Los Dos Desconocidos

Ocho horas. Eso era todo el tiempo que Ana tenía para cambiar su vida.

El tren salió de la estación a las siete de la mañana. Ana encontró su asiento cerca de la ventana y puso su maleta arriba. Un hombre joven se sentó a su lado. Tenía ojos negros y una sonrisa tranquila.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días —respondió Ana.

Durante la primera hora, los dos miraron por la ventana sin hablar. El tren pasaba por campos verdes y pequeños pueblos. Ana pensaba en su vida en la ciudad, en su trabajo que no le gustaba, en sus días siempre iguales.

—Hace un día bonito —dijo el hombre.

—Sí —dijo Ana—. Me gusta ver las montañas desde aquí.

—A mí también. Voy a visitar a mi abuela. Vive sola en un pueblo pequeño.

—Qué bueno. Yo voy a una entrevista de trabajo. Quiero cambiar mi vida.

Él la miró con interés. —Cambiar la vida es difícil. Pero a veces es necesario.

Empezaron a hablar. Al principio, de cosas pequeñas: el tiempo, la comida del tren, los libros que les gustaba leer. Pero después, las palabras se hicieron más importantes.

—Tengo miedo —dijo Ana—. Tengo treinta años y no sé qué quiero hacer con mi vida.

—Yo tengo treinta y dos —dijo él—. Y entiendo ese miedo. El año pasado, terminé con una mujer después de cinco años. Pensaba que iba a estar con ella para siempre.

—Lo siento mucho.

—Gracias. Pero ahora creo que fue lo mejor. No éramos felices. Solo teníamos miedo de estar solos.

Ana sintió algo en su corazón. Este hombre entendía cosas que sus amigos no entendían.

—Yo también tuve algo así —dijo ella—. Dos años con alguien que no me veía realmente. Cuando terminó, sentí mucho dolor. Pero también sentí que podía ser libre.

Las horas pasaron rápido. Hablaron de sus sueños: él quería escribir un libro, ella quería viajar por el mundo. Hablaron de sus miedos: él tenía miedo de no ser suficiente, ella tenía miedo de perderse a sí misma.

—Nunca hablo de estas cosas —dijo Ana—. Ni con mis mejores amigos.

—Yo tampoco. Pero contigo es diferente. Es como si te conociera de toda la vida.

El sol bajaba por el cielo. Las luces del tren se encendieron. Afuera, el mundo se hacía negro, pero dentro, Ana sentía una luz buena en su corazón.

—Me gusta mucho hablar contigo —dijo él.

—A mí también me gusta hablar contigo —dijo Ana—. Mucho.

Sus manos estaban cerca sobre el asiento. Casi se tocaban, pero no del todo. Era un espacio pequeño, lleno de esperanza.

El tren empezó a ir más lento. Una voz anunció la última estación.

—Ya llegamos —dijo él.

Ana miró por la ventana. Las luces de la ciudad brillaban en la noche. Ocho horas habían pasado como ocho minutos.

—Fue muy bueno conocerte —dijo ella.

—Para mí también —dijo él.

Se miraron a los ojos por un momento largo. Ana quería decir algo más, pedir su número de teléfono, su nombre completo. Pero las palabras no salieron. El momento pasó.

Las puertas del tren se abrieron. La gente empezó a bajar. Él tomó su maleta.

—Buena suerte con tu entrevista —dijo.

—Buena suerte con tu abuela —dijo Ana.

Y así, él bajó del tren y desapareció entre la gente.

Ana se quedó sentada un momento más. ¿Cómo pudo pasar todo un día hablando con alguien sin preguntar su nombre? Era algo que no podía creer. Pero había pasado.

Los meses siguientes, Ana pensaba en él a veces. En el autobús, en el trabajo, antes de dormir. Se preguntaba qué estaría haciendo, si pensaba en ella también, si había escrito su libro.

Un año después, Ana volvió a tomar el mismo tren. No sabía por qué, pero sentía que tenía que hacerlo. Se sentó en el mismo asiento, cerca de la ventana.

El tren salió de la estación. Ana miró las montañas, los campos verdes, los pequeños pueblos. Todo era igual que antes.

Entonces, una voz familiar dijo: —Buenos días.

Ana se volvió. Era él. Los mismos ojos negros. La misma sonrisa tranquila.

—Buenos días —dijo Ana, con el corazón latiendo rápido.

—No puedo creerlo —dijo él.

—Yo tampoco.

Él se sentó a su lado. Por un momento, ninguno de los dos habló. Luego, él dijo:

—Esta vez, voy a empezar de otra manera. Me llamo David.

Ana sonrió. Era la sonrisa más grande de su vida.

—Me llamo Ana. Y tengo ocho horas para conocerte mejor.

David tomó su mano. Esta vez, el espacio entre ellos desapareció.

—Yo también —dijo él—. Y esta vez, no voy a hacer el mismo error.

El tren siguió su camino hacia el norte. Y dos personas que ya no eran desconocidos empezaron su historia de nuevo.

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