El Primer Beso

Cada mañana, Rosa abre los ojos y sabe que su hombre no la va a recordar. El sol entra por la ventana. Tiene muchos años, pero todavía sale de la cama antes que él. Hoy es un día especial. Hoy es como todos los días.

Se sienta en la cama y mira a Miguel mientras él duerme tranquilo. Su pelo es blanco como la nieve. Rosa lo quiere más que nunca.

Pero Miguel no la recuerda.

Hace tres años, los médicos le dijeron la verdad. Miguel tiene un problema en la cabeza. Cada día, pierde un poco más. Cada noche, lo que sabe se va como agua entre los dedos.

Rosa camina hacia la cocina. Hace el café como siempre. Dos tazas. Una con azúcar, otra sin. Después de sesenta años de amor, conoce cada pequeña cosa de su vida juntos.

El problema es que Miguel no conoce nada.

Escucha algo. Alguien viene. Su corazón va rápido. Miguel llega a la puerta de la cocina. Sus ojos la miran con interés. No sabe quién es ella.

—Buenos días —dice Rosa, feliz.

Miguel la mira durante un momento largo. —Buenos días, señora. ¿Quién es usted?

Esta pregunta. La misma pregunta. Cada día. Rosa siente dolor en el corazón, pero sus ojos no se ponen tristes. Ya no.

—Me llamo Rosa —responde ella—. Vivo aquí. Esta es nuestra casa.

Miguel mira la cocina mientras bebe el café. Ve las fotos en todas partes. Fotos de ellos dos, jóvenes y felices. Fotos de sus hijos.

—¿Nuestra casa? —pregunta él.

—Sí —dice Rosa—. Somos hombre y mujer. Desde hace sesenta años.

—No la recuerdo —dice él, triste—. Perdón. Mi cabeza no funciona bien.

—Lo sé —responde Rosa—. Pero no importa. Tenemos todo el día para conocernos otra vez.

Y así empieza, como cada mañana.

Rosa le cuenta historias. Le habla de cuando se conocieron en la plaza del pueblo. Ella tenía veinte años. Él tenía veinte y uno.

—Usted llevaba un vestido azul —dice Miguel de pronto.

Rosa para. Su corazón salta. —¿Qué dijiste?

—No sé. Las palabras vinieron solas —responde él.

A veces pasa esto. Pequeños momentos de luz entre tanta noche. Rosa guarda estos momentos en su corazón porque son importantes para ella.

Después del desayuno, caminan por el jardín. Miguel ve las flores como si las viera por primera vez. Porque para él, es la primera vez.

—Son muy bonitas —dice mientras mira una rosa roja.

—Tú las pusiste aquí —le dice ella—. Dijiste que querías rosas porque mi nombre es Rosa.

Miguel está feliz. —Es un buen nombre. Me gusta.

Pasan la mañana juntos. Rosa le da fotos viejas. Le explica quién es cada persona.

—Tenemos una familia grande —dice Miguel.

—Sí. Y todos te quieren mucho.

—¿Por qué?

—Porque eres un buen hombre. El mejor hombre que he conocido.

Miguel baja los ojos. —No me siento como un buen hombre. No puedo recordar nada. Ni a mi propia mujer.

Rosa toma su mano. —La memoria no es todo. El amor está en el corazón, no en la cabeza.

Llega la tarde. Están sentados en el sofá mientras miran por la ventana. El sol empieza a bajar.

Miguel la mira. Hay algo diferente en sus ojos ahora. Algo nuevo. O tal vez algo muy viejo.

—Rosa —dice él.

—¿Sí?

—No te recuerdo de antes. No recuerdo nuestra vida juntos. No recuerdo nada.

Rosa dice que sí con la cabeza. Quiere que sus ojos no se pongan tristes, pero es difícil.

—Pero —sigue Miguel—, hoy te he conocido. Y eres la mujer más buena que he visto en mi vida. Eres amable. Eres tranquila. Eres bonita.

—Cada día abro los ojos sin saber quién soy —dice él—. Pero cada día te encuentro a ti. Y cada día, siento amor por ti otra vez.

Los ojos de Rosa están tristes y felices al mismo tiempo. No puede parar.

—¿Puedo darte un beso? —pregunta Miguel.

Rosa sonríe entre la tristeza y la felicidad. —Puedes darme un beso siempre que quieras.

Miguel se acerca. Su boca toca la de ella. Es un beso bueno y pequeño. Para él, es el primer beso. Para Rosa, es el beso número veinte mil. Y los dos son buenos.

Cuando se separan, Miguel está feliz.

—Creo que siento amor por ti, Rosa.

—Yo también siento amor por ti, Miguel. Otra vez.

Mañana, él no va a recordar este momento. Mañana, ella va a tener que decirle su nombre de nuevo.

Pero también mañana, él va a sentir amor por ella otra vez. Le va a dar un beso como si fuera la primera vez. Porque para él, siempre es la primera vez.

Y Rosa va a esperar ese momento. Como cada día. Porque cada primer beso con Miguel es un regalo que nunca termina.

El amor de verdad no necesita memoria. Solo necesita un corazón que sepa querer.

Cada día es el primer día.

Y cada beso es el primer beso.

Para siempre.

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