Wanderer
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Cada noche, Elena dice dos palabras que pueden salvar una vida. «Hasta mañana».
Su hombre, Marcos, está enfermo. Muy enfermo. Los médicos no saben qué tiene. Solo saben que cada día es más difícil para él. Elena lo sabe también. Por eso cada noche dice esas palabras. «Hasta mañana, mi amor». Es lo único que ella puede dar.
Ella se levanta temprano todas las mañanas. Camina hasta la ventana y mira el sol. Luego va a la cocina y hace café. El café llena la casa. Es el mismo café de hace veinte años, cuando se conocieron.
Elena recuerda ese día. Marcos trabajaba en una tienda pequeña. Ella entró a comprar pan. Sus ojos se encontraron. Él le dio una sonrisa grande. Ella sintió algo en el corazón que nunca había sentido antes.
—¿Quieres café? —le preguntó él ese día.
—Sí —dijo ella.
Y ese fue el principio de todo.
Ahora Elena lleva el café a la habitación. Marcos está en la cama, como siempre. Sus ojos están cerrados. Ella se sienta a su lado y espera.
—Buenos días, mi amor —dice ella.
Él abre los ojos poco a poco. —Buenos días.
Ella le da el café. Él bebe un poco. Cada día bebe menos. Elena lo ve, pero no dice nada. No quiere que él sepa que ella tiene miedo.
—¿Cómo te sientes hoy? —pregunta ella.
—Bien —dice él. Siempre dice lo mismo. No es verdad, pero es por amor.
Los días pasan. Algunos son buenos. Marcos puede sentarse en el jardín y mirar los pájaros. Otros días son malos. Él no puede levantarse de la cama.
Una noche de lluvia, Elena está muy cansada. Ha sido un día difícil. Marcos no ha comido nada. No ha hablado mucho. Ella siente que algo está mal.
Se sienta en la silla junto a la cama. Mira a Marcos dormir. Su cara está blanca. Elena siente el miedo en su corazón. Él parece tan débil.
Quiere decir las palabras. «Hasta mañana». Pero está tan cansada. Sus ojos se cierran solos. El sueño llega antes que las palabras.
Cuando Elena abre los ojos, hay luz en la ventana. Es de mañana. Mira la cama.
Marcos no se mueve.
—¿Marcos?
Nada.
—¿Mi amor?
No hay respuesta.
Elena siente que el mundo se para. Se acerca a él. Pone su mano en la de él. Está fría.
—No —dice ella. Sus ojos se llenan de agua. —No, no, no…
Todo el miedo de tres años sale de su corazón. Todas las noches de espera. Todos los «hasta mañana» que no querían decir adiós.
—Te quiero —dice ella—. Te quiero, te quiero, te quiero…
Y entonces, Marcos abre los ojos.
Elena no puede creer lo que ve. Él la está mirando. Hay una sonrisa pequeña en su boca.
—Ayer no lo dijiste —dice él.
—¿Qué?
—No dijiste «hasta mañana». Tenía que saber si vendrías a verme.
Ella lo mira. Hay agua en sus ojos todavía, pero ahora es diferente. Ahora es alegría.
—Pensé que… —ella no puede terminar.
—Lo sé —dice él—. Pero no puedo ir sin escuchar esas palabras. Son lo único que me tiene aquí.
Elena se acerca. Pone sus brazos a su lado, poco a poco, como si él fuera lo más importante del mundo. Porque lo es.
—Hasta mañana —dice ella.
—Hasta mañana —responde él.
Y en ese momento, Elena sabe algo. No importa cuántos días tienen. Cada «hasta mañana» es una promesa. Cada noche juntos es un regalo.
Esa noche, antes de dormir, Elena dice las palabras. Y la noche siguiente. Y la siguiente.
Porque mientras pueda decir «hasta mañana», hay un mañana.
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