Wanderer
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Mil mañanas. Siempre las mismas palabras. Él ya no puede más.
Él trabaja en el café desde hace tres años. Cada mañana, a las ocho, ella entra por la puerta. Siempre quiere lo mismo: café con leche. Él lo hace. Ella paga. Ella se va.
—Café con leche, por favor.
—Aquí tiene.
—Gracias.
Nada más.
Él sabe cosas de ella sin hablar. Sabe que le gusta la leche muy caliente. Sabe que lleva un libro en la mano. Sabe que sus ojos son verdes cuando hay sol y grises cuando llueve. Sabe que siempre huele a flores.
Él la espera cada mañana. Su corazón va más rápido cuando ella entra. Pero nunca dice nada. Tiene miedo. ¿Qué puede decir un camarero a una mujer tan bonita?
Ella también sabe cosas de él. Sabe que sus manos son fuertes pero amables. Sabe que tiene ojos oscuros como la noche. Sabe que siempre tiene una cara triste, como si quisiera decir algo pero no pudiera.
Ella viene cada día por él. No por el café. El café de su casa es mejor. Pero su casa no tiene a ese hombre de ojos oscuros que hace su café con tanto amor.
Un lunes de noviembre, algo cambia.
Ella entra como siempre. Él la mira como siempre. Pero hoy, ella no dice las palabras de siempre.
—Un té, por favor.
Él levanta la cabeza. Sus ojos se encuentran. Por primera vez en tres años, realmente se miran.
—¿Un té? —pregunta él. Su voz es diferente, como si no la hubiera usado en mucho tiempo.
—Sí —dice ella—. Un té.
Él no se mueve. Algo está mal. Algo es diferente. Ella nunca quiere té. En tres años, siempre café con leche. ¿Por qué hoy es diferente?
—¿Estás bien? —pregunta él.
Ella le da una gran sonrisa. Es la primera vez que él ve esa sonrisa. Es como el sol después de la lluvia.
—Estoy bien —dice ella—. Solo quería ver si me mirabas.
—¿Qué?
—Tres años —dice ella—. Vengo aquí cada mañana. Quiero café con leche. Tú lo haces. Yo me voy. Pero nunca me miras. Nunca hablas. Solo haces el café.
Él siente su cara ponerse roja.
—Yo… siempre te miro —dice en voz baja—. Cuando no me ves. Cuando miras por la ventana. Cuando lees. Siempre te miro.
Ahora es ella quien tiene la cara roja.
—¿Por qué nunca dices nada? —pregunta ella.
—Porque tengo miedo —responde él—. Eres la mujer más bonita que entra por esa puerta. Y yo soy solo el hombre que hace café.
Ella da un paso hacia él. Solo hay una mesa entre ellos ahora.
—Yo solo venía aquí por ti —dice ella—. El café de mi casa es mejor. Pero mi casa no te tiene a ti.
Él no puede creer lo que escucha. Tres años sin hablar. Tres años de mirar en secreto. Y ahora, estas palabras.
—¿Cómo te llamas? —pregunta él. Es la primera pregunta real en tres años.
—Ana —dice ella.
—Yo soy Carlos.
Ella le da otra sonrisa.
—¿Puedo tomar mi café con leche aquí, Carlos? No sola. En una mesa. Los dos juntos.
Él mira alrededor del café. Hay otras personas esperando. Hay trabajo que hacer. Pero nada de eso importa ahora.
—Espera cinco minutos —dice él.
Ella dice que sí y va a sentarse a la mesa junto a la ventana. La mesa donde siempre toma su café. Pero hoy, por primera vez, no va a estar sola.
Carlos hace dos cafés con leche. Los lleva a la mesa. Se sienta frente a Ana. Sus manos tiemblan un poco.
—Hola —dice él.
—Hola —dice ella.
Tres años de silencio. Mil mañanas de espera. Y ahora, por fin, empiezan a hablar.
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