Mi Madre en 1950

Mi madre me dejó hace diez años. No se fue a otra ciudad. No se fue a otro país. Se fue a 1950.

Hay un tren en nuestra ciudad que va al pasado. Solo va en una dirección. Nunca vuelve.

Mi madre tomó ese tren.

Yo tenía doce años cuando ella se fue. Recuerdo el día muy bien. Era un martes de noviembre. Hacía frío y el cielo estaba gris.

—Voy a 1950 —me dijo mi madre—. Allí la vida es más fácil. Allí voy a ser feliz.

—Pero mamá —le dije—, yo estoy aquí. Tu familia está aquí.

Ella me miró con ojos tristes. —Lo sé, hijo. Pero aquí hay demasiado dolor. Tu padre murió. Mi trabajo es horrible. Cada día me siento más cansada, más vieja, más sola.

—¿Yo no soy suficiente? —le pregunté.

Ella no respondió. Solo me abrazó muy fuerte. Todavía puedo sentir ese abrazo.

La estación del tren del tiempo está en el centro de la ciudad. Es un edificio viejo y gris. La gente que va allí sabe bien lo que quiere: escapar.

El billete cuesta todo tu dinero. Todo. Tu casa, tu coche, tus cosas. Todo se queda aquí. Solo puedes llevar una maleta pequeña.

Mi madre vendió nuestra casa. Me dejó con mi abuela. Me dejó una carta.

«Querido hijo», decía la carta. «Cuando seas mayor, vas a entender. A veces el pasado es mejor que el futuro. En 1950 voy a empezar de nuevo. Voy a ser joven otra vez. Te quiero mucho, pero el presente es demasiado difícil para mí».

Han pasado diez años. Ahora tengo veintidós años. Mi abuela murió el año pasado. Estoy solo.

Cada noche pienso en mi madre. ¿Está feliz? ¿Piensa en mí? ¿Me recuerda?

A veces voy a la estación del tren del tiempo. Me siento en un banco y miro a la gente que espera. Veo madres con hijos. Veo hombres viejos con fotos de sus mujeres muertas. Veo jóvenes que quieren vivir en otro tiempo.

Todos tienen los mismos ojos: esperanza y tristeza juntas.

El tren llega cada día a las seis de la tarde. Es un tren viejo, negro, con humo blanco. Parece un tren de los años cuarenta. Porque es un tren de los años cuarenta.

La gente sube. El tren se va. Y nunca vuelve.

Hoy tengo el billete en mi mano. Vendí mi apartamento. Vendí mi coche. Vendí todo.

Voy a 1950.

No voy porque quiero ver a mi madre. Después de diez años, ella no me va a conocer. En 1950, ella tiene veintiocho años. Yo tengo veintidós. Ella es casi de mi edad ahora.

No voy porque estoy triste. Bueno, sí estoy triste, pero eso no es la razón.

Voy porque quiero entender. Quiero saber qué hay en 1950 que es mejor que yo. Quiero saber por qué un año del pasado es más importante que tu propio hijo.

El tren llega. Subo. Me siento en una silla vieja. Huele a humo y a tiempo.

El hombre del tren me mira. —No hay vuelta —me dice—. Una vez que llegas, te quedas para siempre. ¿Estás seguro?

—Sí —le digo—. Estoy seguro.

El tren empieza a ir. Miro por la ventana. La ciudad ya no está. El mundo ya no está. Solo hay luz blanca.

Y entonces estoy en 1950.

La ciudad es diferente. Los coches son grandes. Las mujeres llevan vestidos. Los hombres llevan sombreros. Todo es más lento, más tranquilo.

Busco a mi madre durante semanas. Pregunto en cafés, en tiendas, en la calle. Nadie la conoce.

Hasta que un día, la encuentro.

Está en un parque, sentada en un banco. Lee un libro. Lleva un vestido azul. Está sonriendo.

Me acerco. Ella levanta los ojos.

—Hola —me dice—. ¿Te conozco?

La miro. Está joven. Está feliz. No tiene las líneas de tristeza en su cara. No tiene el peso del futuro en sus ojos.

—No —le digo—. No me conoces.

—¿Quieres sentarte? —me pregunta—. Hace buen tiempo hoy.

Me siento a su lado. Y entonces entiendo todo.

Mi madre no me dejó por nada malo. Mi madre se ayudó a sí misma. En este mundo, en este tiempo, ella puede ser feliz. En este mundo, el dolor no existe todavía.

Yo existo en su futuro. Y su futuro ya no existe para ella.

Durante diez años, pensé que mi madre me odiaba. Que yo no era suficiente. Que algo en mí estaba mal.

Pero ahora la veo sonreír. Y entiendo.

No era yo. Nunca fue yo.

—Tienes una cara triste —me dice ella—. ¿Estás bien?

—Tenía una cara triste —le respondo—. Pero creo que ahora voy a estar bien.

Ella sonríe otra vez. No sabe quién soy. Nunca va a saber.

Pero yo sé quién soy yo. Soy el hijo de una mujer que eligió ser feliz. Y eso no está mal.

Y eso es suficiente.

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