Wanderer
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Nunca ha visto a su vecino, pero lo ama.
Vive sola en un apartamento pequeño en el tercer piso. Su vecino vive al lado. Nunca lo ha visto, pero conoce su música. Canciones tristes y hermosas que entran por las paredes.
Ella se sienta cerca de la pared. Cierra los ojos. Escucha.
Las notas son como agua. Algunas veces rápidas, otras veces lentas. Siempre hermosas. Siempre tristes.
Una noche, ella escribe una nota: «Tu música es hermosa. Gracias».
Pone el papel debajo de su puerta.
No hay respuesta.
Ella espera. Pasan los días. Pero cada noche, a las diez, la música empieza otra vez. Él sigue tocando. Y ella sigue esperando.
Escribe otra nota: «¿Quién eres? Me encanta tu música».
Debajo de la puerta. Como antes.
No hay respuesta.
Ella empieza a pensar en él todo el tiempo. ¿Cómo es su cara? ¿Es joven o viejo? ¿Por qué toca canciones tan tristes? Necesita saber.
Una semana después, escribe: «Creo que tu música me ayuda a dormir. Me siento menos sola cuando tocas».
Debajo de la puerta.
Nada.
Pero esa noche, la música es diferente. Más suave. Más lenta. Como si él también se sintiera solo. Como si hubiera leído sus palabras.
Ella quiere conocerlo. Quiere ver sus manos en las teclas. Quiere saber su nombre. Ya no puede esperar más.
Un día, ella llega a casa del trabajo y ve algo diferente. La puerta de su vecino está abierta. Solo un poco.
El corazón de ella late más rápido.
Camina hacia la puerta. La abre un poco más. Mira dentro.
El apartamento está vacío.
No hay muebles. No hay fotos en las paredes. No hay nada.
Y no hay piano.
Ella entra. Busca en cada habitación. El dormitorio está vacío. La cocina está vacía. El salón donde debería estar el piano… vacío.
No entiende.
¿Cómo puede ser? Ella escucha la música todas las noches. Notas claras, hermosas. Desde este apartamento.
Sale del apartamento vacío. Su cabeza da vueltas. ¿Está loca?
Entonces escucha algo.
Música. Las mismas notas tristes. Pero ahora vienen de… su propio apartamento.
Corre hacia su puerta. La abre.
Y ve.
En medio de su salón hay un piano. Grande y negro. Hermoso.
Ella olvidó. Compró el piano hace tres meses. Lo pidió por internet. La entrega era hoy.
No puede creerlo. El piano que ella compró. Aquí. Ahora.
Hay un hombre sentado en el piano. Es el trabajador que lo entregó. Está tocando las teclas, probando el sonido.
—Perdón —dice él—. Quería asegurarme de que funciona bien.
Ella lo mira. Es joven. Tiene ojos oscuros y manos largas.
—¿Tú… tocas? —pregunta ella.
—Antes tocaba —dice él—. Hace mucho tiempo. Mi madre me enseñó. Pero dejé de tocar cuando ella murió.
Él se levanta. Sus ojos están tristes. Ella mira el piano.
—Todas las noches —dice ella, casi para sí misma—. Escuchaba música. Pensaba que venía del apartamento de al lado.
El hombre la mira con curiosidad.
—El apartamento de al lado está vacío desde hace un año —dice él—. Lo sé porque vine a ver el edificio antes.
Ella se sienta en el banco del piano. Toca una nota. El sonido es familiar. Demasiado familiar.
—Pero yo no sé tocar —dice ella.
El hombre sonríe. Es una sonrisa suave, triste, hermosa.
—Quizás alguien quería enseñarte.
Él camina hacia la puerta. Antes de salir, ve los papeles en la mesa. Las notas que ella escribió.
«Tu música es hermosa».
«Me siento menos sola cuando tocas».
Él las lee. Despacio. Levanta los ojos hacia ella. Hay algo diferente en su mirada ahora. Algo cálido.
—¿Puedo volver mañana? —pregunta—. Para enseñarte a tocar.
Ella siente el corazón lleno de algo nuevo. Esperanza. El principio de algo hermoso.
—Sí —dice ella—. Me gustaría mucho.
Esa noche, ella se sienta frente al piano. Pone los dedos en las teclas. No sabe tocar.
Pero cuando cierra los ojos, sus manos empiezan a moverse solas. Las notas salen. Tristes y hermosas. Exactamente como antes.
Como si alguien la guiara desde dentro. Como si nunca hubiera estado sola.
Mira hacia la pared. Al otro lado, el apartamento está vacío.
Pero ella sonríe. Porque mañana, él va a volver. Y quizás la música que escuchaba todas esas noches era solo su corazón, esperando encontrarlo.
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