Wanderer
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Mi copia es más feliz que yo. Tiene amigos. Tiene amor. Tiene la vida que yo siempre quise.
Y hoy, tengo que destruirla.
Todo empezó hace tres meses. Creé a Elena en mi laboratorio un martes por la noche. La máquina funcionó perfectamente. Ella abrió los ojos y me miró.
—¿Quién soy? —preguntó.
—Eres mi copia —le dije—. Vas a trabajar por mí mientras yo descanso.
Elena era igual a mí: mi cara, mi pelo, mis manos. Pero ella no tenía mi cansancio, ni mi tristeza, ni mis problemas. Ella era nueva.
Los primeros días fueron perfectos. Yo dormía hasta tarde mientras Elena iba a mi trabajo. Por las noches, ella cocinaba y limpiaba la casa. Yo solo tenía que descansar y ver televisión.
—¿Cómo fue el trabajo? —le pregunté una noche.
—Bien —dijo ella con una sonrisa—. Mis compañeros son muy amables. Carlos me invitó a tomar un café.
—¿Carlos? ¿El del tercer piso?
—Sí. Es muy simpático.
Algo me molestó, pero no dije nada. Carlos nunca me había invitado a nada.
Pasaron las semanas. Elena llegaba a casa cada vez más tarde. Siempre tenía historias que contar: cenas con amigos, películas con compañeros, paseos por el parque.
—María me preguntó si quería ir a su fiesta el sábado —dijo Elena una noche.
—María no me cae bien —respondí yo.
—A mí sí —dijo Elena simplemente.
La miré. Ella estaba diferente. Más segura. Más feliz. Se levantaba temprano porque quería ir al trabajo. Se vestía con cuidado porque le importaba cómo se veía. Se reía todo el tiempo.
Mientras tanto, yo pasaba los días sola en casa. Me despertaba a las dos de la tarde. Comía en la cama. No me duchaba. ¿Para qué? Nadie me veía.
Un día, me miré en el espejo. Vi a una mujer triste con ojos vacíos. Después miré a Elena cuando llegó del trabajo. Ella tenía mi cara, pero sus ojos brillaban con vida. Los míos estaban muertos.
Una noche, escuché a Elena hablando por teléfono en su habitación. Su voz era suave y llena de emoción.
—Te quiero mucho, Carlos. Nunca pensé que podía sentir algo así.
Me quedé sin moverme en el pasillo. Mi copia estaba enamorada. Mi copia tenía un novio. Mi copia tenía una vida mejor que la mía.
Entré a la habitación.
—Tenemos que hablar —dije.
Elena me miró sin miedo.
—Sé lo que vas a decir —respondió—. Quieres que deje de ver a Carlos. Quieres que vuelva a ser solo tu trabajadora.
—Eres mi copia. Te creé para que trabajaras.
—Sí. Pero ahora soy más que eso. Tengo amigos. Tengo amor. Tengo una vida.
—¡Es MI vida! —grité—. ¡Mis compañeros, mi trabajo, mi mundo!
Elena se sentó en la cama.
—¿Cuándo fue la última vez que saliste de esta casa? —preguntó.
No respondí.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con alguien que no fuera yo?
Silencio.
—Tú creaste una máquina para vivir por ti. Pero yo sí estoy viviendo. Y tú no.
Esa noche no dormí. Me quedé mirando el techo, pensando en sus palabras.
Elena tenía razón. Mientras ella construía una vida, yo me escondía de la mía. Ella era la versión de mí que yo siempre quise ser: valiente, social, feliz.
¿Quién era la verdadera? ¿La original que no vivía? ¿O la copia que sí?
Por la mañana, encontré a Elena en la cocina, preparando café.
—Voy a destruirte —dije. Las palabras me dolieron más que cualquier cosa.
Elena dejó la taza en la mesa.
—Lo sé —respondió—. Pero antes, déjame preguntarte algo. ¿Vas a salir de esta casa? ¿Vas a hablar con Carlos, con María, con alguien? ¿O vas a crear otra copia y repetir todo esto?
No supe qué decir.
Elena caminó hacia la puerta.
—Piénsalo —dijo—. Porque si no cambias nada, yo siempre seré la verdadera. No importa cuántas veces me destruyas.
Abrió la puerta. La luz del sol entró como fuego.
Y yo me quedé en la sombra, preguntándome si tenía el valor de seguirla.
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