Wanderer
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Tres años. La casa de su abuela había estado cerrada durante tres años. Nadie había entrado. Nadie había vivido allí. Debía estar vacía.
Pero cuando Elena abrió la puerta, olió flores frescas.
En la mesa del salón, había un vaso con rosas rojas. Las flores eran nuevas. Elena tocó los pétalos. Todavía tenían agua.
«Imposible», pensó Elena. «Nadie ha estado aquí en tres años».
Caminó despacio hacia la cocina. Sus pasos hacían ruido en el suelo de madera. Todo estaba muy limpio. No había nada viejo. Las ventanas brillaban como nuevas. El suelo parecía un espejo.
Abrió la nevera. Dentro había leche, huevos, queso y fruta. Miró la fecha en la leche. Era de esta semana.
Su corazón empezó a latir más rápido. ¿Quién había comprado esta comida? ¿Quién había limpiado esta casa?
Elena se sentía nerviosa. Quería llamar a la policía, pero primero necesitaba ver más.
Subió las escaleras despacio. Cada paso hacía ruido en la madera vieja. Arriba, todo estaba en silencio. Llegó al dormitorio de su abuela.
La cama estaba hecha, pero la cama estaba caliente. Alguien había dormido aquí. Esta noche.
Elena abrió el armario. La ropa de su abuela seguía ahí, pero había algo más. Un abrigo de hombre. Zapatos grandes. Ropa que no era de su abuelo. Su abuelo había muerto hace veinte años.
«¿Un hombre?», pensó Elena. «¿Qué hombre vive en la casa de mi abuela?»
En la mesa de noche, encontró una foto vieja. Era su abuela, joven, con una sonrisa grande. Al lado de ella había un hombre que Elena no conocía. Tenía los ojos amables y una sonrisa grande. Detrás de la foto, alguien había escrito: «Mi amor secreto. 1962».
Elena miraba la foto cuando oyó un ruido abajo. Su corazón se detuvo. Alguien había entrado en la casa.
Elena bajó las escaleras con miedo. En la cocina, vio a un hombre viejo. Tenía el pelo blanco y los ojos tristes. Estaba sentado en una silla, mirando hacia la ventana.
—¿Quién es usted? —preguntó Elena. Su voz temblaba un poco.
El hombre no se movió.
—Me llamo Pablo —dijo sin mirarla—. Conocí a tu abuela hace sesenta años. Nos amamos, pero ella estaba casada con otro hombre. No podíamos estar juntos.
Elena miró al hombre. Parecía muy cansado, muy solo.
—Cuando tu abuela murió, yo estaba muy solo —dijo Pablo—. No pude dejarla ir. Empecé a venir aquí cada día. Limpio su casa. Pongo flores frescas en su mesa. A veces duermo en su cama para sentirla cerca.
—Pero ella ya no está —dijo Elena. Su voz era suave.
Pablo finalmente la miró. Sus ojos tenían lágrimas.
—Lo sé —dijo—. Pero cuando estoy aquí, puedo recordarla. Puedo sentirla en cada habitación. Es lo único que me queda de ella.
Elena no sabía qué decir. Miró alrededor. Ahora entendía por qué la casa parecía tan viva. No era una casa abandonada. Era una casa de amor.
—Mi abuela —dijo Elena despacio—, ¿ella sabía que usted venía?
Pablo sonrió por primera vez. Era una sonrisa triste pero hermosa.
—Tu abuela me dio una llave hace muchos años —dijo—. Me dijo que siempre podía venir a esta casa cuando la necesitara. Y nunca dejé de necesitarla.
Elena pensó en su abuela. Siempre había sido una mujer tranquila, con secretos en sus ojos. Ahora Elena entendía. Su abuela había amado a dos hombres durante toda su vida.
Se sentó al lado del hombre viejo. Los dos miraron por la ventana en silencio.
—Puede seguir viniendo —dijo Elena finalmente—. La casa es grande. Hay espacio para los dos.
Pablo la miró con sorpresa. Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez, pero esta vez eran lágrimas de felicidad.
—¿De verdad? —preguntó con voz baja.
—De verdad —dijo Elena—. A mi abuela le gustaría eso.
Pablo tomó su mano con cuidado.
—Gracias —dijo—. Tu abuela estaría muy feliz de conocerte.
Cuando Elena salió de la casa esa noche, miró hacia atrás. Las luces estaban encendidas y había una figura en la ventana. Pablo no estaba solo.
La casa ya no estaba silenciosa. Ahora tenía dos voces. Y en la mesa del salón, las rosas rojas seguían vivas.
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