La Florería

Él compró flores para su mujer cada viernes durante cuarenta años. Ella murió. Pero él siguió comprando.

Don Roberto entraba en la tienda de flores cada viernes a las diez de la mañana. Era un hombre viejo con pelo blanco y ojos tristes. Pero cuando miraba las flores, sus ojos cambiaban.

La tienda estaba en una calle pequeña del centro. Una mujer joven trabajaba allí. Su nombre era Elena.

Elena conocía a don Roberto desde hacía tres años. Cada viernes, él pedía lo mismo.

—Buenos días, don Roberto —dijo Elena—. ¿Las flores de siempre?

—Sí, por favor. Rosas rojas. Diez.

Elena tomó las rosas más bonitas. Don Roberto pagó y salió con una pequeña sonrisa.

Así pasaron los viernes. Elena siempre se preguntaba: ¿quién recibe esas flores?

Un día de enero, todo cambió.

Don Roberto entró como siempre. Pero algo era diferente. Sus ojos estaban rojos porque había llorado.

—Don Roberto —dijo Elena—, ¿está bien?

Él no respondió. Solo dijo:

—Las flores, por favor.

Elena preparó las rosas. Cuando él pagó, ella vio que sus manos temblaban.

—¿Puedo ayudar? —preguntó Elena.

Don Roberto la miró. Después de un momento, habló:

—Mi mujer… Carmen… murió hace dos semanas.

Elena sintió un dolor en el corazón.

—Lo siento mucho —dijo—. ¿Las flores eran para ella?

—Sí —dijo él—. Cada viernes, durante cuarenta años. Nunca fallé.

Elena no sabía qué decir. Cuarenta años. Eso era amor de verdad.

—Entonces… ¿por qué sigue comprando flores?

Don Roberto miró las rosas en sus manos.

—Porque no quiero olvidar. Cuando la vea otra vez… quiero recordar cómo hacerlo.

Elena sintió agua en sus ojos. Solo tomó la mano de don Roberto por un momento.

Las semanas pasaron. Don Roberto seguía viniendo cada viernes.

Un viernes, Elena le preguntó:

—¿A dónde lleva las flores ahora?

—A donde está Carmen. Hablo con ella cada viernes. Le cuento sobre mi semana.

—¿Y ella responde?

Don Roberto sonrió.

—No con palabras. Pero el viento mueve las flores. Un pájaro canta. Y yo sé que ella me escucha.

Elena pensó en esto durante días. Ella tenía treinta años. Nunca había conocido un amor así.

—Don Roberto —dijo el viernes siguiente—, ¿cómo conoció a Carmen?

El viejo se sentó cerca de la puerta.

—Fue en una tienda de flores. Como esta. Yo tenía veinte años. Ella trabajaba allí.

—¿Qué pasó?

—Le compré una rosa. Ella sonrió. Ese momento cambió mi vida.

—¿Y después?

—Volví cada día durante un mes. Un día, ella me dijo: «Ya tienes muchas flores. ¿Por qué no me invitas a tomar un café?»

Elena se rió.

—Ella era muy fuerte.

—Muy fuerte. Más que yo. Siempre fue así.

Pasaron más meses. Elena esperaba los viernes con alegría. Don Roberto le contaba historias de su vida con Carmen.

Le habló de cuando se casaron. De los tres hijos que tuvieron. De los viajes que hicieron. Le habló de los problemas también. De los momentos difíciles.

—Pero nunca dejé de comprar las flores —dijo él—. Ni una vez. Eso le decía todo.

Un viernes de octubre, don Roberto no vino.

Elena esperó hasta las once. Después hasta las doce. Él no llegó.

El sábado, Elena cerró la tienda temprano. Tomó diez rosas rojas. Caminó hasta la casa de don Roberto.

La hija de don Roberto abrió la puerta.

—Mi padre está en el hospital. Su corazón…

Elena fue al hospital. Encontró la habitación de don Roberto. Él estaba en la cama, muy blanco pero con los ojos abiertos.

—Elena —dijo con voz débil—. Las flores…

—Las tengo aquí —dijo ella, poniendo las rosas cerca de la cama.

—Gracias. Pero no son para mí.

—Lo sé. Mañana es viernes. Yo las voy a llevar. Se las voy a dar a Carmen.

Don Roberto cerró los ojos. Agua cayó por su cara.

—Dile que voy pronto. Que no tenga miedo. Que tengo muchas historias para ella.

Elena tomó su mano.

—Se lo voy a decir.

Don Roberto murió esa noche. Tranquilo. Con una sonrisa.

El viernes, Elena llevó las rosas a donde estaba Carmen. Puso las flores allí.

—Hola, Carmen —dijo—. Tu hombre te envía estas flores. Como cada viernes. Durante cuarenta años. Y ahora, para siempre.

El viento movió las rosas. Un pájaro cantó.

Elena sonrió con los ojos llenos de agua. Ahora entendía.

El amor de verdad no termina con la muerte. Solo cambia de forma.

Desde ese día, Elena llevó flores allí cada viernes. Diez rosas rojas. Para don Roberto y Carmen. Para recordar que el amor existe. Y que vale la pena esperar por él.

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