La Taza Usada

La taza está en el fregadero. Otra vez.

Elena no bebió café anoche. Ella vive sola. Pero cada mañana, hay una taza sucia en el fregadero. Una taza que alguien usó.

«Estoy loca», piensa ella. «Tengo que estar loca».

Pero Elena no está loca. Algo está pasando en su apartamento. Algo que no puede explicar.

Todo empezó hace una semana. Elena se levantó a las seis, como siempre. Fue a la cocina para hacer café. Y vio la taza en el fregadero. Ella no recordaba usarla. Pero pensó: «Estoy muy cansada. Tal vez la usé y no recuerdo».

El segundo día, la taza estaba allí otra vez. El tercer día, también. El cuarto día, Elena contó el café en la bolsa. Había diez cucharadas.

El quinto día, había ocho.

Alguien está tomando su café. Cada noche. Mientras ella duerme.

Elena busca en todo el apartamento. Mira bajo la cama. Abre todos los armarios. Revisa el baño, el salón, hasta la pequeña terraza. Nada. No hay nadie.

«Tal vez camino dormida», piensa. Pero Elena nunca camina dormida. Nunca en toda su vida.

El viernes, ella hace un plan. Pone la taza en un lugar especial. En la mesa, al lado de un libro. Si alguien mueve la taza, ella va a saber.

El sábado por la mañana, la taza está en el fregadero.

Alguien la movió. Alguien bebió café. Alguien estuvo en su cocina mientras ella dormía.

Elena tiene miedo. Mucho miedo.

Llama a la policía. Un policía joven viene al apartamento. Mira las ventanas. Mira la puerta.

—Las ventanas están cerradas —dice—. La puerta estaba cerrada. No hay señales de entrada.

—Pero alguien está entrando —dice Elena—. Cada noche. Alguien bebe mi café.

El policía la mira. Ella sabe lo que él piensa. Piensa que ella está loca. O nerviosa. O sola.

—Puede poner una cámara —dice el policía—. Para ver qué pasa.

Elena no tiene dinero para una cámara. El policía no le cree. Nadie le cree.

Esa noche, Elena toma una decisión. No va a dormir. Va a esperar. Va a ver quién bebe su café.

A las once, se sienta en la cocina. Las luces están apagadas. Solo hay luz de la calle por la ventana. Elena espera.

Medianoche. Una. Dos. Nada.

A las tres de la mañana, Elena está casi dormida. Sus ojos están cerrados. Pero entonces…

Un sonido. Pequeño. Casi nada.

Viene del armario grande de la cocina.

Elena abre los ojos. Su corazón está muy rápido. No puede moverse. No puede hablar.

El sonido viene otra vez. Algo se mueve dentro del armario.

Lentamente, muy lentamente, Elena se levanta. Camina hacia el armario. Su mano toca la puerta.

La abre.

Dentro hay platos. Tazas. Comida. Lo normal.

Pero espera. Hay algo diferente. En la parte de atrás del armario, hay una puerta pequeña. Una puerta que ella nunca vio antes.

Con manos que tiemblan, Elena abre la puerta pequeña.

Detrás hay un espacio oscuro. No muy grande. Pero hay cosas dentro. Una manta vieja. Papeles. Bolsas vacías de comida.

Y una taza de café.

La taza está caliente.

Elena grita. Corre hacia la puerta del apartamento. Sale a la calle. Llama a la policía.

Esta vez vienen tres policías. Entran al apartamento. Buscan en el espacio secreto.

Encuentran a un hombre.

El hombre vivía allí. En el espacio detrás del armario. Durante cuatro meses. Salía cada noche, cuando Elena dormía. Tomaba café. Comía su comida. Usaba el baño. Y volvía antes del amanecer.

Cuatro meses. Un hombre vivía en su apartamento. Y ella nunca lo supo.

Elena nunca vuelve al apartamento. Ahora vive en una casa pequeña. Una casa sin armarios grandes.

Y cada noche, antes de dormir, ella mira. Mira en todos los lugares oscuros. Mira detrás de todas las puertas.

Porque ahora sabe algo que antes no sabía.

A veces, no estamos solos. Aunque pensamos que sí.

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