Wanderer
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La lluvia cae sobre su cara, pero Elena no se mueve. Mira el puente viejo y piensa en un hombre que no ha visto en veinte años.
Hoy es su cumpleaños. Hoy tiene cuarenta años. Y hace veinte años, hizo una promesa.
Eran jóvenes. Eran tontos. Eran perfectos juntos.
—Si los dos estamos solos a los cuarenta —dijo Marcos ese día—, nos encontramos aquí. En este puente. A las ocho de la noche.
Elena se rió. —Eso es imposible.
—Es una promesa —dijo él—. ¿La aceptas?
Ella lo miró a los ojos. Ojos del color del café. Ojos que conocía mejor que los suyos.
—La acepto —dijo ella.
Pero la vida tiene sus propios planes. Marcos se fue a estudiar a otra ciudad. Elena se quedó. Él conoció a otra mujer. Elena conoció a otro hombre. Se casaron. Tuvieron hijos. Vivieron sus vidas.
Y ahora Elena está sola otra vez. Su esposo murió hace tres años. Sus hijos viven lejos. Y hoy es el día.
Son las ocho de la noche. La lluvia no para. Elena lleva un vestido azul. Azul era el color favorito de Marcos. ¿Por qué lo recuerda? ¿Por qué está aquí?
Ella mira el río. El agua está negra. Como sus pensamientos.
«Él no va a venir», se dice a sí misma. «Han pasado veinte años. Él no recuerda. Nadie recuerda una promesa así».
Pero ella espera.
Pasan diez minutos. Veinte. Treinta.
La lluvia cae más fuerte. El vestido azul está muy mojado. Elena tiene frío.
«Soy una tonta», piensa. «Una tonta de cuarenta años esperando a un hombre que ya no existe».
Una hora. Nadie viene. El puente está vacío. Solo Elena y la lluvia y las luces de la ciudad.
Ella respira lento. Es hora de irse. Es hora de olvidar. Es hora de aceptar que algunas historias no tienen un final feliz.
Elena se da la vuelta para caminar hacia su coche.
Y él está ahí.
Marcos está detrás de ella. Tiene una rosa roja en la mano. Su pelo está mojado. Sus ojos son los mismos. Del color del café. Llenos de algo que ella conoce.
—Estoy aquí desde las doce del día —dice él.
Elena no puede hablar. Su corazón late tan rápido que duele.
—¿Las doce? —pregunta ella—. Pero dijimos a las ocho.
—Lo sé —dice Marcos—. Pero no podía esperar más. Llevo veinte años esperando este día.
La lluvia cae entre ellos. Pero ninguno de los dos se mueve.
—Pensé que no ibas a venir —dice Elena. Las lágrimas caen con la lluvia en su cara.
—Pensé lo mismo —dice él—. Pero aquí estamos.
—Aquí estamos —dice ella.
Marcos da un paso hacia ella. —He pensado en ti cada día. En cada ciudad. En cada momento. Mi esposa y yo nos separamos hace cinco años. Y desde entonces, solo podía pensar en una cosa.
—¿En qué?
—En este puente. En esta noche. En ti.
Elena toma la rosa. Sus dedos tocan los de él. Están fríos. Mojados. Pero se sienten bien.
—Tenemos cuarenta años —dice ella—. Ya no somos jóvenes.
—No —dice Marcos—. Pero tenemos el resto de nuestras vidas.
Ella sonríe. Por primera vez en mucho tiempo, sonríe de verdad.
—¿Por qué una rosa roja? —pregunta.
—Porque el rojo es para el amor —dice él—. Y porque es la misma rosa que quería darte hace veinte años. Pero ese día no fui fuerte.
—¿Y ahora eres fuerte?
Marcos la mira. Toma su cara entre sus manos. Manos que ella recuerda. Manos que ahora son más viejas, pero son las mismas.
—Ahora soy un hombre que no quiere esperar más —dice—. Veinte años es mucho tiempo.
Y en el puente viejo, bajo la lluvia del día de sus cuarenta años, Marcos la besa.
Es un beso que sabe a lluvia. A promesas que esperaron. A tiempo perdido y tiempo encontrado. A segundas oportunidades.
Cuando el beso termina, Elena se ríe.
—¿Qué? —pregunta él.
—Estamos muy mojados —dice ella.
—Es verdad —dice Marcos—. ¿Te importa?
Elena lo mira. Al hombre que esperó veinte años. Al hombre que llegó a las doce del día porque no podía esperar más. Al hombre que todavía la quiere.
—No —dice ella—. No me importa nada.
Y toma su mano.
Caminan juntos hacia las luces de la ciudad. La lluvia sigue cayendo. Pero ahora es diferente. Ahora la lluvia es parte de su historia. La historia que empezó hace veinte años con una promesa tonta.
Una promesa que los dos recordaron.
Una promesa que los trajo de vuelta al mismo lugar.
Y ahora, a los cuarenta años, su verdadera historia puede empezar.
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