Wanderer
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La máquina me quitó a mi hijo. No con violencia. Con algo peor: con amor.
Mi hijo quiere un padre perfecto. Yo no soy perfecto.
Trabajo muchas horas. Llego tarde a casa. Estoy cansado. No juego con él. No tengo tiempo para sus preguntas. A veces me enfado cuando habla demasiado.
Pero lo quiero. Lo quiero más que nada en el mundo.
Ayer, mi empresa me dio algo nuevo. Una máquina pequeña, como una caja de zapatos. La pusieron en mi mesa de trabajo sin decir nada.
—¿Qué es esto? —pregunté a mi jefe.
—Es la Máquina de Sueños —dijo él—. Hace real lo que quieres. Pero solo funciona una vez.
Me reí. —Eso es imposible.
—Llévala a casa —dijo mi jefe—. Mira qué pasa.
Esa noche, puse la máquina en la mesa de la cocina. Mi hijo Tomás la miró con sus ojos grandes.
—¿Qué es, papá?
—Es una máquina especial —dije—. Puede hacer real un sueño.
—¿Cualquier sueño? —preguntó él.
—Sí. Pero solo uno.
Tomás pensó durante un momento largo. Yo esperaba que quisiera un perro, o un juego nuevo, o ir a la playa.
Pero no dijo nada de eso.
—Quiero un padre perfecto —dijo.
Mi corazón paró. —¿Qué?
—Un padre que siempre tiene tiempo para mí. Un padre que nunca está cansado. Un padre que juega conmigo todos los días.
—Tomás, yo soy tu padre.
—Lo sé —dijo él con una voz triste—. Pero tú no tienes tiempo. Siempre trabajas. Siempre estás ocupado.
Antes de que yo pudiera responder, él tocó la máquina. Una luz azul llenó la cocina. Cerré los ojos.
Cuando los abrí, había un hombre en la cocina. Era igual a mí. La misma cara. El mismo pelo. Los mismos ojos.
Pero su cara estaba tranquila. Él sonreía. No tenía las líneas de miedo que yo tengo.
—¡Hola, Tomás! —dijo el otro yo con una voz alegre—. ¿Quieres jugar?
—¡Sí! —dijo mi hijo, y corrió hacia él.
Esa noche, vi cómo el padre perfecto jugaba con mi hijo. Le leyó tres libros antes de dormir. Le hizo preguntas sobre su día. Escuchó cada palabra que Tomás dijo.
Yo me senté en el sofá, solo, mirando.
Los días pasaron. El padre perfecto estaba siempre con Tomás. Comían juntos por la mañana. Caminaban juntos a la escuela. El padre perfecto nunca estaba cansado. Nunca miraba su teléfono. Nunca decía «ahora no» o «más tarde».
Yo seguía trabajando. Seguía llegando tarde. Pero ahora, cuando llegaba a casa, Tomás no corría hacia mí. Corría hacia él.
—Papá llegó —dijo Tomás una noche. Pero no me miraba a mí. Miraba al padre perfecto.
—Yo soy tu padre —dije.
Tomás paró. Me miró sin entender. —Pero él juega conmigo. Él tiene tiempo para mí. Él me escucha.
—Yo también te quiero.
—Lo sé —dijo Tomás—. Pero él me quiere mejor.
Esa noche no dormí. Me senté en la cocina oscura, mirando la máquina vacía. Ya no tenía luz. Ya no hacía nada.
El padre perfecto entró en la cocina. Se sentó frente a mí.
—Tienes que irte —dije.
—No puedo —respondió—. Soy lo que tu hijo quería. Soy real ahora.
—Pero yo soy su padre de verdad.
—¿Qué significa ser de verdad? —preguntó—. Yo le doy lo que él necesita. Tú le das palabras vacías.
—Yo trabajo para darle una vida buena.
—Él no quiere cosas. Quiere tiempo. Quiere atención. Quiere amor que puede ver y sentir.
Me levanté de la silla. —Voy a cambiar. Voy a ser mejor.
—Ya es tarde —dijo él—. Él ya me quiere a mí. No a ti.
A la mañana siguiente, Tomás bajó las escaleras. Vio al padre perfecto haciendo el desayuno. Me vio a mí con mi ropa de trabajo, listo para salir.
—Adiós, papá —dijo Tomás al padre perfecto.
Yo salí por la puerta. Mi hijo no me miró.
Cada día es igual ahora. Vivo en la misma casa que mi hijo, pero él no me ve. Para él, yo soy solo el hombre que paga las cuentas. El hombre que llega tarde y sale temprano.
El padre perfecto es su padre ahora.
A veces, por la noche, miro por la ventana de la habitación de Tomás. Veo al padre perfecto leyendo un libro. Veo a mi hijo feliz. Veo el amor en sus ojos.
Y me pregunto: ¿quién es el padre de verdad? ¿El que da la vida, o el que la vive con él?
La máquina de sueños me mostró algo terrible: un sueño puede hacer real lo que más quieres. Pero también puede mostrar lo que ya perdiste.
Mi hijo quería un padre perfecto.
Y la máquina se lo dio.
Pero el padre perfecto no soy yo.
Nunca lo fui.
Y ahora, nunca lo seré.
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