas.

—Cada vez que sientes hambre —explicó, sentándose al revés en una silla—, piensas en algo que te dé asco. Yo pienso en matemáticas.

—¿Matemáticas?

—Las detesto. Ciento cuarenta y siete años y todavía no entiendo las fracciones.

—Las fracciones son—

—No. —Levantó una mano—. He sobrevivido un siglo y medio sin fracciones y no pienso empezar ahora.

Quería discutir. Pero Beto vio una gota de kétchup en la mesa —restos de algún almuerzo olvidado— y su cara cambió de color. Verde. Un verde profundo, serio, alarmante.

—Eso es… eso es… —Sacó una bolsa de papel arrugada del bolsillo, se la puso en la boca, y se desplomó de la silla. Cayó al suelo con los ojos cerrados y los brazos abiertos.

—¿Se desmayó por kétchup? —pregunté.

—Se desmaya por todo lo rojo —dijo Marcos sin despegar los ojos de la pantalla—. Bolígrafos rojos. Tomates. Una vez se desmayó por un atardecer.

—Lleva así desde que lo conozco —confirmó Doña Lucía—. Un siglo y medio sin mejora alguna.

Un ojo se abrió desde el suelo. —Escucho todo lo que dicen.

—Lo sabemos, querido.

Lo ayudé a levantarse. Era mi mentor. Mi guía en el mundo vampírico. Se desmayaba con el kétchup.

Intentó enseñarme a convertirme en murciélago. Él mismo nunca lo había logrado. Cerró los ojos, apretó los puños, gruñó —y se transformó en algo entre un murciélago y una paloma furiosa. Plumas volaron por la sala. Una aterrizó en el pergamino de Doña Lucía, que la sacudió con la dignidad de alguien que ha sacudido cosas de pergaminos durante cuatrocientos años.

—Mi mejor intento —dijo Beto, escupiendo una pluma—. ¿Viste? Casi volé.

—Casi te caíste de costado —dijo Marcos—. Lo grabé. Quiero subirlo.

—Si subes eso, te muerdo.

—No puedes. Te desmayarías.

La puerta se abrió.

La Directora Morales estaba en el pasillo. Alta. Traje perfectamente planchado. Pelo recogido en un moño tan apretado que parecía diseñado para intimidar. Gafas de lectura colgando de una cadena.

Nos miró. A Beto, cubierto de plumas. A mí, con la agenda roja. A Doña Lucía, escribiendo sobre pergamino amarillento. A Marcos, con el teléfono en alto.

Olfateó el aire. Un movimiento pequeño. Y sus ojos se estrecharon.

—Buenos días —dijo. Perfectamente neutral. Pero algo en esos ojos —algo frío y calculador— me hizo sentir como si pudiera ver a través de las paredes y de las mentiras.

Se fue sin otra palabra.

—Eso fue raro —dije.

Nadie respondió. Beto estudiaba el suelo con una intensidad nueva. Doña Lucía escribía con más presión de la necesaria. Y Marcos —Marcos tenía el teléfono apagado. Apagado. En todos mis meses de conocerlo, jamás lo había visto apagar el teléfono voluntariamente.

La semana de exámenes empezaba mañana. No había estudiado. Mi mentor se convertía en palomas. Mi vida anterior tenía cierta lógica. Esta nueva no tenía ninguna.

Entonces Marcos miró la pantalla —encendida de nuevo— y susurró: —La Directora Morales acaba de programar una inspección sorpresa de todas las organizaciones estudiantiles. Para mañana.

Capítulo 3 - La Inspección

El consejo entró en pánico. O casi todo el consejo.

—He sobrevivido veintitrés inspecciones, dos inquisiciones y una revolución —dijo Doña Lucía, sin levantar la pluma del pergamino—. Esto estará bien.

Beto corría en círculos. Literalmente. La velocidad vampírica se activaba sin que él se diera cuenta, así que parecía un borrón desesperado que dejaba un rastro de viento y sudor frío. Marcos borraba publicaciones sospechosas de las redes sociales del consejo.

—¿Quién publicó «feliz aniversario número 147, Beto»? —preguntó Marcos.

Beto se detuvo a mitad de círculo. —Fui yo. ¿Está mal?

—¿Tú crees?

—Pensé que era simpático.

—Beto, acabas de anunciar en internet que tienes ciento cuarenta y siete años.

—Solo lo vieron cuatro personas.

—¡Cuatro personas reales! ¡Que no somos nosotros!

Tomé control. Era lo que mejor sabía hacer.

—Beto —saca el jugo de arándano del mini-refrigerador. No era sangre. Era jugo de arándano en oferta porque nadie en el consejo podía manejar nada más fuerte. —Marcos —borra TODO el historial de búsqueda. Su historial incluía «cómo ser un adolescente normal 2026», «¿los vampiros pueden sacar pasaporte?» y «¿cuántos seguidores necesito para ser influencer? pregunto por un amigo inmortal». —Doña Lucía —guarde los registros financieros.

—Estos registros han sobrevivido a Napoleón —dijo. Pero los guardó en un cajón con una llave que parecía tener trescientos años. La cerradura suspiró al cerrarse.

Necesitaba decoraciones para reemplazar las flores arruinadas. Detrás del gimnasio había un armario de almacenamiento que nadie había mencionado. Abrí la puerta y entré en una máquina del tiempo.

Del suelo al techo: estantes de decoraciones de cada década. Bolas de discoteca de los setenta con brillantina que todavía reflejaba la luz. Estrellas de papel aluminio de los noventa. Una máquina de humo de 1989 que olía a aceite quemado y a misterio. Y en el estante más bajo —anuarios. 1952 hasta el presente.

Tomé el de 1974. Lo abrí en la página del consejo estudiantil.

Beto. Con pantalones acampanados y un peinado que desafiaba la gravedad. La misma sonrisa despreocupada. Exactamente igual que esta mañana, pero con más pelo y peor ropa.

1988. Doña Lucía. Traje de ejecutiva con hombreras del tamaño de cojines. La misma postura imperial.

2003. Beto otra vez. Gorra al revés. Camiseta de banda de rock. Intentando parecer moderno y fallando en cada píxel de la foto.

2012. Marcos. Su primera aparición. Pelo más largo, expresión de alguien que intentaba desesperadamente parecer relajado. Teléfono en mano —incluso entonces.

Las mismas caras. Década tras década. Solo cambiaban los peinados y la moda. El consejo era eterno. ¿Cuántos habían pasado por esta sala? ¿Cuántos habían elegido quedarse con los fluorescentes y el café eterno?

No tenía tiempo para filosofar. La inspección era en veinte minutos.

La Directora Morales llegó con un portapapeles y una expresión capaz de cortar cristal. Inspeccionó cada rincón. Abrió el mini-refrigerador —solo contenía agua y una manzana que coloqué diez minutos antes para parecer normales.

—¿Cuánto tiempo llevas como presidenta, Esperanza?

—Solo este año.

—Interesante. —Anotó algo—. ¿Y el señor Sangre? ¿Cuánto tiempo lleva de vicepresidente?

Beto tragó saliva. —También este año. Definitivamente. Tengo dieciocho años. Una cantidad normal.

—¿Dieciocho?

—Sí. No ciento cuarenta y siete. ¿Quién diría eso? Nadie dice eso. Es un número absurdo.

Cerré los ojos. Cuando los abrí, Morales miraba a Doña Lucía.

—¿Y usted?

—Lucía Eternidad. Tesorera.

—Eternidad. —Morales repitió el apellido despacio—. Apellido interesante.

—Es de familia. Muy antigua.

Morales terminó la inspección sin encontrar nada. Pero en la puerta se detuvo. Se giró. Y su expresión cambió —la dureza se suavizó, la mandíbula se relajó.

—Voy a vigilar este consejo muy de cerca —dijo. No como amenaza. Como alguien que recuerda algo que le dolió una vez.

Se fue.

Beto necesitó sentarse. Marcos encendió su teléfono. Doña Lucía retomó su escritura. Nadie habló sobre lo que acababa de pasar —como puertas que se cierran al mismo tiempo.

—Eso estuvo cerca —dije.

—Siempre está cerca con ella —dijo Doña Lucía, sin levantar la vista. Y fue la primera vez que escuché miedo en su voz.

Esa noche volví al armario. Sola. No necesitaba linterna —mis ojos nuevos veían perfectamente en la oscuridad. Busqué los anuarios del fondo. 1978. 1977. 1976.

Abrí el de 1978. Página del consejo estudiantil. Primera fila.

Y ahí, con el mismo moño severo y los mismos ojos afilados, estaba la Directora Morales. Sonriendo. Con colmillos.

Capítulo 4 - El Plan de Modernización

Puse el anuario de 1978 en la mesa a la mañana siguiente. La foto de Morales miraba desde la página amarillenta. Colmillos y todo.

—Expliquen.

Doña Lucía dejó su pluma. Beto encontró algo fascinante en el techo. Marcos sostenía su teléfono —apagado, noté, la pantalla negra como un espejo inútil.

—¿Era una de ustedes? ¿Morales era vampira?

El silencio duró lo suficiente para escuchar la vieja cafetera burbujear tres pisos arriba. Las tuberías cantar. Un grifo gotear en algún baño lejano. Mi nueva audición captaba todo y no quería captar nada.

—No hablamos de Carmen —dijo Doña Lucía. Su voz sonó diferente —más suave, más vieja, como si la pregunta le doliera en un lugar que los siglos no habían curado.

—Pues yo necesito hablar de Carmen. Carmen tiene un portapapeles y autoridad para cerrar este consejo.

Nadie respondió. La frustración me hervía en la sangre —sangre más fría ahora, más lenta, pero capaz de hervir.

Este consejo era un desastre. Sus reuniones no tenían agenda. Beto una vez habló veinte minutos sobre un sueño que tuvo en 1923 —un sueño sobre un caballo que hablaba francés. Doña Lucía leía registros financieros en voz alta en un español del siglo diecisiete que nadie entendía. Y Marcos —Marcos mostraba estadísticas de sus redes sociales con el entusiasmo de alguien que no sabe que veintitrés seguidores no impresionan a nadie.

—Veintitrés seguidores, Marcos. Diecinueve de los cuales son tus cuentas alternativas.

—¡Cada cuenta tiene personalidad propia! Una de ellas es un vampiro ficticio que escribe poesía.

—¿Tiene seguidores?

—Uno. Que soy yo. Pero la poesía es buena.

Hice lo que siempre hacía cuando el mundo no funcionaba: preparé una presentación.

Cuarenta y siete diapositivas. «El Plan de Modernización del Consejo Estudiantil». Gráficos. Estadísticas. Un subtítulo que decía «Porque es el siglo veintiuno».

—Punto uno: agendas escritas para cada reunión. Punto dos: presupuesto digital. Punto tres: una estrategia real de redes sociales con seguidores que no sean nosotros mismos.

Doña Lucía me dejó hablar las cuarenta y siete diapositivas. Tomó notas en pergamino con pluma. Beto asintió durante toda la presentación —en los momentos equivocados, en las pausas dramáticas, en una diapositiva que era solo un gráfico sin texto.

Cuando terminé, esperé su respuesta.

Lo que recibí fue una votación sobre si el tema del baile debía ser «Bosque Encantado» o «Medianoche en París».

—Este debate lleva desde 1996 —explicó Beto.

—No estamos ni cerca de resolverlo —dijo Doña Lucía.

—¡Yo estuve en París a medianoche una vez! —dijo Beto—. En 1899. Había niebla. Fue romántico.

—Mordiste a un guardia del Louvre —dijo Doña Lucía.

—¡Fue un accidente! Estaba oscuro. Parecía un canapé.

Mi presentación. Cuarenta y siete diapositivas. Tres horas de trabajo. Ignoradas. Como si mi esfuerzo no existiera. Como si intentar mejorar las cosas fuera un chiste.

Y entonces dije lo peor que he dicho en mi vida.

—Con razón Morales se fue. Son imposibles.

El aire cambió de temperatura. Los fluorescentes dejaron de parpadear. El silencio fue total, completo, el tipo de silencio que se siente en los huesos.

La pluma de Doña Lucía se detuvo. Beto bajó su bolsa de papel. Marcos guardó el teléfono en el bolsillo —no lo bloqueó, no lo silenció, lo guardó.

Doña Lucía me miró. Sus ojos tenían siglos de paciencia, y en este momento cada uno de esos siglos pesaba.

—Carmen no se fue porque fuéramos imposibles —dijo, cada palabra medida—. Carmen se fue porque ella quería ser posible. Hay una diferencia.

Algo más cruzó su cara —algo que no era solo dolor. Rabia, quizás. Vieja, contenida, del tipo que se acumula cuando la misma herida se abre por centésima vez.

Abrí la boca. Perdón. No quise. Lo siento—

Las luces se apagaron. No el parpadeo habitual. Alguien cortó la electricidad. La oscuridad fue absoluta —mis ojos nuevos podían penetrarla, pero el efecto fue el mismo: caos.

Pasos en el pasillo. Lentos. Deliberados. Tacones contra el suelo de cemento.

Y la voz de la Directora Morales: —La reunión del consejo ha terminado. Todos fuera. Ahora.

Capítulo 5 - La Azotea

Morales cerró la Sala B-13 por «violaciones de seguridad eléctrica». Un candado nuevo. Un aviso oficial. Nuestro hogar —su hogar durante décadas, durante siglos— cerrado.

Nos reunimos en la cafetería. Fue humillante.

Las luces eran cinco veces más brillantes que las del sótano. Mis ojos nuevos las odiaban —agujas invisibles clavándose en las pupilas. Beto apareció con gafas de sol de los ochenta, con cristales del tamaño de platos pequeños. Nadie le dijo nada. Marcos intentó grabar un video: —Reunión especial. Nueva ubicación. Estética diferente. —La señora de la cafetería pasó detrás de él con una bandeja de pan de ajo. El video murió ahí.

El olor a ajo desde la cocina era brutal. Doña Lucía arrugaba la nariz cada pocos segundos. —No he tenido jaqueca desde 1756 —murmuró—. Hoy tengo tres.

La planificación del baile se detuvo. Cada pregunta se convertía en una historia de otra época.

—El baile del 83 fue el mejor —dijo Beto.

—Le prendiste fuego al baterista —dijo Doña Lucía.

—¡Fue un accidente! Me emocioné con el solo de batería.

—Lo mordiste.

—Brevemente. Se recuperó. Casi completamente. Todavía toca —con la otra mano, pero toca.

Doña Lucía negó con la cabeza. Pero noté algo: la esquina de su boca se curvó hacia arriba. Apenas. Lo escondió detrás de su taza de té. Pero la vi.

Necesitaba escapar del olor a ajo y de las historias de incendios.

Encontré a Beto en la azotea del colegio después del anochecer. Una puerta de mantenimiento sin cerradura desde 1973. Arriba, la ciudad se extendía como un mapa de luces. El cielo era enorme. Mis ojos nuevos veían estrellas que antes eran invisibles —miles de ellas, como polvo brillante derramado.

Una saliente del techo creaba una sombra permanente. El único lugar donde un vampiro podía ver el amanecer sin consecuencias.

Beto estaba sentado en el borde con las piernas colgando. Sin chistes. Sin plumas de paloma. Tranquilo por primera vez desde que lo conocía.

—¿Puedo sentarme?

—La azotea es de todos.

Me senté. La ciudad parpadeaba abajo.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunté.

—Me convirtieron en 1879. —Su voz era suave. Sin drama—. Era aprendiz de panadero. Tenía diecisiete años. Extrañé el pan los primeros cincuenta años. Ahora solo extraño el olor.

—¿Por qué te quedas? Si eres tan malo siendo vampiro.

Me miró con una confusión genuina. Como si hubiera preguntado por qué respira —aunque técnicamente no lo necesita.

—¿A dónde iría? —Pausa—. Esperanza, tú crees que ser buena en algo es la razón para quedarse. Pero yo me quedo porque nunca me pidieron que fuera bueno.

Las palabras flotaron entre nosotros. No respondí. No supe cómo.

Después, Beto añadió algo que no esperaba.

—Aunque a veces quiero irme. —Me miró—. No de aquí. Del mundo. A veces ciento cuarenta y siete años pesan. A veces el pan que no puedo comer me hace querer dormir un siglo entero. —Pausa—. Pero luego Lucía me dice algo terrible sobre mi peinado, y me quedo otro año.

Era la primera cosa triste y verdadera que le había escuchado decir. Y la disfrazó de chiste. Como siempre.

Esa noche, necesitaba materiales del armario de almacenamiento. La Sala B-13 estaba cerrada, pero la cerradura era vieja y mis manos nuevas eran fuertes. La puerta cedió.

En el escritorio de Doña Lucía, busqué pinturas. Abrí un cajón.

Un frasco de líquido rojo.

Mi corazón —más lento ahora, pero funcional— se aceleró. Sangre. Doña Lucía guardaba sangre. Todo lo que me habían dicho sobre el jugo de arándano, sobre ser inofensivos —¿mentiras?

Al día siguiente la confronté. Le mostré el frasco. Mi mano temblaba.

Doña Lucía lo tomó. Sacó su pluma. La mojó en el líquido. Y escribió una letra perfecta sobre pergamino —la «L» más elegante que he visto en mi vida. Roja. Brillante.

—Jugo de remolacha. Para la tinta. He sido vegetariana desde 1847. —Me miró por encima de sus gafas invisibles—. Y francamente, estoy ofendida.

Quise morirme. Otra vez.

Esa noche intenté estudiar para el examen de matemáticas. Apenas había aprobado historia —una nota mediocre que dolía. Las fórmulas se mezclaban con la voz de Beto: nunca me pidieron que fuera bueno. Y con la otra cosa que dijo —lo de querer dormir un siglo. Lo de que el pan que no puede comer le pesa.

Mi teléfono vibró. Marcos: «Emergencia. Morales encontró los anuarios. Sabe que sabemos lo de ella. Va a convocar una reunión de la junta escolar para disolver el consejo. El viernes. La misma noche del baile».

Capítulo 6 - La Verdad Sobre Carmen

Fui directamente a la oficina de Morales. El anuario de 1978 bajo el brazo.

—Sé lo que es usted.

Morales estaba detrás de su escritorio. Su oficina olía a madera vieja y a café real —un aroma que me recordaba la vida de hace una semana, cuando el café era algo que yo bebía en vez de algo que extrañaba. Diplomas en las paredes. Fotos enmarcadas. Una vida entera colgada como evidencia de normalidad.

No se sorprendió. No fingió confusión. Me miró, se levantó, cerró la puerta con llave.

—Siéntate.

Me senté. El anuario entre nosotras sobre el escritorio.

Y Morales habló.

—Me convirtieron en 1971. En este colegio. Tenía diecisiete años.

Alguien la mordió. Nunca supo quién. Se despertó diferente. Asustada. Sin familia que pudiera entender lo que le había pasado.

—Hasta que encontré el consejo. —Su voz cambió al decirlo —se suavizó—. Lucía estaba ahí. Beto estaba ahí. Eran exactamente como son ahora. Ridículos. Desorganizados. Maravillosos.

Se unió. Organizó archivos. Mejoró presupuestos. Planificó los bailes de 1972, 73, 74, 75. Cada año, más feliz.

—Pero el mundo seguía fuera de esa sala. —Y su voz se endureció—. Mis amigos humanos envejecieron. Se graduaron. Se casaron. Tuvieron nietos. Y yo seguía con diecisiete años.

Su madre enfermó en 1979. Cáncer. Morales fue al hospital. No pudo entrar —no había envejecido un día en ocho años.

—Vi morir a mi madre desde el otro lado de una ventana. —Su voz era plana. Controlada. Peor que si hubiera temblado —era algo repetido tantas veces que las emociones se habían gastado hasta quedar lisas—. No pude sostener su mano.

La oficina pesaba. No había nada gracioso en esta habitación. Nada absurdo. Solo una mujer y una ventana de hospital y cuarenta años de distancia.

—En 1985 encontré una cura. Un remedio antiguo. Lo tomé. Envejecí. Me volví humana otra vez. Construí una carrera. Volví a este colegio porque quería proteger a la siguiente generación.

—¿Proteger? ¿O destruir?

—Proteger. —Sus ojos no eran de enemiga. Eran los ojos de alguien que había caminado donde yo caminaba ahora y sabía lo que había al final—. Tú no eres como ellos, Esperanza. Tienes un futuro. Universidad. Carrera. Envejecer. Vivir. No lo tires por una familia que te hará perder la tuya.

—Ellos eligen quedarse.

—Ellos no tienen opción. Lucía lleva siglos porque no conoce otra cosa. Beto lleva un siglo y medio porque tiene miedo de estar solo. Marcos lleva quince años porque todavía no entiende lo que pierde. —Se inclinó hacia adelante—. Pero tú acabas de llegar. Todavía puedes salir.

—¿Y la reunión de la junta? ¿Disolver el consejo?

—No quiero destruirlos. —Algo se rompió en su voz. Pequeño. Una grieta en un muro que resistía desde hacía décadas—. Quiero salvarte a ti.

Me levanté. La silla era demasiado pequeña para lo que sentía.

En el pasillo, el mundo era diferente. Los colores eran más oscuros. Los sonidos más fuertes. Todo había cambiado en veinte minutos.

Lo peor: no estaba segura de que estuviera equivocada.

Volví a la Sala B-13. Seguía cerrada oficialmente, pero nos colábamos por la ventana del sótano —una tradición que, según Beto, existía «desde antes de que inventaran las cerraduras modernas».

El consejo estaba adentro. Discutiendo servilletas.

—Cisnes —decía Doña Lucía.

—Rosas —decía Beto.

—Las dos cosas —decía Marcos.

—No se puede doblar una servilleta en cisne y rosa al mismo tiempo —dije desde la ventana.

—No con esa actitud —dijo Beto. Intentaba un doblez de cisne. Parecía un zapato aplastado. Doña Lucía lo corregía con una paciencia infinita. Marcos grababa para sus seguidores. Ninguno notó que había estado llorando.

Miré a Beto luchar con la servilleta. A Doña Lucía corregirlo sin rendirse. A Marcos grabando un video que casi nadie vería.

Morales podría tener razón. Quedarme significaba perder todo lo que había planificado. Irme significaba perder a estas personas.

Y todavía no sabía cuál de las dos cosas podía soportar menos.

Capítulo 7 - La Fotografía

Me lancé a planificar el baile con la energía de alguien que se ahoga y agarra lo primero que flota.

Si no podía controlar mi transformación ni la amenaza de Morales ni la decisión que me perseguía —al menos podía controlar el ancho exacto de las tiras de papel crepé. Medí cada una con regla. Dos veces. Las imperfectas las tiré y empecé otra vez.

—Estás doblando servilletas como una persona que intenta no gritar —dijo Doña Lucía, apareciendo sin ruido a mi lado.

—NO estoy intentando no gritar. Estoy doblando servilletas. Hay una diferencia.

—No la hay.

Reorganicé las luces del gimnasio tres veces. Rehíce la lista de canciones para Esteban, el DJ que vivía en la sala de calderas. Esteban había llegado esa mañana con un gramófono bajo el brazo y una pila de discos de vinilo. Doscientos años de edad. La sonrisa de un niño en la mañana de Navidad.

—¿Dónde conecto el fonógrafo? —preguntó.

Marcos intentó explicarle el Bluetooth. Esteban decidió que era una enfermedad dental. —Conozco un dentista excelente. Murió en 1834, pero era muy competente.

—No es un dentista, Esteban. Es tecnología para conectar—

—¿Conectar qué? ¿Dientes? ¿Con qué, alambre?

—Música. Sin cables.

Esteban lo consideró. —Música sin cables. ¿Como silbar?

Marcos cerró los ojos. —Sí, Esteban. Exactamente como silbar.

Esteban asintió satisfecho. —Yo silbo muy bien. Llevo doscientos años practicando.

Esa tarde volví al armario de almacenamiento. Los anuarios de Morales.

Abrí cada uno desde 1971 hasta 1985. En cada foto —cada baile, cada reunión— Carmen Morales sonreía. Sonrisas reales, del tipo que arrugan los ojos y no se pueden fabricar.

Después abrí los anuarios desde que volvió como directora. 1999. 2005. 2012. 2020.

En ninguno sonreía. Ni una vez.

Escuché pasos detrás de mí. Marcos estaba en la puerta del armario. No dijo nada. Se sentó en el suelo entre las cajas y los anuarios desperdigados.

—Cuando me convirtieron, perdí a todo el mundo. —Sin ironía. Sin performance—. Mi novia. Mi familia. Mis amigos. Llegué aquí con un teléfono y ropa que ya no me quedaba bien porque dejé de crecer.

—Marcos—

—Hice diecisiete presentaciones de PowerPoint en mi primer mes. Porque pensé que si era lo suficientemente útil, me dejarían quedarme.

Algo brilló en sus ojos. Algo que reconocí porque lo sentía cada vez que revisaba mi propia lista de tareas.

—Doña Lucía asistió a las diecisiete. Se durmió en la mayoría. Pero nunca me pidió que parara. —Sonrisa pequeña—. No necesitas ser útil para ser querida. Sé que todavía no lo crees.

Se levantó. Pero en la puerta se detuvo.

—Una cosa más. A veces Lucía me irrita tanto que quiero gritar. Se niega a usar correo electrónico. Escribe cartas. Con pluma. Y las envía por correo postal. Me mandó una invitación a una reunión del consejo —por carta— que llegó tres días después de la reunión. —Pausa—. Pero cuando mi abuela murió y yo no pude ir al funeral porque no había envejecido, Lucía me escribió una carta de doce páginas sobre lo que significa perder a alguien cuando eres inmortal. En tinta de remolacha. Tardó una semana en llegar. —Pausa más larga—. La guardo debajo de mi almohada.

Se fue.

Entonces lo escuché. Mi audición vampírica —todavía imprecisa— captó una conversación dos pisos arriba. Morales al teléfono. Baja. Urgente.

—La cura está casi lista. Solo necesita aceptar. Antes del viernes.

Subí al gimnasio. Beto movía cajas con velocidad sobrenatural. Un repartidor entró. Beto se congeló con tres cajas en los brazos —cajas que ningún humano podría levantar.

Fingí desmayarme. La ironía —yo desmayándome para salvar al vampiro que se desmaya con la sangre— era demasiado perfecta. Funcionó. El repartidor corrió a ayudarme. Beto dejó las cajas. El secreto sobrevivió un día más.

¿Pero cuántos más?

Esa noche, estudiando para ciencias, Doña Lucía apareció a mi lado. Silenciosa.

—Te ofreció la cura, ¿verdad?

No pude responder.

—Me la ofreció a mí también, una vez. Dije que no. —Pausa larga. La luz del pasillo le iluminaba el perfil—. Pero debes saber algo. No fue fácil decir que no. Hubo noches —muchas— en que deseé haberla tomado. En que envidiaba a Carmen por ser valiente. —Su voz vaciló. Apenas—. Ella escogió el dolor que conocía. Yo escogí el que no. Las dos pagamos.

Tres días para el viernes. Dos exámenes. Un baile. Una cura que podía devolverme mi vida.

Y una pregunta que me destrozaba: si las dos personas más sabias que conocía —Lucía y Carmen— habían elegido caminos opuestos y ambas habían sufrido, ¿cómo iba yo, con diecisiete años de experiencia, a elegir bien?

Capítulo 8 - El Ensayo General

Dos días antes del baile. El consejo organizó un ensayo general en el gimnasio. Salió todo mal.

La máquina de humo —guardada treinta y siete años en el armario— no explotó. Hizo algo peor: funcionó demasiado bien. Produjo tanto humo que el gimnasio desapareció. Beto caminó contra una pared. Retrocedió. Caminó contra la misma pared.

—Con permiso —le dijo a la pared.

—Beto, es una pared.

—Ya lo sé. Pero es educado avisar.

Retrocedió un paso. Se giró noventa grados. Caminó contra otra pared.

—Esa no estaba ahí antes.

—¡Sí estaba!

—Entonces se movió. Las paredes se mueven a veces. Lo he visto.

—¡Las paredes no se mueven!

—Tú no tienes doscientos años. Yo he visto cosas.

—Tú tienes ciento cuarenta y siete, no doscientos.

—Ciento cuarenta y siete, doscientos —a esta edad todo es lo mismo.

La bola de discoteca de los setenta cayó del techo. Marcos la atrapó en el aire —impresionante, heroico durante medio segundo— y se la dejó caer en el pie. Saltó en un pie gritando palabras que alternaban entre español moderno y un vocabulario que Doña Lucía clasificó como «impropio de cualquier siglo».

—En 1623 —dijo Doña Lucía desde su rincón, observando el desastre con la calma de alguien que ha visto imperios caer con más gracia—, asistí a un baile en la corte española. Las velas cayeron. El edificio se incendió. Treinta nobles corrieron hacia las salidas. Fue más organizado que esto.

Su mapa de asientos —caligrafiado a mano durante tres semanas en tinta de remolacha— asignaba estudiantes a mesas que no existían. Había basado el diseño en el gimnasio de 1983.

—Fue un excelente año para la distribución de mesas —dijo, como si eso tuviera sentido.

Entonces llegó Esteban. Con su gramófono y discos de vinilo. La sonrisa radiante.

—¿Dónde conecto el fonógrafo?

—Esteban, ya hablamos de esto.

—Sí. Diente azul. ¿Ya se curó?

—No es una enfermedad.

—Entonces ¿por qué se llama como una?

Marcos inspiró profundamente. —Esteban. ¿Puedes simplemente tocar tu música?

—¡Con placer! Puso un vals. En el gimnasio vacío, entre el humo y los escombros de la bola de discoteca, la música sonó elegante e increíblemente fuera de lugar.

Beto empezó a bailar con la pared contra la que se había estrellado. Posiblemente como disculpa.

Mi teléfono vibró. Resultados del examen de matemáticas.

C.

La letra me devolvió la mirada desde la pantalla. Mi primera C. En diecisiete años de madrugadas, de sacrificio, de revisar cada respuesta tres veces. Una C. Una grieta en un edificio que había tardado toda mi vida en construir.

Algo se rompió. No sé qué exactamente. Pero lo sentí ceder.

Grité. No a la máquina de humo. No a la bola de discoteca. No al gramófono. A ellos.

—¡Estoy FRACASANDO! Mis notas se derrumban. Este baile es un desastre. ¡Llevan SETENTA AÑOS planificando bailes y todavía son TERRIBLES! ¿Cuál es el PUNTO?

El vals seguía sonando. Elegante. Absurdamente fuera de lugar.

Beto dejó la bola de discoteca despacio. Doña Lucía dobló su mapa de asientos. Marcos guardó el teléfono.

Me miraron. Y sus caras mostraban una sola cosa. No rabia. No insulto. Dolor. Les había hecho daño.

—Lo siento —dije. Pero las palabras sonaron pequeñas. Insuficientes.

Doña Lucía habló primero. Eso me sorprendió. Esperaba silencio. Esperaba compasión digna. Lo que dijo fue:

—Tienes razón.

Todos la miramos.

—Somos terribles planificando bailes. Siempre lo hemos sido. El baile de 1974 —las decoraciones se cayeron antes de que llegaran los invitados. El de 1988 —Beto incendió al baterista. El del 2003 —la máquina de humo explotó exactamente así. No hemos mejorado en setenta años. —Me miró directamente—. Pero vinimos cada año. Cada año pusimos las luces. Cada año fallamos. Y cada año bailamos de todas formas.

Pausa.

—La pregunta no es por qué somos terribles, Esperanza. La pregunta es por qué tú necesitas que seamos perfectos.

Me fui a casa. No contesté llamadas. A medianoche encontré un sobre bajo mi puerta. Dentro, una hoja con caligrafía perfecta:

«El consejo ha votado. Tu presencia en la reunión de mañana no es necesaria. Descansa, niña. Lo necesitas más de lo que sabes».

Leí la nota tres veces. Cada vez dolió más. Me habían expulsado. Votado fuera. Ya no era una de ellos.

O eso creí.

Capítulo 9 - La Silla Vacía

No fui a la reunión.

Me senté en el armario de almacenamiento rodeada de decoraciones de siete décadas de bailes que no eran míos.

Bolas de discoteca con el brillo gastado.

Estrellas que alguien cortó con cuidado en 1994.

Guirnaldas que olían a polvo y a tiempo.

Esperanza Marin.

Ex presidenta.

Ex alumna perfecta.

Actual vampira.

Actual desastre.

Saqué los anuarios.

Pero no buscaba a Morales ni al consejo.

Buscaba los bailes.

1974.

El gimnasio decorado con papel crepé dorado que se despegaba de las paredes.

Globos a medio inflar.

Un letrero pintado a mano —«NOCHE MÁGICA»— con las letras tan torcidas que «mágica» parecía «mógica».

Las decoraciones eran horribles.

Pero el consejo estaba bailando.

Beto hacía algo que tal vez era el hustle.

Sus brazos iban en direcciones que la anatomía humana no debería permitir.

Doña Lucía bailaba despacio con alguien que no reconocí —un miembro que se fue hace décadas.

1988.

Más luces.

Más brillantina.

El consejo bailando otra vez.

Mal.

Juntos.

2003.

Beto intentando breakdance.

Perdiendo contra el suelo.

2015.

Marcos uniéndose por primera vez.

También intentando breakdance.

También perdiendo contra el suelo.

Una tradición.

Cada foto.

Cada década.

Sin importar si las decoraciones eran perfectas o si la música era buena o si la máquina de humo funcionaba o explotaba.

Bailaban.

Se pisaban los pies.

Seguían.

Y la pregunta de Doña Lucía volvió a golpearme: ¿por qué necesitaba que fueran perfectos?

Porque si ellos eran perfectos, mi presencia tenía sentido.

Si ellos me necesitaban, yo tenía valor.

Si yo los arreglaba, merecía quedarme.

Pero nunca me pidieron que los arreglara.

Nunca me pidieron nada excepto que ocupara mi silla.

Cerré el anuario.

Mis ojos estaban húmedos.

Los vampiros lloran mucho, resulta ser.

Más que los humanos.

Quizás porque tenemos más años acumulados de cosas por las que llorar.

Mi teléfono: silencio.

Ningún mensaje del consejo.

Pero había uno de Morales: «La cura está lista. Ven a mi oficina mañana por la mañana. Antes de la reunión de la junta. Puedo devolverte tu vida».

Miré mis manos.

Manchas de pintura.

Verde.

Dorado.

Plateado.

Los colores de un baile que todavía no tenía tema porque el consejo llevaba treinta años sin ponerse de acuerdo.

Mi vida anterior: notas perfectas, universidad, carrera.

Un futuro organizado en carpetas.

Mi vida nueva: una bola de discoteca que se cae, un DJ que cree que el Bluetooth es una enfermedad, un mentor que se desmaya con el kétchup, y un baile que probablemente sería un desastre hermoso.

Pensé en Morales mirando a su madre morir desde el otro lado de una ventana.

Pensé en Doña Lucía admitiendo que hubo noches en que deseó haber tomado la cura.

Pensé en Marcos guardando una carta de doce páginas debajo de su almohada.

Pensé en Beto diciendo que a veces quiere dormir un siglo entero, pero que se queda porque alguien le dice algo terrible sobre su peinado.

Pensé en la C de matemáticas.

Dolía menos que ayer.

Llamé a Beto.

Contestó al primer tono.

Al primero.

Como si hubiera estado sosteniendo el teléfono.

Esperando.

—¿Estás bien? —preguntó.

No «¿vas a volver?»

No «te necesitamos».

No «el baile está perdido sin ti».

Solo eso.

Empecé a llorar.

Beto no dijo «no llores».

No dijo «sé fuerte».

Escuchó.

A través del teléfono, el zumbido de las tuberías viejas del sótano.

—La nota de Doña Lucía —dije—. ¿Me expulsaron?

—¿Qué? —Genuinamente confundido—. No. Te dijimos que descansaras. Parecías agotada. Estábamos preocupados.

—Pero el voto…

—Votamos para decirte que durmieras, Esperanza. Fue unánime.

No me habían expulsado.

No me habían rechazado.

Habían votado —esta gente que votaba sobre servilletas y temas de baile y si Esteban podía poner MMMBop por tercera vez— para decirme que me cuidara.

—La silla sigue aquí —dijo Beto—. Siempre va a estar aquí.

Colgué.

Me sequé los ojos.

Pasos en el pasillo.

Lentos.

Deliberados.

La manija del armario giró.

La Directora Morales entró.

Sostenía el frasco con la cura.

—Se acabó el tiempo, Esperanza. Elige ahora.

Capítulo 10 - El Plan

Morales estaba frente a mí. El frasco brillaba bajo la luz del armario —pequeño, transparente, lleno de un líquido que prometía normalidad. Mi vida anterior concentrada en un frasco. Las notas perfectas. La universidad. El control. Siete décadas de decoraciones nos rodeaban.

Lo miré. Morales esperó. Ni su mano ni la mía temblaba.

—Todavía no.

Morales parpadeó.

—Dame hasta esta noche. Ven al baile. Por favor. —Mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Si después de verlos —después de ver lo que dejaste— todavía crees que debo tomarla, te escucharé.

Algo cruzó su cara. Miedo y esperanza —las dos cosas se parecen cuando llevas cuarenta años sola.

—Esta noche. Es todo lo que tienes.

Se guardó el frasco y se fue. Sus pasos se alejaron hasta desaparecer.

Pero no me fui directamente al consejo. Primero hice algo que debí hacer hace días. Fui a la oficina de la secretaria del colegio y pedí los formularios para apelar una decisión de la junta escolar. La secretaria me miró sorprendida. —Nunca nadie ha pedido esos formularios.

—Primera vez para todo.

Los completé en diez minutos. Nombre de la organización. Años de servicio. Contribuciones al colegio. En la sección de «evidencia de impacto positivo» escribí: «Setenta años de bailes consecutivos. Ninguno perfecto. Todos memorables». Lo firmé. Lo dejé en el buzón del presidente de la junta.

Después, fui a la Sala B-13. La puerta estaba abierta —la «violación eléctrica» se había evaporado cuando Morales tuvo cosas más urgentes en las que pensar.

Mi silla estaba donde siempre. Nadie la había movido. Nadie se había sentado en ella.

Beto estaba en la silla equivocada. Doña Lucía caligrafiaba algo. Marcos se hacía un selfie para sus seguidores.

Nadie hizo un discurso. Nadie dijo «bienvenida».

Doña Lucía levantó la vista: —Llegas tarde. Movimos la reunión a las siete y media. Hubo un voto.

—No estuve para el voto.

—Exacto. Por eso fue unánime.

Me senté. Y por primera vez en mi vida, no saqué una agenda. No abrí una presentación.

—¿Qué quieren que sea el baile?

Silencio. Me miraron como si hubiera hablado en otro idioma. Esperanza Marin preguntando en vez de dirigir.

Las ideas fueron magníficas en su locura.

Beto quería una fuente de chocolate. No podía comer chocolate —le hacía daño desde 1879— pero le gustaba cómo brillaba. —Una cascada de felicidad —dijo, moviendo las manos. Su bolsa de papel cayó. No la recogió.

Doña Lucía quería un vals. Uno real.

Marcos quería un fotomatón con disfraces de cada década. Gorras de los noventa. Gafas de los ochenta. Sombreros de copa del siglo diecinueve. —Mis seguidores van a —Pausa—. Tengo veinticinco ahora. Dos nuevos esta semana.

—¿Reales?

—Uno de ellos.

Y Esteban, que apareció de la sala de calderas oliendo a aceite de motor, quería poner un vals, una canción disco, y MMMBop.

—De Hanson —dijo con una sonrisa radiante—. Es el futuro de la música.

—Esteban, esa canción tiene casi treinta años.

—Treinta años es nada. Yo tengo doscientos. Prácticamente es nueva.

Dije que sí a todo. La fuente de chocolate que nadie del consejo podía comer. El vals. El fotomatón. MMMBop.

Pasamos el día montando el gimnasio.

La máquina de humo funcionaba —en ráfagas impredecibles que hacían toser a Beto, lo cual era absurdo porque no necesitaba respirar.

La bola de discoteca fue pegada al techo con tres capas de cinta adhesiva. Marcos juró que era seguro. Nadie le creyó.

El gramófono de Esteban quedó junto a un altavoz Bluetooth. —Un puente entre siglos —lo llamó Marcos. Esteban no entendió pero le gustó la palabra «puente». —Me gustan los puentes. Cruzan cosas. Como la música.

Doña Lucía revisó su mapa de asientos corregido —el del gimnasio actual, no el de 1983. Solo estaba ligeramente ofendida por tener que adaptarse.

Al final del día miré el gimnasio. Luces parpadeantes. Fuente goteando. Disfraces apilados. La máquina de humo soltó una nube pequeña, satisfecha.

Las puertas se abrieron a las siete. Los primeros estudiantes entraron. Esteban empezó con un vals. Los estudiantes se miraron confundidos. Pero algunos —los que se dejaron llevar— empezaron a bailar.

Y en la puerta, Morales. Con el frasco en el bolsillo de su chaqueta. Mirándome. Esperando mi respuesta.

Capítulo 11 - La Elección

El baile era un caos glorioso.

Beto enseñaba a los de primer año a bailar vals. Les pisaba los pies —a veces los dos al mismo tiempo, lo cual requería un talento especial. Pero se reían tanto que nadie se quejaba. —¡Estilo! —gritaba Beto cada vez que aplastaba un pie—. ¡Esto se llama estilo!

Doña Lucía observaba la fuente de chocolate desde una esquina. —Los aztecas usaban el chocolate como moneda. Verlo convertido en una fuente decorativa es una ofensa a la historia. —Pausa. Mojó un dedo en el chocolate. Lo probó—. Aunque admito que está deliciosa.

Marcos manejaba el fotomatón. Por algún milagro, se había convertido en la persona más popular de la noche. Los estudiantes hacían fila para ponerse las gafas de los ochenta, las gorras de los noventa, los sombreros de copa. Marcos sacaba fotos y las publicaba en las redes.

—¡Veintisiete seguidores! —anunció—. ¡Cuatro nuevos esta noche!

—¿Reales?

—¡Tres! ¡Un récord personal!

La máquina de humo creó una nube tan espesa que dos parejas bailando chocaron y terminaron bailando con las personas equivocadas. A nadie le importó. Esteban tocó su vals, después la canción disco, después MMMBop. Los estudiantes la cantaron a gritos. Esteban estaba encantado.

Entonces Esteban se me acercó entre la niebla.

—Por cierto —dijo con la tranquilidad de alguien que ha vivido dos siglos sin preocuparse por nada—, estuve en el estacionamiento la semana pasada buscando la aguja de mi gramófono. Es posible que accidentalmente haya mordido a alguien cerca de los basureros.

Me quedé helada.

—¿ESO FUISTE TÚ?

—Dije que lo sentía. Te dejé una nota muy bonita.

—No dejaste ninguna nota.

—¿No? La pegué en algo. Un basurero. O un coche. Había un gato. Quizás se la pegué al gato. —Frunció el ceño—. Era un gato bonito.

Me llené de aire —aire que no necesitaba— para gritar. Pero Esteban ya estaba de vuelta en su gramófono, poniendo otro disco, completamente ajeno a que acababa de confesar el acto que había cambiado mi vida para siempre.

¿Qué iba a hacer? ¿Enfadarme con un DJ de doscientos años que confundía gatos con buzones?

Alguien me tocó el hombro.

Morales.

—Necesitamos hablar. Ahora.

Me llevó al pasillo. La música sonaba amortiguada a través de las puertas.

Sacó el frasco. Lo sostuvo frente a mí.

—Esta es tu última oportunidad. Después de esta noche, la transformación es permanente. Serás como ellos para siempre.

Miré el frasco. Miré a través de las puertas del gimnasio.

Beto intentaba hacer la macarena. Su capa se había enganchado en la bola de discoteca y colgaba del techo como un murciélago —pero al revés, lo cual significaba que colgaba como una persona normal por razones vampíricas. Doña Lucía bailaba con una escoba. —Mejor pareja que la mayoría de los hombres que he conocido —le dijo a un estudiante de primero que pasaba. El estudiante no supo cómo responder.

La voz de Morales se quebró.

—Vi morir a mi madre, Esperanza. Desde fuera de la ventana. Porque no podía entrar sin que alguien me reconociera. ¿Entiendes lo que es eso?

Sentí el peso. Cada palabra era real. Esta decisión tenía un costo. Real. Terrible. Viviría más que mis padres. Más que mis amigos. Más que todos los que amaba fuera de esa sala.

—Tú los dejaste —dije—. Y has estado sola desde entonces.

Morales no respondió.

Tomé el frasco de su mano. Lo levanté. El líquido brilló. Normalidad. Control. La vida que había planificado en agendas de colores.

Lo puse en el bolsillo de su chaqueta.

—No quiero ser curada. Quiero estar aquí.

Le tomé la mano. —Y creo que tú también.

Morales resistió. Un segundo. Dos. Sus dedos se tensaron —cuarenta años de certeza empujando contra mis palabras. Después se relajaron. Dejó que la guiara hasta la puerta del gimnasio.

Dentro, Doña Lucía levantó la vista de su escoba. Se quedó inmóvil.

Beto se detuvo. Marcos bajó el teléfono.

Doña Lucía dijo: —Carmen.

Morales dijo: —Lucía.

Cuarenta años en dos nombres.

Doña Lucía dejó la escoba. Cruzó el gimnasio —pasando la fuente de chocolate, la máquina de humo, la bola de discoteca sostenida con cinta adhesiva y optimismo. Se detuvo frente a Carmen Morales.

Y abrió los brazos.

Capítulo 12 - El Último Vals

Se abrazaron.

No fue dramático. Fue dos mujeres que se habían extrañado, sosteniéndose la una a la otra en medio de un gimnasio lleno de humo y estudiantes confundidos y una canción de Hanson.

Beto empezó a llorar inmediatamente. Sacó su bolsa de papel arrugada y respiró entre sollozos. Marcos fingió que no lloraba haciéndose un selfie. La foto claramente mostraba a Marcos llorando. La publicó de todas formas.

Esteban puso otro vals. Quizás notó el momento. Quizás simplemente era el siguiente disco. Con Esteban nunca se sabía.

Carmen Morales se sentó en una mesa. El consejo la rodeó. Cuarenta años de historias que contar. Doña Lucía le sirvió un vaso de ponche —del tipo sospechosamente rojo.

Carmen lo miró. Miró a Lucía. Bebió.

—Jugo de arándano —dijo.

—¿Qué esperabas?

—Nada diferente. Siempre fue jugo de arándano.

El baile continuó. La máquina de humo produjo otra nube. Dos parejas chocaron y terminaron bailando con las personas equivocadas —iba camino de convertirse en tradición. Esteban pasó del vals a la disco y después a MMMBop por tercera vez. Los estudiantes la cantaron a gritos. Esteban estaba radiante.

El fotomatón fue un éxito. Un chico de segundo se puso el sombrero de copa del siglo diecinueve, se sacó una foto y le puso un filtro de vampiro. La ironía fue tan perfecta que me dolió reír.

Beto me invitó a bailar. Acepté sabiendo exactamente lo que iba a pasar.

Bailamos el vals. Me pisó los pies diecisiete veces. Las conté. En algún punto dejé de esquivar y dejé que pasara. En el último pisotón, los dos nos reímos —Beto con una risa grave y desordenada, yo con una risa que todavía no reconocía. Más libre. Más suelta.

—Perdón —dijo por decimoséptima vez.

—No te disculpes.

—¿Por los pies?

—Por nada. Nunca te disculpes por nada.

Me miró. Y por un instante su cara cambió —la máscara del payaso se retiró un centímetro y debajo vi algo que rara vez mostraba. Gratitud. No por el baile. Por algo más grande. Por años y años de alguien que lo dejaba ser exactamente lo que era.

—Nunca fui buen panadero tampoco —dijo—. Si te sirve de consuelo.

Después del baile, los resultados de mis exámenes llegaron al teléfono. Aprobé todo. La C de matemáticas seguía ahí —firme, inamovible, la primera imperfección permanente de mi historial. La miré. La acepté. Guardé el teléfono.

Marcos se acercó a mostrarme las fotos del baile. —Las voy a subir. Mis seguidores las van a amar.

—¿Cuántos ahora?

—Veintisiete. Cuatro nuevos esta noche.

—¿Reales?

—Tres. —Pausa—. El cuarto soy yo. Olvidé que ya me seguía.

Doña Lucía se sentó a la mesa. Después Beto. Después Marcos. Esteban apareció con su gramófono bajo el brazo y la satisfacción de alguien que acaba de tocar el concierto de su vida.

—Buen baile —dijo Esteban—. El mejor desde 1847.

—No estuviste en el de 1847.

—No. Pero dicen que fue excelente. Este fue mejor.

Cerca del final de la noche me encontré sentada junto a Carmen. El gimnasio se vaciaba. La niebla se dispersaba. La bola de discoteca colgaba de una sola tira de cinta adhesiva y pura terquedad.

Carmen miraba al consejo limpiando. Beto barriendo —empujando confeti de un lado a otro sin recoger nada. Doña Lucía dirigiendo las operaciones señalando manchas invisibles con su pluma. Marcos documentando todo para las redes que casi nadie visitaba.

Desde algún rincón del sótano, a través de las tuberías, llegó un olor familiar. Café. El mismo café de siempre.

—Extrañaba esto —dijo Carmen.

—Te guardamos un asiento —dije.

Carmen me miró. Algo viejo y cansado se movió detrás de sus ojos. No dijo gracias. Dijo:

—¿A qué hora es la próxima reunión?

—Siete y media.

—Voy a llegar tarde. Tengo una llamada con la junta escolar a las siete para cancelar la reunión del viernes.

—Ya no hace falta. Presenté una apelación esta mañana.

Carmen me miró de nuevo. Esta vez con algo parecido al respeto. O al alivio. O a las dos cosas.

—Eres buena en esto —dijo.

—Lo sé. Pero estoy aprendiendo a no necesitar serlo.

La mesa estaba llena. Cada silla ocupada. Carmen al lado de Lucía. Beto a mi izquierda. Marcos a mi derecha. Esteban cuidando su gramófono.

Afuera, el cielo empezaba a aclararse. La noche terminaba. El baile había terminado. Mis exámenes habían terminado.

Mañana habría otra reunión del consejo. Beto se sentaría en la silla equivocada. Doña Lucía escribiría algo en un pergamino que nadie leería. Marcos publicaría algo que casi nadie vería. Y yo estaría ahí, en mi silla, con mis agendas que ya no abría tanto, escuchando a personas ridículas discutir sobre cosas imposibles.

Iba a vivir más que mis padres. Iba a ver envejecer a mis amigos desde lejos. Iba a cargar con un peso que Morales cargó sola durante cuarenta años.

Pero no lo iba a cargar sola.

El DJ puso otro vals. La Directora Morales sacudió la cabeza, pero estaba sonriendo. Y por primera vez desde que me convertí en un monstruo, no quería ser nada más.

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