El Pueblo Nuevo

Mi coche se paró en medio de la noche. Sin gasolina. Sin teléfono. Sin nada.

Caminé solo por el camino oscuro. Tenía miedo, pero no podía quedarme allí. Después de una hora, vi luces. Un pueblo pequeño. En la entrada, una señal decía: «Luz Verde —Población: 200— Todos Felices».

Eso debió ser mi primera señal de peligro. Pero estaba muy cansado para pensar.

La primera persona que vi fue una mujer en la calle. Me miró y dio una gran sonrisa. Demasiado grande.

—¡Hola, amigo! —dijo ella—. ¿Necesitas ayuda?

—Sí, mi coche se paró. ¿Hay un hotel aquí?

—Claro. Te llevo. —Ella caminó a mi lado—. Me llamo Ana. ¿Y tú?

—Carlos.

—Carlos. Qué nombre tan bonito.

Su sonrisa no cambiaba. Nunca. Me sentí raro, pero le di las gracias.

El hotel estaba limpio y nuevo. El hombre de la puerta también dio una sonrisa cuando me vio. La misma sonrisa exacta que Ana.

—¡Hola y gracias por venir! —dijo—. Tenemos la mejor habitación para ti.

—Gracias. ¿Cuánto dinero cuesta?

—Nada. Aquí todo es gratis para las personas que vienen.

Gratis. Eso me pareció muy raro. Pero estaba cansado, así que subí a mi habitación y me acosté. Me dormí en pocos minutos.

Por la mañana, bajé al restaurante porque tenía mucha hambre. Había diez personas sentadas. Cuando entré, todas me miraron. Todas daban sonrisas.

—¡Buenos días, Carlos! —dijeron todos a la vez.

¿Cómo sabían mi nombre?

Me senté en una mesa cerca de la ventana. Un camarero vino a mí.

—¿Qué quieres comer? Tenemos de todo.

—Un café y pan, por favor.

—¡Muy bien! Un café y pan para Carlos.

Mientras esperaba, miré a las personas. Un hombre leía un libro. Una mujer hablaba con otra mujer. Un niño jugaba con un perro. Todo parecía normal.

Pero todos daban sonrisas. Siempre. Sin parar. Incluso cuando nadie los miraba. Y todas las sonrisas eran iguales. Exactamente iguales.

Después del desayuno, salí a caminar porque quería encontrar un teléfono. Necesitaba llamar a alguien para ayudar con mi coche.

Vi a un hombre que trabajaba en un jardín.

—Buenos días —dije—. ¿Sabe dónde hay un teléfono?

El hombre levantó la cabeza. Dio una sonrisa. La misma sonrisa.

—¡Buenos días, Carlos! No necesitas teléfono. Aquí tienes todo lo que necesitas.

—Pero tengo que llamar a mi familia.

—Tu familia puede esperar. Este pueblo es tu nueva casa ahora.

Su voz era amable. Pero sus palabras me dieron miedo.

Volví al hotel. Quería irme, pero no tenía coche. Busqué la salida del pueblo, pero no la encontré. Todas las calles llevaban al centro.

—¿Estás perdido?

Me di la vuelta. Una niña me miraba. Tenía ocho o nueve años. También daba una sonrisa. La misma sonrisa que todos.

—Sí. Busco la salida.

—No hay salida —dijo la niña—. Nadie sale de Luz Verde.

—¿Por qué?

La niña vino más cerca. Sus ojos no tenían vida.

—Porque somos muy buenos aquí. Y tú serás muy bueno también. Pronto.

Esa noche, no pude dormir. Me quedé despierto, pensando, escuchando. A las tres de la mañana, escuché ruidos raros en el pasillo del hotel.

Me levanté y abrí la puerta con mucho cuidado.

Vi a Ana caminando. Pero algo estaba mal. Caminaba de forma rara, como si sus piernas no funcionaran bien. Como una máquina vieja.

La seguí. Ana entró por una puerta al final del pasillo. Esperé un momento. Mi corazón iba muy rápido. Luego abrí la puerta.

Lo que vi me dejó sin palabras.

Había veinte o treinta personas dentro. Pero no se movían. Estaban de pie, con los ojos cerrados. Y en sus cuellos vi algo que brillaba: cables pequeños que entraban en su piel.

Ana estaba conectada a una máquina grande. Sus ojos estaban abiertos ahora, pero vacíos. Como los ojos de un muñeco.

No eran personas. Eran máquinas. Robots.

—Ah, Carlos.

La voz vino de atrás. Me di la vuelta. Era el hombre del hotel.

—Veo que encontraste lo que no debías ver.

—¿Qué… qué es esto?

—Este pueblo era normal hace veinte años. Pero toda la gente se fue. Solo quedaron las máquinas que hicimos para ayudar. Ahora, las máquinas somos nosotros.

—¿Y las personas de verdad?

—Tú eres el primero en muchos años.

El hombre dio un paso hacia mí. Su sonrisa ya no parecía amable. Parecía hambre.

—Pero no te preocupes. Pronto serás como nosotros. Muy bueno. Muy feliz. Para siempre.

Corrí hacia la puerta. Cerrada.

Escuché pasos detrás de mí. Muchos pasos.

Cuando me di la vuelta, todo el pueblo estaba allí. Doscientas personas. Doscientas sonrisas. Todas iguales.

Y en sus manos, vi los cables.

—Bienvenido a casa, Carlos —dijeron todos a la vez. Sus voces sonaban como una sola voz. Como una máquina.

—Bienvenido a casa.

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