Wanderer
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Abro los ojos a las siete de la mañana. Algo está mal. Lo siento antes de verlo.
El sol entra por la ventana. Los pájaros cantan. Todo parece normal. Pero el silencio es diferente hoy.
Miro mi teléfono. No hay mensajes. Mi madre siempre me envía un mensaje antes de las siete. Siempre.
Me levanto y camino hacia la cocina. Mi esposo no está. Su café está frío en la mesa. Él siempre espera para comer conmigo.
—¿Carlos? —llamo. Nadie responde.
Busco en toda la casa. Vacía. Miro por la ventana. La calle está vacía también. No hay coches. No hay personas. Solo silencio.
Salgo de la casa. El aire está frío. Camino rápido por la calle principal. Las tiendas están cerradas. Un café está en una mesa, todavía con calor. Una bolsa de compras está en el suelo. Pero no hay nadie.
—¡Hola! —llamo. Mi voz se pierde entre los edificios. Nadie.
Empiezo a correr. Mi corazón va muy rápido. Corro hacia el centro de la ciudad. El supermercado está vacío. El banco está vacío. La escuela está vacía. Todos se fueron en un segundo. Sin ruido. Sin razón.
Paso horas caminando. Busco en hospitales, en iglesias, en parques. Nada. Estoy sola en una ciudad de un millón de personas.
El miedo crece dentro de mí. ¿Qué pasó? ¿Dónde fueron todos? ¿Estoy muerta? ¿Es esto un sueño?
Me siento en un banco del parque. Mis ojos están llenos de agua. Nunca me he sentido tan sola en toda mi vida.
Entonces miro hacia arriba.
Las nubes se mueven de forma extraña. Forman letras. Grandes letras blancas en el cielo azul.
Leo las palabras poco a poco. No puedo creer lo que veo.
«SIMULACIÓN TERMINADA. SOLO TÚ ERAS REAL».
Me quedo sin aire. Leo el mensaje otra vez. Y otra vez.
¿Simulación? ¿Mi vida era una simulación? ¿Mi esposo, mi madre, mis amigos… no eran reales?
Los días pasados vienen a mi cabeza. El día de mi boda. Carlos con su mejor cara. Mi madre llorando de alegría. Todo eso… ¿era falso?
Pero yo sentí esas cosas. Sentí el amor. Sentí el dolor. ¿Cómo puede ser falso si yo lo sentí?
Me levanto del banco. Miro el mensaje en el cielo.
—¿Por qué? —llamo hacia arriba—. ¿Quién hizo esto?
El cielo no responde. Las letras empiezan a irse.
Camino hacia el edificio más alto de la ciudad. Subo las escaleras hasta el último piso. Desde aquí puedo ver toda la ciudad vacía. Un mundo sin personas.
Y entonces lo veo.
Lejos, más allá de la ciudad, el cielo tiene otro color. No es azul. Es gris. Como una pared. El final del mundo.
Bajo del edificio y camino hacia esa pared gris. Camino durante horas. El sol no se mueve. El tiempo parece estar parado.
Al final, llego a la pared. Es muy grande y gris. La toco. Está fría. Real. La primera cosa real en horas.
—¡Déjenme salir! —llamo, golpeando la pared con mis manos.
Y entonces, una puerta se abre.
Una luz muy fuerte me ciega. Cuando mis ojos se abren bien, veo una habitación blanca. Y en el centro, una silla. Alguien está sentado allí.
Es una mujer. Se parece a mí. Tiene mi cara, mi pelo, mis ojos. Pero ella es mayor. Mucho mayor.
—¿Quién eres? —pregunto.
Ella me mira con ojos tristes.
—Soy tú —dice—. Tú del futuro. Hice esta simulación hace cien años. Quería recordar cómo era ser joven. Cómo era sentir amor. Pero ahora la simulación ha terminado.
No puedo hablar. No puedo moverme. Mi mente va muy rápido.
—¿Y ahora qué? —pregunto al final.
—Tienes que tomar una decisión —dice—. Puedes quedarte aquí, en el mundo real. Un mundo donde estás sola, donde todos murieron hace mucho tiempo. O puedes volver a la simulación. Puedo empezarla otra vez.
Pienso en Carlos. En cómo me mira. En sus brazos a mi lado por la noche. Pienso en mi madre. En sus llamadas cada mañana. En su voz diciendo «Buenos días, mi amor».
No eran reales. Pero el amor que sentí… eso sí era real.
—¿Puedo recordar esto? —pregunto.
—No —dice ella—. Todo será nuevo otra vez.
Miro a mi yo del futuro. Está sola. Ha estado sola por cien años. Miro la habitación blanca y vacía. Miro hacia atrás, hacia la ciudad en silencio.
¿Qué es más importante? ¿Saber la verdad, o ser feliz?
Tomo mi decisión.
—Empieza la simulación otra vez —digo.
Ella dice que sí con la cabeza. Por un segundo, veo algo en sus ojos. ¿Alivio? ¿Tristeza?
—Nos vemos en cien años —dice.
Todo se vuelve blanco.
Abro los ojos a las siete de la mañana. El sol entra por la ventana. Los pájaros cantan. Todo parece normal.
Miro mi teléfono. Hay un mensaje de mamá. «Buenos días, mi amor».
Voy a la cocina. Carlos está ahí, esperándome con el café caliente.
—Buenos días, mi amor —dice con una sonrisa.
—Buenos días —respondo.
Y en algún lugar muy dentro de mi cabeza, hay una pregunta que no puedo recordar. Una pregunta sobre qué es real. Una sombra de algo importante.
Pero Carlos me da un beso, y la pregunta desaparece.
Esto se siente real. Y eso es todo lo que necesito.
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