Wanderer
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Mi hija se muere. Y ella no siente nada.
Hace veinte años, el gobierno cambió todo. Los médicos encontraron la manera de hacer que el cuerpo no sintiera dolor. Fue un gran día para el mundo. Los niños podían jugar sin miedo. Los hombres y mujeres trabajaban sin problemas. Todo parecía perfecto.
O eso creíamos.
Mi nombre es Carlos. Soy médico en el hospital central de la ciudad. Antes, las personas llegaban con dolor en el cuerpo, en la cabeza, en el estómago. Ahora es diferente. Nadie viene porque tiene dolor. Vienen cuando ya es demasiado tarde.
Tengo una hija. Se llama Ana. Tiene diez años. Es la luz de mi vida. Tiene el pelo negro como su madre y los ojos grandes como yo. Le gusta correr en el parque, nadar en el mar y leer libros. Cada mañana se levanta temprano y se viste sola.
Hace tres meses, Ana empezó a comer menos. No tenía hambre, decía. Pensé que todo estaba bien. Los niños a veces son así. Una semana después, estaba más delgada. Dos semanas después, estaba cansada todo el tiempo. Se dormía en la escuela. Se sentaba y no quería caminar.
Pero no sentía dolor.
La madre de Ana me dijo que teníamos que llevar a la niña al hospital. Yo no quería creer que algo estaba mal. Ana parecía bien. Caminaba, hablaba, jugaba con su perro. Solo estaba un poco cansada.
El día que la llevé al hospital, mi amigo José me miró con ojos tristes.
—Carlos —dijo—. Tienes que ver esto.
Me dio las fotos del interior de Ana. Mi corazón se paró. Había algo grande dentro de ella. Algo que había estado creciendo durante meses, mientras ella jugaba feliz.
—Si hubiera sentido dolor… —José no terminó.
Yo sabía. Si ella hubiera sentido dolor, habría venido antes. Si hubiera sentido dolor, podríamos haber encontrado el problema cuando era pequeño. Si hubiera sentido dolor, mi hija habría tenido una oportunidad.
Pero vivimos en un mundo sin dolor.
Esa noche, volví a casa. Ana estaba en el sofá, viendo la televisión. Me senté junto a ella. Se acercó a mí.
—Padre, ¿estás bien? —me preguntó.
No pude responder. La miré. Su cara estaba un poco blanca, pero ella estaba alegre. No sabía nada. No sentía nada.
—Sí, hija —dije—. Todo está bien.
Durante las siguientes semanas, Ana siguió viviendo como siempre. Se despertaba temprano. Iba a la escuela. Jugaba con sus amigos. Comía helado los domingos. Pero cada día estaba más débil.
Un día, mientras caminábamos por el parque, cayó al suelo.
—¿Qué pasa? —preguntó, con ojos que no entendían—. Mis piernas no pueden caminar.
La llevé al hospital en mis brazos. Ella no estaba triste. No había dolor. Solo miedo en sus ojos grandes.
Los médicos hicieron todo lo posible. Pero era demasiado tarde. El problema había crecido demasiado.
Ahora estoy junto a su cama. Su madre está a mi lado, sin hablar. Ana duerme. Su vida se va lenta.
Pienso en el mundo de antes. El mundo con dolor. Era malo, sí. La gente lo pasaba mal. Pero el dolor nos decía algo. Nos decía cuando algo estaba mal. Era una llamada de atención.
Ahora no tenemos esa llamada.
Antes de dormir, Ana abrió los ojos y me miró.
—Padre —dijo con voz débil—, ¿por qué estás triste? No siento nada malo.
Esas fueron las palabras más tristes que escuché en mi vida.
El futuro llegó. Un mundo sin dolor. Pero nadie pensó en esto: sin dolor, no sabemos cuando nos morimos. Sin dolor, llegamos al hospital cuando ya es muy tarde. Sin dolor, los padres pierden a sus hijos sin poder hacer nada.
Miro a mi hija. Todavía vive. Todavía está aquí.
Pero el futuro ya se la llevó.
Y ella nunca sintió nada.
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