Wanderer
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El hombre me miraba como si ya me conociera. Sus ojos, tristes y viejos, parecían saber algo terrible sobre mí.
Estaba sentado en un banco del parque. Me senté a su lado porque no había otros bancos libres. El sol estaba fuerte y yo tenía sed.
—Para mí, este día ya pasó —dijo el hombre sin mirarme—. Hace muchos años.
No entendí sus palabras. Lo miré con atención.
—¿Perdón? —pregunté.
—Sé todo lo que vas a decir —dijo—. Sé todo lo que va a pasar. Pero no puedo cambiar nada.
El hombre tenía la cara triste. Su pelo era gris y sus manos se movían un poco, nerviosas.
—¿Es un juego? —pregunté.
—No es juego —respondió—. Ahora vas a mirar tu teléfono. Vas a ver un mensaje de tu madre. Ella quiere saber si vienes a comer.
Yo no tenía mi teléfono en la mano. Pero en ese momento, mi móvil hizo un sonido. Lo miré. Era un mensaje de mi madre: «¿Vienes a comer hoy?»
Mi corazón empezó a ir más rápido. ¿Cómo sabía él eso?
—¿Quién eres? —pregunté con miedo.
—Soy tú —dijo el hombre—. Pero de otro tiempo. De muchos años en el futuro.
No podía creer lo que escuchaba. Miré su cara con más atención. Tenía mis mismos ojos. Mi misma nariz. Era yo, pero viejo.
—Esto es imposible —dije.
—Lo sé. Yo también dije eso cuando me pasó a mí. Pero es la verdad. Estoy aquí porque hoy es un día importante. El día más importante de tu vida.
El hombre se levantó del banco y caminó hacia el centro del parque. Yo lo seguí porque quería saber más.
—¿Qué va a pasar hoy? —pregunté mientras caminaba a su lado.
—En treinta minutos vas a conocer a una mujer. Se llama Elena. Tiene el pelo negro y ojos grandes. Va a pedir tu ayuda. Tú la vas a ayudar.
—¿Y qué pasa después?
—Ella va a ser tu mujer. Van a tener dos hijos. Van a ser muy felices durante muchos años.
Mi corazón iba con fuerza. ¿Mi mujer? ¿Mis hijos? Todo mi futuro, en treinta minutos.
—Pero hay un problema —dijo el hombre con voz triste.
—¿Qué problema?
—En veinte años, ella va a morir. Un coche la va a matar. Un día de lluvia. Yo estaba en el coche también, pero yo no morí. Desde ese día, vivo con el dolor.
Sus ojos estaban llenos de agua. Vi las lágrimas caer por su cara. Era mi cara. Mi dolor del futuro.
—¿Por qué me dices esto? —pregunté—. ¿Quieres que no la conozca? ¿Quieres que cambie el futuro?
—No puedo cambiar nada —dijo él—. Ya lo intenté muchas veces. Siempre pasa lo mismo. Siempre la conozco. Siempre la quiero. Siempre la pierdo.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
El hombre me miró a los ojos.
—Porque quiero recordar. Quiero ver el momento cuando todo empezó. Cuando todavía había algo bueno. Antes de saber el final.
Miré hacia la puerta del parque. Vi a una mujer caminando hacia nosotros. Tenía el pelo negro. Ojos grandes. Era muy bonita.
—Es ella —dijo el hombre—. Es Elena.
Mi corazón iba muy rápido. Quería correr. Quería salir de allí. Pero mis pies no se movían.
—¿Qué hago? —pregunté—. ¿Hablo con ella o no?
—No importa lo que hagas —respondió él—. El futuro ya está escrito. Yo soy la prueba.
La mujer llegó cerca de nosotros. Miró su teléfono, preocupada.
—Perdón —dijo ella con una voz muy bonita—. ¿Saben dónde está la calle San José?
Miré al hombre viejo. Él me miró a mí. Tenía una pequeña sonrisa en su cara triste.
—Habla con ella —dijo en voz baja—. Ayúdala. Es tu camino.
Respiré fuerte. Y entonces, hablé.
—Sí, yo sé dónde está. Es por aquí. Te puedo acompañar si quieres.
Elena sonrió. Una sonrisa muy bonita. La sonrisa que iba a querer durante veinte años.
Cuando me volví para ver al hombre viejo, él ya no estaba. El banco estaba vacío. Solo había una foto vieja en el suelo.
La tomé con las manos. Era una foto de una familia. Un hombre, una mujer, dos niños. Todos felices. En la parte de atrás, había una fecha.
Una fecha del futuro. Mi futuro.
Miré a Elena. Ella me esperaba con su sonrisa.
Y caminé hacia ella. Hacia veinte años de amor. Hacia dos hijos. Hacia el día de lluvia.
Sabiendo todo. Sin poder cambiar nada.
Pero cada momento con ella iba a ser especial. Porque yo sabía lo que él no sabía cuando tenía mi edad: que el final no importa tanto como el camino.
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