Las Huellas

Mis huellas están en el lugar del crimen. Pero yo no estaba allí.

El policía pone una foto sobre la mesa. Me mira con ojos fríos.

—Sus huellas —dice—. Las encontramos en la puerta.

Miro la foto. Son huellas de dedos. Mis huellas. Las conozco bien.

—Yo no estaba allí —digo—. Estaba en otro país.

El policía no me cree. Lo veo en su cara.

—Tengo pruebas —digo—. Estaba en España. Tengo mi pasaporte, fotos, todo.

Le doy mi pasaporte. Los números están claros. España. Enero quince. El crimen fue el mismo día, aquí en México.

El policía mira el pasaporte. Mira las fechas. Mira la foto de las huellas.

—Es imposible —dice.

—Sí —respondo—. Imposible. Pero mis huellas están allí.

Sale de la habitación. Espero solo. La luz blanca me hace daño en los ojos.

Pienso en el crimen. Un hombre murió. Lo encontraron en su casa. No tenía dinero. No tenía amigos. Nadie sabe por qué murió.

Y mis huellas estaban en su puerta.

La puerta se abre. Entra otro hombre. Alto, pelo gris, cara seria.

—Soy el jefe de policía. Tenemos un problema muy grande.

—Lo sé.

—No. Usted no sabe. Esto ha pasado antes.

El frío entra en mi cuerpo. ¿Antes?

—¿Qué quiere decir?

El jefe se sienta. Pone otra foto en la mesa. Otro crimen. Otras huellas.

—Hace tres meses —explica—. Las huellas eran de una mujer de Madrid. Pero ella estaba en un hospital en Argentina. Tenía pruebas.

—¿Y qué pasó?

—Nunca encontramos a la persona mala.

Miro las dos fotos. Las huellas son perfectas. Demasiado perfectas.

—¿Cómo es posible? —pregunto—. Nadie puede tener las mismas huellas.

El jefe no responde. Pero veo miedo en sus ojos.

—Hay algo más —dice. Su voz es baja—. La mujer de Madrid murió hace dos semanas. En su casa. Sin razón.

No puedo hablar. Ahora tengo miedo. Mucho miedo.

—¿Piensa que voy a morir?

—No lo sé. Pero alguien tiene sus huellas. Y esa persona mata.

Salgo de la estación de policía. El sol está alto. La ciudad está llena de gente. Todo parece normal.

Pero no es normal. Alguien me está usando. Alguien tiene mis huellas exactas. Y ese alguien está matando.

Camino por las calles. Busco caras. ¿Quién puede ser? ¿Cómo tiene mis huellas?

Entonces lo recuerdo.

Hace un año. Un hospital nuevo. Un estudio médico. Me pagaron bien. Solo querían sangre de mi brazo y mis huellas de los dedos.

Dije que sí. Quería dinero.

Ahora entiendo. No era un estudio médico. Era algo más. Algo terrible.

Corro a la estación de policía. Necesito hablar con el jefe.

Pero cuando llego, veo coches de policía. Muchos coches. Luces rojas y azules.

Un policía me para.

—No puede pasar.

—¿Qué pasó?

No quiere hablar. Pero otro policía responde.

—El jefe de policía. Lo encontraron muerto. Hace diez minutos.

El mundo se para. No puedo moverme.

—¿Y las huellas? —pregunto.

El policía me mira con miedo.

—¿Cómo sabe de las huellas?

—¿De quién eran?

No responde. No necesita responder. Ya lo sé.

Mis huellas. Otra vez.

Pero yo estaba aquí. Estaba caminando por la ciudad. Hay personas que me vieron.

Y mis huellas están en el lugar del crimen.

Miro mis manos. Mis dedos.

En algún lugar de esta ciudad, alguien tiene las mismas manos. Los mismos dedos. Las mismas huellas.

Y esa persona me está buscando.

Lo sé porque veo algo en la calle.

Una persona. Con mi cara. Con mis ojos. Con mis manos.

Está al otro lado de la calle. Mirándome.

Levanta una mano. Mueve los dedos. Me dice adiós.

Y sonríe con mi sonrisa.

Después desaparece entre la gente. Y yo sé una cosa: la próxima vez que encuentren mis huellas en un crimen, no voy a poder decir que estaba en otro lugar.

Porque la próxima vez, el crimen va a ser yo.

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