Wanderer
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Hoy cumple cuarenta años. Está sola en un puente, bajo la lluvia, esperando a un hombre que no ha visto en veinte años.
Veinte años antes, dos jóvenes estaban en este mismo puente.
Ella tenía veinte años. Él también. Eran amigos desde niños, pero querían ser algo más.
—Si los dos estamos solos a los cuarenta —dijo él— volvemos aquí.
Ella se rio. Cuarenta parecía muy lejos. Era imposible pensar en el futuro.
—De acuerdo —respondió ella—. El día de mi cumpleaños. A las seis de la tarde.
Se dieron la mano. Un acuerdo. Una palabra dada.
Después, la vida los llevó por caminos diferentes. Él se fue a otra ciudad por trabajo. Ella se quedó, pero empezó una nueva vida. Se casó. Tuvo hijos. Su hombre la dejó.
Los años pasaron como agua bajo el puente.
Ahora está aquí. Hoy es el día.
Cae agua del cielo. El cielo está gris y las nubes son negras. El agua del río corre rápido bajo el puente.
Ella llega a las cinco y media. Temprano. Tiene miedo de llegar tarde.
Lleva un vestido azul porque es su favorito. También lleva un abrigo negro porque hace frío. El viento pasa por su pelo mojado.
Se siente tonta. ¿Por qué está aquí? Han pasado veinte años. Él seguro olvidó el acuerdo. Seguro tiene mujer e hijos. Una vida feliz sin pensar en ella.
Pero ella no pudo olvidar.
Cada año, en su cumpleaños, pensaba en el puente. Pensaba en él. En sus ojos. En cómo él se reía. En el acuerdo que hicieron cuando eran jóvenes y tontos.
Son las seis. Mira a su alrededor. No hay nadie.
Solo ella, la lluvia, y el río.
—Cinco minutos más —se dice.
Los cinco minutos pasan. Nada.
—Diez minutos más.
Nada. El puente está vacío. Solo pasan coches de vez en cuando.
Sus manos están muy frías. La lluvia cae más fuerte ahora. Su pelo está muy mojado. El frío le entra en los huesos.
Son las seis y media. Siente algo en sus ojos. Quiere llorar. Se siente muy mal.
«Claro que no vino», piensa. «¿Qué esperaba? Es solo un acuerdo de hace veinte años».
Son las siete. Una hora entera esperando en la lluvia.
—Ya basta —dice en voz alta.
Es hora de irse. Es hora de olvidar este acuerdo tonto. Es hora de seguir con su vida.
Se da la vuelta para irse.
Y entonces lo ve.
Está allí. A su espalda. Con el pelo mojado. Su ropa está muy mojada, como si ha estado en la lluvia durante horas.
En su mano tiene una rosa roja.
—He estado aquí desde las doce de la noche —dice él.
Ella no puede hablar. Ahora sí llora, pero no de tristeza.
—¿Desde las doce? —pregunta ella—. Eso fue hace siete horas.
—Tenía miedo de llegar tarde. Así que llegué temprano. Muy temprano.
—Pero son las siete. ¿Por qué no me dijiste que estabas aquí?
Él se ríe un poco. Es la misma risa de hace veinte años.
—Quería ver si venías. Si realmente recordabas. Si todavía sentías algo por mí.
—He pensado en ti todos los días durante veinte años —dice ella.
Él da un paso hacia ella. La lluvia sigue cayendo, pero a ellos no les importa.
—Yo también —dice él—. Me casé. Mi mujer me dejó. Tuve una hija. Pero nunca olvidé este puente. Nunca te olvidé a ti.
Le da la rosa. Ella la toma con manos frías.
—Es la misma rosa —dice él—. Bueno, no la misma. Pero del mismo lugar. La tienda donde compré flores para ti cuando teníamos diecisiete años.
Ella recuerda. Su primera flor. Una rosa roja de una pequeña tienda cerca de la escuela.
—¿Todavía existe esa tienda? —pregunta ella.
—Sí. El hijo del hombre de la tienda la tiene ahora. Me vio y supo quién era. Me preguntó si la rosa era para la misma mujer.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que sí. Que siempre fue para la misma mujer. Que siempre será para ella.
Ella llora. Él también tiene algo en los ojos.
—Veinte años —dice ella—. ¿Crees que es demasiado tarde para nosotros?
Él toma su mano. La misma mano que tomó hace veinte años en este mismo lugar.
—Creo que es el momento justo —dice él.
La lluvia cae. El río corre bajo el puente. El cielo está oscuro.
Pero en ese momento, para ellos, todo es luz.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta ella.
—Ahora —dice él— tenemos el resto de nuestras vidas para estar juntos.
Se abrazan bajo la lluvia. Dos personas que se perdieron y se encontraron de nuevo.
El puente vio su acuerdo hace veinte años.
Hoy, ve algo más.
Ve el principio de todo.
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