La Maleta

La maleta no era suya. Elena lo supo en el momento en que la abrió.

El aeropuerto estaba lleno de gente. Elena caminaba rápido porque su vuelo salía en una hora. Estaba cansada después de una semana de trabajo en otra ciudad.

Llegó a la zona de equipaje y esperó. Las maletas empezaron a pasar. Vio una maleta negra, igual que la suya. La tomó sin pensar.

En el coche, abrió la maleta para buscar su teléfono. Pero dentro había cosas que no eran suyas. Ropa de hombre. Un libro viejo. Y muchos papeles con palabras escritas a mano.

Muchos papeles.

Elena tomó uno y lo abrió. Las palabras eran bonitas. Empezó a leer:

«Mi querida Elena…».

Se quedó sin aire. Era su nombre. Leyó más:

«Te veo cada día cuando sales de tu edificio. Tienes el pelo negro y los ojos más bonitos del mundo. Siempre llevas un abrigo azul. No sé cómo hablarte. No sé cómo decirte que vives en mi corazón».

El corazón de Elena iba muy rápido. Miró la dirección. Era su calle. Su edificio. Apartamento cuatro B.

Ella vivía en el cuatro A.

Sus manos temblaban cuando abrió otro papel:

«Hoy te vi en el supermercado. Comprabas manzanas y sonreías mientras escuchabas música. Quería hablar, pero las palabras no salían de mi boca. Soy un tonto».

Elena pensó en todos los días que había salido de su apartamento. Alguien la miraba. Alguien la conocía. Alguien la quería.

Abrió otro papel:

«Esta noche escuché tu música. Tocas muy bien. Me quedé en el suelo, cerca de la pared, solo para escuchar. Tu música es lo más bonito que conozco».

Elena sintió algo en su cara. Algo como agua. Nadie sabía que ella tocaba música en las noches. Era algo que hacía solo para ella.

Pero él lo sabía.

El último papel decía:

«Mañana me voy. Tengo un nuevo trabajo en otra ciudad. Nunca te dije nada, y ahora es demasiado tarde. Estos papeles son todo lo que tengo. Los llevo porque no puedo dejarlos. Son mi corazón en papel».

Elena miró por la ventana del coche. La ciudad pasaba rápido. Tenía que encontrar a este hombre.

—Perdón —le dijo al hombre del coche—. Necesito ir a otra dirección.

Veinte minutos después, estaba frente a su edificio. Subió las escaleras corriendo. Llegó al apartamento cuatro B y llamó a la puerta.

Nadie respondió.

Llamó otra vez, más fuerte.

Nada.

Un hombre viejo abrió la puerta de al lado.

—El joven del cuatro B se fue esta mañana —dijo—. Tenía un vuelo.

Elena bajó las escaleras. Se sentó en el último escalón con la maleta entre las manos. Los papeles eran bonitos, pero llegaron demasiado tarde.

Entonces escuchó una voz.

—Perdón, pero creo que tienes mi maleta.

Elena se levantó y se dio la vuelta. Un hombre joven estaba allí. Tenía el pelo negro y ojos verdes. Llevaba su maleta negra.

—Yo… leí los papeles —dijo Elena. Su voz era muy baja—. Lo siento.

El hombre se puso rojo. Miró al suelo.

—No era mi plan —dijo él—. Nunca quise que los leyeras así.

—¿Por qué nunca me hablaste?

Él levantó los ojos.

—Porque tenía miedo. Miedo de que no sintieras lo mismo. Miedo de perder la idea de estar cerca de ti.

Elena dio un paso hacia él.

—Me viste cada día durante meses. Escuchaste mi música. Escribiste cosas bonitas sobre mí. Y nunca dijiste nada.

—Lo sé —dijo él—. Soy un hombre sin valor.

—No —dijo Elena—. Eres un hombre con mucho amor.

Ella sonrió.

—Me llamo Elena, pero eso ya lo sabes. ¿Cómo te llamas tú?

—Marcos.

—Bueno, Marcos. Tu vuelo ya salió. El mío también. Creo que esto significa que debemos tomar un café juntos.

Marcos la miró sin poder creer lo que escuchaba.

—¿De verdad?

Elena tomó su mano.

—De verdad. Pero esta vez, tienes que hablar. Nada de papeles.

Caminaron juntos hacia la cafetería de la calle. El sol de la tarde les daba luz. Dos maletas negras, dos personas que casi se pierden.

Pero no se perdieron. La maleta que no era suya le dio todo lo que siempre quiso encontrar.

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