Wanderer
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Nunca la había visto. Pero la quería más que a nadie en el mundo.
El primer mensaje llegó en marzo. Yo tenía veinte años y vivía en Madrid. Ella tenía veinte también y vivía en México.
«Hola. Me llamo Elena. Encontré tu nombre en una lista de personas que quieren escribir. Yo también quiero escribir. Espero tu respuesta».
Yo le escribí esa misma noche.
«Hola, Elena. Me llamo Daniel. Vivo en España, en Madrid. Trabajo en una tienda de libros. Me gusta leer y escribir. Cuéntame de tu vida».
Dos semanas después, llegó su respuesta.
«Daniel, trabajo en un hospital. Soy enfermera. Me gusta ayudar a las personas. También me gusta la música y caminar por la playa. México tiene playas muy bonitas. ¿España también tiene playas?»
Así empezó todo.
Los mensajes venían cada mes. Luego cada dos semanas. Luego cada semana. Yo esperaba sus palabras como esperaba el sol después de la lluvia.
Elena me hablaba de su vida. Me hablaba de su madre, de su trabajo, de sus sueños. Ella quería ver el mundo. Quería ver París, Roma, Madrid.
«Algún día voy a ir a Madrid», escribió ella. «Algún día te voy a ver».
Yo le hablaba de mi vida también. Le hablaba de la lluvia de Madrid, de los libros que leía, de las personas que entraban en mi tienda.
«Algún día vas a ir a México», escribió ella. «Algún día me vas a ver».
Pero nunca fuimos. Siempre había algo. Dinero. Trabajo. Tiempo. Siempre mañana. Siempre después.
Los años pasaron. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco años de mensajes. Cinco años de palabras en papel. Cinco años de esperar.
Yo conocía su corazón mejor que su cara. Conocía sus miedos y sus sueños. Conocía lo que la hacía feliz y lo que la hacía triste. Pero nunca había visto sus ojos.
Un día, los mensajes dejaron de llegar.
Esperé una semana. Nada. Esperé un mes. Nada. Le escribí tres veces. Cuatro. Cinco. Ninguna respuesta.
¿Estaba enferma? ¿Estaba enfadada? ¿Ya no quería escribir? Mi cabeza estaba llena de preguntas. Mi corazón estaba lleno de miedo.
Después de tres meses sin noticias, supe lo que tenía que hacer. Compré un billete de avión. Fui al aeropuerto. Subí al avión.
El vuelo duró diez horas. No dormí. Solo pensaba en ella. ¿Qué le iba a decir? ¿Me recordaba? ¿Me quería todavía?
Llegué a México por la noche. Tomé un coche a su ciudad. Era pequeña y tranquila. Las calles estaban vacías.
Encontré su casa. Era blanca con una puerta azul. Había flores en las ventanas. Mi corazón iba muy rápido.
Llamé a la puerta.
Esperé.
La puerta se abrió. Una mujer vieja me miró. Tenía el pelo blanco y los ojos cansados.
—¿Sí? —dijo ella.
—Buenas noches —dije yo—. Busco a Elena. Elena Vega. ¿Ella vive aquí?
La mujer me miró durante un momento largo. Luego su cara cambió.
—Tú eres Daniel —dijo ella—. De España.
—Sí —dije yo—. ¿Cómo lo sabe?
—Ella me hablaba de ti. Siempre me hablaba de ti.
—¿Dónde está? —pregunté—. Necesito verla.
La mujer vieja cerró los ojos un momento.
—Ella ya no vive aquí, hijo.
Mi corazón paró.
—¿Dónde está? —pregunté otra vez.
—Se fue hace tres meses. Dejó todo. Su ropa, sus libros, sus cosas. Solo se llevó los mensajes. Tus mensajes.
—¿A dónde fue?
La mujer me miró con una cara triste pero también feliz.
—A España —dijo ella—. Se fue a España. A buscarte.
No dije nada. No podía hablar. El mundo paró.
—Ella te quiere mucho —dijo la mujer—. Te quería desde el primer mensaje.
Esa noche, no dormí. Llamé a todos mis amigos en Madrid. —¿Han visto a una mujer de México? Se llama Elena. Tiene pelo negro y ojos negros.
Nadie la había visto.
A la mañana siguiente, tomé otro avión. Volví a Madrid. Cada minuto del vuelo me parecía una hora.
Llegué a mi apartamento. Mi mano temblaba cuando puse la llave en la puerta.
Abrí.
Y allí estaba ella.
Estaba en mi sofá. Con una maleta a su lado. Leyendo uno de mis libros.
Elena me miró. Nuestros ojos se encontraron por primera vez. Después de cinco años.
—Hola, Daniel —dijo ella con una sonrisa—. Llegaste tarde. Te estaba esperando.
No dije nada. Caminé hacia ella. Tomé sus manos. Y supe que nunca más iba a dejarla ir.
Cinco años de mensajes. Cinco años de esperar. Cinco años de querer ver este momento.
Y por fin, la distancia había terminado.
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