El Reglamento de la Popularidad

Capítulo 1 - El Cuaderno Detrás del Radiador

Mi nombre es Emilia Ortega, y lo más interesante de mí es que no hay nada interesante en mí. Me lo han dicho tres exnovios, dos empleadores y, una vez, memorablemente, mi propia madre.

No es que sea fea, ni tonta, ni aburrida exactamente. Es que soy administrativa. La gente me conoce, disfruta mi compañía y olvida mi nombre antes de llegar a la puerta. Me han presentado al mismo compañero de clase cuatro veces en siete semanas. Cuatro. Veces. —¡Hola, soy Diego! —me dijo el lunes, extendiendo la mano con la energía de un explorador que acaba de descubrir un continente—. Encantado de conocerte. Llevábamos en la misma clase de literatura desde septiembre.

Esa mañana, me desperté a las ocho, comí el cereal que Elena había dejado en el escritorio —mi compañera de cuarto siempre dejaba cereal, como si yo fuera un gato que necesitaba alimentación regular— y fui a clase. La profesora Delgado pasó lista. Llegó a la letra R. Me miró. Miró la lista. Me miró otra vez. —¿Emilia… Ortega? —Dijo mi nombre con la convicción de alguien leyendo un menú en un idioma que no domina. Semana siete. Mi profesora no estaba segura de que yo existiera.

Ser invisible no es dramático. Es administrativo. Simplemente no te cuentan. Eres un error de redondeo en la ecuación social de la universidad. Llegas a la fiesta y la gente dice «Éramos doce» cuando en realidad eran trece. Tú eres el decimal que se pierde.

Volví a la habitación. Elena estaba en su cama leyendo un libro que ya había leído dos veces —algo sobre barcos, o piratas, o barcos con piratas. Nuestro cuarto era pequeño: dos camas, dos escritorios, una ventana que daba al estacionamiento. El lado de Elena era un caos organizado —libros ordenados por color, un tablero de postales de lugares que quería visitar, una lámpara que había posicionado con precisión científica. Mi lado era limpio pero vacío. Nada en las paredes. Nada personal. Como si estuviera lista para irme en cualquier momento y quisiera asegurarme de que nadie notara que había estado allí.

Dejé caer mi mochila y escuché un golpe. Algo había caído detrás del radiador. Me arrodillé y metí la mano detrás del metal caliente. Mis dedos tocaron cuero.

Saqué un cuaderno. Viejo, caliente al tacto, con letras doradas en la portada: «EL REGLAMENTO DE LA POPULARIDAD». Dentro: trece capítulos de reglas escritas a mano, cada una más específica y extraña que la anterior. La tinta era azul oscuro. La letra era ordenada pero intensa —alguien había escrito esto con la convicción de un científico documentando un descubrimiento.

Capítulo 1 del cuaderno: «LLEGADA. Llega siempre siete minutos tarde. Nunca seis. Nunca ocho. Siete minutos indica confianza sin falta de respeto. Cuenta desde el momento en que la puerta se abre, no desde la hora de la invitación».

Lo leí en voz alta. Elena no levantó la vista de su libro. —Suena como un manual de culto.

Seguí leyendo. Capítulo 2: «CUMPLIDOS. Uno por hora. Específico, nunca genérico. Apunta a lo que la persona INTENTA que la vean, no a lo que ya sabe de sí misma». Capítulo 3: «RISA. 2.4 segundos. Más largo se lee como desesperado. Más corto se lee como desprecio».

Dos punto cuatro segundos. ¿Quién mide una risa?

Esa noche había una fiesta. Diego la mencionó de pasada, no exactamente a mí, más bien en mi dirección general, como alguien que habla al viento y el viento casualmente tiene orejas. Decidí, como broma, probar la Regla 1. Siete minutos tarde. ¿Qué era lo peor que podía pasar?

Llegué a las 10:07. La música se sentía en el pecho antes de abrir la puerta. Entré. Diego me vio desde el otro lado de la sala y —por primera vez— caminó hacia mí. —¡Emilia! Viniste.

Dijo mi nombre. Recordó mi nombre.

Me presentó a tres personas que yo había visto todos los días durante dos meses pero con las que nunca había hablado. Eran simpáticas. Eran interesantes. Parecían querer que yo estuviera allí. Me quedé hasta medianoche, cuatro horas más de lo que me había quedado en cualquier fiesta.

En el camino a casa, el campus estaba silencioso y el aire olía a jazmín. Saqué el cuaderno y lo abrí en el Capítulo 2. «Cumplidos», decía. «Uno por hora».

Lo leí dos veces. Luego lo leí otra vez.

Esto era una broma. Estaba haciendo esto como broma.

Empecé a memorizar.

Capítulo 2 - Las Reglas Empiezan a Funcionar

Lunes por la mañana. Llegué a la clase de literatura siete minutos tarde. La profesora Delgado pausó su explicación, me miró y asintió. No molesta —notándome. Primera vez en siete semanas. Siete semanas de ser un fantasma administrativo y siete minutos de retraso lo habían arreglado. Las matemáticas de la interacción humana eran absurdas.

Diego me saludó con la mano desde el otro lado del salón. El hombre que me había conocido cuatro veces. Ahora me saludaba como si fuéramos amigos de toda la vida. Quise preguntarle cuántas veces más tendría que conocerme antes de que se le grabara, pero me contuve.

En la cafetería, probé la Regla 2. El café olía a metal caliente y ambición juvenil. —Esa chaqueta —le dije a Diego, señalando la prenda azul marino—. Ese color combina con el banco donde siempre te sientas. Es como si lo hubieras reclamado. Diego se iluminó. Me guardó un asiento. Nunca en mi vida había tenido un asiento guardado. Yo, Emilia Ortega, tenía un asiento reservado en la cafetería. Si mi madre pudiera verme.

Regla 3: la risa. 2.4 segundos. Practiqué en el espejo del baño, cronometrándome con el teléfono. Ja-ja-ja-ja. Muy corto. Ja-ja-ja-ja-ja-ja. Muy largo. Repetí quince veces, ajustando el tono, la apertura de la boca, la inclinación de la cabeza. Una mujer de veintidós años practicando una risa falsa a las siete de la mañana en un baño universitario.

Elena abrió la puerta.

—¿Estás… ensayando una risa?

—Estoy explorando mi rango vocal.

—Eso es lo más perturbador que has dicho en tu vida.

Cerré la puerta. Seguí practicando.

En la biblioteca, en mi rincón del tercer piso —la silla con una pata corta que se balanceaba, las estanterías tan profundas que nadie venía aquí— leí el Capítulo 4 del cuaderno: «PREGUNTAS. Haz una pregunta por cada dos declaraciones. Deja que la otra persona llene el silencio. A la gente no le gustan los buenos conversadores. Les gustan los buenos oyentes que los hacen sentir como buenos conversadores». Murmuré: —Esto es manipulador. Me lo escribí en la mano de todas formas. Con bolígrafo azul, porque el negro se borraba con el sudor.

Para el viernes, me habían invitado a tres eventos que no sabía que existían. Un grupo de estudio donde nadie estudiaba. Una cena de cumpleaños de alguien cuyo nombre me aprendí con ayuda del cuaderno. Y una «reunión casual» que resultó ser treinta personas en un apartamento donde no cabían quince. Navegué cada una usando las reglas y era como tener códigos secretos para la interacción humana.

Lo cómico era lo que pasaba entre conversaciones. Yo en el baño, frenéticamente revisando el cuaderno. Cronometrando segundos en mi teléfono. Ensayando cumplidos frente al espejo. —Me gusta tu presentación. No —me gusta CÓMO presentaste. No —me gusta la estructura de tu argumento sobre… Trataba la interacción humana como un examen final, y sacaba las mejores notas de mi vida.

Elena observaba mi transformación sin comentar directamente. Hacía pequeñas observaciones durante nuestra rutina nocturna, cada una aterrizando con la precisión de un dardo.

—Sales mucho últimamente.

—Tu teléfono no para de sonar.

—Cambiaste de champú.

Cada observación era exacta. Elena notaba todo. Pero yo no registraba sus palabras como importantes. Eran comentarios de mi compañera de cuarto, no la atención del mundo exterior. Y el mundo exterior, por primera vez en veintidós años, me estaba mirando.

El viernes por la noche, volví a la habitación. Estaba cansada. Estaba feliz. No podía distinguir la diferencia. Busqué el cuaderno en mi mochila y encontré algo que no debería estar allí.

Una nota. Papel doblado, la misma letra que el cuaderno. La misma tinta azul oscuro. Dos palabras:

«PARA. AHORA».

Quien escribió el cuaderno sabía que estaba en mi mochila. Sabía dónde me sentaba. Sabía dónde había estado. Miré alrededor de la habitación. Elena leía. Los vecinos discutían sobre quién debía comprar leche. Todo normal. Pero claro —antes del cuaderno, nadie me miraba nunca. Así que, ¿cómo sabría yo si alguien me estaba observando?

Capítulo 3 - La Economía del Cumplido

Capítulo 5 del cuaderno: «POSICIONAMIENTO. En cualquier grupo de cuatro o más, colócate en la posición de las diez en punto respecto al hablante dominante. Este ángulo crea máximas oportunidades de contacto visual sin parecer confrontacional».

Me descubrí calculando ángulos durante el desayuno. Miré a Diego sentado a mi izquierda. Moví mi silla tres centímetros. Lo miré. Moví la silla dos centímetros más. Perfecto. Las diez en punto. Me pregunté si la risa que se me escapó había durado 2.4 segundos. Luego me pregunté si importaba que me preguntara eso. Luego dejé de pensar porque pensar sobre pensar sobre pensar era un camino sin salida.

Capítulo 6: «DISPONIBILIDAD. Di que no a cada tercera invitación. La escasez crea valor. Registra invitaciones en una hoja de cálculo si es necesario».

Una hoja de cálculo. El cuaderno me estaba pidiendo una hoja de cálculo para mi vida social. Lo más aterrador es que la hice. Esa misma noche abrí Excel y creé columnas: «Evento», «¿Rechazado?», «Cumplidos Dados» y «Retorno Social Estimado». La codifiqué por colores. Rojo para rechazos, verde para aceptaciones, amarillo para eventos pendientes. Había creado una versión empresarial de la amistad. Mi vida social tenía métricas de rendimiento.

Elena miró mi pantalla al pasar hacia su cama.

—¿Eso es una hoja de cálculo de tu vida social?

—Es un sistema de organización.

—Los asesinos en serie tienen sistemas de organización.

La vida en el campus había cambiado. Yo era Alguien con mayúscula. La gente me saludaba al cruzar el patio. Había migrado de los bancos lejanos a los bancos intermedios, cada vez más cerca de la fuente. Mi teléfono sonaba constantemente. Tenía tres chats de grupo nuevos que no existían hacía dos semanas. Uno se llamaba «Los del Patio». Otro, «Viernes Épicos». El tercero era un grupo donde Diego enviaba fotos de su gato a las tres de la mañana y nadie se quejaba porque así era Diego.

Le mencioné a Elena que había estado en la fiesta del departamento de comunicaciones. Elena pasó una página de su libro. —¿Había palomitas?

—No.

—Entonces no era tan exclusiva.

Una noche, durante nuestra rutina —ella leyendo, yo memorizando reglas, los vecinos discutiendo sobre la leche— Elena habló sin que nadie se lo pidiera.

—Estás siendo rara. Estratégicamente rara.

Me moví demasiado rápido: —Solo estoy siendo social.

—Nunca has sido social —dijo Elena, sin levantar la vista—. Siempre has sido mejor que social. Eras interesante. Ahora estás optimizada.

No escuché el cumplido escondido en su preocupación. Escuché crítica. Y algo frío se encendió dentro de mí —algo que el cuaderno había plantado sin que yo lo notara.

—Lo entenderías si alguna vez salieras de esta habitación.

Lo dije. Las palabras salieron de mi boca y se quedaron flotando en el aire entre nosotras. Era lo más cruel que le había dicho a Elena en dos años de vivir juntas. Me arrepentí instantáneamente, pero no lo retiré. El cuaderno no tenía un capítulo para disculparse cuando las reglas te convierten en alguien que hiere a la persona que más te importa.

Elena volvió a su libro. No dijo nada. El silencio era diferente ahora —no cómodo. Cargado.

Al día siguiente, otra nota. Esta vez en mi casillero: «Yo también las seguí. Todas las reglas. No termina como piensas». La arrugué. Estaba subiendo y no quería escuchar a alguien que había caído.

Capítulo 7 del cuaderno: «CONTACTO FÍSICO. Un toque breve en el brazo durante la conversación —no más de 1.3 segundos— aumenta la calidez percibida un 42%. Nunca el hombro. Siempre el brazo. Siempre breve».

—¿42%? —murmuré, pasando la página—. ¿Quién midió esto? ¿Hay un laboratorio de calidez en alguna parte?

Fui al patio la mañana siguiente y encontré mi banco habitual ocupado. No por extraños. Por personas guardándolo para mí. —¡Emilia! ¡Aquí! —gritó Diego. Me senté, y por un momento —solo un momento— me sentí como la protagonista de la historia de otra persona. Mejor que cualquier cosa que hubiera sentido siendo yo misma.

Abrí el cuaderno debajo de la mesa y pasé al Capítulo 8.

Capítulo 4 - El Círculo Interior

Capítulo 8 del cuaderno: «SECRETOS. Comparte un detalle personal por cada nueva relación —lo suficientemente pequeño para sentirse seguro, lo suficientemente específico para sentirse íntimo. Esto no es vulnerabilidad. Esto es la actuación de la vulnerabilidad».

Leí esa línea tres veces. La palabra «actuación» me molestó por primera vez. La ignoré. Pero tardé más en lograrlo.

Mauricio Morales apareció ese lunes. Se sentó a mi lado en el patio como si el asiento lo hubiera estado esperando y se presentó con una calidez que era casi física. Él era todo lo que el cuaderno describía, pero natural. No calculaba. Simplemente ERA agradable. La diferencia entre Mauricio y yo era la diferencia entre un músico que toca de oído y alguien que lee las notas con el dedo temblando sobre la partitura.

—Te he estado viendo por todas partes últimamente. ¿Dónde te habías escondido?

Usé la Regla 4 con él. Funcionó perfectamente: habló durante veinte minutos sobre su semestre, su familia, sus clases. Su padre era arquitecto. Su madre enseñaba piano. Tenía un hermano menor que le enviaba memes a las tres de la mañana. Mauricio hablaba de su vida como alguien que vivía en ella, no como alguien que la actuaba.

Entonces se detuvo. —Pero sigo hablando yo. ¿Qué hay de ti? ¿Qué te importa DE VERDAD?

Nadie me había preguntado eso. Las reglas no tenían un capítulo para preguntas genuinas dirigidas a mí. Mi mente buscó frenéticamente entre las reglas —Capítulo 4, Capítulo 8, algo— pero no había protocolo para la sinceridad ajena.

Improvisé. Dije algo verdadero: —Me importa no ser olvidable.

Mauricio me miró durante un momento largo. El ruido del patio —risas, pasos, la fuente que a veces funcionaba— pareció apagarse. —No lo eres —dijo.

¿Eso era las reglas funcionando o algo real? Había construido una máquina tan buena que no podía distinguir su resultado de la realidad. ¿Mauricio me veía porque las reglas habían creado una versión visible de mí? ¿O me veía a pesar de ellas?

Esa noche, fiesta en el apartamento de Sofía. Llegué siete minutos tarde. Me posicioné a las diez en punto. Un cumplido por hora. 2.4 segundos de risa. Impecable. También, me di cuenta a mitad de la noche, me estaba aburriendo profundamente. Estaba TRABAJANDO. Estaba en una fiesta y estaba en el reloj. Mi cerebro hacía cuatro cálculos sociales por segundo y retenía cero información sobre las personas que tenía delante. Podía decirte a qué ángulo estaba parada, pero no podía decirte de qué habíamos hablado.

Esa semana, en clase, noté que la profesora Delgado me observaba con una expresión extraña. Usaba el mismo cárdigan de los martes —«porque los martes merecen consistencia», había dicho una vez. Su último tema de ensayo: «Escribe sobre la diferencia entre quién eres y quién le presentas al mundo». Me quedé mirándolo durante un minuto entero. ¿Delgado había escrito el cuaderno? Los temas de sus ensayos parecían demasiado específicos para ser coincidencia. La observé buscando patrones. Ella me observó. Ninguna dijo nada.

Esa noche, en la biblioteca, estudiando el cuaderno en mi rincón. La silla se balanceaba con cada movimiento. El silencio era denso. Una sombra cayó sobre la mesa. Alguien estaba de pie al final del pasillo, observándome. Levanté la vista. La persona se fue antes de que pudiera ver su cara. Pero noté un detalle: llevaba un cuaderno. El mismo cuero. Las mismas letras doradas.

Seguí la sombra entre las estanterías. Vuelta a la izquierda, vuelta a la derecha, pasando la sección de referencia que nadie usa. Doblé la última esquina y encontré nada. Un pasillo vacío. Una silla vacía. Y sobre la silla, una hoja de papel con la misma letra: «Capítulo 13. Léelo antes de que sea demasiado tarde».

Abrí el cuaderno por la parte de atrás. Capítulo 13. Las páginas estaban pegadas, la tinta casi invisible. Intenté separarlas. No se movían.

Capítulo 5 - El Cuaderno Te Posee

Mi rutina matutina se había convertido en una operación militar.

6:30: despertar. 6:35: seleccionar ropa según el capítulo de teoría del color del cuaderno —Capítulo 9: «Tonos cálidos los lunes, tonos fríos los jueves, nunca patrón sobre patrón». 6:50: revisar el calendario social del día. 7:00: preparar tres cumplidos para los encuentros probables. 7:15: practicar la risa de 2.4 segundos frente al espejo mientras Elena me observaba desde su cama con la expresión de alguien viendo un documental de naturaleza sobre un animal que toma decisiones cuestionables.

—Coordinas tu ropa por día de la semana —dijo Elena, cerrando su libro con un marcapáginas hecho de un recibo del supermercado—. Sabes que eso no es normal, ¿verdad?

—Se llama tener un sistema.

—Lo dices como si fuera un argumento.

Además, tenía un nuevo problema: el jazz. Le dije a alguien la semana pasada que me gustaba el jazz —la Regla decía «coincide con los gustos de la gente para crear afinidad»— y la cosa había crecido sin control. Diego me invitó a una noche de jazz. Compré álbumes para prepararme. Alguien me dio recomendaciones. Ahora tenía cuatro álbumes de jazz que nunca había escuchado y una identidad musical que nunca pedí. No podía escapar del jazz. Me perseguía. Tres palabras —«me gusta el jazz»— y ahora vivía en una prisión musical que yo misma había construido.

En un grupo de estudio, alcancé el punto máximo de absurdo. Simultáneamente cronometraba mi risa, me posicionaba a las diez en punto, registraba mi proporción de cumplidos a preguntas Y trataba de entender la materia que estábamos estudiando. Hacía cuatro cálculos sociales por segundo y retenía cero información académica. Me había convertido en una ingeniera social a tiempo completo con una educación a medio tiempo.

Capítulo 10 del cuaderno: «CONFLICTO. Cuando dos amigos estén en desacuerdo, alinéate con el que tenga más conexiones sociales. Si son iguales, alinéate con el que hayas hablado más recientemente. Nunca tomes el lado impopular, aunque sea correcto».

Esta era la primera regla que me incomodaba por razones morales, no logísticas. La leí tres veces, esperando que dijera algo diferente.

En la cafetería, dos conocidos discutían sobre algo trivial. Seguí la Regla 10. Me alineé con el más conectado. La otra persona —una chica callada llamada Sara— me miró con un dolor que se me instaló en el estómago. —Pensé que lo entenderías —dijo Sara—. Tú también solías ser callada.

Se levantó y se fue sin decir nada más. Me quedé sentada con mi cumplido preparado muriendo en mi boca y el sabor del café volviéndose amargo.

Esa tarde, Mauricio me encontró en un banco sola. Casual, tranquilo, con esa facilidad que yo intentaba fabricar y él simplemente poseía. —¿Sabes? Cuando te conocí, parecías real. Agresivamente real. Eso es raro.

—¿Y ahora?

Se encogió de hombros. —Ahora pareces ocupada.

Lo dijo sin juicio. Aterrizó más fuerte por eso. Mauricio tenía la habilidad de decir verdades devastadoras con la misma voz que usaba para pedir café. No estaba intentando herirme. Estaba describiendo lo que veía. Y lo que veía era exacto.

Esa noche, encontré otra nota. Pegada a mi espejo en el baño comunal, entre las manchas de pasta de dientes y los avisos sobre el horario de limpieza: «TÚ NO ESTÁS USANDO EL CUADERNO. EL CUADERNO TE ESTÁ USANDO A TI».

La arranqué del espejo y le di la vuelta. En la parte de atrás, en letra más pequeña: «Estaré en la azotea esta noche. 11 PM. Ven sola. Trae el cuaderno. —M».

M. No conocía a nadie que se llamara M. Conocía a todo el mundo ahora. Eso era lo que lo hacía aterrador: conocía a TODO EL MUNDO, y M no era nadie que yo reconociera.

Capítulo 6 - La Fiesta a la Que Emilia Fue y Elena No

No fui a la azotea.

Me dije que iría mañana.

Esta noche era más importante: me habían invitado a la Fiesta de Terciopelo.

Una vez por semestre, solo por invitación, organizada por la élite social de la universidad en un loft fuera del campus.

Recibir una invitación era el equivalente social de ser nombrada caballero.

Yo había soñado con esto desde primer año.

Y elegí esto sobre la misteriosa M.

Me preparé con precisión militar.

Capítulo 11 del cuaderno: «EVENTOS. En reuniones exclusivas, habla con el anfitrión dentro de los primeros cuatro minutos. Halaga el lugar, no la apariencia del anfitrión. Menciona un evento anterior suyo del que «escuchaste». Vete antes de medianoche. La escasez aumenta la leyenda».

Llegué siete minutos tarde, naturalmente.

Ya no podía llegar a tiempo a nada —daba vueltas por el pasillo cronometrándome antes de entrar a mi propia habitación.

Era una enfermedad puntual.

O impuntual, según se mire.

La fiesta era todo lo que había imaginado.

Música que vibraba en las paredes, luces doradas que hacían que todos parecieran versiones mejoradas de sí mismos, personas que había visto en Instagram viviendo sus vidas curadas, y ahora yo estaba EN la foto, no desplazándome frente a ella.

Ejecuté todo perfectamente.

El anfitrión —un chico de cuarto año llamado Andrés— me dijo que yo era «el mejor descubrimiento del semestre».

Descubrimiento.

Como si fuera un restaurante nuevo.

A mitad de la fiesta, Mauricio apareció.

Hablamos en el balcón.

El aire nocturno olía a jazmín y a la pizza del local de abajo.

Me contó algo personal: sus padres se estaban divorciando.

No estaba actuando.

Su voz se quebró ligeramente en la palabra «divorcio» y algo dentro de mí quiso responder con un sentimiento real.

Casi lo hice.

Entonces el Capítulo 8 se activó como un reflejo: «Comparte un detalle personal…»

Compartí una vulnerabilidad calculada en vez de una real.

Algo sobre sentirme perdida en primer año —genérico, seguro, diseñado para crear conexión sin costarme nada.

Mauricio asintió.

Pero algo en sus ojos cambió.

Me pregunté si podía sentir los engranajes girando detrás de mis palabras.

Me pregunté si algún capítulo del cuaderno cubría cómo engañar a alguien que era genuinamente bueno.

Probablemente no.

El cuaderno no estaba diseñado para personas como Mauricio.

A las 11:30 de la noche, me di cuenta de algo.

Elena no estaba aquí.

No la habían invitado.

No habría querido venir.

Pero yo no había PENSADO en Elena hasta ahora.

Llevaba tres horas en una fiesta y mi mejor amiga no había cruzado mi mente.

Tres horas.

La persona con la que compartía cuarto, cereal y silencios cómodos.

Borrada de mi consciencia durante tres horas.

Me fui a las 11:45.

Caminé a casa por el campus silencioso.

Pasé por la entrada de la azotea.

La puerta estaba entreabierta.

Dudé.

Seguí caminando.

Volví a la habitación.

Elena estaba dormida, con el libro abierto sobre el pecho.

En su escritorio: un tazón de palomitas con una nota.

«Las hice para las dos. Me quedé dormida. El martes deberíamos ver esa película. —E».

Junto a su nombre, una pequeña estrella dibujada a mano.

Porque «Elena» significa «luz brillante» y le parecía gracioso.

Desde primer año.

Siempre la misma estrellita.

Me senté en mi cama, con el cuaderno en una mano y la nota de las palomitas en la otra.

Dos versiones de ser querida.

Una ruidosa.

Una callada.

Comí las palomitas en la oscuridad, sola, mientras Elena dormía.

Estaban frías y un poco quemadas y eran lo mejor que había probado en toda la noche.

Mi teléfono vibró: catorce mensajes nuevos de personas de la fiesta.

Catorce personas que sabían mi nombre.

Miré la estrellita junto al nombre de Elena.

Luego miré mis propias manos.

No podía recordar la última vez que había dibujado algo junto a mi nombre.

No podía recordar la última vez que había hecho algo que no estuviera en el cuaderno.

Miré el Capítulo 12.

Dos capítulos más antes de las páginas pegadas del Capítulo 13.

Me estaba quedando sin reglas.

Y alguien llamado M se estaba quedando sin paciencia.

Capítulo 7 - M de Marta

La azotea. Miércoles, 11 de la noche. La puerta ya estaba abierta, sostenida por un libro de texto de psicología social —una ironía que probablemente nadie apreciaría más que yo. El aire era frío y el viento hacía lagrimear los ojos. Alguien estaba sentada en el borde, las piernas colgando sobre el vacío, mirando las luces de la ciudad.

Marta Solano.

La reconocí inmediatamente. Todo el mundo conocía a Marta. Cuarto año, carrera de comunicación, el tipo de persona cuyo Instagram tenía más seguidores que la cuenta oficial de la universidad. Estaba en cada evento, conocía cada nombre. Era el PRODUCTO del cuaderno —la versión terminada de lo que yo estaba construyendo. Si yo era el borrador, ella era la edición final.

—Siéntate —dijo, sin girarse—. Tenemos que hablar sobre lo que encontraste detrás del radiador.

No era amenazante. Estaba cansada. De cerca, bajo la luz de la azotea, Marta parecía agotada. Su postura era impecable pero costosa, como si alguien la hubiera armado con alambre tenso. Su sonrisa se activaba en vez de aparecer. Y sus uñas —arriba perfectas, debajo mordidas hasta la piel.

La historia de Marta: encontró el cuaderno en la misma habitación, mi habitación, dos años atrás. Mismo radiador. Mismas letras doradas. Siguió cada regla. Funcionó. Se convirtió en la persona más popular del campus. Lo había sido desde entonces.

—Y no puedo parar.

—¿Por qué querrías parar? —pregunté—. Funciona.

—Ese es el problema. —Se miró las manos—. Funciona para siempre. No puedes apagarlo. Una vez que has optimizado cada interacción, no puedes volver a ser desordenada. Imperfecta. Real. Sonrío durante exactamente 2.4 segundos. Llego siete minutos tarde a TODO —cenas familiares, citas con el médico, funerales. El viento le movió el pelo y no se lo arregló. —Funerales, Emilia. Llego siete minutos tarde a funerales.

—Me estás diciendo que ser popular es un PROBLEMA.

—Te estoy diciendo que tengo cuatrocientos contactos en mi teléfono y a nadie a quien llamar cuando de verdad lo necesito. Te estoy diciendo que la última vez que alguien me preguntó qué me importaba de verdad, no tuve respuesta. Te estoy diciendo que leí el cuaderno tantas veces que las reglas reemplazaron mis instintos.

La ciudad brillaba debajo de nosotras. Millones de personas viviendo sus vidas sin cronómetros ni hojas de cálculo. La idea me pareció exótica y lejana.

Le pregunté sobre el Capítulo 13. Marta se puso rígida. —Yo escribí el Capítulo 13. Después de darme cuenta de lo que me estaba pasando. Lo escribí como una advertencia y lo metí de vuelta en el cuaderno y escondí el cuaderno detrás del radiador y RECÉ para que nadie lo encontrara. Su voz se volvió más pequeña. —Y luego tú lo encontraste.

—¿Por qué lo quieres de vuelta?

—Porque necesito destruirlo. Y porque necesito saber que alguien más leyó lo que escribí. Que alguien más sabe lo que me pasó. Que no lo imaginé.

Añadió algo que abrió un nuevo misterio: —Hay algo más. El cuaderno no salió de la nada. Alguien escribió los primeros doce capítulos. Alguien que estudió este campus, este patio, esta gente. Alguien que convirtió la conexión humana en una fórmula. No sé quién. Pero siguen aquí.

Se puso de pie y caminó hacia la puerta. El viento le golpeó la espalda. Se detuvo. Me miró con algo que no había visto en su cara antes —esperanza, quizás, o lo que quedaba de ella después de dos años de actuar.

—Todavía tienes a Elena —dijo—. Yo tenía una Carolina. Tiempo pasado. No hagas de mi pasado tu futuro.

La puerta se cerró. Me quedé sentada en la azotea, sola, sosteniendo un cuaderno que de repente se sentía más pesado. Debajo de mí, el campus zumbaba con personas que podía nombrar pero no conocía.

Capítulo 8 - El Sistema Se Quiebra

Me desperté la mañana siguiente e intenté seguir mi rutina. Ropa por teoría del color. Preparación de cumplidos. Calibración de risa. Pero las palabras de Marta giraban en mi cabeza sin permiso —«funerales, Emilia». Me atrapé a mitad de una sonrisa y pensé: «¿Esto es real? ¿O son 2.4 segundos?»

Las grietas empezaron pequeñas.

Estaba en una conversación con Diego y olvidé si ya le había hecho un cumplido hoy. Le hice un cumplido sobre su chaqueta. Me miró confundido. —Dijiste eso ayer. Corregí demasiado rápido: —Quise decir la OTRA chaqueta. Llevaba la misma chaqueta. Diego tiene exactamente una chaqueta. La misma chaqueta azul marino que había elogiado el primer día. La cara de Diego fue una obra maestra de confusión educada —quería preguntar algo pero decidió que la respuesta sería peor que la duda.

Las reglas empezaron a chocar con la realidad. Llegué siete minutos tarde a la clase de Delgado y ella, por primera vez, me llamó la atención: —La puntualidad también es una habilidad social, Emilia. La clase rio. Me senté, roja hasta las orejas. Las reglas no habían previsto una profesora que devolviera el golpe. Diego me miró con simpatía desde su asiento —la simpatía de alguien que observa un accidente menor y agradece no ser el conductor.

En la biblioteca, me crucé con Marta entre las estanterías. Nuestra conversación fue susurrada y urgente entre lomos de libros sobre personas que no existían.

—¿Recuerdas siquiera qué te gustaba antes del cuaderno?

Abrí la boca. La cerré. Genuinamente no podía recordar mis opiniones de hacía tres semanas. ¿Me gustaba el cine? ¿Los documentales? ¿Los pulpos? Tenía cuatro álbumes de jazz que nunca había escuchado como prueba de mi mentira más persistente. ¿Me gustaba algo de verdad o solo me gustaba gustarle a la gente?

Esa noche, intenté ser genuina con Elena. Hice palomitas —el olor llenó la habitación, mantequilla y sal y algo ligeramente quemado porque siempre las dejaba treinta segundos de más. Me senté en su cama. Intenté simplemente hablar. Pero la programación del cuaderno se activaba sola. Me atrapé cronometrando mis pausas, posicionando mi cuerpo en el «ángulo óptimo de escucha». Intentaba ser auténtica y las reglas seguían interceptando. Era intentar caminar normal después de que alguien te dice que tu forma de caminar es rara —cada paso se convierte en un cálculo.

Elena, sin levantar la vista: —Lo estás haciendo otra vez.

—¿Haciendo qué?

—Esa cosa donde finges ser normal. Estás actuando normalidad ahora.

Quise llorar. Tenía razón. No podía distinguir entre comportamiento genuino y seguimiento de reglas. El cuaderno no solo había cambiado mi yo público. Había infectado mi yo privado. La enfermedad había cruzado el muro entre el escenario y el camerino, y ahora no había espacio donde pudiera quitarme el disfraz.

«Tú eres mi espacio seguro», quise decir. Pero las reglas interceptaron eso también, y lo que salió fue: —Solo estoy cansada.

Elena asintió. No empujó. Pero su mirada se quedó un segundo más de lo normal en mi cara antes de volver al libro. Un segundo. Pequeño. Cargado de algo que se parecía mucho a la decepción.

La profesora Delgado me devolvió mi ensayo con una sola nota en tinta roja: «Análisis interesante. Pero tu protagonista suena como si estuviera leyendo de un guion. Déjala sorprenderte. Déjala estar EQUIVOCADA en algo».

Mauricio me encontró en el patio después de clase. —¿Quieres ir por un café? Iba a decir que sí —Regla: aceptar dos de cada tres invitaciones— pero me detuve. ¿Quería ir por un café con Mauricio, o quería que mis métricas sociales registraran un café con Mauricio? No sabía. Ya no sabía la diferencia.

—Otro día —dije. Mauricio asintió, sin presionar, sin ofenderse. Así era Mauricio. Aceptaba las cosas con la facilidad de alguien que no necesitaba calcular su próximo movimiento.

Esa noche, acostada en la cama, intenté pensar en algo —cualquier cosa— que creyera que no viniera del cuaderno. Una opinión genuina. Elena se movió en su sueño y murmuró algo sobre la película del martes. Recordé: me gustaban las películas malas de terror. Comía cereal a medianoche. Dibujaba estrellas junto a mi nombre, porque Emilia significa «luz» y eso era gracioso, igual que las estrellas de Elena. Solíamos reírnos de eso. No podía recordar la última vez que había dibujado una.

Abrí el cuaderno en el Capítulo 13. Las páginas seguían pegadas. Pero ahora los bordes parecían más sueltos.

Capítulo 9 - Lo Que Le Pasó a Marta

La profesora Delgado me pidió que me quedara después de clase. Cerró la puerta. El sonido del pestillo fue como el final de un capítulo.

—Voy a contarte algo que probablemente no debería.

Se sentó en el borde de su escritorio —no detrás, que era donde se sentaban las profesoras, sino en el borde, que era donde se sentaban las personas. Llevaba el cárdigan de los martes. Consistencia.

Me habló de Marta. Fue alumna de Delgado dos años antes. Brillante escritora. Aguda, graciosa, con opiniones propias que llenaban las páginas. Entonces, a mitad del semestre, cambió. Se volvió pulida. Se volvió perfecta. Se volvió hueca. —Dejó de escribir cosas que eran verdaderas y empezó a escribir cosas que eran correctas. Hay una diferencia, Emilia.

—¿Usted escribió el cuaderno? —pregunté. Tenía que preguntar.

Delgado negó con la cabeza. —No escribí el cuaderno. Lo vi pasar. Reconocí los síntomas en ti porque los vi en Marta. Los temas de los ensayos no eran pistas —eran intervenciones. Es la única forma que tiene una profesora de literatura de lanzar un salvavidas: a través de las tareas. —Se quitó las gafas y las limpió con el borde de su cárdigan—. No pude salvar a Marta. Esperaba que los ensayos pudieran salvarte a ti.

Fue lo más honesto que me había dicho una profesora. Y lo más triste.

Subí a la azotea. Marta estaba allí. El viento nos hacía lagrimear los ojos y la ciudad brillaba debajo.

Me contó el resto: después de seguir los doce capítulos, era intocable. La más popular, la más conectada, la más admirada. —Y entonces mi mejor amiga —se llamaba Carolina— me llamó a las tres de la mañana, llorando, pasando por la peor noche de su vida.

Marta miró sus manos. —Contesté el teléfono, y empecé a calcular. Cronometré mis pausas. Elegí mis palabras para máximo impacto. Fui PERFECTA. —Su voz se quebró—. Y Carolina dijo: «No suenas como tú». Y colgó. Y no volvió a llamar.

El viento sopló entre nosotras. La ciudad siguió brillando abajo, indiferente a lo que pasaba en los tejados.

—Esa noche escribí el Capítulo 13. Con las manos temblando. Y lo decía en serio, cada palabra. Y aún así no pude dejar de seguir los otros doce capítulos. Escribí el antídoto y no pude tomármelo.

—¿Por qué no pudiste parar?

—Porque parar significa ser invisible otra vez. Y la invisibilidad era tan dolorosa que preferí ser una máquina a volver.

La invisibilidad. Mi miedo más profundo, dicho en voz alta por alguien que lo había vivido. Marta no me estaba sermoneando. Estaba describiéndome mi futuro con la precisión de alguien que ya lo había recorrido.

Mientras tanto, socialmente, el sistema se deterioraba. Diego comentó que parecía «distraída». Un chat de grupo tenía mensajes sin responder desde hacía dos días. Mi hoja de cálculo no se había actualizado en una semana —las columnas de colores me miraban desde la pantalla como un reproche. Estaba en un limbo —demasiado consciente para seguir actuando, demasiado asustada para dejar de hacerlo.

Elena, en casa: —Te ves terrible.

—Me siento terrible.

Elena hizo algo que nunca hacía. Puso su libro boca abajo sobre la cama —dañando el lomo, lo cual para Elena era un acto de violencia contra la literatura. —¿Quieres contarme?

Casi lo hice. Sentí las palabras formándose —«encontré un cuaderno, seguí sus reglas, me convertí en alguien que no soy»— pero el cuaderno seguía en mi mochila, y las reglas aún tenían sus garfios en mí, y lo que dije fue: —Estoy bien. Solo cansada.

Elena recogió su libro. No insistió. El lomo del libro crujió cuando lo abrió —un sonido pequeño que se sintió enorme en el silencio de nuestro cuarto. Me preguntó si ella haría esa oferta otra vez. Me preguntó cuántas veces podía decir «estoy bien» antes de que Elena dejara de preguntar.

Abrí mi mochila. El cuaderno estaba allí, letras doradas captando la luz de la lámpara. Trece capítulos. Doce que construyeron un reino. Uno que podría quemarlo. Toqué las páginas del Capítulo 13. Estaban sueltas. Listas. Podía separarlas con un solo tirón.

Cerré la mochila. No esta noche. No era lo suficientemente valiente esta noche.

Capítulo 10 - El Coraje de Ser Aburrida

Decidí pasar un día sin el cuaderno. Lo dejé en el cajón. Sin reglas. Sin cronómetros. Sin cálculos. Solo Emilia. Fuera lo que fuera eso.

Fue un desastre. Y fue hilarante.

Llegué a mi clase a tiempo y no supe qué hacer con los siete minutos extra. Me senté en silencio, moviendo las manos, revisando mi teléfono, guardándolo, sacándolo otra vez. La silla se sentía diferente sin ángulos que calcular. Cuando la profesora hizo una pregunta, respondí honestamente en vez de estratégicamente. Mi respuesta fue larga, divagante y ligeramente incorrecta. Dos personas que había cultivado como contactos me miraron raro. Podía SENTIR mi valor social cayendo en tiempo real.

En la cafetería, intenté tener una conversación sin reglas. Olvidé hacer preguntas. Hablé demasiado sobre un documental de pulpos que había visto con Elena. Los pulpos tienen tres corazones. ¿Sabías eso? Tres corazones y sangre azul y pueden cambiar de color y textura y una vez uno escapó de un acuario a través de una tubería y llegó al mar y los científicos lo llamaron Inky y se hizo famoso y honestamente su historia es más interesante que la mía y —las caras de la gente. Las caras de la gente pasaron de educadas a algo parecido al miedo, como si estuvieran viendo una avería en vivo. Hablé sobre pulpos durante siete minutos. Siete. La ironía del número no se me escapó.

Me reí en el momento incorrecto —demasiado fuerte, demasiado larga, definitivamente más de 2.4 segundos. Diego me dio una mirada preocupada: —¿Estás bien? Me había vuelto tan pulida que mi yo real parecía una avería.

A las doce, estaba en el baño, hiperventilando, buscando en mi mochila. El cuaderno no estaba allí. Lo había dejado en el cajón. Estaba desconectada. Una piloto sin instrumentos volando a ciegas, y el suelo estaba hecho de personas que empezaban a mirarme diferente.

A las dos de la tarde, me rendí. Volví a la habitación, saqué el cuaderno del cajón. En una hora, estaba actuando de nuevo. El alivio fue instantáneo y nauseabundo. Funcionaba perfectamente. Odiaba que funcionara perfectamente. Odiaba que estuviera aliviada.

Por la noche: la azotea. Las estrellas estaban escondidas detrás de las nubes, y las luces de la ciudad las reemplazaban. Marta estaba allí. Le conté sobre mi experimento fallido.

—Yo también intenté eso. Siete veces. Siete fracasos. ¿Sabes qué funcionó al final?

—¿Qué?

—Te lo diré cuando lo descubra. Sigo fracasando.

—Ese es el peor consejo que he recibido en mi vida.

—Lo sé. Pero es honesto. Y honesto es algo en lo que las dos estamos fuera de práctica.

Nos reímos. De verdad. No 2.4 segundos. Algo desordenado y demasiado largo y feo —el tipo de risa que te duele en el estómago y te hace cerrar los ojos. Los ojos de Marta se abrieron grandes: —Esa es la primera risa real que he tenido en dos años.

—Eso es lo más triste y gracioso que alguien me ha dicho.

Nos reímos otra vez. Más desordenado. El viento se llevó el sonido sobre los edificios y nadie lo cronometró.

Volví a la habitación. Elena estaba viendo la película mala de terror que íbamos a ver juntas el martes pasado. Pausó la película cuando entré. No dijo nada. Solo se movió a un lado en la cama y levantó el tazón de palomitas.

Me senté. No me posicioné en ningún ángulo. No calculé nada. Solo me senté. —¿Qué me perdí?

—Todo. Los primeros veinte minutos son terribles. Te van a encantar.

Vimos la película. Era sobre un monstruo en un sótano que resultaba ser el gato del vecino con una caja en la cabeza. Olvidé ser alguien que no fuera yo. Era la primera vez en tres semanas que olvidaba.

La película terminó. Elena se quedó dormida durante los créditos, y me senté allí en la habitación oscura, escuchando su respiración, y pensé: esto. Esta habitación. Esta persona. Esta versión de mí que ve películas malas y no calcula nada.

Abrí el cajón. El cuaderno brillaba en la oscuridad. El Capítulo 13 esperaba. Separé las páginas. Se abrieron fácilmente —sin resistencia.

Encendí la luz de mi teléfono y empecé a leer.

Para la tercera frase, mis manos estaban temblando.

Capítulo 11 - Capítulo Trece

El Capítulo 13, en su totalidad:

«EL COSTO. A estas alturas, todos te quieren. A estas alturas, nadie te conoce. Las reglas funcionan porque te reemplazan con una máquina perfecta. Ya no eres una persona. Eres un sistema. Y los sistemas no tienen amigos. Los sistemas tienen usuarios. Si estás leyendo esto, ya has esperado demasiado. La única forma de parar es romper todas las reglas a la vez. En público. Frente a todos. Perderás todo lo que ganaste. Pero descubrirás quién se queda. Esa es la única regla que importa: quién se queda cuando la actuación termina».

Debajo, en letra más temblorosa: «No pude hacerlo. Escribí esto y no pude seguir mis propias instrucciones. Quizás tú eres más valiente que yo. Quizás tienes a alguien por quien vale la pena ser real. Yo no. Ya no. —M.S»..

Cerré el cuaderno. Pensé en las estrellas de Elena. Pensé en Mauricio preguntando «¿Qué te importa DE VERDAD?» y en que yo no tuve respuesta.

Ahora tenía una respuesta: Elena. Películas malas. Documentales de pulpos. Dibujar estrellas junto a mi nombre. Estar equivocada sobre cosas. Ser rara sobre cosas. Ser Emilia. Todo lo que el cuaderno me había enseñado a esconder.

El día siguiente era la Fiesta Social de Primavera —el evento más grande del campus. El patio estaba lleno. La fuente estaba rodeada. Cada persona que había cultivado durante tres semanas estaba allí.

Entré. A tiempo. No siete minutos tarde. A TIEMPO. La gente lo notó inmediatamente. Algo estaba mal. El sistema había fallado.

Caminé hacia Diego. —En realidad no me gusta el jazz —dije—. Dije que sí porque un cuaderno me lo indicó, y ahora tengo cuatro álbumes que nunca he escuchado.

Diego parpadeó. —Pero me recomendaste a Miles Davis.

—No sé quién es Miles Davis. Te lo juro.

Caminé hacia Sofía. —Tu fiesta fue hermosa pero no me divertí porque estaba trabajando. Literalmente trabajando. Tenía una hoja de cálculo con código de colores.

Sofía abrió la boca. No salió ningún sonido.

Caminé al centro del patio —la fuente, el círculo interior, el núcleo social— y dije, lo suficientemente fuerte para que todos escucharan:

—Mi nombre es Emilia Ortega. Durante tres semanas he seguido instrucciones de un cuaderno que me dice cuándo sonreír, cuánto tiempo reírme y a qué ángulo pararme durante las conversaciones. Todo lo interesante de mí durante las últimas tres semanas ha sido mentira. Excepto los datos sobre los pulpos. Esos eran reales. Los pulpos tienen tres corazones. De nada.

Silencio total. Podía escuchar la fuente. Podía escuchar a alguien masticando algo a treinta metros. Entonces alguien en la multitud se rio —una risa real, arrancada por sorpresa. Luego otra persona. Luego Mauricio Morales, parado al fondo con las manos en los bolsillos, empezó a aplaudir. Lentamente. —ESA es la Emilia que conocí —dijo—. Esa. Es mucho mejor.

Mi teléfono empezó a vibrar. Los chats de grupo enloqueciendo. Lo apagué. Miré a través del patio y vi a dos personas: Marta, parada en la entrada, llorando y sonriendo al mismo tiempo; y Elena, sentada en el banco lejano —el banco donde yo empecé, el banco donde nadie importante se sienta— comiendo una manzana, mirando, sin actuar, sin reaccionar, solo estando allí.

Caminé frente a todos. Frente a la fuente, frente al círculo interior, frente a tres semanas de identidad fabricada. Me senté junto a Elena en el banco lejano. Me ofreció la manzana.

—Buen discurso —dijo—. Lo del pulpo fue un buen toque.

—Entré en pánico.

—Lo sé. Por eso fue bueno.

Miré atrás al patio. Tres semanas de construcción cuidadosa, demolidas en noventa segundos. Me sentía más ligera de lo que me había sentido en semanas.

Marta cruzó el patio hacia nosotras. Se sentó al otro lado del banco. No dijo nada. Solo se sentó. Las tres en el banco más lejano de la fuente, compartiendo una manzana, sin decir nada.

—Lo hiciste —dijo Marta finalmente—. De verdad lo hiciste.

—¿Hice qué?

—Lo que yo no pude. —Sonrió. No por 2.4 segundos. No estratégicamente. Solo sonrió—. Fuiste lo suficientemente valiente para ser aburrida.

Le di el cuaderno. Lo tomó. Lo sostuvo durante un largo momento. Luego abrió su mochila, lo dejó caer dentro y cerró la cremallera.

—¿Qué vas a hacer con él?

—No lo sé todavía. Pero se acabó el dejar que decida por mí.

Capítulo 12 - Martes por la Noche

Era el martes siguiente. Una semana desde el patio. Mi calendario social estaba vacío. Los chats de grupo se habían callado. Algunas personas pensaban que había tenido una crisis nerviosa. Otras pensaban que fue arte performativo. Un chico de tercer año me preguntó si podía comprar los derechos para un cortometraje. Diego aún me saludaba, pero con la calidez cautelosa de alguien que ya no está seguro de qué es real. No lo culpaba.

Había vuelto a ser algo invisible. No la invisibilidad dolorosa de antes del cuaderno —no me habían olvidado. Simplemente ya no era el centro. Caminaba por el patio y nadie me guardaba un asiento. Me sentaba en cualquier banco que estuviera libre. Estaba bien. Estaba realmente bien. Antes, «bien» era resignación. Ahora era elección. Y la diferencia entre las dos cosas era enorme, aunque desde fuera parecieran idénticas.

La profesora Delgado me devolvió mi ensayo final. El tema: «Escribe sobre alguien que aprendió algo que no puede desaprender». La nota en tinta roja: «AHORA sí es tu protagonista. Desordenada, honesta y equivocada en algunas cosas. Consérvala». Sonreí. Dibujé una pequeña estrella junto a mi nombre. La primera en semanas. Mis dedos recordaban cómo hacerla —cinco líneas, rápidas, sin pensar.

Mauricio me encontró en el patio. No me trataba diferente. Nunca lo hizo —eso era Mauricio. —¿Quieres tomar un café? —preguntó. No siete minutos tarde. No estratégicamente. Solo café.

Dije que sí. Hablamos de pulpos. Mauricio estaba genuinamente interesado. —¿Tres corazones? ¿Qué pasa si uno se rompe?

—Creo que tienen dos de repuesto.

—Eso es lo más romántico que he escuchado en mi vida.

Me reí. No 2.4 segundos. Mucho más largo. Demasiado largo, probablemente. Se me salió café por la nariz, lo cual no estaba en ningún capítulo de ningún cuaderno. Mauricio me pasó una servilleta con la tranquilidad de alguien acostumbrado a la risa ajena. Fue genial.

Marta me envió un mensaje esa tarde con una foto: el cuaderno, sentado en una fogata en su jardín. Las letras doradas se derretían. El pie de foto: «Capítulo 14: EL FINAL». Debajo: «Gracias. Empiezo terapia la semana que viene. Y Carolina llamó. No sé si va a funcionar. Pero llamó».

Le respondí con un emoji de estrella. Marta contestó con un signo de interrogación. Yo: —Es un chiste interno. Ya llegarás.

Martes por la noche. La habitación. Elena estaba en su cama, releyendo el mismo libro por tercera vez este semestre. Yo estaba en mi escritorio, escribiendo un ensayo nuevo —no para clase, solo para mí. Mi teléfono estaba boca abajo. Dos notificaciones que no había revisado. No las revisé.

—¿Qué escribes? —preguntó Elena.

—Un ensayo sobre cuadernos.

—Suena aburrido.

—Lo es, realmente.

La habitación estaba en silencio. El vecino discutía sobre la leche otra vez —llevaban todo el semestre discutiendo sobre la leche y nadie había ganado todavía. La lámpara que Elena había posicionado con precisión científica daba la misma luz cálida de siempre. Mi lado de la habitación había cambiado: había una postal en la pared ahora —un dibujo de un pulpo que Elena me había regalado, porque lo vio en una tienda y pensó en mí, lo cual era exactamente el tipo de cosa que Elena hacía sin necesitar un cuaderno. Y un tazón en el escritorio donde guardaba palomitas porque Elena siempre quería.

Elena levantó la vista de su libro. —¿Qué haces?

—Nada —dije.

—¿Quieres hacer nada juntas?

Le tiré una palomita. Ella me tiró una de vuelta. Falló y le dio a la lámpara —la lámpara posicionada con precisión científica, ahora ligeramente menos científica. Nos reímos —no por 2.4 segundos, no estratégicamente, no porque alguien estuviera mirando. Nos reímos porque era gracioso. Porque éramos nosotras. Porque nadie estaba contando.

Había pasado tres semanas siendo la persona más popular del campus. Había pasado veintidós años siendo Emilia.

Emilia era mejor.

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