Las Cartas de México

Cinco años escribiendo. Nunca se vieron. Y ahora, ella no responde.

La primera carta llegó en marzo. Venía de México.

«Me llamo Elena. Tengo veinte años. Estudio español en tu universidad. Mi maestra me dio tu nombre. Quiere que escribamos juntos».

Marco leyó la carta tres veces. Vivía solo en Madrid. Trabajaba en una tienda de libros. No tenía muchos amigos. Esta carta era algo nuevo. Algo especial.

Escribió su respuesta esa misma noche.

Los meses pasaron. Las cartas llegaban cada semana.

Elena le contaba sobre su vida en Ciudad de México. Sobre el sol. Sobre la comida. Sobre sus sueños. Marco le contaba sobre la lluvia de Madrid. Sobre los libros. Sobre su vida solo.

«A veces me siento invisible aquí», escribió ella en julio.

«Yo también», respondió él. «Pero tus cartas me hacen sentir visto».

El primer año terminó. Después, el segundo.

Las cartas cambiaron. Ya no hablaban solo de libros y ciudades. Hablaban de sentimientos. De esperanzas. De un futuro que tal vez podrían tener juntos.

«¿Cómo eres?» preguntó Elena en una carta.

«Normal. Alto. Pelo negro. Ojos tristes, según mi madre».

«Tus ojos no pueden ser tristes. Tus palabras son tan alegres».

Marco sonrió cuando leyó eso. Nadie le había dicho algo así antes.

El tercer año llegó.

«Quiero conocerte», escribió Marco. «Quiero ver tu cara. Escuchar tu voz».

La respuesta tardó más de lo normal. Tres semanas.

«Tengo miedo», escribió Elena. «¿Y si no soy lo que esperas? ¿Y si no te gusto?»

«Imposible», respondió Marco. «Te conozco. Conozco tu corazón. Eso es todo lo que necesito».

Pero Elena no quiso. Todavía no.

El cuarto año fue difícil.

La madre de Marco enfermó. Elena le escribía todos los días. Palabras de apoyo. De amor. De esperanza.

«Estoy aquí», decía cada carta. «Aunque esté lejos, estoy contigo».

Marco guardaba cada carta en su cama. Las leía cuando no podía dormir. Las palabras de Elena le daban paz.

Su madre mejoró en abril.

«Ella quiere conocerte», escribió Marco. «Dice que la mujer que escribe esas cartas debe ser muy especial».

El quinto año empezó con una promesa.

«Este año», escribió Elena. «Este año nos veremos. Lo prometo».

Marco esperó. Enero. Febrero. Marzo. Las cartas llegaban, pero no había fecha. No había plan.

En abril, una carta diferente llegó.

«Mi abuela está enferma. Tengo que cuidarla. Lo siento, Marco. Pronto. Te lo prometo».

Marco entendió. Esperó más.

Mayo pasó. Junio también.

En julio, no llegó ninguna carta.

Agosto. Nada.

Septiembre. Silencio.

Marco no podía dormir. No podía comer. Leía las viejas cartas una y otra vez. ¿Qué había pasado? ¿Estaba ella bien?

Escribió diez cartas. Ninguna respuesta.

En octubre, tomó una decisión.

Compró un billete de avión. Solo de ida.

El vuelo duró diez horas. Marco no pudo dormir. Tenía la dirección de Elena en la mano. La conocía de memoria hace años.

Ciudad de México era enorme. Muy diferente a todo lo que conocía.

Tomó un coche. Le dio la dirección al hombre.

—Es lejos —dijo el hombre.

—No importa.

La casa era pequeña. Azul. Con flores en la ventana.

Marco caminó hasta la puerta. Su corazón estaba tan fuerte que podía escucharlo.

Tocó.

Esperó.

La puerta se abrió. Una mujer mayor apareció. Tenía los ojos de Elena. Los mismos ojos.

—¿Sí? —dijo la mujer.

—Busco a Elena —dijo Marco. Su voz tenía miedo. —Soy… soy Marco. De España.

La mujer lo miró. Algo cambió en su cara. Tristeza. Sorpresa. Algo más.

—Elena no está aquí —dijo con calma.

El corazón de Marco se paró. No podía ser.

—¿Está bien? ¿Le pasó algo?

La mujer mayor sonrió. Una sonrisa triste y dulce al mismo tiempo.

—Está bien. Pero se fue.

—¿Se fue? ¿A dónde?

La mujer tomó su mano. La tenía entre las suyas.

—Se fue a España. A Madrid. Hace dos meses.

Marco no entendía.

—¿A Madrid? ¿Por qué?

—A buscarte, mijo. Se fue a buscarte a ti.

Marco se quedó quieto. El mundo dejó de moverse.

—Dejó de escribir porque quería decírtelo en persona —continuó la abuela—. No quería más cartas. Quería verte. Quería empezar una vida nueva contigo.

Las lágrimas cayeron por la cara de Marco.

—¿Tiene su dirección en Madrid?

La abuela dijo que no con la cabeza.

—No. Solo dijo que te encontraría. Que después de cinco años, ya era hora.

Marco volvió al aeropuerto. Compró otro billete.

En el avión, miró por la ventana. En algún lugar entre España y México, en algún cielo, Elena volaba hacia él. Y él volaba hacia ella.

Después de cinco años de palabras, ya era hora de algo más.

Marco cerró los ojos. Y sonrió.

Esta vez, se encontrarían.

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