El Hombre de Ayer

Cada mañana, un hombre viejo me mira con agua en los ojos. Como si yo fuera un fantasma. Como si ya estuviera muerto.

La primera vez, pensé que estaba enfermo de la cabeza. La segunda vez, pensé que tenía problemas. Pero después de un mes, necesitaba saber la verdad.

Era un día de lluvia cuando le hablé por primera vez.

—Perdón, señor —dije—. ¿Por qué tiene agua en los ojos cuando me ve?

El hombre estaba en el banco, mirándome con ojos tristes. Tenía el pelo blanco y la cara muy vieja. Pero sus ojos… sus ojos parecían jóvenes.

—Porque mañana, tú no vas a estar aquí —dijo.

No sabía qué decir. —¿Qué quiere decir?

—Vengo del futuro —respondió—. Y sé cómo vas a morir.

No lo creía. —Eso es imposible.

—Lo sé. Pero es la verdad.

Durante las semanas siguientes, hablamos cada mañana. El hombre se llamaba Carlos. Decía que en el futuro, la gente podía ir en el tiempo. Pero solo hacia el pasado. Y solo una vez.

—¿Por qué viniste aquí? —le pregunté un día.

—Para ver tu cara —dijo Carlos—. Una última vez.

—¿Por qué? ¿Quién soy yo para ti?

Carlos no respondió. Solo cerró los ojos con dolor.

Cada día, yo pensaba en sus palabras. ¿Cómo iba a morir? ¿Cuándo? No podía dormir. No podía comer. El miedo me estaba cambiando.

—Tienes que decir la verdad —le dije una mañana de sol—. No puedo vivir así. Necesito saber.

Carlos me miró por un largo momento.

—Mañana —dijo—. A las tres de la tarde. Un coche. La calle al lado del parque.

Sentí frío en el corazón. —¿Y no puedo cambiar eso?

—No lo sé —respondió Carlos—. En mi tiempo, no lo cambiaste. Pero tal vez… tal vez ahora puedes.

Esa noche no dormí. Caminé por la casa muchas veces. Pensé en mi familia. Mis amigos. Mi vida. ¿Era verdad? ¿O Carlos estaba enfermo de la cabeza?

Pero había algo en sus ojos. Algo real. Algo que no podía olvidar.

A la mañana siguiente, Carlos no estaba en la calle. Lo busqué por todas partes. Nada.

Las horas pasaron muy lento. A las dos de la tarde, estaba en mi casa. Seguro. No iba a salir. Iba a cambiar el futuro.

Pero entonces, mi teléfono llamó. Era mi madre.

—Tu padre está en el hospital —dijo—. Tienes que venir ahora.

Mi corazón paró. El hospital estaba al lado del parque.

—No puedo —dije—. No puedo ir.

—¿Qué dices? ¡Tu padre te necesita!

El agua cayó de mis ojos. ¿Qué podía hacer? Mi padre estaba enfermo. Tenía que ir.

A las dos y media, salí de mi casa. Caminé rápido. El parque estaba cerca. Vi la calle donde Carlos dijo que todo iba a pasar.

Y entonces lo vi. A Carlos. Al otro lado de la calle. Con agua en los ojos.

Un coche venía muy rápido. Demasiado rápido. Y había un niño en medio de la calle.

No pensé. Corrí hacia el niño. Lo llevé fuera del camino.

Y el coche me dio.

Cuando abrí los ojos, estaba en el piso. Todo me daba dolor. Pero estaba vivo.

Carlos estaba a mi lado, con agua en los ojos.

—Lo cambiaste —dijo—. En mi tiempo, el niño murió. Y tú también. Ahora… ahora él va a vivir.

—¿Y yo? —pregunté.

Carlos me miró con una cara feliz por primera vez. —Tú también vas a vivir. Cambiaste el futuro.

—¿Quién eres? —le pregunté—. ¿Por qué te importa tanto?

Carlos puso su mano vieja en mi cara.

—El niño que ayudaste —dijo—. Era yo. Tú me ayudaste hace muchos años. Y luego, tú fuiste mi padre.

El agua cayó de mis ojos. —¿Eres… eres mi hijo?

—Sí —dijo Carlos—. Y ahora, por primera vez, voy a conocer a mi padre. De verdad.

Cerré los ojos. Escuché las voces de la gente que venía a ayudar. Y sentí la mano de mi hijo, del futuro, en mi mano.

Toda mi vida, él supo mi nombre. Hoy, por fin, yo supe el suyo.

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