Wanderer
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Quiero olvidar. Pero no puedo. Nunca más.
La pequeña pastilla azul cambió todo. Los doctores dicen que es un regalo. La medicina del futuro. Ahora mi memoria es perfecta. Recuerdo cada momento de mi vida. Cada palabra. Cada cara. Todo está en mi cabeza, claro como el agua.
Recuerdo el primer día de escuela. Recuerdo el nombre de cada profesor. Recuerdo cada libro que he leído, cada película que he visto, cada canción que he escuchado.
Al principio, estaba muy feliz.
En el trabajo, soy el mejor empleado. Recuerdo cada número, cada fecha, cada reunión. Mi jefe me da más dinero. Mis compañeros me miran con ojos tristes.
—Tienes mucha suerte —me dicen—. Tienes un don.
Pero no saben la verdad.
También recuerdo otras cosas. Cosas que quiero olvidar. Cosas que necesito olvidar.
Recuerdo la cara de mi padre cuando me dijo que estaba enfermo. Recuerdo cada palabra. Recuerdo el color de la habitación del hospital. Recuerdo el sonido de las máquinas. Y ahora, cuando cierro los ojos, lo veo todo otra vez. No es como un recuerdo viejo. Es real. Estoy allí otra vez, en ese momento terrible.
Antes, el tiempo ayudaba. Los recuerdos malos se hacían más pequeños cada año. El dolor iba lejos, poco a poco. Ahora no. Ahora el dolor es tan grande como el primer día.
Mi madre murió hace diez años. Antes de la pastilla, su cara se hacía menos clara cada día. Pero ahora recuerdo su última noche con perfecta claridad. Recuerdo sus ojos tristes. Recuerdo su mano fría en mi mano. Recuerdo sus últimas palabras: —No tengas miedo, hijo.
Y siento el mismo dolor. Cada vez. Como la primera vez.
No puedo escapar.
Mi esposa ve que algo está mal. Ella me pregunta cada noche: —¿En qué piensas?
—En nada —le digo. Pero es mentira. Pienso en todo. Todo el tiempo.
—Piensa en cosas buenas —me dice ella.
—No funciona así —le digo—. No puedo elegir qué recordar. Todo viene junto. Lo bueno y lo malo. La alegría y el dolor.
Recuerdo cada error que he hecho en mi vida. Cada mentira. Cada vez que hice daño a alguien. Las palabras crueles que dije a mi hermana cuando teníamos quince años. La promesa que rompí a mi mejor amigo. El día que no fui al hospital a ver a mi abuelo.
Él murió esa noche. Y yo no estuve allí.
No puedo perdonarme. Porque no puedo olvidar.
Hay otros pacientes en el estudio de los doctores. Una mujer no puede dormir porque recuerda cada sueño malo que ha tenido. Un hombre no sale de su casa porque recuerdo cada momento de su vida cuando otros se rieron de él. Todos queremos lo mismo: olvidar.
Ayer fui al doctor. Me senté en su oficina blanca y le pregunté:
—¿Hay una cura? ¿Puede quitarme esta memoria perfecta?
El doctor me miró con tristeza. Después de un largo silencio, habló.
—No —dijo—. El cambio es para siempre. La pastilla cambió su cabeza para siempre. No podemos volver atrás.
Para siempre. Esas dos palabras me siguen como una sombra oscura.
Ahora estoy sentado en mi habitación. Es de noche. Mi esposa duerme a mi lado. Miro por la ventana las luces de la ciudad. Pienso en todos los momentos de mi vida. Todos. Los buenos. Los malos. Cada uno.
La gente dice que el tiempo cura todo. Que olvidamos el dolor. Que seguimos adelante.
Pero yo no puedo seguir adelante. Mi pasado está siempre aquí, en mi cabeza, tan real como el presente. El pasado nunca se va.
Hay una segunda pastilla en la mesa. El doctor me la dio antes de salir.
—Esto ayudará con los nervios —dijo.
La miro. Es pequeña. Azul. Como la primera.
No voy a tomarla.
La memoria perfecta no es un don. Es una cárcel sin puertas. Y yo voy a vivir aquí para siempre.
Pero al menos, ahora lo sé: algunos recuerdos son demasiado pesados para llevar.
Y olvidar no es perder algo. Es dejar ir.
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