Wanderer
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El espejo no estaba vacío. Yo estaba sola en mi habitación, pero en el espejo había una silla roja. Una silla que no existía en mi cuarto.
Compré el espejo en una tienda vieja del centro de la ciudad. Era grande, negro y muy viejo. El hombre de la tienda me dijo que tenía más de cien años.
—Es un espejo especial —dijo él—. Tiene historia.
No le pregunté más. Solo quería algo bonito para mi nueva habitación.
Llegué a casa por la tarde. Puse el espejo en mi dormitorio, frente a mi cama. Me senté en la cama y miré. Todo parecía normal.
Pero entonces vi algo malo.
En el espejo, había una silla roja en un lado de la habitación. Una silla pequeña y vieja. Miré a mi derecha. No había ninguna silla allí.
Miré el espejo otra vez. La silla seguía allí.
Me levanté y caminé hacia ese lado. Nada. El lugar estaba vacío. Pero en el espejo, la silla roja esperaba, como si fuera real.
Mi corazón empezó a ir más rápido. ¿Qué era esto?
Esa noche no pude dormir. Cada vez que abría los ojos, miraba el espejo. La silla siempre estaba allí. A veces parecía más cerca. A veces más lejos. Como si se moviera cuando yo no miraba.
Por la mañana, volví a la tienda. Necesitaba respuestas.
El hombre viejo me miró con ojos cansados cuando entré.
—Volviste —dijo. No era una pregunta.
—Sí. —Mi voz no estaba tranquila—. El espejo muestra algo. Veo una silla roja que no existe en mi habitación.
La cara del hombre cambió. Se puso blanco como la nieve.
—¿Una silla roja? Su voz era muy baja.
—Sí. Pequeña y vieja. ¿Por qué la veo?
El hombre caminó lento hacia su silla. Sus manos no estaban tranquilas.
—El espejo era de mi familia —dijo después de un momento largo—. Era de mi madre. Y antes de ella, era de su hermana, Ana.
—¿Ana?
El hombre cerró los ojos. —Ella murió en esa silla. La silla roja. Hace muchos años, cuando yo era niño.
Un frío pasó por mi espalda.
—¿Cómo murió?
—Estaba muy enferma. Se sentaba en esa silla cada día y miraba por la ventana. Un día, simplemente… cerró los ojos y nunca los abrió otra vez.
—Pero… ¿cómo puede el espejo mostrar algo que ya no existe?
El hombre abrió los ojos y me miró con miedo.
—Porque el espejo recuerda. Mi madre siempre decía que el espejo guardaba todo lo que vio. Todo. Para siempre.
Volví a mi casa con más preguntas que respuestas. Entré en mi dormitorio y miré el espejo.
La silla estaba allí. Pero esta vez, había algo más.
Una mujer estaba sentada en la silla.
Era vieja, con pelo blanco y una cara muy pálida. Tenía los ojos cerrados. Parecía que dormía.
No podía moverme. No podía hablar. Solo podía mirar.
Entonces, la mujer en el espejo abrió los ojos.
Me miró. Directamente a mí.
Y abrió la boca. Sonreía. Pero esa sonrisa me daba más miedo que mil gritos.
Esa noche, tomé el espejo. Lo puse en mi coche y lo llevé muy lejos de la ciudad. Encontré un lugar vacío cerca del bosque y lo dejé allí, entre los árboles.
Cuando volví a casa, mi habitación parecía normal otra vez. No había espejo. No había silla roja. No había mujer con ojos muertos.
Pero ahora, cuando paso frente a cualquier espejo, miro dos veces. Porque tengo miedo de ver una silla roja.
Y tengo más miedo de ver a alguien sentada en ella, mirando hacia mí con esa sonrisa.
El espejo recuerda todo.
Y creo que ahora, ella también me recuerda a mí.
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