Wanderer
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La puerta se abre. Mi padre entra. Pero mi padre ya está sentado en el sofá.
Los dos hombres se miran. Los dos dicen lo mismo:
—Yo soy tu padre real.
Uno está en la puerta con su maleta. El otro está en el sofá. Los dos llevan la misma camisa azul. Los dos tienen la misma cara.
El padre de la puerta deja caer la maleta.
—Eso es imposible —dice—. Yo soy su padre. Yo soy real.
—No —dice el padre del sofá—. Yo soy el real. Tú eres una copia.
Me quedo en la escalera, mirando. Mi corazón late muy rápido. Tengo doce años. Conozco a mi padre toda mi vida. Pero ahora hay dos. Y los dos parecen exactamente iguales.
—Marcos —dice el padre de la puerta—, ven aquí. Soy yo, tu padre de verdad.
—No le escuches —dice el padre del sofá—. Esa cosa no es tu padre. Es una copia. Un experimento del gobierno.
—¡Mentira! —grita el otro—. Tú eres el experimento. Yo trabajo en la oficina. Yo te llevé al hospital cuando naciste.
—Yo también hice eso —dice el padre del sofá—. Porque yo soy el real.
Mi madre no está en casa. Trabaja hasta las ocho. Estoy solo con dos padres. O con un padre y una copia.
—Papá —digo—, ¿qué está pasando?
Los dos me miran. Los dos dicen al mismo tiempo:
—No tengas miedo, hijo. Todo va a estar bien.
Es exactamente lo que mi padre siempre dice. Pero ahora los dos lo dicen. ¿Cómo puedo saber cuál es real?
—Voy a llamar a la policía —digo.
—Buena idea —dice el padre de la puerta.
—Sí, muy buena idea —dice el padre del sofá.
Ninguno tiene miedo de la policía. Eso no me ayuda.
Entonces tengo una idea. Mi padre tiene una cicatriz pequeña en la mano izquierda. Se la hizo cuando tenía veinte años, antes de conocer a mi madre.
—Enséñenme las manos —digo.
Los dos levantan las manos. Los dos tienen la cicatriz. Exactamente en el mismo lugar.
—La copia tiene todos mis recuerdos —dice el padre de la puerta—. Por eso tiene la cicatriz también.
—O tú eres la copia —dice el otro—, y tienes mis recuerdos.
Mi cabeza me duele. No puedo pensar bien. Necesito encontrar algo diferente entre ellos. Algo que una copia no pueda copiar.
—¿Cuál es mi color favorito? —pregunto.
—Verde —dicen los dos.
—¿Cómo se llama mi mejor amigo?
—Daniel —dicen los dos.
—¿Qué me dijiste ayer antes de dormir?
Los dos responden al mismo tiempo:
—Te dije que estoy muy orgulloso de ti, hijo.
Es verdad. Mi padre me dijo eso ayer. Pero los dos lo saben.
Entonces el padre de la puerta da un paso hacia mí.
—Marcos, por favor. Mírame a los ojos. Soy tu padre. Te conozco desde que naciste. Recuerdo el día que aprendiste a caminar. Recuerdo tu primera palabra. Dijiste «luz» porque miraste la lámpara.
El padre del sofá se levanta.
—Yo también recuerdo todo eso. Porque yo soy el verdadero padre. Esa cosa solamente tiene copias de mis memorias.
Los dos están cerca de mí ahora. Los dos me miran con los mismos ojos. Los mismos ojos de mi padre.
—Vete de mi casa —dice uno al otro.
—Tú vete —responde el otro.
Y entonces, los dos se mueven hacia el otro. Rápido. Con fuerza. Los dos quieren pelear.
—¡Paren! —grito.
Los dos paran. Los dos me miran.
—Papá nunca pelea —digo—. Papá dice que pelear nunca es la respuesta.
Los dos bajan los brazos.
—Tienes razón, hijo —dicen los dos.
Y en ese momento, escucho la puerta otra vez. Mi madre entra.
—¿Qué pasa aquí? —pregunta ella. Entonces ve a los dos hombres—. ¿Qué…?
Los dos corren hacia ella.
—¡María! —dicen los dos—. ¡Soy yo! ¡El otro es una copia!
Mi madre mira a uno. Luego al otro. Luego a mí.
—Marcos —dice ella con una voz muy tranquila—, ve a tu habitación.
—Pero mamá…
—Ahora, Marcos.
Subo las escaleras. Cierro la puerta de mi habitación. Pero puedo escuchar sus voces abajo.
Mi madre habla. Los dos padres hablan. Las voces son iguales.
Entonces escucho un grito. Solo uno. Y después, nada.
Silencio.
Espero cinco minutos. Diez. Quince. El silencio es peor que el grito.
Finalmente, alguien sube las escaleras. La puerta de mi habitación se abre.
Es mi padre. Solo uno ahora.
—Todo está bien, hijo —dice—. Era una copia falsa del trabajo. Ya se fue.
—¿Cómo lo supiste? —pregunto—. ¿Cómo supo mamá cuál era el real?
Mi padre sonríe. La misma sonrisa de siempre.
—Tu madre me conoce muy bien —dice—. Ella siempre sabe.
Me abraza. Yo también lo abrazo. Huele como mi padre. Se siente como mi padre.
Pero cuando sale de mi habitación, veo su mano izquierda.
No tiene la cicatriz.
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