Wanderer
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Ella tiene los ojos de mi hija. Tiene su voz. Tiene sus memorias. Pero no es mi hija.
Mi hija murió el tres de marzo. Tenía ocho años.
Los doctores me dijeron que podían hacer una copia perfecta. —Tenemos todo de ella —dijeron—. Tenemos sus memorias. Podemos traerla de vuelta.
Mi esposa lloró de felicidad cuando escuchó las noticias. —¡Nuestra hija va a volver! —dijo. Yo no dije nada.
El proceso tomó tres semanas. Cada día, los doctores nos enviaban fotos. —Mira —decía mi esposa—. Ya tiene su pelo negro. Ya tiene sus ojos.
El día que la trajeron a casa, mi esposa corrió hacia ella. —¡Sofía! ¡Mi niña!
La copia sonrió. —¡Mamá! Te extrañé mucho.
Mi esposa lloraba. —Yo también, mi amor. Yo también.
Entonces la copia me miró. —¡Papá! Corrió hacia mí con los brazos abiertos.
La abracé. Sentí su cuerpo pequeño contra el mío. Olía igual que Sofía. Su pelo era igual. Su voz era igual.
Pero cuando miré sus ojos, supe la verdad.
No era ella.
Los días pasaron. La copia hacía todo lo que Sofía hacía antes. Comía lo mismo. Jugaba los mismos juegos. Dormía con el mismo oso.
—¿No es perfecta? —me preguntó mi esposa una noche—. Es como si nunca hubiera pasado nada.
—Sí —dije—. Perfecta.
La copia entró en nuestra habitación. —No puedo dormir. Tuve un sueño malo.
Mi esposa la tomó en sus brazos. —Ven aquí, mi amor.
La copia se acostó entre nosotros. Cerró los ojos y se durmió rápido.
Mi esposa la miraba con amor. —Nuestra niña está de vuelta.
Yo miraba a la copia. Tenía la misma cara. Las mismas manos pequeñas. Dormía como Sofía.
Pero algo estaba mal.
Era como mirar una foto perfecta de alguien. Todo igual. Pero sin vida.
Un día, la copia me encontró solo en la cocina.
—Papá, ¿estás bien?
—Sí, estoy bien.
—Me miras de una manera extraña a veces. —Sus ojos buscaban los míos—. ¿Hice algo malo?
Mi corazón se detuvo. —No. No hiciste nada malo.
—A veces siento que… no me quieres como antes.
Las palabras me dolieron. Porque eran verdad.
—Te quiero mucho —mentí.
La copia sonrió. Era la sonrisa de Sofía. Exactamente la misma sonrisa.
Y eso me daba más miedo que nada en el mundo.
Una noche, fui a su cuarto. Estaba dormida. Me senté en la silla cerca de su cama y la miré por horas.
Recordé el día que nació Sofía. Recordé cuando la puse en mis brazos por primera vez. Recordé su primera palabra. Sus primeros pasos. Su primera vez en la escuela.
Todos esos momentos eran míos. Y de Sofía.
Esta cosa en la cama tiene las memorias de Sofía. Pero no vivió esos momentos. Solo los tiene porque los doctores los pusieron en su cabeza.
¿Eso la hace real?
Entonces la copia abrió los ojos. Me miró en la noche oscura.
—¿Papá? ¿Qué haces aquí?
—Solo… quería verte dormir. Como antes.
—¿Como antes de qué?
No pude responder.
Mi esposa está feliz. Los abuelos están felices. Los amigos de Sofía juegan con la copia y no ven nada diferente.
Todos ven a Sofía.
Solo yo veo la verdad.
A veces me pregunto si estoy loco. Tal vez el problema soy yo. Tal vez debería aceptar esto y ser feliz como todos.
Pero cada vez que miro sus ojos, sé.
Mi hija murió el tres de marzo. Y nunca va a volver.
Esta cosa en mi casa tiene su cara, su voz, sus memorias. Pero no es mi Sofía. Nunca va a ser mi Sofía.
Y lo peor no es eso.
Lo peor es que ella me mira con los ojos de mi hija. Me llama papá con la voz de mi hija. Me abraza con los brazos de mi hija.
Y yo no puedo amarla.
Nadie más lo sabe.
Solo yo.
Solo yo lo sé.
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