La Puerta Siete

Hay siete puertas en mi casa. Seis se abren. Una no. Esa puerta cambió mi vida para siempre.

Mi familia y yo llegamos a nuestra nueva casa en marzo. Era una casa vieja, grande y bonita. Tenía muchas habitaciones, un jardín pequeño y siete puertas.

Seis puertas se abrían sin problema. Pero la puerta número siete, al final del camino largo, no se abría nunca.

—No te preocupes —dijo mi padre—. Es una puerta vieja. Vamos a llamar a alguien para abrirla.

Pero las semanas pasaron y nadie vino. Mi padre estaba muy ocupado con su trabajo. Mi madre estaba ocupada con mi hermana pequeña. Y yo no podía dejar de pensar en esa puerta porque cada día parecía llamarme.

Cada noche, cuando mi familia dormía, yo caminaba hacia la puerta siete. Ponía mi mano sobre ella. Estaba fría. A veces, escuchaba algo al otro lado. Algo muy bajo, como pasos. Como voces.

—Es el viento —me decía—. Solo es el viento.

Un día, mientras mi familia estaba en el parque, encontré algo en el jardín. Era una cosa pequeña de metal, negra, cerca de un árbol. Sabía que podía abrir la puerta siete porque tenía la forma de una puerta.

Mi corazón iba muy rápido mientras subía las escaleras. El camino estaba sin luz. La puerta siete esperaba al final.

Puse el metal en la puerta. Lo moví. Y la puerta se abrió.

Dentro había otra casa. Era igual a mi casa. Las mismas cosas en las mismas partes. Las mismas ventanas, la misma luz del sol entrando por el salón. Todo era igual.

Pero algo estaba muy mal.

Caminé hacia la cocina. Había comida sobre la mesa porque alguien había estado comiendo hace poco. Tres platos con comida fría. Tres vasos con agua.

Entonces vi las fotos. Eran fotos de mi familia. Mi padre, mi madre, mi hermana. Y yo. Éramos nosotros, pero había algo diferente en nuestros ojos. Algo triste. Algo sin vida.

Escuché algo en el salón. Después, nada.

Caminé hacia allí. Cada paso era difícil porque mi cuerpo quería correr, pero mis piernas no podían parar.

El salón estaba lleno de luz. Y allí, en el piso, vi a mi familia.

Mi padre estaba cerca de la ventana. Mi madre estaba junto al sofá. Mi hermana pequeña estaba entre ellos, con su vestido azul.

No se movían. No hacían nada. Sus ojos estaban abiertos, mirando hacia arriba. Sin vida.

Quise gritar, pero no pude. Quise correr, pero mis pies no podían moverse.

Entonces, escuché una voz atrás.

—Tú no deberías estar aquí.

Me volví. Y me vi a mí mismo.

Era yo. Igual. La misma cara, el mismo pelo, la misma ropa. Pero sus ojos estaban vacíos. Negros como la noche.

—Yo los maté —dijo el otro yo—. Porque ellos no eran reales. Esta no es su casa. Esta es mi casa.

—No entiendo —dije con voz pequeña.

—Hay muchas casas —dijo mientras caminaba hacia mí—. Muchas puertas. Muchas familias. Muchos tú. Cuando abres una puerta, encuentras otra vida. Pero no todas las vidas son buenas.

Miré hacia la puerta siete. Todavía estaba abierta. Podía ver mi camino, mi casa, mi vida.

—¿Por qué me dices esto? —pregunté.

El otro yo mostró una sonrisa. Pero no era felicidad de verdad. Era frío.

—Porque quiero tu casa —dijo—. Quiero tu familia. La mía ya no tiene vida. Necesito otra.

Corrí. Corrí más rápido que nunca en mi vida. Pasé por la puerta siete y la cerré con fuerza mientras escuchaba sus pasos atrás. Moví el metal y lo saqué de la puerta.

Mi corazón iba tan rápido que no podía pensar. Mis manos no paraban de moverse.

Al otro lado de la puerta, escuché algo. Después, una voz que era igual a la mía.

—Abre la puerta. Sé que estás ahí. Solo quiero hablar.

No respondí. Bajé las escaleras corriendo. Salí al jardín y puse el metal bajo el árbol donde lo había encontrado.

Cuando mi familia llegó a casa, no les dije nada porque no podía explicarlo. ¿Cómo podía decirlo?

Han pasado tres meses. La puerta siete sigue cerrada. Pero cada noche, cuando todos duermen, escucho algo. Escucho mi propia voz al otro lado.

—Abre la puerta. Por favor. Solo quiero entrar.

Y a veces, cuando me miro en el espejo, mis ojos parecen un poco más negros. Un poco más vacíos.

Ayer, encontré el metal otra vez. Estaba sobre mi cama.

Yo no lo puse ahí.

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