Los Superhéroes del Equipo B

Capítulo 1 - Los Últimos en Pie

La mañana en que Norberto Mora salvó la ciudad —o, para ser más exactos, la mañana en que fue la única persona lo suficientemente tonta como para intentarlo— empezó con una carta informándole de que su licencia de superhéroe estaba bajo revisión. Otra vez.

Estaba en la Oficina de Registro de Héroes, discutiendo con una funcionaria que llevaba trabajando ahí más años que Norberto llevaba vivo. La placa de su escritorio decía «Señora Gutiérrez». Su cara decía «no me importa».

—Su clasificación actual es D-menos —dijo la Señora Gutiérrez, sin levantar la vista del formulario.

—Sé cuál es mi clasificación. Puedo volar.

La funcionaria levantó una ceja. Solo una. La otra se quedó exactamente donde estaba, como si tuviera cosas mejores que hacer.

—Demuéstrelo.

Norberto respiró hondo, cerró los ojos y se concentró. Lentamente, sus pies se separaron del suelo. Un centímetro. Diez. Medio metro. Un metro. Dos metros.

Se detuvo.

La Señora Gutiérrez lo observó flotando a dos metros del suelo, con el pelo agitado y los puños cerrados por el esfuerzo.

—Eso no es volar —dijo—. Eso es flotar agresivamente.

—¡Son dos metros!

—Mi hija salta más alto en la cama elástica.

Selló el formulario con un golpe seco. D-menos. Siguiente.

La Asociación de Héroes tenía un sistema. Los de clase A salían en primera página. Los de clase B protegían bancos. Los de clase C dirigían el tráfico. Los de clase D tenían un lugar de estacionamiento detrás del contenedor de basura.

Norberto tenía un lugar detrás del contenedor de basura.

Iba a discutir —otra vez— cuando todas las pantallas de la oficina se encendieron. Una presentadora apareció, pálida:

—Noticia de última hora. Todos los superhéroes de clase A de Ciudad Relámpago han sido capturados por un villano que se hace llamar El Coleccionista. La ciudad está indefensa.

Tres segundos de silencio. Después, el caos. Teléfonos sonando. Gente gritando. Un hombre se dio contra la puerta de cristal intentando salir. La Señora Gutiérrez no se movió de su silla. Probablemente había sobrevivido a cosas peores. Abrió la base de datos de héroes disponibles.

La lista tenía tres nombres.

Tres.

La Señora Gutiérrez miró la pantalla. Miró a Norberto, que seguía flotando a dos metros. Marcó tres números de teléfono con la resignación de una mujer que sabe que el día no va a mejorar.

Treinta minutos después, Norberto bajó las escaleras hasta el sótano del Edificio Municipal. La sede del Equipo B: La Oficina.

No era la Batcueva. Las luces fluorescentes parpadeaban —una llevaba parpadeando tres años y nadie la había arreglado—. Archivadores cubrían las paredes del suelo al techo, tan llenos que algunos cajones no cerraban. Un dispensador de agua hacía un ruido siniestro cada treinta segundos, como un animal viejo quejándose. La alfombra era de ese gris industrial que solo existe en edificios del gobierno, el gris de las cosas que nadie elige. En un tablón de misiones, una nota adhesiva amarillenta decía: «Esfuérzate más».

Don Felipe Ortiz estaba en su escritorio, organizando archivos de emergencia en orden alfabético. Sesenta y tres años. Traje y corbata debajo del uniforme de superhéroe. Maletín de cuero a su lado, siempre. Su superpoder: ser extraordinariamente bueno con el papeleo.

—He preparado los formularios de activación de emergencia —dijo sin levantar la vista—. Necesito tu firma. En tres copias.

—Felipe, la ciudad está en peligro.

—Por eso necesito tu firma. El protocolo es claro.

Norberto miró alrededor.

—¿Dónde está Isabel?

—Estoy aquí —dijo una voz desde la esquina.

Isabel Ramos. Sentada contra la pared, brazos cruzados, expresión agotada. Treinta y dos años y un superpoder teóricamente increíble: invisibilidad. El problema: solo funcionaba cuando nadie la miraba. Lo cual era casi siempre, porque nadie la miraba nunca.

—Llevo aquí desde las ocho —dijo.

—No te vi.

—Nadie me ve. Ese es literalmente mi poder.

Norberto miró a sus compañeros. Don Felipe ajustó su corbata. Isabel se encogió de hombros desde su esquina.

—¿Somos solo nosotros? ¿Contra un villano que capturó catorce héroes en doce minutos?

—La ciudad cuenta con nosotros —dijo Norberto, intentando sonar heroico.

Silencio largo. El dispensador de agua gorgoteó.

—La ciudad está perdida —dijo Isabel.

En la pantalla, los héroes de clase A aparecían en imágenes de archivo: Capitana Rayo volando a la velocidad del sonido, Señor Volcán levantando un autobús con una mano, La Tormenta deteniendo un misil en pleno aire. Todo lo que Norberto no era. Todo lo que nunca sería.

Pensó algo que no dijo: «¿Por qué no me capturaron a mí?» Porque ser prisionero significaba que alguien te consideraba una amenaza. Significaba que importabas lo suficiente para molestarse en atraparte.

La emisión cambió. El Coleccionista apareció: un hombre pequeño y pulcro con chaqueta de conservador de museo, sosteniendo una taza de té con ambas manos. Su sonrisa era la de alguien que acaba de terminar un rompecabezas.

—Ciudadanos de Ciudad Relámpago —dijo—. Sus héroes ahora me pertenecen. Si alguien quiere recuperarlos… —Pausa. Risa suave—. Envíen a los mejores.

Norberto miró la pantalla. No era el mejor. No estaba ni cerca. Pero su teléfono ya estaba sonando.

Capítulo 2 - Operación: No Tenemos Ni Idea

La primera reunión estratégica del Equipo B duró cuarenta y siete minutos. Don Felipe insistió en seguir una agenda impresa. Norberto quería «simplemente ir y luchar». Isabel señaló que ninguno de los dos había estado nunca en una pelea real.

—Técnicamente, una vez perseguí a un ladrón de bicicletas —dijo Norberto.

—¿Lo atrapaste?

—Se fue en la bicicleta. Era más rápida que yo volando.

Don Felipe abrió su maletín y sacó una carpeta. Dentro había un análisis completo que había preparado en treinta minutos: hojas numeradas, pestañas de colores, un índice.

—El Coleccionista capturó catorce superhéroes en doce minutos —leyó, ajustando sus gafas—. Cada trampa fue diseñada para un héroe específico. Superfuerza, telequinesis, visión láser… Estudió sus debilidades durante años.

Levantó la vista.

—No diseñó nada para nosotros.

—Porque no sabía que existíamos —dijo Norberto.

—Porque no le importamos —corrigió Isabel.

—Lo segundo —confirmó Don Felipe—. Pero lo segundo puede ser una ventaja.

El sistema de comunicación de La Oficina emitió un pitido. Una señal desde el puerto. Norberto se levantó de un salto, tirando su silla.

—¡Una señal del villano! ¡Vamos!

Fueron al puerto en autobús. Era lo único que tenían. Norberto practicó su cara de héroe durante el viaje, frente al reflejo de la ventana. Isabel le dijo que parecía que tenía dolor de estómago.

El puerto olía a sal y aceite de motor. Las gaviotas gritaban como si supieran algo que ellos no. Siguieron la señal hasta un edificio gris con ventanas sucias. Norberto abrió la puerta con una patada dramática que le dolió bastante, porque era de metal, y gritó: —¡Alto ahí, Coleccionista!

Era una planta de procesamiento de pescado.

La «señal» era una radio rota que emitía estática en la frecuencia de comunicaciones heroicas. Un guardia de seguridad los miró como si fueran los tres últimos participantes de un concurso de disfraces. Norberto flotó dos metros intentando parecer imponente.

—Mi hija salta más alto en el trampolín —dijo el guardia.

Norberto empezaba a odiar a las hijas de todo el mundo.

Pasaron veinte minutos discutiendo con el guardia, que estaba completamente convencido de que eran ladrones. Don Felipe mostró tres formas de identificación, dos certificados y una tarjeta de biblioteca. Isabel desapareció durante la discusión —literalmente, porque nadie la miraba— y tocó al guardia en el hombro desde atrás, lo cual casi le provocó un infarto.

—¿De dónde has salido? —gritó el guardia, agarrándose el pecho.

—Estaba aquí todo el tiempo —dijo Isabel—. Nadie mira.

Volvieron a La Oficina humillados. El autobús tardó cuarenta minutos por un atasco causado por el caos en la ciudad: un hombre con capa de sábana estaba robando un puesto de churros en la plaza central. Sin héroes de clase A, los villanos menores tenían el mejor día de sus vidas.

En las noticias: una mujer con un soplador de hojas aterrorizaba un parque infantil. Un adolescente robaba monedas de las fuentes con telequinesis menor. Un anciano con gafas de sol había declarado un pequeño territorio independiente en una rotonda.

—Necesitamos otro plan —dijo Isabel—. No podemos luchar como héroes de clase A.

—Gracias por recordármelo —murmuró Norberto.

—Lo que digo es que necesitamos pensar como nosotros. Usar lo que tenemos. ¿Y qué tenemos?

Silencio. El dispensador de agua gorgoteó.

Don Felipe se levantó y caminó hacia los archivadores del fondo. Abrió uno. Otro. Un tercero. Sacó carpetas amarillentas que olían a papel viejo y a tiempo.

—Tengo todos los permisos de construcción presentados en esta ciudad durante cuarenta años.

—¿Y eso cómo nos ayuda?

—Todo villano necesita una base. Toda base necesita un permiso.

Isabel se inclinó hacia adelante. Sus ojos brillaron.

—¿Podemos encontrar al villano por su papeleo?

—Nadie construye catorce habitaciones con control de temperatura y campos de contención sin presentar un formulario de obra. —Don Felipe pasó la mano por los archivadores con el cariño de un pianista tocando las teclas—. Y yo tengo todos los formularios.

Mientras Don Felipe buscaba, Isabel se sentó junto a Norberto en el suelo. El silencio entre ellos era diferente del silencio habitual de La Oficina. Más pesado. Más honesto.

—¿Por qué te hiciste superhéroe? —preguntó Norberto.

Isabel tardó en responder. Arrancó un trozo de alfombra gris.

—Pensé que si tenía poderes, la gente por fin me vería. —Se rio, pero la risa se quedó a medio camino—. Resulta que mi poder es exactamente lo contrario.

Norberto no dijo nada. Pero asintió. Conocía esa sensación de tener algo que no funcionaba como prometían los folletos.

De repente, Don Felipe sacó una carpeta del archivador con un sonido de triunfo que en cualquier otra persona habría sido un grito pero que en Don Felipe fue un «ajá» educado. Un permiso de construcción para la renovación de un almacén, presentado seis meses antes. Solicitaba especificaciones para «vitrinas con control de temperatura, reforzadas, de tamaño humano».

El nombre del solicitante estaba tachado con marcador negro. Pero la dirección estaba ahí. Clara. Legible. Real.

Norberto agarró su chaqueta.

—Tenemos una ubicación.

Isabel miró la carpeta, después a Norberto, después a la puerta.

—También —dijo en voz baja— no tenemos refuerzos.

Capítulo 3 - Entrenamiento (Edición Desastre)

Antes de ir al almacén, Norberto insistió en entrenar. Había visto suficientes películas para saber cómo funcionaba: el héroe entrena, mejora, se transforma, y después vence al villano con su nuevo poder. La música épica. El montaje. La transformación.

El problema era que sus poderes no podían mejorar.

Norberto practicó entradas dramáticas. Se lanzó desde la puerta de La Oficina, flotó dos metros y chocó contra un archivador. El archivador no se movió. Norberto sí. Cayó al suelo rodeado de papeles que llovieron sobre él.

Don Felipe sacó un formulario de accidente laboral.

—No necesito un formulario —dijo Norberto desde el suelo, con una hoja de presupuesto municipal en la cara.

—El protocolo no está de acuerdo contigo.

Lo intentó de nuevo. Otra dirección, más impulso. Esta vez chocó contra el escritorio de Don Felipe y tiró tres pilas de documentos organizados alfabéticamente. El sonido que hizo Don Felipe fue el más aterrador que Norberto había escuchado nunca. No fue un grito. Fue algo peor: un silencio que duró cinco segundos completos.

—Esos estaban en orden —dijo Don Felipe con una voz que habría hecho temblar a cualquier villano.

—Lo siento.

—Trescientas veintisiete páginas. Orden alfabético. Me costó cuatro horas.

—Lo siento mucho.

—Lo sentirás más cuando tengas que ayudarme a reorganizarlas.

Isabel intentó volverse invisible a voluntad. Se puso de pie en medio de la habitación, cerró los ojos y apretó los puños.

—¿Funcionó?

—Te estamos mirando —dijo Norberto—. No puedes ser invisible si te miramos.

—Entonces dejad de mirarme.

—Si dejamos de mirarte, no sabremos si funciona.

—Ese —dijo Isabel, dejándose caer en la silla— es literalmente el problema de mi vida.

Don Felipe practicó lo que llamó «archivo de combate»: lanzar carpetas como estrellas. Las carpetas de cartón tenían sorprendente aerodinámica. Una le dio a Norberto en la frente.

—Lo siento. ¿Necesitas un formulario de lesión?

—Necesito nuevos compañeros —murmuró Norberto, tocándose la frente.

Después de una hora que solo produjo tres formularios de accidente, un archivador roto y un ojo morado para Norberto, se sentó frente al ordenador de La Oficina. Puso vídeos antiguos de los héroes de clase A.

Capitana Rayo volando sobre la ciudad, dejando una estela de luz azul. Señor Volcán levantando un autobús con una mano mientras desayunaba con la otra. La Tormenta creando un escudo de viento que detuvo una avalancha. Sonreían. Saludaban. La gente los adoraba.

—No somos nada como ellos —dijo Norberto en voz baja.

—Bien —dijo Isabel desde su esquina—. A ellos los capturaron. A nosotros no.

Norberto la miró. Algo en esa frase tenía sentido. Pero no quería escucharlo todavía.

Don Felipe había seguido trabajando mientras ellos fracasaban. Los permisos de construcción revelaban detalles: el almacén tenía catorce habitaciones separadas, cada una con especificaciones de contención para un héroe específico.

—Los estudió durante años —dijo Don Felipe—. Superfuerza necesita acero reforzado. Telequinesis necesita campo electromagnético. Cada héroe tiene su jaula perfecta.

—¿Y para nosotros? —preguntó Norberto.

Don Felipe buscó en los documentos. Los revisó dos veces. Una tercera.

—Nada. No diseñó absolutamente nada para nosotros.

—Porque no le importamos —dijo Isabel.

Pero esta vez las palabras sonaron diferente. No como derrota. Como una puerta entreabierta.

Hicieron un plan. Don Felipe buscaría los sistemas de emergencia del edificio en los documentos de seguridad. Isabel exploraría invisible, siempre que nadie la mirara. Y Norberto flotaría.

—Mi parte del plan es flotar —dijo Norberto.

—Tu parte es la distracción —corrigió Isabel.

—Flotar como distracción. La cumbre de mi carrera.

Norberto intentó un discurso motivador. Se subió a una silla que crujió bajo su peso.

—Somos los héroes que nadie pidió. Somos el plan B. No, eso suena… Somos el respaldo del respaldo. Somos…

—Somos el Equipo B —dijo Don Felipe sin levantar la vista de sus papeles.

Norberto se desinfló. La silla crujió otra vez. Después se enderezó.

—Sí. Somos el Equipo B. Vamos a ser terribles en algún lugar útil.

Salieron de noche. Las calles estaban oscuras —alguien había robado tres semáforos enteros, no las bombillas, los semáforos completos—. En una esquina, el hombre de la capa de sábana había escalado su operación criminal y ahora tenía un carrito entero de churros robados y dos clientes que le pagaban en monedas.

Iban a medio camino del almacén, pasando por calles vacías donde solo sus pasos rompían el silencio, cuando todas las pantallas de la ciudad se encendieron al mismo tiempo.

El Coleccionista apareció. Pero esta vez no sonreía. Detrás de él, Capitana Rayo estaba sellada en una vitrina de cristal, los ojos abiertos, incapaz de moverse. La luz interior la hacía parecer una pieza de museo.

—Sé que alguien viene —dijo El Coleccionista, con voz suave—. Acabo de consultar el registro de héroes.

Sostuvo un papel frente a la cámara. La foto de Norberto —tamaño pasaporte, sacada un día de mucho viento, poco favorecedora— grapada a un formulario D-menos.

El Coleccionista miró a la cámara. Empezó a reírse.

No podía parar.

Capítulo 4 - La Infiltración (Todo Sale Mal)

El almacén estaba en la zona industrial, donde las farolas no funcionaban y el silencio pesaba. Olía a metal viejo y hormigón mojado. Don Felipe consultó el plano del edificio con una linterna pequeña que sacó del bolsillo interior de su maletín, junto a dos bolígrafos, un sello y un paquete de notas adhesivas.

—Entrada principal: alarma. Entrada lateral: alarma. Entrada trasera…

—¿Alarma?

—Un restaurante.

La parte trasera del almacén compartía pared con la cocina de un restaurante. Norberto decidió que entrar por ahí era brillante. —Nadie espera que los héroes entren por la cocina —dijo, como si estuviera citando un manual de estrategia militar que no existía.

La cocina estaba llena de vapor y olía a aceite caliente y especias. Un inspector de salud con gafas de pasta revisaba la temperatura del frigorífico cuando tres personas con uniforme de superhéroe entraron por la puerta trasera. El cocinero dejó caer una espátula. El inspector dejó caer su libreta. Una olla de sopa empezó a hervir y nadie hizo nada.

Norberto abrió la boca para explicar. Don Felipe se le adelantó:

—Esta cocina tiene tres violaciones del código. —Lo dijo antes de poder contenerse, como un perro que ve una ardilla—. El extintor está caducado. La salida de emergencia está bloqueada por cajas de tomates. Y ese termómetro no se ha calibrado en siete meses.

El inspector se puso a escribir furiosamente. El cocinero maldijo en tres idiomas. Norberto agarró a Don Felipe del brazo y lo arrastró hacia la puerta del fondo mientras Don Felipe seguía señalando violaciones con el dedo libre.

—¡La ventilación tampoco cumple la norma! —gritó Don Felipe mientras desaparecían por el pasillo.

Encontraron la entrada lateral después de diez minutos en la oscuridad. Puerta metálica, pesada, sin cerradura visible. La superficie estaba tan fría que Norberto sintió el frío a través de los guantes.

—Isabel —dijo—. Tu turno.

Norberto y Don Felipe miraron hacia la pared. Silencio. Pasos ligeros alejándose. Más silencio. Norberto contó hasta sesenta. Hasta setenta. Hasta ochenta.

—¿Isabel?

La voz de Isabel llegó desde algún punto al otro lado de la puerta:

—Buenas noticias: el pasillo está vacío. Malas noticias: encontré la sala de exposición. Catorce vitrinas. Trece llenas.

—¿Trece?

—La número catorce está vacía. La etiqueta dice «Capitana Rayo —Llegada Próxima».

Entraron. La sala de exposición era enorme, con techos tan altos que desaparecían en la oscuridad. Focos creaban círculos perfectos de luz alrededor de cada vitrina, como escenarios de teatro para una sola persona. El suelo brillaba tanto que Norberto podía ver su reflejo: un hombre con un traje grande, nariz torcida, y cara de no saber qué hacía ahí. Exacto.

Olía a producto de limpieza. A cristal nuevo. A la obsesión meticulosa de alguien que cuidaba sus posesiones mejor que a las personas.

Cada héroe estaba congelado en su campo de contención. Inmóviles.

Don Felipe se acercó a la primera vitrina y leyó la placa:

—Señor Volcán. Poder: manipulación de magma. Capturado: martes. Condición: excelente. —Sacó una libreta—. Fascinante.

—Felipe. No estamos de turismo.

—La información es poder. Y esta placa tiene un error gramatical que me gustaría reportar.

Norberto intentó romper el cristal. Puño: le dolió la mano. Patada: le dolió el pie. Flotó dos metros, tomó impulso y se lanzó en patada voladora contra la vitrina. Cayó de cara al suelo. El cristal no tenía ni un rasguño. Norberto tenía tres rasguños nuevos.

—¿Formulario de…?

—No.

La alarma se activó. Luces rojas parpadeando por todo el pasillo. Una voz automatizada, con el mismo tono calmado de la señora que anuncia las paradas del metro:

«Visitantes no autorizados detectados. Nivel de amenaza evaluado».

Pausa larga.

«Nivel de amenaza: mínimo».

—Mínimo —repitió Norberto.

—Mínimo —confirmó la voz automatizada, como si quisiera asegurarse de que lo había entendido.

—Ni siquiera su alarma nos toma en serio —dijo Isabel.

Corrieron. No fue heroico. Fue tres personas tropezando en la oscuridad mientras luces rojas parpadeaban y la voz repetía «amenaza mínima» con la calma de un GPS recalculando ruta.

Encontraron un pasillo que no debería existir. Don Felipe juró que sus planos mostraban una pared ahí, no un pasaje. El pasillo se abrió a una sala enorme. Norberto se detuvo. Isabel se detuvo.

Cientos de pantallas cubrían las paredes, mostrando cada calle, cada edificio, cada esquina de Ciudad Relámpago. La luz azul de los monitores llenaba la sala. El zumbido de los aparatos vibraba en el aire.

Y en el centro, en una silla que giró lentamente hacia ellos, un hombre pequeño y pulcro con chaqueta de conservador de museo y una taza de té que todavía humeaba.

—Ah —dijo El Coleccionista, sonriendo—. La sección de descuento ha llegado.

Capítulo 5 - La Propuesta

El Coleccionista no los atacó. Les ofreció té.

—¿Azúcar? —preguntó, sirviendo tres tazas con la tranquilidad de alguien que recibe visitas un domingo por la tarde—. Tengo blanco, moreno y de caña. Los detalles importan.

Norberto estaba preparado para pelear. No estaba preparado para una selección de azúcares.

—No hemos venido a tomar té —dijo, intentando sonar amenazante. Su voz salió más aguda de lo normal.

—Claramente. Han venido a fracasar, pero con menos estilo del que esperaba. —El Coleccionista dio un sorbo—. Siéntense. Tengo algo que mostrarles.

Les enseñó su colección con orgullo genuino. Caminó entre las vitrinas como un guía de museo profesional, acariciando el cristal, señalando cada detalle con dedos cuidadosos.

—Quince años estudiándolos —dijo, deteniéndose frente a la vitrina de Señor Volcán—. Aprendiendo sus debilidades. Diseñando contención específica para cada poder. Cada héroe es único. Cada trampa es una obra de arte.

Se giró hacia Norberto. Lo miró de arriba abajo.

—No diseñé una para ti.

Silencio. El Coleccionista no añadió nada. No hacía falta.

Don Felipe dio un sorbo de su té. Isabel no tocó el suyo.

El Coleccionista hizo su propuesta: que se fueran. Que volvieran a casa. No tenía interés en ellos. No quería hacerles daño. Simplemente no los necesitaba. Cuidaría a los héroes perfectamente. Mejor de lo que la ciudad los había cuidado. Mejor de lo que nadie los había cuidado.

—Los amo —dijo, y sonó sincero—. Los admiro. He estudiado cada detalle de sus vidas. ¿Saben cuál es la comida favorita de Capitana Rayo? Tortilla española con pimientos. ¿El color favorito de Señor Volcán? Amarillo. No naranja, como piensa todo el mundo. Amarillo. La gente no se molesta en conocerlos. Yo sí.

La convicción en su voz era incómoda. Norberto quería que fuera un villano simple: loco, cruel, fácil de odiar. Este hombre creía en lo que hacía.

—¿Qué pasa con la ciudad sin héroes? —preguntó Isabel.

—Eso no es mi departamento.

—La gente está sufriendo ahí fuera.

—La gente siempre sufre. No es mi responsabilidad.

—¿Y la de ellos? —Isabel señaló las vitrinas—. ¿No tienen derecho a elegir?

El Coleccionista la miró. Parpadeó. Nadie le había hecho esa pregunta antes.

—Las piezas de una colección no eligen dónde se exhiben —dijo finalmente. Pero tardó un segundo más de lo necesario.

Mientras hablaban, Don Felipe leía placas y documentos en silencio. Norberto lo conocía lo suficiente para saber que cuando Don Felipe callaba, algo estaba tomando forma en su cabeza.

—Estos campos de contención necesitan energía constante —dijo Don Felipe—. ¿De dónde viene?

El Coleccionista rio.

—¿Crees que te lo diré?

—Ya lo hizo. Permiso de construcción B-7742, sección 4.3: especificaciones eléctricas. Generador industrial personalizado. Respaldo: red municipal, circuito 14-B.

La sonrisa de El Coleccionista se congeló. Solo un instante. Medio segundo. Pero fue suficiente.

—Y esos «sistemas de contingencia» que mencionó —continuó Don Felipe, ajustando sus gafas—. Están descritos en la sección 5.1 del mismo permiso. Reguladores de control climático. Humedad óptima del cuarenta y cinco por ciento para las vitrinas. Sus «sistemas de contingencia» son termostatos. No armas. No trampas. Termostatos.

Los «sistemas de contingencia» que Norberto había imaginado como armas mortales controlaban la humedad. El hombre que había capturado catorce superhéroes se preocupaba por que sus vitrinas no tuvieran condensación.

—Esta visita ha terminado —dijo El Coleccionista, y su voz perdió toda calidez como una puerta que se cierra.

Los escoltó hasta una salida que solo se abría desde dentro. Calle otra vez. La puerta se cerró con un golpe metálico y definitivo.

La noche era fría. Norberto apretó los puños.

—Quiero volver. Entrar por la puerta. Derribarla. Hacer algo que parezca real.

—Los héroes de verdad están dentro de vitrinas —dijo Isabel—. ¿Quieres unirte a ellos o quieres sacarlos?

—Quiero entrar como un héroe de verdad.

—Los héroes de verdad no pudieron salir. Nosotros no pudimos entrar. ¿Quizá el problema no son las puertas?

Norberto no respondió. Pero dejó de caminar hacia la puerta.

Don Felipe revisaba sus notas en silencio. Pasaba páginas con la velocidad de alguien que busca algo específico.

—El generador y el circuito de respaldo —murmuró—. Hay un punto débil. Necesito los documentos originales. Tengo copias en La Oficina.

Discutían en la acera, tres siluetas bajo una farola que funcionaba a medias, cuando las pantallas de la ciudad se encendieron otra vez.

—Ciudadanos de Ciudad Relámpago. Mi colección está casi completa. Mañana al mediodía, añadiré la pieza final.

La cámara retrocedió. La última vitrina vacía. Placa: CAPITANA RAYO. Debajo, en letras pequeñas: «Después de lo cual, la colección será sellada. Permanentemente».

Norberto miró su reloj. Dieciséis horas.

Capítulo 6 - La Verdad del Punto Medio

Volvieron a El Museo por los conductos de ventilación —permiso B-7742, apéndice C, sección de climatización—. Los conductos eran estrechos, oscuros y olían a polvo y metal caliente. El sonido de sus cuerpos arrastrándose resonaba por todo el sistema.

Norberto iba primero. Isabel en medio. Don Felipe último.

El maletín de Don Felipe se atascó cada tres metros.

—Felipe —susurró Norberto—, ¿por qué has traído el maletín?

—Tiene los formularios.

—Estamos dentro de la guarida de un villano.

—Exactamente. Podría necesitar un formulario en cualquier momento.

—Silencio. Los dos —susurró Isabel, aplastada entre ellos.

Avanzaron durante veinte minutos. El metal del conducto estaba caliente por el sistema de climatización —los famosos «sistemas de contingencia» que resultaron ser termostatos—. Norberto sudaba. Isabel no se quejaba, lo cual era peor. Don Felipe tarareaba algo que sonaba como el himno de la Oficina Municipal de Registros, si tal cosa existiera.

Llegaron al conducto sobre la sala de Capitana Rayo. A través de la rejilla de ventilación, podían verla: encerrada en cristal, ojos abiertos, consciente pero inmóvil. Los focos creaban sombras largas en el suelo.

Bajaron con toda la elegancia de un saco de patatas cayendo por las escaleras. Norberto resbaló en la rejilla. Isabel aterrizó sobre una rodilla con un golpe seco. Don Felipe perdió un zapato en el conducto y tuvo que bajar con un pie descalzo, agarrando su maletín con ambas manos porque las prioridades son las prioridades.

Norberto se acercó a la vitrina. De cerca, podía ver los ojos de Capitana Rayo moverse. Estaba ahí. Consciente. Mirándolos.

—Te vamos a sacar de aquí —dijo Norberto—. Solo necesitamos…

—No.

La palabra fue una puerta cerrándose.

—No vinisteis a rescatarnos. Id a buscar ayuda de verdad.

Norberto se quedó inmóvil. La mujer más poderosa de Ciudad Relámpago le estaba diciendo que se fuera.

—¿Ayuda de verdad? —repitió Isabel, y su voz tenía un filo nuevo—. Somos la ayuda.

Capitana Rayo los miró. A Norberto con su traje demasiado grande y sangre seca de la nariz por el golpe del día anterior. A Isabel, que aparecía y desaparecía según quién la mirara. A Don Felipe, buscando su zapato con un pie descalzo mientras recogía formularios del suelo.

—Cuando nos capturaron —dijo Capitana Rayo, y Norberto escuchó algo que nunca había oído en su voz: vergüenza—, no activamos las señales de emergencia. No pedimos ayuda. Simplemente esperamos. Porque asumimos que vendría alguien competente. El ejército. Héroes de otra ciudad. Alguien.

Pausa.

—No pensasteis en nosotros —dijo Norberto.

—No. No pensamos en vosotros.

El generador zumbaba. Las luces de la vitrina hacían un ruido constante. El aire olía a electricidad y a cristal limpio. Norberto quería el poder de Isabel. Volverse invisible. Desaparecer mientras procesaba que sus héroes no lo habían considerado ni como opción.

Fue Isabel quien habló primero:

—Los héroes de verdad se quedaron en cajas de cristal esperando a alguien impresionante, ¿y las únicas personas que vinieron fuimos nosotros?

Rio. Una risa genuina, amarga, y libre.

—Es lo más divertido que he escuchado en mi vida.

Don Felipe, que había encontrado su zapato y reorganizado el maletín, sacó un formulario:

—Necesitaré una declaración para el informe. «Héroes rechazaron rescate debido a…» —Miró a Capitana Rayo—. ¿Cómo lo clasifico? ¿«Anticipación de asistencia alternativa»?

Capitana Rayo —que podía destruir un edificio con un rayo— miró a Don Felipe y su formulario. Y pareció pequeña.

—Categoría: estábamos equivocados. Por favor. Ayudadnos.

Capitana Rayo les dio todo: horario de El Coleccionista, rutas de patrulla, el único punto ciego en su vigilancia. Cada noche, a las once, recorría su colección. Tres minutos sin mirar las pantallas. Tres minutos para actuar.

Pero también les dijo algo más. Algo que cambió la expresión de Don Felipe:

—Tiene un control remoto de respaldo. Lo lleva siempre en el bolsillo. Activa un bloqueo de emergencia.

—¿Qué tipo de control? —preguntó Don Felipe.

—Electrónico. Pequeño. Plateado. Un solo botón.

Don Felipe sacó una libreta. Escribió algo. Lo subrayó dos veces.

Norberto miró a Isabel. Isabel miró a Don Felipe. Don Felipe consultó su reloj, sacó un formulario nuevo y escribió en la parte de arriba: «OPERACIÓN: TRES MINUTOS».

Debajo, con su letra perfecta: «Probabilidad de éxito: 4%».

—¿Lo archivo?

Norberto tomó el formulario y escribió debajo: «Probabilidad de que lo intentemos: 100%».

En algún lugar del edificio, un reloj marcó las once de la noche.

Capítulo 7 - Dentro del Museo

—Esto es exactamente cómo muere la gente en las películas —dijo Isabel mientras se separaban dentro de El Museo—. Se dividen. Van solos. Algo los atrapa uno por uno.

—Eso es en las películas de terror —respondió Norberto.

—¿Y esto qué es?

Norberto pensó en su traje grande, sus dos metros de vuelo, la risa de El Coleccionista. Probablemente una comedia. Una muy mala.

Se dividieron de todas formas.

Don Felipe fue a la sala de máquinas, siguiendo tuberías por los pasillos del sótano. El aire era frío y húmedo, olía a aceite industrial. Sus pasos resonaban contra las paredes de hormigón. El generador era del tamaño de un coche pequeño y producía un zumbido constante que se sentía en los dientes.

Junto al generador, un panel mostraba las lecturas de cada campo de contención. Catorce luces verdes. Y un dato que hizo que Don Felipe sacara su libreta: si alguien cortaba la energía, una batería de respaldo se activaba durante noventa segundos. Después, los campos se bloqueaban permanentemente. Para siempre.

—Cortar ambos al mismo tiempo —murmuró, escribiendo—. Generador y batería. Simultáneamente.

Norberto recorría las salas de exposición en silencio. Cada héroe congelado en una pose: Señor Volcán con los puños arriba, La Tormenta con los brazos extendidos, El Escudo con las manos adelante. Los focos creaban sombras dramáticas. El silencio solo lo rompía el zumbido de los campos de contención.

Lo peor eran las vitrinas vacías. Con nombres que Norberto no conocía. Héroes de Madrid. De Sevilla. De Valencia. Ciudades que El Coleccionista todavía no había visitado. Vitrinas esperando cuerpos. Placas esperando nombres.

—No va a parar —susurró Norberto.

Isabel encontró marcas en la pared cerca de las vitrinas. Alguien había rascado el cemento con algo afilado. Letras. Se acercó con el corazón latiendo rápido. ¿Un mensaje de un héroe capturado? ¿Un plan de escape?

«Juanito estuvo aquí. El jefe no paga lo suficiente».

Grafiti de los trabajadores de construcción.

—Nuestra mejor pista es una queja laboral —dijo Isabel al vacío.

Pero cuando se lo contó a Don Felipe, algo cambió en su cara. Los ojos brillaron detrás de las gafas.

—Juanito. Equipo de construcción. El permiso B-7742 incluye la empresa constructora. Si había quejas sobre el pago, habría reclamaciones. Las reclamaciones significan inspecciones. Las inspecciones significan que alguien mapeó cada sistema del edificio. Incluidos los que El Coleccionista modificó después de la obra.

Don Felipe sonrió. Una sonrisa pequeña y profesional que habría aterrorizado a cualquiera que no hubiera pagado a sus trabajadores.

—Necesito el Archivo de Trabajadores Municipales.

Norberto estaba en la última sala cuando escuchó pasos. El recorrido nocturno. Se escondió detrás de la vitrina de «El Magnífico», un héroe congelado en una pose de flexión de bíceps.

Se pegó al cristal, conteniendo la respiración. El Coleccionista pasó a un metro de él, tarareando una canción suave. Pasó los dedos por cada vitrina con cuidado. Olía a té y a colonia. Sus zapatos hacían un sonido suave sobre el suelo brillante: tap, tap, tap.

Pero hizo algo que Norberto no esperaba. Se detuvo frente a la vitrina de un héroe llamado «Centella» —una mujer joven, congelada con una expresión de sorpresa— y habló:

—Hoy fue un buen día, Centella. Tranquilo. ¿Sabes que tu padre llamó a la policía otra vez? No te preocupes. Aquí estás a salvo.

Hablaba con ella como si pudiera escuchar. Como si fueran amigos.

—Nadie va a hacerte daño aquí. Te lo prometo.

Norberto sintió frío. No por la temperatura. Por la sinceridad. El Coleccionista estaba genuinamente preocupado por la mujer que tenía prisionera. La quería. Y precisamente por eso era incapaz de dejarla ir.

Cuando se fue, Norberto susurró al héroe congelado junto a él:

—Lo siento.

Los ojos de El Magnífico se movieron. Solo un poco. Solo un instante. Pero se movieron hacia Norberto. Los héroes estaban conscientes. Todos ellos. Atrapados dentro de sus cuerpos, mirando, sin poder hacer nada. Poder sin libertad. Fuerza sin movimiento.

Se reunieron en el conducto de ventilación para salir. Don Felipe iba último, maletín atascándose, Isabel tirando de él. A medio camino, Don Felipe se detuvo. Puso la oreja contra el metal.

Pasos debajo. Y una voz. No la voz teatral de los mensajes de televisión. Una voz fría. De negocios.

—La colección de Ciudad Relámpago estará completa mañana. Después pasamos a la Fase Dos. Barcelona tiene treinta y siete héroes registrados. Los quiero todos para junio.

Los pasos se alejaron.

Don Felipe miró hacia atrás, hacia Norberto. Su cara, por primera vez, mostraba algo diferente a la calma profesional.

Miedo.

—Esto —susurró— es más grande de lo que pensábamos.

Capítulo 8 - El Plan Que No Puede Funcionar

De vuelta en La Oficina, nadie habló durante diez minutos. Norberto se sentó en su silla. Isabel se sentó en su esquina. Don Felipe se sentó en su escritorio. Tres personas en un sótano procesando la escala de lo que habían escuchado. No solo Ciudad Relámpago. Barcelona. Madrid. El mundo entero, héroe por héroe, vitrina por vitrina.

La luz fluorescente parpadeaba. El dispensador gorgoteaba. El tablón de misiones seguía diciendo «Esfuérzate más». Todo igual que siempre. Todo completamente diferente.

Don Felipe rompió el silencio de la única forma que sabía: con trabajo.

Accedió al Archivo de Trabajadores Municipales. Tenía autorización porque la había solicitado hacía siete años. Norberto ya no preguntaba por qué Don Felipe hacía cosas «por si acaso». La respuesta siempre era: «El papeleo es prevención».

Los informes de inspección revelaban un detalle que hizo que Don Felipe subrayara tres veces: el sistema eléctrico modificado tenía una caja de empalmes que conectaba el generador Y la batería de respaldo. Una caja. Un punto de fallo.

—Si cortamos aquí —dijo, señalando un diagrama amarillento—, todos los campos caen al mismo tiempo.

—¿Y los héroes?

—Sesenta segundos para recuperarse de la parálisis. Durante esos sesenta segundos, completamente indefensos.

El plan tomó forma sobre el escritorio de Don Felipe, entre carpetas y tazas de café frío. Cortar la energía durante los tres minutos del recorrido nocturno. Campos caen. Héroes despiertan. Victoria.

Tres problemas.

La caja de empalmes: sala cerrada, cerradura electrónica. Forzarla activaba todas las alarmas.

La ruta del recorrido: pasaba directamente por esa puerta.

Los sesenta segundos: héroes vulnerables, villano libre, nadie para protegerlos.

—Entonces —dijo Norberto— necesitamos entrar en una habitación cerrada, cortar la energía, y mantener a El Coleccionista lejos durante sesenta segundos. ¿Sin poderes?

—Mientras tiene drones —añadió Isabel.

—Y vigilancia total excepto tres minutos —completó Don Felipe.

Silencio.

—Este plan no puede funcionar —dijo Norberto.

—No —dijo Don Felipe.

—¿Lo archivas?

—Archivado.

Norberto recordó algo: un panel con las letras «CONTROL MAESTRO» en la sala de máquinas. Lo había visto de pasada la noche anterior.

—Espera. ¿Y si el panel maestro…?

Don Felipe ya estaba consultando los planos. Pasó páginas. Se detuvo.

—Ese panel controla los rociadores, no los campos de contención. Si lo hubieras presionado, habrías inundado el museo y activado el bloqueo permanente. Los héroes habrían quedado atrapados. Para siempre.

Norberto se quedó pálido. Se acordó de su mano acercándose al panel.

—Casi lo presioné.

—Por eso se leen las instrucciones antes de tocar botones. —Don Felipe cerró la carpeta—. Por eso el papeleo importa.

Y entonces Don Felipe sacó otra libreta. La libreta donde había escrito algo después de hablar con Capitana Rayo. La del subrayado doble.

—El control remoto de respaldo. Pequeño, plateado, un botón. —Miró a Norberto y a Isabel—. Todos los dispositivos electrónicos en esta ciudad necesitan registro anual en la Junta Municipal de Electrónica. Si ese control no está registrado… o si su registro ha caducado…

—¿Puedes desactivarlo? —preguntó Isabel.

—Puedo presentar una orden de desactivación. Si el registro ha caducado, la Junta está obligada a aceptarla.

—¿Con papeleo?

—Con papeleo.

Isabel lo miró fijamente.

—Vas a derrotar un control remoto de supervillano con un formulario municipal.

—Voy a cumplir el código de regulación electrónica. Que el resultado sea derrotar a un supervillano es una coincidencia administrativa.

Pasaron la noche preparándose. Norberto practicó volar: dos metros. Isabel practicó ser invisible mientras alguien la buscaba: no funcionó. Don Felipe afiló sus carpetas con una lima de metal, produciendo un sonido que ponía los nervios de punta.

A las dos de la mañana, Norberto se sentó junto a la ventana del sótano. Solo mostraba la acera. Los pies de nadie. La ciudad dormía mientras ellos no podían dormir.

—¿Qué pasa si fallamos? —preguntó.

Isabel estaba en su esquina.

—Entonces fallamos. Pero al menos nos presentamos.

—¿Eso es suficiente?

Isabel no respondió. El silencio llenó La Oficina.

A las once, el teléfono de Norberto sonó. Número desconocido.

La voz de El Coleccionista:

—Sé que volvisteis. Tengo cámaras que no encontrasteis. Os vi arrastraros por mis conductos.

Norberto dejó de respirar.

—Podría haberos atrapado. No lo hice porque era entretenido. Pero ahora estoy aburrido. —Pausa—. Mañana al mediodía sello la colección. Si volvéis, añadiré una nueva ala. La Sección de Comedia. Tendrá tres vitrinas. Ni siquiera necesitarán campos de contención.

La línea se cortó.

Don Felipe había dejado de limar. Isabel estaba invisible —o simplemente en la oscuridad, era difícil saberlo.

—La Sección de Comedia —repitió Norberto.

Nadie rio.

Capítulo 9 - La Renuncia de la Esperanza

Amaneció y Norberto no había dormido.

Se quedó sentado toda la noche mirando el tablón de misiones con su nota de «Esfuérzate más», pensando en todos sus fracasos. La planta de pescado. La cocina del restaurante. La patada voladora que no rascó el cristal. La D-menos. La risa de El Coleccionista —esa risa que no paraba, que seguía y seguía, como si Norberto fuera lo más divertido que había visto en quince años de coleccionar superhéroes—.

Tenía razón. Eran un chiste. Siempre lo habían sido.

—¿Sabéis qué? Deberíamos dejarlo —dijo Norberto—. Llamar al ejército. A otra ciudad. A cualquiera.

Isabel estaba sentada contra la pared.

—Ya intentamos eso. Nadie respondió. Están ocupados con sus propios villanos menores. La semana del crimen afecta a todo el país.

—Entonces alguien más competente.

—No hay nadie más. Solo nosotros.

—¡Ese es el problema!

Isabel no discutió. Ella también estaba luchando.

—He sido invisible toda mi vida y ni siquiera pude hacer eso bien. Mi poder es ser ignorada. No es un superpoder. Es un martes.

Don Felipe estaba callado. Más de lo habitual. Se sentó en su escritorio y sacó un formulario en blanco.

Norberto no le prestó atención. Don Felipe siempre rellenaba formularios. Era su forma de existir.

Pero entonces vio lo que escribía.

En la parte superior, con su letra perfecta: «FORMULARIO H-7: RENUNCIA OFICIAL DE LA ESPERANZA».

Norberto se levantó.

—Felipe. ¿Qué estás haciendo?

Don Felipe siguió escribiendo. Fecha. Hora. Razón: «Capacidad insuficiente frente a probabilidades abrumadoras». Firmas necesarias: tres.

Firmó su nombre. Con la misma precisión con la que firmaba todo. Con la misma letra con la que había escrito «Probabilidad de éxito: 4%» y «Operación: Tres Minutos» y cada formulario de accidente que Norberto le había provocado.

Pasó el papel a Isabel.

Isabel lo miró. Norberto miró a Isabel mirando el formulario. El dispensador gorgoteó. La luz parpadeó. El mundo seguía girando mientras tres personas en un sótano decidían si rendirse tenía protocolo.

—Felipe —dijo Norberto, y su voz sonó más pequeña que nunca—. No vamos a firmar esto.

Don Felipe levantó la vista. Sus ojos detrás de las gafas estaban tranquilos.

—Cada formulario que he presentado ha sido real. No presento cosas que no son reales. Si vamos a renunciar, deberíamos hacerlo correctamente.

Pausa.

—Pero. —Tocó la línea de firma vacía—. Necesita tres firmas. Y noto que tú no has firmado.

Norberto miró el formulario. La letra perfecta. La fecha de hoy. La razón oficial para perder la esperanza, redactada con la misma seriedad que un acta de nacimiento o un certificado de defunción. Porque para Don Felipe, el papeleo no era una broma. Nunca lo había sido. Era su forma de darle estructura al caos. De hacer que las cosas fueran reales.

Y este formulario haría real la rendición. Pero solo si los tres firmaban. Solo si los tres aceptaban.

Norberto tomó el papel.

Lo rompió por la mitad.

—Archiva eso —dijo.

Don Felipe miró los dos pedazos. Y sonrió. No la sonrisa profesional. No la sonrisa educada. Una sonrisa que arrugó las esquinas de sus ojos y mostró un diente torcido que Norberto nunca le había visto.

Abrió una carpeta nueva. Etiqueta: «FORMULARIO H-7: RENUNCIA DE LA ESPERANZA —ESTADO: DENEGADA». Guardó las dos mitades dentro. Archivador. Cajón. Sonido metálico.

—Anotado —dijo.

Norberto se enderezó.

—Nuevo plan. Él sabe que entramos por los conductos. Sabe que buscamos la caja de empalmes. Así que no hacemos nada de eso. Hacemos algo que nunca esperaría de nosotros.

—¿Qué no esperaría? —preguntó Isabel.

—Algo competente.

Trabajaron toda la mañana. Don Felipe hizo una llamada a las seis —la Oficina Municipal abría temprano los martes— y presentó dos documentos: una queja sobre el mecanismo de cerradura de una puerta en el almacén industrial —violación del código de seguridad contra incendios— y una orden de desactivación para un dispositivo electrónico no registrado.

—¿Lo aceptaron? —preguntó Norberto.

—El registro del dispositivo caducó hace seis meses. La orden está en proceso.

Al mediodía, Norberto se acercó a la ventana y miró la ciudad: gente caminando al trabajo, abriendo tiendas, viviendo sin saber lo que venía.

Su teléfono vibró. Número desconocido. Una foto: la Sección de Comedia. Tres vitrinas vacías. Tres placas.

Norberto Mora —Poder: Flotación Agresiva.

Isabel Ramos —Poder: Invisibilidad Sin Testigos.

FELIPE ORTIZ —Poder: Procesamiento Administrativo.

Debajo, una palabra: «Mediodía».

Norberto guardó el teléfono.

—Es hora —dijo.

Capítulo 10 - El Peor Plan de la Historia

El nuevo plan era una locura. Estaba construido alrededor de sus poderes inútiles —las únicas cosas para las que El Coleccionista no se había preparado.

Paso uno: Don Felipe entraría por la puerta principal. No como un héroe. Como un funcionario. Presentaría una auditoría de cumplimiento normativo de cuarenta y siete páginas. Cada violación del código, cada modificación sin permiso, cada problema de seguridad contra incendios.

—¿De verdad crees que el papeleo detendrá a un supervillano? —preguntó Norberto.

—El papeleo ha detenido imperios —respondió Don Felipe, abriendo su maletín para mostrar las cuarenta y siete páginas perfectamente organizadas—. Ha derribado gobiernos. Ha cerrado empresas que creían ser invencibles. Es la fuerza más poderosa del universo. Solo que nadie quiere admitirlo.

Paso dos: mientras El Coleccionista se ocupaba de Don Felipe —y se ocuparía, porque sus permisos demostraban que era obsesivamente legal—, Isabel entraría sin ser vista. La auditoría mantendría todos los ojos en Don Felipe. Cada cámara, cada dron. Isabel iría directamente a la caja de empalmes.

—Y la puerta cerrada —dijo Isabel—. ¿Cómo la abro?

—Queja oficial sobre el mecanismo de la cerradura. Violación del código de seguridad contra incendios. Activa un protocolo automático que desbloquea la puerta durante inspecciones.

—¿Cuándo la presentaste?

—Esta mañana. A las seis.

Paso tres: Norberto flotaría fuera del edificio, junto a la ventana del segundo piso. Dos metros del suelo, exactamente la altura de la ventana. Por primera vez en su vida, su poder era la cantidad exacta. Sería el enlace visual entre Don Felipe dentro y Isabel moviéndose por los pasillos.

Paso cuatro: cuando Isabel cortara la energía, Norberto se lanzaría a través de la ventana y bloquearía el pasillo hacia la sala de control. No con poder. No con fuerza. Con su cuerpo. Sesenta segundos.

—Es el peor plan de la historia —dijo Norberto.

—Es nuestro plan —dijo Isabel.

—Lo he archivado —dijo Don Felipe.

Se prepararon en silencio. Don Felipe se puso un traje limpio —siempre tenía uno de reserva en La Oficina, planchado y colgado detrás del archivador de la H—. Comprobó sus páginas, su sello de notario, cada uno de sus bolígrafos. Isabel se recogió el pelo, se puso zapatos silenciosos de suela blanda, guardó el destornillador en el bolsillo. Norberto se puso su traje de superhéroe, el que siempre le quedaba grande, diseñado para alguien con más músculos y menos dudas.

Se miró en el espejo del baño de La Oficina. El espejo estaba manchado y la luz era mala, pero veía lo suficiente. Un hombre con ojeras, una nariz torcida de estrellarse contra un buzón años atrás, y un traje que le quedaba como a un perchero.

Pero iba a ir de todas formas.

Salieron. Don Felipe cerró la puerta con llave. La abrió. La cerró. Comprobó.

—Felipe.

—Solo siendo minucioso.

Caminaron por las calles de Ciudad Relámpago. El sol de la mañana hacía brillar las pantallas del centro: «TRES HORAS PARA LA FECHA LÍMITE DE EL COLECCIONISTA». La gente miraba con miedo. Un niño señaló a Norberto y le dijo a su madre: —¡Mira, mamá, un superhéroe!

La madre miró a Norberto, miró su traje grande, y arrastró al niño en la dirección opuesta.

Norberto siguió caminando. Le dolió, pero solo un poco. Estaba aprendiendo que había dolores peores que no ser reconocido. Por ejemplo: no intentarlo.

Pasaron por la plaza central, donde el hombre de la capa de sábana seguía vendiendo churros robados. Había crecido: ahora tenía un carrito con sombrilla y un cartel escrito a mano que decía «CHURROS DEL CAOS —PRECIOS ESPECIALES HOY». Ciudad Relámpago sin héroes era absurda. Pero también era real. Y la gente real necesitaba ayuda real, aunque viniera de personas ridículas.

Tres personas. Sin poderes reales. Un maletín. Un destornillador. Y dos metros de vuelo.

—Si esto no funciona —empezó Norberto—, quiero que sepáis que…

—Archívalo para después —cortó Don Felipe—. Tenemos un edificio que auditar.

Se detuvieron frente a El Museo. El edificio se alzaba gris y cerrado, sin ventanas excepto en el segundo piso. Exactamente donde Norberto necesitaba estar.

Don Felipe se alisó la corbata.

—Cuarenta y siete páginas de violaciones y un sello de notario.

Isabel se tronó los nudillos.

—Un destornillador y muy mal carácter.

Norberto miró la ventana del segundo piso. Dos metros. Toda una vida de risas. Toda una vida de «mi hija salta más alto». Toda una vida de D-menos.

Hoy era el plan.

Don Felipe caminó hacia la puerta principal. Llamó dos veces. Educadamente.

La puerta se abrió.

Capítulo 11 - La Auditoría

Don Felipe entró en el vestíbulo de El Museo como si entrara en una oficina cualquiera un lunes por la mañana. Espalda recta. Corbata perfecta. Maletín en la mano izquierda. Un dron de seguridad lo escaneó. Nivel de amenaza: ninguno. Lo escoltaron hasta El Coleccionista, que supervisaba los preparativos finales para sellar la colección.

—¿Estás… presentando una queja? —dijo El Coleccionista, genuinamente confundido.

Don Felipe abrió su maletín. Cuarenta y siete páginas. Numeradas, organizadas, con pestañas de colores para cada sección.

—Auditoría de cumplimiento normativo —dijo, con la voz de alguien que había esperado sesenta y tres años para este momento—. Este edificio incumple diecisiete códigos municipales. Sección uno: anchura de salidas de emergencia. No cumple la norma.

—Soy un supervillano. He capturado catorce superhéroes. ¿Crees que el papeleo me asusta?

—El incumplimiento de recepción de notificación constituye un delito menor de clase B. La notificación preliminar ya está en la Oficina Municipal. —Don Felipe pasó a la página dos—. Sección dos: sistema de rociadores. Modificación ilegal. Sección tres: cableado eléctrico sin permiso.

Una vena en la frente de El Coleccionista empezó a latir.

—Sección cuatro, subsección B, párrafo 12. Necesito su firma confirmando recibo. En tres copias.

Cada palabra precisa. Cada página perfecta. Cada violación real. No era un truco. Era papeleo genuino, presentado por un profesional con cuarenta años de experiencia. Y El Coleccionista —un hombre que había llenado cada formulario, cada permiso, cada solicitud con obsesiva exactitud— no podía ignorarlo. Porque ignorar papeleo oficial iba contra su naturaleza.

Mientras tanto, Isabel se movía por los pasillos. Cada guardia, cada cámara, cada dron concentrado en el vestíbulo: un hombre de sesenta y tres años leyendo regulaciones a un supervillano. Nadie miraba los pasillos. Nadie miraba a Isabel. Para una mujer cuyo poder era ser invisible cuando nadie la miraba, era el momento perfecto.

Llegó a la sala de la caja de empalmes. Puerta cerrada. Cerradura electrónica. Pero la queja que Don Felipe había presentado esa mañana —porque la oficina municipal abría temprano los martes— había activado el protocolo de seguridad contra incendios.

Clic. La puerta se abrió.

La caja de empalmes estaba contra la pared: un panel metálico con cables gruesos conectando generador y batería. Isabel sacó su destornillador. Sus manos estaban firmes. Las manos de una mujer invisible nunca tiemblan, porque nadie las ve temblar. Pero ella sabía que estaban firmes. Y eso era lo que importaba.

Fuera del edificio, Norberto flotaba junto a la ventana del segundo piso. Dos metros exactos. El viento le movía el pelo. Podía ver a Don Felipe abajo, leyendo la página veintitrés de cuarenta y siete. Podía ver a El Coleccionista, cuya paciencia se rompía.

El Coleccionista estalló:

—¡BASTA! ¡No me importan tus formularios! ¡Soy un COLECCIONISTA! ¡Capturo DIOSES! ¡Tú no eres NADA!

Arrancó los papeles de las manos de Don Felipe. Las páginas volaron por el aire.

Don Felipe, con calma:

—Eso constituye destrucción de documentos municipales. Una violación adicional.

El Coleccionista rio. Paró. Su cara cambió.

—Estás haciendo tiempo.

Se giró hacia la sala de control. Norberto lo vio a través del cristal. El momento había llegado.

Se lanzó contra la ventana. Dos metros de caída, cristal roto, aterrizaje duro. Se cortó las manos con los fragmentos. Se levantó. Se puso en medio del pasillo. Extendió los brazos.

—Muévete —dijo El Coleccionista.

—No.

—No puedes detenerme. Apenas puedes volar.

—No necesito detenerte. Solo necesito estar aquí sesenta segundos.

El Coleccionista lo empujó. Norberto cayó. Se levantó. Otra vez. Cayó. Se levantó. Flotó dos metros, se lanzó adelante, bloqueó el paso.

Cincuenta segundos.

El Coleccionista sacó un control remoto del bolsillo. Pequeño. Plateado. Un solo botón.

—¿Creíais que tendría solo una forma de mantener mi colección? Soy un coleccionista. Me preparo para todo.

Pulsó el botón. Nada. Otra vez. Nada.

Miró el aparato.

La voz de Don Felipe, desde detrás, sangrando del labio donde El Coleccionista le había dado un golpe al quitarle los papeles:

—Dispositivo de Control Remoto, modelo TX-400. Requiere registro anual en la Junta Municipal de Electrónica. —Sostuvo un formulario manchado de sangre—. Registro caducado hace seis meses. Presenté una orden de desactivación esta mañana. Aprobada hace treinta minutos.

Las luces se apagaron. Isabel había cortado la caja de empalmes.

Oscuridad total. El Coleccionista se lanzó hacia la sala de control. Norberto no podía verlo pero podía escucharlo: pasos rápidos, respiración agitada. Se puso en medio. Golpe en el pecho. Cayó. Se levantó. Otro golpe. Cayó. Se levantó.

Cuarenta segundos. Le dolían las costillas.

Treinta segundos. Sangre en la boca. Se levantó.

Veinte segundos. Le costaba respirar. Se levantó.

Diez. Apenas podía ver. Se levantó.

Las luces volvieron. Los campos de contención no.

Catorce vitrinas se abrieron con un sonido largo, como un suspiro.

Catorce superhéroes abrieron los ojos.

El Coleccionista se giró lentamente. Detrás de él, catorce héroes salían de sus vitrinas, estirándose, parpadeando. Las manos de Capitana Rayo brillaban con electricidad azul.

Miró a Capitana Rayo. Después a Norberto, en el suelo, todavía intentando levantarse una vez más.

Su calma se rompió.

—Los tenía a todos —susurró—. Todos. Y me venció la flotación agresiva.

Norberto, desde el suelo, con sangre en los labios:

—Dos metros. Son dos metros.

Todo pasó a la vez.

Capítulo 12 - El Equipo B

Los héroes de clase A se encargaron de El Coleccionista en cuatro segundos. No era un luchador. Capitana Rayo desactivó sus sistemas mientras los demás lo rodeaban. Lo último que dijo antes de que lo esposaran fue: —Cuidado con las vitrinas. Son de cristal templado.

Norberto estaba sentado contra la pared, golpeado. Le dolían las costillas. Le dolían las manos, cortadas por el cristal de la ventana. Le dolía respirar. Pero estaba ahí. Y no se había ido cuando todo le decía que se fuera.

Isabel apareció junto a él. Visible. Completamente visible, porque Norberto la estaba mirando directamente.

—No está mal para el Equipo B —dijo.

Norberto rio. Le dolió reír. Rio más fuerte.

Don Felipe se acercó despacio. Tenía el labio hinchado y manchas de sangre en la corbata. Pero el maletín estaba intacto. Abrió la carpeta de «Incidente» y empezó a tomar notas. Norberto lo miró y pensó que Don Felipe era la persona más valiente que conocía. No porque no tuviera miedo. Porque tenía miedo y rellenaba formularios de todas formas.

Los paramédicos llegaron. Norberto necesitó tres puntos en la mano izquierda y cuatro en la derecha. Dos costillas fracturadas. Un hombro dislocado que le hicieron volver a su sitio en la ambulancia mientras mordía una toalla para no gritar. Los médicos le dijeron que no podría flotar durante al menos seis semanas.

Seis semanas sin sus dos metros. Curiosamente, no le importó tanto como habría imaginado.

La ciudad celebró. Las pantallas que habían mostrado el caos ahora mostraban las fotos del Equipo B. Ya no escondidas detrás del dispensador de agua, sino en primera página. «EL EQUIPO B SALVA CIUDAD RELÁMPAGO». En La Oficina, alguien había arreglado por fin la luz fluorescente que llevaba tres años parpadeando. El tablón de misiones todavía tenía la nota de «Esfuérzate más». Junto a ella, una nota nueva con la letra de Don Felipe: «Hecho».

Una reportera intentó entrevistar a Isabel frente a las cámaras. Isabel no desapareció. Se quedó ahí, visible, incómoda, parpadeando ante las luces.

—Me llamo Isabel Ramos —dijo a la cámara—. La gente puede verme ahora.

La reportera no entendió.

En la Oficina de Registro de Héroes, la Señora Gutiérrez lo llamó.

—Necesitamos actualizar tu expediente.

Norberto esperó. ¿Reclasificación? ¿Clase A?

La Señora Gutiérrez selló el formulario. Seguía diciendo D-menos. Pero junto a la clasificación, con su letra pequeña y precisa, había escrito una nota: «Ver recomendación adjunta».

La recomendación era de Capitana Rayo:

«Norberto Mora no tiene el poder para salvar una ciudad. Lo hizo de todos modos. La reclasificación es irrelevante. Lo que él tiene no se puede clasificar».

Norberto dobló la nota y se la guardó en el bolsillo.

En la televisión, las noticias mostraban lo que la policía había encontrado en la oficina de El Coleccionista: planos para capturar héroes en treinta y siete ciudades. Doscientas vitrinas ya fabricadas, almacenadas en un depósito a las afueras de la ciudad. El Equipo B no solo había salvado Ciudad Relámpago. Había detenido algo que nadie más sabía que venía.

De vuelta en La Oficina, Don Felipe organizaba los informes del incidente. Una pila de formularios: activación de emergencia, informe de daños, actas de violación normativa, y un recibo por un sándwich que Norberto había comprado durante la misión.

—Todo gasto tiene que quedar registrado —dijo Don Felipe—. Especialmente los sándwiches.

Entonces sacó algo de su maletín. Un documento enmarcado, con cristal protector y un marco de madera oscura que olía a nuevo. Lo giró para que Norberto pudiera leerlo.

Formulario Oficial de Registro de Héroes. Presentado en tres copias. El nombre de Norberto Mora en la parte superior. Debajo de «Superpoder», con la letra perfecta de Don Felipe:

«Se niega a rendirse».

Norberto sostuvo el documento. Lo miró durante un rato largo. Tocó el cristal con los dedos vendados.

—Gracias —dijo, y su voz sonó diferente de como sonaba al principio de esta historia.

—Los documentos oficiales no requieren agradecimiento —respondió Don Felipe—. Solo firma.

Norberto firmó con la mano vendada. La firma salió torcida. Don Felipe la miró, abrió la boca para decir algo sobre legibilidad, la cerró, y selló la copia. Todo correcto.

El Equipo B se sentó en La Oficina. Su terrible, fluorescente oficina de sótano. Isabel estaba visible. Don Felipe organizaba. El dispensador de agua hacía su ruido de siempre, pero ahora sonaba familiar. Sonaba a casa.

—¿Sabes qué? —dijo Isabel desde su esquina, que ya no era la esquina de alguien invisible, sino simplemente su esquina—. Esta oficina no está tan mal.

—Huele a papel viejo y café quemado —dijo Norberto.

—Exacto —dijo Isabel—. Huele a nosotros.

Don Felipe cerró su último archivador del día. El sonido metálico resonó en el sótano.

Norberto colgó el formulario en la pared, junto a la ventana. La ventana pequeña, a nivel de acera, que solo mostraba piernas y zapatos y, si te ponías de puntillas, un pedazo de cielo. Miró hacia arriba a través del cristal. Azul. Infinito. Un cielo al que nunca llegaría.

Los héroes de clase A eran poderosos. Famosos. Extraordinarios. No era uno de ellos. Nunca lo sería.

Pero cuando la ciudad los necesitó, ellos esperaron.

Y él vino.

Cada mañana —cuando las costillas sanaran y los vendajes se cayeran y los puntos se disolvieran—, Norberto flotaría dos metros para leer el formulario. Era, decidió, la altura perfecta.

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