Wanderer
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El problema con contarle un cuento a mi hija Lola es que ella cree que todos los cuentos le pertenecen. Yo los empiezo. Ella los termina. Y en el medio, los destruye completamente.
Esa noche llegué a su habitación a las nueve en punto. Las estrellas de plástico brillaban en el techo, en constelaciones que Lola inventó y nombró ella misma: La Osa del Queso, El Tenedor Grande. Su edredón morado de cohetes estaba arrugado como un mapa de un país que no existe. La luz de la seta nocturna pintaba todo de naranja.
Lola estaba sentada con las piernas cruzadas, en su pijama de dinosaurios. Tres peluches organizados como un tribunal. Una goma de pelo verde enredada en algún lugar de sus rizos, nunca donde debía estar.
—Tengo una historia para ti —dije, sentándome en la silla.
—¿Es buena?
—La he preparado desde el almuerzo.
Había planeado todo. Una princesa en una torre. Ocho minutos de narración limpia. Lola dormida a las nueve y diez. Yo en mi escritorio antes de las diez. El plan era perfecto. Los planes siempre lo son hasta que intentas ejecutarlos frente a una niña de siete años que lleva puestos los mismos dinosaurios desde hace cuatro meses.
—Había una vez una princesa en una torre muy alta…
—¿Qué tipo de torre? —Lola se incorporó—. ¿Tiene wifi?
—Es una torre medieval. No hay wifi.
—Entontheth, ¿cómo pide comida? Papá, pientha.
Me subí las gafas por la nariz. Mis gafas encajaban perfectamente. El gesto no servía para nada, pero lo necesitaba.
—La princesa no necesita pedir comida. Un príncipe valiente viene a rescatarla en su caballo…
—Un caballo eth lento. Dale una motothicleta. Y la princesa debería rethcatarthe ELLA MISMA.
Respiré hondo.
—Está bien. La princesa tiene una motocicleta.
En tres minutos, la historia ya no era mía. La princesa montó su motocicleta hasta la cueva del dragón. Pero el dragón no era terrorífico. Era un abogado de divorcios llamado Fernando que estaba pasando por una crisis de mediana edad y comprando torres de princesas como inversiones inmobiliarias.
—El dragón Fernando lleva corbata —explicó Lola—. Y un maletín. Dentro del maletín hay sándwiches porque se olvida de almorzar.
Intenté recuperar el control. —Y la princesa derrotó al dragón…
—No. Ella lo CONTRATÓ. El dragón Fernando es su abogado ahora. Van a demandar al príncipe por daños emocionales.
—¿Daños emocionales?
—Él nunca llamó, papá. En treth añoth. ¿Quién hathe eso?
No supe qué responder a eso. Lola esperó dos segundos, decidió que mi silencio era una invitación, y siguió construyendo. A las diez y cuarenta y siete, la historia había pasado por una demanda judicial, una apelación, tres testigos (todos quesos sentientes), y un final donde el dragón Fernando y la princesa abrían un bufete para criaturas mágicas con problemas legales.
Lola estaba despierta. Triunfante. Radiante.
—Buenas noches, Lola.
—Buena historia, papá. La mejoramos mucho.
—Tú la mejoraste. Yo solo estaba aquí sentado.
—Exacto —dijo, y cerró los ojos con la sonrisa de alguien que ha ganado una guerra.
Fui a mi escritorio. El rincón del salón separado por una estantería que no separaba nada. Mi portátil con la grieta en la esquina desde que Lola «probó si podía volar». Tazas de café frío sobre manuscritos rechazados. El calendario en el corcho con la fecha rodeada en rojo. Catorce días.
Mi editora, Doro Fuentes, me había dado dos semanas para entregar un manuscrito de un libro infantil. Dos semanas o perdería el contrato. Abrí el documento en blanco. Escribí: «Había una vez una princesa en una torre muy alta». Lo borré. Escribí: «Había una vez un escritor en un apartamento muy silencioso». Lo borré también.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de voz de Doro. Quince segundos exactos, como siempre: «Ramiro, catorce días. No me hagas llamar otra vez. Besos, Doro, y no me decepciones».
Miré la pantalla. Miré el calendario. Catorce días. Catorce cuentos. Y una hija que destruía cada uno antes de que pudiera llegar al «vivieron felices para siempre».
Escribí una sola palabra en el documento: AYUDA.
Quemé la tostada. Esto no era noticia. Quemaba la tostada cada mañana desde hacía un año, con la constancia de alguien que ha perfeccionado un error. El detector de humo sonó tres segundos. Lo desactivé sin mirar.
Lola se sentó a la mesa en su pijama de dinosaurios, analizando la tostada negra con seriedad científica. Le puso mermelada de fresa por encima.
—El dragón Fernando estuvo bien —dijo entre mordiscos—. Pero la próxima vez, el héroe debería ser una astronauta abuela jubilada. Con una espada.
—Lola, son las siete y media.
—Las buenas ideath no tienen horario, papá.
La dejé en el colegio. En la fila de coches, Gerardo Nieto apareció en mi ventanilla con la puntualidad de una enfermedad crónica.
—¿Has pensado en escribir sobre vampiros? Los vampiros son muy populares.
—Lo tendré en cuenta, Gerardo Nieto.
Se alejó satisfecho. Lo mismo decía cada semana. Lo mismo respondía yo. A veces me preguntaba si toda su vida social giraba alrededor de los vampiros.
Durante el día escribí tres páginas de un cuento de hadas convencional. Un reino mágico. Un héroe valiente. Una estructura de tres actos. Cada palabra era correcta. Cada frase era predecible. Envié las páginas a Doro porque no tenía nada mejor.
A las ocho y media, la silla junto a la cama de Lola. El olor a pasta de dientes de fresa fresca. Las estrellas inventadas en el techo.
—Esta noche: una aventura espacial. Un astronauta explora un nuevo planeta.
—¿El astronauta es una abuela?
—No, es un joven valiente…
—La abuela sería mejor astronauta. No le tiene miedo a nada.
Se refería a Carmen, mi madre. Y tenía razón. Mi madre no le tenía miedo a nada en este mundo. Ni a los dragones, ni a los editores, ni a decirle a su hijo que su jersey tenía una mancha de café que ya era parte de la familia.
La Abuela Astronauta Carmen descubrió un planeta hecho completamente de queso. El queso era sentiente. Y estaba profundamente enfadado.
—El queso no quiere ser queso —dijo Lola—. Quiere que lo tomen en serio como mineral.
—Los minerales no se enfadan, Lola.
—¿Cómo lo sabes? ¿Has hablado con uno?
El planeta tenía una civilización avanzada. Gobierno, escuelas, una biblioteca pública donde los libros estaban hechos de queso parmesano, y un problema existencial: una corporación láctea de la Tierra venía a «cosecharlo». La Abuela Astronauta debía negociar un tratado de paz.
Lola le dio diálogo al queso: —¡NO soy un aperitivo! ¡Soy una formación geológica con SENTIMIENTOS!
Me reí. No una sonrisa educada. Una carcajada que salió del pecho sin permiso. La primera en meses. El sonido me sorprendió tanto que me callé, como si reírme fuera algo que no debía hacer.
Lola me miró.
—Te has reído, papá. El cuento está funcionando.
A las once y cuarto, Lola se durmió. Fui al escritorio. La pantalla brillaba en el apartamento oscuro. No trabajé en el manuscrito oficial. Me encontré escribiendo las palabras de Lola. El queso sentiente. La formación geológica con sentimientos. La abuela que no le tenía miedo a nada.
Solo notas, me dije. Nada importante.
A las tres de la mañana, mi teléfono sonó. Seis mensajes de voz de Doro. El último decía: «Ramiro, he leído tus páginas. Son… seguras. Demasiado seguras. Si quiero un somnífero, voy a la farmacia. Dame algo que me despierte. Besos, Doro, y ESTOY PREOCUPADA».
Me quedé mirando el techo. Doro tenía razón. La historia más interesante que había oído en todo el día era la de un queso enfadado que quería ser mineral.
«Seguras. Demasiado seguras». Las palabras de Doro se repetían en mi cabeza mientras quemaba la tostada, mientras caminaba por el pasillo, mientras miraba la grieta del portátil. Vivían en los huecos entre los ruidos.
Pasé toda la tarde construyendo una historia a prueba de balas. Un caballero valiente en una misión noble. Motivación clara. Villano amenazador. Estructura impecable. Cada detalle planeado con la precisión de alguien que necesita que algo, cualquier cosa, salga como espera.
A la hora del cuento, me senté en la silla con la confianza de un general que no sabe que ya ha perdido la guerra.
—Había una vez un caballero muy valiente que…
Lola escuchó dos párrafos. Nuevo récord.
—Papá, el caballero es aburrido.
—No es aburrido. Es valiente.
—Valiente eth aburrido. Hazlo athustado. Que tenga miedo de todo: de las mariposas, de la sopa, de su propia sombra. ESO es interesante.
—Un caballero no puede tener miedo de la sopa.
—¿Por qué no? La sopa está caliente. Y a veces tiene tropezones sorpresa. —Para Lola, los tropezones de sopa eran una amenaza documentada.
—El caballero es valiente. Punto final.
—Pero un caballero que tiene miedo de TODO y LUEGO pelea con el dragón… eso eth un héroe, papá. Un caballero que no tiene miedo y pelea con el dragón eth solo… un señor con espada haciendo su trabajo.
Tenía sentido. Tenía demasiado sentido. Y algo dentro de mí se resistió. Algo que no tenía que ver con caballeros.
—Lola, ¿puedes POR FAVOR dejarme contar UNA historia como la tengo planeada?
El silencio cayó sobre la habitación. Hasta el radiador se calló. La cara de Lola se derrumbó. No se enfadó. Se apagó.
—Yo solo quería ayudar —susurró.
Ese silencio. Lo conocía. El mismo que llenó el apartamento cuando María cerró la puerta por última vez. El silencio que vive entre las personas que se quedan.
—Lola, perdóname. No quería gritar.
—Estoy cansada. Puedes irte.
Se dio la vuelta hacia la pared. Su espalda pequeña subía y bajaba bajo el edredón de cohetes.
Salí. Me senté en mi escritorio. No escribí. No abrí el portátil. Me quedé en el silencio del apartamento y entendí algo: Lola llenaba este silencio cada noche. Con princesas en motocicleta. Con queso enfadado. Con dragones abogados. Sin sus interrupciones, el silencio era un animal enorme que respiraba en cada esquina.
Volví a su habitación. Seguía despierta. Me senté en el borde de la cama. El colchón crujió.
—Está bien. Cuéntame lo del caballero asustado.
Su cara se iluminó.
—No es solo asustado, papá. Es el caballero MÁS asustado de todo el reino. Pero va a la misión de todos modos. Porque su hija se lo pidió.
Construimos la historia juntos. Por primera vez, no yo contra ella. Los dos juntos. El caballero se enfrentaba a un dragón hecho de sus propios miedos. El dragón crecía cada vez que el caballero huía. Y se hacía más pequeño cada vez que se quedaba quieto.
El caballero nunca dejó de tener miedo. Pero dejó de huir.
—Y al final —dijo Lola, con los ojos medio cerrados— la hija le dice: «¿Tuviste miedo?» Y él dice: «Mucho». Y ella dice: «Yo también tengo miedo a veces. Pero tengo miedo contigo, y eso está bien».
Se durmió a mitad de la frase. Su mano agarrada a mi manga.
Me quedé sentado en la oscuridad. El caballero asustado. El dragón que crece cuando huyes. Saqué mi teléfono y escribí algo que no era para Doro. Escribí las palabras de Lola. Todas. Tal como ella las había dicho.
No sabía por qué. Solo sabía que no quería perderlas.
La abuela Carmen llegó sin avisar. Con cuatro táperes de comida y más opiniones de las que cabían en el ascensor.
—¿Qué es esto? —dijo, abriendo mi nevera con la autoridad de una inspectora sanitaria—. Esto no es comida, Ramiro. Esto es un grito de ayuda con queso encima.
—Fui al supermercado la semana pasada.
—¿La semana pasada? Este yogur tiene fecha de caducidad de marzo. Estamos en abril. «Como decía Don Quijote: la verdad adelgaza y no quiebra». Y la verdad, hijo, es que tu nevera da miedo.
Carmen fue profesora de literatura durante cuarenta años. Citaba a Cervantes para todo. Una vez marcó uno de mis libros publicados con bolígrafo rojo y me lo envió por correo. Las correcciones eran mejores que el libro original.
Se quedó a cenar. Lola le contó la historia del caballero asustado con todos los detalles. Carmen me miró por encima de sus gafas.
—¿El caballero asustado? Es tu autobiografía, Ramiro.
—Mamá…
—La niña tiene talento. Lo hereda de mí, obviamente.
Carmen declaró que se quedaba para el cuento. Tres personas en la habitación de Lola: yo en la silla, Carmen en el borde de la cama, Lola en el centro con la expresión de una directora de orquesta a punto de levantar la batuta.
—Esta noche, piratas. El capitán Barbanegra busca un tesoro…
—¿Piratas en el mar? —Lola bostezó—. Aburrido. Ponlos en un supermercado.
—Excelente —dijo Carmen—. El tesoro es el último tarro de aceitunas buenas.
El capitán Barbanegra atacó el supermercado del barrio. Su tripulación: un loro que solo hablaba portugués, un marinero con una sola pierna que antes era contable, y un barco construido con carritos de supermercado soldados.
—El loro dice: «As azeitonas estão no corredor três» —narré.
—No, no —interrumpió Carmen—. No se dice «buscar» con «por». Se dice «buscar las aceitunas». Sin preposición. Cuarenta años enseñando y todavía cometes errores básicos.
—Mamá, estoy narrando una historia de piratas en un supermercado. La gramática no es la prioridad.
—La gramática SIEMPRE es la prioridad.
—¡El loro se enamora de una lata de sardinas! —gritó Lola, cortando a Carmen—. Le canta canciones de amor. La lata no puede responder porque es una lata. Es una historia de amor TRÁGICA.
Estaba superado. Dos contra uno. Lola construía la trama, Carmen corregía mi gramática en tiempo real, y yo intentaba mantener la historia dentro de algún tipo de estructura narrativa. Era imposible.
Me encontré riendo. Otra vez. Esa risa que movía algo dentro del pecho.
Después de la historia, los piratas encontraron las aceitunas, pero resultaron ser aceitunas rellenas de anchoa, lo que provocó un motín. Carmen me acorraló en la cocina. Su cara cambió.
—Es igual que María —dijo.
Nadie decía ese nombre en este apartamento.
—La misma imaginación. El mismo fuego.
—Mamá, no…
—No es algo malo, hijo. Tú siempre fuiste el cuidadoso. María era el caos. Necesitas el caos. —Me miró con ojos que habían visto cuarenta años de estudiantes intentando mentirle—. Y el caos te necesita a ti.
Se fue a las once. Me besó la frente. En la puerta, se giró: —Deja de luchar contra él, Ramiro.
Me senté en mi escritorio. Doce días. Abrí el archivo donde guardaba las palabras de Lola. Releí el caballero asustado. Releí el queso enfadado. Y empecé a escribir los piratas. No era el libro que Doro quería. No era el libro que yo había planeado. Era un desastre sobre piratas buscando aceitunas, con un loro portugués enamorado de una lata de sardinas.
Cuando terminé, releí lo que escribí. Lo hice dos veces. La segunda vez me detuve en el loro portugués cantándole a la lata de sardinas. Era una escena de amor entre un pájaro y un objeto de metal. No tenía ningún sentido. Era perfecto.
En la nevera, los táperes de Carmen formaban una torre. Cada uno tenía una etiqueta: «Para mi nieto que se olvida de comer», «Comida de verdad, no lo que hiciste el martes», «Sopa para emergencias». Abrí el último. Sopa de pollo. Caliente todavía, porque Carmen conocía secretos de termodinámica que la ciencia no podía explicar. Me la comí de pie, a las dos de la mañana, en una cocina que olía a las manos de mi madre. El caos dormía en la habitación de al lado. La sopa estaba buena.
Pasé todo el día diseñando el cuento perfecto. Lo llamé «la historia a prueba de Lola». Mi estrategia era brillante en su simplicidad: una historia tan básica, tan desnuda, tan absolutamente vacía de contenido que Lola no podría encontrar nada que cambiar.
La historia: un perro cruza un campo. Fin.
Sin personajes que renombrar. Sin villanos que humanizar. Sin escenarios que mover al supermercado del barrio. Pura simplicidad invulnerable.
Recogí a Lola del colegio casi orgulloso de mí mismo.
—¿De qué es el cuento de esta noche? —preguntó desde el asiento trasero.
—De un perro.
—¿Qué tipo de perro?
—Solo un perro.
—¿Cómo se llama?
—No tiene nombre. Es un perro. Cruza un campo.
—¿Qué hay en el campo?
—Nada. Es solo un campo.
Lola entrecerró los ojos. La miré por el retrovisor. Tenía la expresión de un juez que acaba de oír la defensa más débil de la historia.
—Papá. Eso no es un cuento. Eso es una frathe.
A la hora del cuento, Lola me miraba con la paciencia de alguien que espera a que el otro cometa el error inevitable.
—Había una vez un perro que cruzaba un campo…
Cuatro segundos de silencio. Después:
—El perro es un detective. Rethuelve crímenes oliendo cosas. Su nombre es Inspector Nariz.
—No, es solo un…
—Inspector Nariz investiga el Caso del Hueso Perdido. Los sospechosos: un gato con una coartada que no se sostiene, un loro que vio todo pero se niega a testificar…
—¿Es el mismo loro portugués de los piratas?
—Obviamente. Es el mismo universo, papá. Prethta atención.
Mi historia de una frase se convirtió en un thriller policial en treinta segundos. Inspector Nariz descubrió una red de contrabando de huesos dirigida por un hámster criminal conocido como «El Rueda», porque corría en una rueda. La organización tenía tres niveles: ratones que recogían los huesos, ardillas que los transportaban de noche, y un pez dorado sospechoso que lavaba el dinero.
—¿Cómo lava dinero un pez?
—Con agua, papá. ¿Cómo lo va a lavar?
El pez se llamaba Don Burbujas. Tenía un monóculo. Inspector Nariz lo interrogó durante treinta minutos narrativos que Lola narró con la intensidad de una serie de detectives.
El gato insistía en su coartada: estaba en casa viendo la televisión. Inspector Nariz: —¿Qué programa? El gato:— …uno de cocina. Inspector Nariz: —¿Cuál? El gato, sudando:— …uno con… ¿pescado? La coartada se derrumbó.
Mi teléfono sonó. Gerardo Nieto. Lola lo agarró antes de que pudiera reaccionar.
—Mi papá está ocupado. Le está contando un cuento sobre un perro detective.
La voz de Gerardo Nieto: —Un perro detective vampiro sería mejor.
—No —dijo Lola—. Adiós.
Me devolvió el teléfono con la naturalidad de alguien que acaba de resolver un asunto menor.
El juicio de El Rueda tuvo lugar en el parque. El juez era una paloma que se dormía cada cinco minutos. El abogado defensor, naturalmente, era el dragón Fernando, porque la continuidad de Lola era mejor que la mía. La sentencia: El Rueda condenado a correr sin rueda durante mil años. Solo en círculos en el suelo. Lola consideró esto justicia poética.
A las once, se durmió con una sonrisa feroz.
No intenté trabajar en el manuscrito oficial. Escribí Inspector Nariz. Todo. Estaba transcribiendo los cuentos de Lola y lo sabía. Me dije que era temporal. Me lo dije en voz baja, como si diciéndolo más bajo fuera más verdad.
Al día siguiente, Lola dijo la palabra que yo había buscado toda la noche, mientras se cepillaba los dientes: —Papá, tuth cuentoth no tienen thorprethas. Y un cuento thin thorprethas eth como un regalo que ya thabeth lo que eth.
Un hámster narcotraficante llamado El Rueda. Eso tenía ella. Eso me faltaba a mí.
Día ocho de catorce. El manuscrito oficial tenía cuarenta páginas de cuentos correctos, estructurados, y completamente muertos. El archivo secreto de las noches tenía cinco capítulos de caos que estaban más vivos que cualquier cosa que hubiera escrito en un año.
No quería pensar en lo que eso significaba.
Quemé la tostada. Lola le puso mermelada. El detector de humo sonó. Lo apagué. La rutina de siempre. Horarios. Planes. Tostadas quemadas a la misma hora cada mañana. Control. Siempre control.
Entonces Doro llamó. No un mensaje de voz. Una llamada real. Cogí el teléfono en la cocina.
—Ramiro, he leído todo lo que me has enviado. —Pausa larga. La clase de pausa que pesa más que las palabras que siguen—. Necesito ser honesta.
—Sé honesta.
—Esto lee como un libro infantil escrito por alguien que tiene miedo de los niños. Es correcto. La gramática es perfecta. La estructura es sólida. Y es ABURRIDO. No siento nada. No hay latido en estas páginas.
—He seguido todas las convenciones. El protagonista es simpático. La trama tiene tres actos…
—Las convenciones son huesos, Ramiro. Me has dado un esqueleto. ¿Dónde está la carne? ¿Dónde está el DESORDEN?
Silencio.
—Seis días. Necesito el libro real. No el libro seguro. El REAL. El que te mantiene despierto por las noches. Lo que sea que estés viviendo este último año… ESO es tu libro.
Colgó. «Besos, Doro, y estoy perdiendo la paciencia».
Me quedé de pie en la cocina mirando mi reflejo en la ventana. Un hombre con ojeras, un jersey verde con la mancha de café de siempre, y la expresión de alguien que acaba de oír exactamente lo que no quería oír.
—¿Papá?
Lola estaba en la puerta. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?
—¿Por qué no escribes NUESTROS cuentos?
—¿Qué?
—Los piratas de las aceitunas. Inspector Nariz. El dragón Fernando abogado. ESOS cuentos. Los que hacemos juntos.
Las palabras se atascaron en mi garganta. Empecé a decir que eran tonterías de la hora de dormir. Pero cada excusa se deshizo antes de salir. Porque los había estado escribiendo cada noche. Porque ERAN mejores. Porque una niña de siete años acababa de diagnosticar mi bloqueo creativo con más precisión que una editora profesional.
—Vamos a ver qué cuento sale esta noche —dije.
A la hora del cuento, Lola exigió un caso nuevo para Inspector Nariz. Alguien estaba robando la luna.
—Cada mes desaparece un poco más, papá. Alguien la está robando trozo a trozo.
La historia se convirtió en un misterio nocturno ambientado en el cielo. Testigos estelares, literalmente estrellas que habían visto algo sospechoso. Un sol con celos evidentes: —Yo brillo TODO EL DÍA y nadie me escribe canciones. La luna sale DOS HORAS y tiene poetas. Y una nube que resultó ser la culpable.
Pero la nube no estaba robando la luna. La estaba abrazando. Porque la nube estaba sola.
Ese detalle fue de Lola. Y aterrizó diferente ahora. Después de la llamada de Doro. Después de «miedo de los niños». Miré a mi hija y algo cambió. No estaba siendo absurda. Estaba poniendo verdades dentro de historias ridículas. La nube solitaria no era un chiste. Era un personaje que necesitaba a alguien.
Lola se durmió a las once.
Esa noche abrí una carpeta nueva en mi portátil. La llamé «Las Interrupciones». Copié todo lo que había escrito en las noches anteriores: los piratas, el queso enfadado, el caballero asustado, Inspector Nariz, la nube solitaria. Seis noches de cuentos destrozados. Seis capítulos de un libro que no sabía que estaba escribiendo.
Faltaban seis más. Y solo me quedaban seis noches.
Abordé la hora del cuento como una operación militar. Si no podía vencer las interrupciones de Lola, las provocaría. Las diseñaría. Las controlaría.
Había estudiado los cuentos anteriores durante todo el día. Tomé notas. Hice una lista. Patrones claros: Lola siempre cambiaba tres cosas. El héroe: hacerlo más raro. El villano: hacerlo simpático. El escenario: hacerlo mundano. Si conocía sus movimientos, podía anticiparlos. Podía preparar un cuento diseñado para provocar exactamente las interrupciones que necesitaba para el libro.
Ingeniería inversa de la imaginación de una niña de siete años. ¿Qué podía salir mal?
Todo.
Preparé un héroe aburrido a propósito, esperando que Lola lo hiciera interesante. Un villano aterrador, esperando que ella lo hiciera gracioso. Un escenario dramático, esperando que ella lo moviera a un lugar ordinario. Una trampa perfecta. Una coreografía de caos planificado.
Me senté en la silla. Lola me miraba con ojos sospechosos.
—Había una vez un chico muy normal…
—Papá. —Levantó la mano—. ¿Por qué siempre empiezas con «había una vez»? Así empiezan TODOS los cuentos. Empieza de otra forma.
Mi plan duró exactamente seis palabras.
—¿Cómo debería empezar?
—Empieza por el final. Dime el final primero. Y después cuéntame cómo llegaron ahí.
Esto era sorprendentemente sofisticado para alguien que pronunciaba «sorpresa» como «thorpretha».
—El final es: el héroe salva el mundo.
—Aburrido. El final es: la heroína descubre que estaba equivocada sobre TODO. Y está contenta de estarlo.
Construimos un cuento al revés. La heroína era la Señora Regla, una bibliotecaria que organizaba los libros del mundo por tamaño, color y olor. Estaba equivocada sobre absolutamente todo: creía que los peces vivían en árboles, que el martes venía después del sábado, y que la sopa era un instrumento musical. —Tócame una sopa en do menor —le decía a su asistente, que la miraba con terror.
Cada vez que intentaba corregir a la Señora Regla, Lola me detenía: —Tiene que estar MÁS equivocada primero. MUCHO más equivocada.
La Señora Regla contrató a un cartero que entregaba los libros equivocados a las personas equivocadas, y todos estaban encantados porque descubrían libros que nunca habrían elegido. Su caos mejoraba la vida de todos excepto la de un personaje que Lola inventó y que me heló la sangre.
—Hay un personaje que se llama «el narrador». Está DENTRO de la historia. Lleva un portapapeles. Dice: «Esto NO es como va la historia». Pero nadie le hace caso.
El narrador tenía gafas. Estaba cansado. Bebía demasiado café. Tenía ojeras y un jersey con una mancha que no se iba. Era, transparentemente, yo. Y los personajes rebeldes que lo ignoraban eran Lola.
Carmen llamó durante la historia. Lola puso el altavoz sin preguntar. Carmen contribuyó: un paraguas parlante que era la terapeuta de la Señora Regla.
—El paraguas le dice: «¿Has considerado que estar equivocada no es una enfermedad? Hay gente que está equivocada y FELIZ. Mira a tu padre».
—¡Mamá! —grité al teléfono.
—«Como decía Cervantes: el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, no se debe quejar si se le pasa». Sigue con el cuento.
Tres autores. Cero coherencia. La Señora Regla abrió una escuela de Conocimiento Incorrecto donde dos más dos era pez y todos se graduaban con honores. El narrador con portapapeles intentó dar un discurso sobre la importancia del orden. Nadie escuchó. El paraguas terapeuta lo llevó aparte: —Respira. No todo tiene que tener sentido. ¿Has probado la sopa musical? —El narrador probó la sopa. Sonaba a violín. Estaba deliciosa. Se sentó y no supo qué hacer con las manos.
—El narrador no sabe qué hacer cuando no tiene que controlar algo —explicó Lola—. Nunca ha tenido las manos vacías.
Lola se durmió murmurando sobre peces en árboles.
Escribí todo. Mi fórmula había fracasado en seis palabras. Cada noche era genuinamente impredecible. No podía planificar el caos. Solo podía sentarme, empezar a hablar, y dejar que mi hija destrozara todo.
Seis noches. Seis capítulos escritos. Seis más por escribir. Y mi hija acababa de inventar un personaje que era exactamente yo. Me miré en el espejo del baño.
«Ella lo sabe», pensé. «No sé cómo, pero lo sabe».
La abuela Carmen reorganizaba mis especias sin permiso. Segunda visita de la semana.
—Orégano de 2019, Ramiro. Este orégano ha visto más años que algunas de tus relaciones. —Lo tiró a la basura—. Y este pimentón huele a tristeza.
—La pasta con mantequilla es un alimento completo.
—«Como decía Don Quijote: no hay refrán que no sea verdadero». Y el refrán dice que un hombre que solo come pasta necesita a su madre. Déjame ver la nevera.
—Ya la viste el martes.
—El martes puede pasar mucho, hijo.
Cuatro noches para la fecha límite. Siete capítulos en el portátil. Necesitaba doce. Las noches corrían más rápido que mis dedos.
A la hora del cuento, Carmen se instaló en la silla antes que yo. Me senté en el suelo. Lola nos miró desde su trono de edredón y peluches.
—Quiero un cuento de monstruos.
—Había una vez un monstruo aterrador debajo de una cama…
—¿Da miedo?
—Mucho.
—Entonces necesita un trabajo. Los monstruos con trabajo no dan miedo. Solo están cansados.
El monstruo se llamó Gustavo. Cuarenta y tres años en años de monstruo. Vivía debajo de la cama de Lola desde hacía tres años. Pagaba alquiler en calcetines perdidos y pelusas. Cada mañana tomaba un portal que lo llevaba a su oficina de monstruos. Tenía un jefe terrible. Tenía una hipoteca sobre una cueva demasiado pequeña. Y dolor de espalda porque debajo de la cama era muy bajo.
Carmen contribuyó: Gustavo tenía una madre que llamaba cada domingo. —¿Por qué no has asustado a nadie este mes, Gustavo? En mis tiempos, los monstruos TRABAJABAN. Tu padre asustó a trescientos niños en un solo año. ¿Y tú? Ni uno.
—La madre de Gustavo suena como alguien que conozco —dije.
—No sé de qué hablas —respondió Carmen sin pestañear.
Gustavo organizó un sindicato. Exigían mejores condiciones: camas más blandas, menos luces nocturnas, vacaciones pagadas, y un seguro dental, porque los monstruos tenían muchos dientes. Los niños del mundo respondieron con una huelga: se negaban a asustarse. Las negociaciones fracasaron. La ONU intervino. El representante era una ardilla con traje que hablaba demasiado rápido y no resolvía nada.
Lola inventó el final: el monstruo y la niña se hacían compañeros de piso. Dividían gastos. El monstruo cocinaba sopa excelente y la niña hacía ruidos aterradores para que el monstruo pudiera dormir.
—Porque los monstruos también tienen pesadillas, papá. Tienen pesadillas con niños que no tienen miedo.
Casi medianoche. Carmen se había dormido en la silla, roncando. Lola la señaló y susurró: —La abuela ronca más fuerte que Gustavo. Él tendría miedo de ella.
Cuando las dos se durmieron, escribí. Gustavo el monstruo con hipoteca. La huelga infantil. La ONU mediando. Se escribió solo.
Entonces Carmen se despertó. Encontró la luz del portátil en la oscuridad. Se acercó. Leyó por encima de mi hombro. Todo. Sin interrumpir. Sin corregir gramática. Sin citar a Cervantes.
—Este es el libro de Lola, ¿verdad?
No respondí.
—Ramiro. —Desapareció la profesora. Quedó la madre—. Cuando María se fue, te vi doblarte en una caja cada vez más pequeña. Cada día más pequeña. Más segura. —Me puso la mano en el hombro—. Lola está intentando desdoblarte, hijo. Déjala.
Besó mi frente. Se fue. La puerta se cerró suavemente.
A las cuatro de la mañana me levanté a por agua. Pasé por la habitación de Lola. La puerta estaba abierta. El edredón de cohetes se había caído al suelo. Se lo subí. Le quité un crayón morado que tenía apretado en la mano. Debajo de su almohada asomaba un dibujo que no había visto antes: dos personas sentadas en una cama, rodeadas de monstruos, piratas y estrellas. Las dos personas se reían. Debajo, en letras enormes y torcidas: «Papá y yo contando cuentos».
Guardé el dibujo en el cajón de mi escritorio, junto al manuscrito.
Cuatro noches más. Cuatro capítulos. Y un dibujo debajo de una almohada que valía más que cualquier cosa que yo hubiera escrito.
Tres noches para la fecha límite. Diez capítulos en el portátil. Pero no encontraba el final. Las historias eran divertidas, salvajes, vivas. ¿Qué las conectaba? ¿Qué hacía que fueran un libro y no solo una colección de desastres narrativos? El cursor parpadeaba en la pantalla.
Fui a recoger a Lola al colegio. Estaba callada. No habló de Inspector Nariz. No mencionó al dragón Fernando. Miraba por la ventanilla del coche con una expresión que no le había visto antes.
—¿Estás bien?
—Sí.
«Sí» sin explicación. En Lola, eso era una alarma.
La profesora me había dicho algo al salir. Hoy hicieron tarjetas del Día del Padre en clase. Lola dibujó dos personas en su tarjeta. Solo dos. No tres.
Preparé la merienda en silencio. Quemé la tostada, hora diferente, mismo resultado. Lola la comió sin comentarios. Sin mermelada extra. Sin chistes sobre el detector de humo. El apartamento estaba callado de una manera que me hacía daño en los dientes.
A la hora del cuento, Lola no saltó en la cama. No exigió un tema. No organizó los peluches. Se metió bajo el edredón y me miró.
—Papá, cuéntame un cuento. Pero uno de verdad.
No lo planeé. Salió de algún lugar detrás de las costillas:
—Había una vez un hombre que estaba muy cansado. No cansado de trabajar. Cansado de fingir que no tenía miedo.
Lola me miraba sin parpadear.
El hombre vivía en una casa que antes tenía tres voces. Ahora tenía dos. La tercera voz había sido la más fuerte: la que cantaba mientras cocinaba, la que inventaba canciones ridículas en el coche, la que convertía cada día ordinario en algo sorprendente. Cuando esa voz se fue, el hombre intentó llenar el silencio estando ocupado. Trabajando. Limpiando. Cocinando mal. Contando cuentos a la hora de dormir. Pero el silencio seguía ahí, en las grietas entre las palabras. Y el hombre tenía miedo de que si dejaba de moverse, oiría el silencio, y el silencio le haría una pregunta que no sabía responder: «¿Y ahora qué?»
La hija del hombre también oía el silencio. Pero no le tenía miedo. Lo llenaba con cosas ridículas: princesas en motocicleta, perros detectives, queso enfadado. No porque no lo oyera. Porque sabía que la única forma de luchar contra el silencio era con ruido. Cualquier ruido. Incluso ridículo. ESPECIALMENTE ridículo.
El cuento no tenía chiste. No tenía giro. No tenía hámster criminal ni loro portugués. Solo tenía un padre diciéndole a su hija: tengo miedo. Y tú eres valiente. Y perdóname por intentar hacer los cuentos más pequeños cuando tú intentas hacerlos más grandes.
Lola tenía los ojos húmedos. No interrumpió. Ni una sola vez. La primera historia en nueve noches sin una interrupción.
—Papá —dijo muy bajito—, está bien tener miedo. ¿Te acuerdas del caballero? Tenía miedo de todo. Pero fue de todas formas.
El caballero asustado. El dragón que crece cuando huyes. Ella lo recordaba. Ella siempre lo recordaba todo.
Me abrazó. La abracé. Olía a champú de fresa y a crayones y al suavizante del edredón de cohetes. Su pijama de dinosaurios estaba caliente del calor de la cama. Su pelo me hacía cosquillas en la barbilla. Algo dentro de mi pecho se soltó, como un puño que lleva un año cerrado y por fin se abre.
Esa noche no escribí nada. Este cuento no era para el manuscrito. Algunos cuentos son solo para las personas que están en la habitación.
Me quedé sentado en el borde de su cama hasta que estuvo completamente dormida. Después fui a mi escritorio y miré la pantalla. Diez capítulos. Faltaban dos. Y por primera vez sabía exactamente de qué debían tratar. No de princesas ni piratas ni queso enfadado.
De nosotros.
Pero no sabía cómo contarlo sin que Lola lo supiera. Porque si lo supiera, cambiaría todo.
Me desperté con una energía que no reconocía. El sol entraba por la cocina de una manera que no había notado antes. O que había dejado de notar.
Dos noches más. Diez capítulos en el portátil. Necesitaba dos más, esta noche y mañana, y después se lo enviaría a Doro.
Llamé a Doro antes del desayuno.
—Tengo un libro. No es lo que esperabas.
—¿Es aburrido?
—Es sobre piratas en un supermercado, un perro detective, queso enfadado y un monstruo que paga alquiler.
Silencio largo.
—…envíamelo AHORA MISMO.
—No está terminado. Faltan dos capítulos.
—Entonces TERMÍNALO. —Pausa—. Besos, Doro, y hazme feliz por una vez.
Hice algo diferente: le pregunté a Lola qué quería que fuera el cuento. En el desayuno. No a la hora de dormir. Yo iniciando la conversación. Yo buscando el caos.
Quemé la tostada. Lola la comió con mermelada. Y esta vez lo vi: no ponía cara. Nunca la ponía. Le gustaba la tostada quemada. Siempre le había gustado. Yo era el único que pensaba que era un error.
—Inspector Nariz tiene que volver —dijo con la boca llena de cereal—. Retholvió el caso de la luna, pero ahora hay un crimen MÁS GRANDE. Alguien ha robado todos los cuentos del mundo.
—¿Quién robaría cuentos?
Lola masticó. Pensó. Tragó.
—Un hombre. Tiene gafath. Se thienta en un ethcritorio. Cree que los cuentos deben seguir reglas. Los mete en jaulath. Cada cuento tiene que ser perfecto o lo tira a la basura. —Otro bocado—. Está muy cansado y bebe demasiado café.
Mis manos se detuvieron sobre la mesa. Ella me estaba describiendo. Con gafas, escritorio, café y todo. Pero seguía construyendo sin pausar: Inspector Nariz infiltraría la Prisión de Cuentos y liberaría las historias prisioneras. Aliados: el dragón Fernando con un recurso legal, la Abuela Astronauta Carmen con el vehículo de escape, Gustavo el Monstruo como distracción.
—Gustavo les cocina sopa a los guardias. Y mientras comen, Inspector Nariz entra por detrás.
—¿La sopa es parte del plan?
—La sopa SIEMPRE es parte del plan, papá.
A la hora del cuento, contamos la historia juntos. Sin competir. Yo empezaba frases, Lola las terminaba. Ella creaba problemas, yo los resolvía. El dragón Fernando presentó un recurso ante el Tribunal Supremo de Historias. El juez: la paloma del juicio de El Rueda, ahora con doctorado y corbata diminuta. La Abuela Astronauta Carmen aterrizó su nave en el tejado de la prisión. El loro portugués tradujo las instrucciones de evacuación. Nadie lo entendió, pero la intención era clara.
Inspector Nariz llegó a la jaula más protegida de toda la prisión. Dentro había un cuento pequeño y callado. Un cuento sobre un padre y su hija. Estaba detrás de más candados que ningún otro.
El Guardián de Cuentos, un hombre con portapapeles que se parecía misteriosamente a cierto narrador con gafas, dijo: —Ese cuento es demasiado personal. Demasiado desordenado. Demasiado real. No sigue las reglas.
Inspector Nariz levantó una ceja.
—Esos son los mejores —dijo.
Y Lola, sin saber que estaba diciendo la verdad más grande del libro entero:
—Libera los cuentos desordenados, papá. Esos son los que importan.
Se durmió sonriendo. Inspector Nariz había ganado. Los cuentos eran libres. Hasta el Guardián, al final, abrió su propia jaula, porque él también estaba encerrado.
Escribí el capítulo de una sentada. El Guardián que encerraba cuentos desordenados era yo. Lola me escribió como villano sin saberlo. O sabiéndolo de esa manera en que los niños saben las cosas más importantes: con el cuerpo, no con la cabeza.
Once capítulos. Faltaba uno. Mañana sería la última noche. Necesitaba un final. Pero todos los que imaginaba eran demasiado limpios. Demasiado perfectos. Demasiado míos.
El final no podía ser mío. Tenía que ser de Lola. Y eso significaba que no podía planearlo. Tenía que dejar que pasara.
La idea me aterraba. La idea me hacía sonreír.
Último día. Un capítulo para terminar el libro. No forzar. Dejar que pase. Ser como Lola. Me repetí eso mientras el día avanzaba, y no me lo creía ni un poco.
Caminé por el apartamento. Limpié la cocina dos veces. Reorganicé mi escritorio: papeles en una pila perfecta, bolígrafos en el vaso, el manuscrito impreso junto al portátil. El calendario marcaba el último día en rojo. La mancha de café en mi jersey seguía exactamente donde siempre.
Lola llegó del colegio y fue directa a buscar crayones en mi escritorio. Los crayones estaban en el cajón de abajo, pero encima del cajón había una torre de páginas impresas. Lola tiró de los crayones. La torre se derrumbó. Y ahí estaba, en letras grandes, la portada: «Las Interrupciones: Por Ramiro Santos».
La encontré sentada en el suelo, rodeada de páginas. Mi corazón se detuvo. Después latió demasiado rápido.
—Lola, eso es…
Me miró. No estaba enfadada. Estaba FASCINADA.
—¡Papá! ¡Esto es Inspector Nariz! ¡Y el dragón Fernando! ¡Y el queso enfadado! ¡Son NUESTROS cuentos!
Me senté en el suelo junto a ella. Las páginas crujieron debajo de nosotros.
Le expliqué todo. Cada noche, después de que se dormía, escribía. Cada interrupción. Cada personaje ridículo. Cada vez que tomó mi cuento aburrido y lo convirtió en algo que respiraba.
—Debería habértelo dicho.
—¿Dicho qué?
No entendía el problema. Para Lola, POR SUPUESTO que esto debía escribirse. POR SUPUESTO que debía ser un libro. Llevaba doce noches intentando decírmelo con princesas en motocicleta y queso furioso.
—Pero papá —dijo, pasando las páginas—, no tiene final.
—Lo sé. No sé cómo termina.
Lola cogió un crayón. El morado. Su favorito. Dio la vuelta a la última página impresa. Escribió con su letra torcida, enorme, inclinada hacia la derecha:
«El final es: la princesa no salva el reino. Salva a su papá».
La leí. La leí otra vez.
Cada cuento que Lola me había contado durante doce noches. El caballero asustado que se enfrenta a un dragón hecho de miedos, y el dragón se hace pequeño cuando dejas de huir. La nube solitaria que abraza la luna porque necesita a alguien. El monstruo que solo quiere que le pregunten cómo le fue el día. El Guardián que encerraba cuentos desordenados por miedo al caos.
Todos eran sobre mí.
Lola no estaba interrumpiendo cuentos de hadas. Me estaba interrumpiendo A MÍ. Mi vida segura. Mi caja cada vez más pequeña. Estaba diciendo, cada noche, en el único idioma que tiene una niña de siete años: «Papá, tu cuento es demasiado pequeño. Déjame hacerlo más grande».
A la hora del cuento, me senté en la cama. La luz naranja de la seta. Las constelaciones inventadas en el techo. Los crayones debajo de la almohada. El olor a pasta de dientes de fresa.
—¿Vas a enviar el libro a Doro? —preguntó Lola.
—¿Quieres que lo envíe?
—Sí. Pero tienes que añadir una cosa.
—¿Qué?
—El autor. Debería decir: por Ramiro Santos y Lola Santos.
Lo dijo como quien dice que el cielo es azul. Como quien dice que los perros detectives se llaman Inspector Nariz. Como algo que no necesita explicación porque es verdad.
—Prometido.
No contamos un cuento esa noche. Lola me explicó de qué debía tratar el capítulo doce. Un restaurante en la luna. Un perro que cocina pasta. Todos los personajes juntos. Y un padre que por fin escucha.
—¿Y cómo termina? —pregunté.
—El papá se duerme. Y la hija le tapa con la manta. —Se encogió de hombros—. Como él hathe con ella cada noche.
Se durmió con la sonrisa más tranquila de doce noches. Le subí el edredón de cohetes. Le quité la goma de pelo verde sin despertarla.
Fui a mi escritorio. Cambié la portada: «Las Interrupciones: Por Ramiro Santos y Lola Santos». Escribí el capítulo final en dos horas. No inventé nada. Solo recordé. A las tres de la mañana, le di a enviar.
Y por primera vez en un año, me fui a dormir sin miedo.
Mi teléfono me despertó a las nueve. Diecisiete mensajes de voz de Doro. Cada uno de quince segundos exactos.
Los primeros doce eran Doro leyendo fragmentos del manuscrito y riendo. El queso enfadado. Inspector Nariz. Los piratas del supermercado. Gustavo el monstruo con hipoteca. Su risa era rápida, genuina, y contagiosa incluso en formato de quince segundos.
El decimotercer mensaje era silencio. Quince segundos completos. Y al final, un sonido que tardé un momento en reconocer: Doro llorando. Llorando por un queso que quería ser mineral. Por un monstruo que solo quería que le preguntaran cómo le fue el día. Por un caballero que tenía miedo de todo pero fue de todas formas.
El decimocuarto: —Ramiro, este es el libro. Este siempre fue el libro. Solo necesitabas que alguien te interrumpiera lo suficiente para encontrarlo.
El decimoquinto: —El capítulo del queso enfadado me hizo llamar a mi madre. Espero que estés contento.
El decimosexto: —Tengo tres editores que van a pelear por esto. Pero necesito que cambies el capítulo nueve. Es demasiado crudo para el público infantil. Guárdalo para ti. Escríbeme otro nueve que sea gracioso por fuera y triste por dentro, como los demás.
El decimoséptimo: —Besos, Doro. Y esta vez, no me has decepcionado.
Me quedé con el teléfono en la mano. El mensaje dieciséis me dolió. El capítulo nueve, el cuento que no fue gracioso, la noche en que le dije a Lola la verdad sin disfrazarla de dragones ni piratas. Doro tenía razón. Los niños que leyeran el libro necesitaban la armadura de la comedia. Ese capítulo era mío y de Lola. No del mundo.
Hice el desayuno. Quemé la tostada. El detector de humo sonó tres segundos. Lo apagué. Puse la tostada negra en el plato de Lola con mermelada. Y por primera vez en un año, la miré comerla. No ponía cara. No se quejaba. Mordía con gusto, con mermelada en la mejilla y migas en el pijama de dinosaurios. Le gustaba la tostada quemada. Siempre le había gustado. Yo era el que pensaba que era un error.
Lola apareció con el pelo como una explosión.
—¿El libro está terminado?
Asentí.
—¿A Doro le gustó?
Le puse el mensaje trece. Los quince segundos de silencio y después el llanto. Lola abrió los ojos enormes. Sonrió con su sonrisa de dientes ausentes.
—¿Lloró? ¿Con NUESTROS cuentos?
—Con tus cuentos.
—NUESTROS cuentos, papá.
El día fue ordinario. Lavamos ropa. Recogí a Lola del colegio. En la fila de coches, Gerardo Nieto apareció en mi ventanilla.
—¿Cómo va el libro?
—Es sobre un perro detective, queso enfadado, piratas en un supermercado y un monstruo que paga alquiler.
Gerardo Nieto procesó esto.
—…¿tiene un vampiro?
—No. Pero debería tener uno. Se lo preguntaré a mi coautora.
Por la tarde llegó Carmen con táperes y silencio. Doro le había enviado el manuscrito sin permiso. Carmen lo leyó entero. No habló durante un minuto completo, que era un récord en sesenta y siete años de vida.
—El paraguas terapeuta tiene la mejor línea del libro —dijo por fin—. Obviamente, porque yo lo inventé. «Como decía Cervantes: las obras dan testimonio de quiénes somos». —Me abrazó. No dijo nada más. No hacía falta.
La noche llegó. Me senté en el borde de la cama de Lola. No llevaba un libro. No tenía una historia preparada. Solo la luz naranja de la seta, las constelaciones inventadas brillando en el techo, el clic del radiador, y el olor a pasta de dientes de fresa.
—Esta noche —dije—, tú me cuentas un cuento a mí.
Lola se sentó. Se aclaró la garganta con formalidad exagerada. Juntó las manos.
—Había una vez… no, espera. Tú dijiste que no empiece así. Vale. EL FIN. No, eso es el final. Vale, vale. Había un papá. Estaba muy cansado.
La historia no tenía trama. No tenía estructura. No tenía tres actos. Un papá cansado conocía a un perro que cocinaba pasta. Abrían un restaurante en la luna, que se había calmado y ahora aceptaba inquilinos. El restaurante solo servía desayunos a la hora de la cena, porque «las reglas son para los libros, papá, no para los restaurantes». Inspector Nariz visitaba los jueves. El dragón Fernando llevaba el papeleo legal. Gustavo lavaba los platos. El queso enfadado era el chef, ya no estaba enfadado porque alguien por fin lo tomaba en serio.
—Y el loro portugués es el camarero. Nadie entiende el menú, pero la comida es buena.
Escuché. No interrumpí. Ni una vez.
En algún momento, alrededor de la receta del perro para espaguetis lunares —polvo de estrella, un poco de gravedad, y «mucho amor, que es el ingrediente secreto de todo»— mis ojos se cerraron. Las palabras se volvieron suaves y lejanas. Sentí la cama moverse cuando Lola notó que me había dormido. Sentí una mano pequeña subir la manta hasta mis hombros, de la misma manera que yo hacía con ella cada noche. Oí su voz, desde algún lugar muy lejos:
—Y vivieron felices para siempre.
Clic. La seta nocturna se apagó.
No sé cuánto tiempo habló Lola después de que me dormí. Pero a la mañana siguiente encontré una nota en mi almohada, escrita con su letra torcida y enorme: «Capítulo 13: El Papá que Por Fin Aprendió a Escuchar». Debajo había dibujado dos personas durmiendo. Una grande y una pequeña. Las dos sonreían.
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