El Quinto Hijo

El quinto plato apareció en la mesa esta mañana. Nadie lo puso ahí. Nadie sabe de quién es. Pero yo tengo miedo de descubrirlo.

Mi familia se mudó a esta casa hace un mes. Mis padres la compraron por muy poco dinero. —Una ganga —dijo mi padre con una sonrisa. Pero los vecinos nos miraban con ojos extraños cuando llegamos. Nadie nos dio la bienvenida.

—Cinco platos —dice mi hermana menor, Ana. Estamos en la cocina. Mi madre prepara la cena.

Miro la mesa. Mi hermana tiene razón. Hay cinco platos, cinco vasos, cinco tenedores. Pero somos cuatro: mi padre, mi madre, Ana y yo.

—Mamá, hay un plato de más —digo.

Mi madre me mira. Sus ojos están vacíos por un segundo. Después, sonríe.

—No, cariño. Tenemos cuatro hijos. Siempre hemos tenido cuatro.

Un escalofrío me recorre la espalda. ¿Cuatro hijos? Solo somos Ana y yo. Dos hijos. No cuatro.

—Mamá, somos dos. Ana y yo.

Ella no responde. Pone la comida en la mesa. Mi padre entra y se sienta. Él también ignora el quinto plato.

Esa noche, no puedo dormir. Escucho pasos en el pasillo. Pasos pequeños, como de un niño. Abro la puerta de mi habitación. No hay nadie. Pero en el suelo veo marcas de pies pequeños en el polvo.

Al día siguiente, encuentro fotos viejas en el salón. Son fotos de una familia. En cada foto hay cuatro niños. Pero yo no conozco a estos niños. No somos nosotros.

—Papá, ¿quiénes son estos niños en las fotos?

Mi padre mira las fotos. Su cara cambia. Se pone pálido.

—Son tus hermanos, por supuesto. Siempre han vivido aquí.

Pero no tengo otros hermanos. Esto no tiene sentido. ¿Por qué mis padres actúan así?

Empiezo a buscar respuestas. Busco en la casa cuando mis padres están en el trabajo. En el segundo piso, hay un pasillo largo. Al final hay una estantería grande, llena de libros viejos.

Algo me parece raro. La pared detrás de la estantería suena hueca. Muevo los libros uno por uno. Detrás de uno rojo, encuentro un botón.

Mi corazón late con fuerza. Presiono el botón.

La estantería se mueve lentamente. Detrás hay una puerta. Una puerta secreta.

Mis manos tiemblan. Abro la puerta.

Es una habitación pequeña con una cama, un escritorio y juguetes viejos. Todo está cubierto de polvo. Nadie ha entrado aquí en mucho tiempo.

Hay marcas en la pared. Marcas de días contados. Cientos de marcas.

Sobre la cama hay un diario. Lo abro con cuidado.

«Me llamo Lucas. Tengo diez años. Mis padres dicen que no existo. Pero yo sé que soy real».

Las páginas continúan. Lucas escribía sobre sus días. Sobre cómo sus padres empezaron a olvidarlo. Cómo dejaron de verlo. Cómo se convirtió en invisible para todos.

«Ya no me ven. Ya no me escuchan. Es como si hubiera muerto. Pero sigo aquí».

La última entrada tiene fecha de hace veinte años.

«He decidido irme. Si nadie me recuerda, ¿realmente existo? Esta será mi última noche en esta casa».

Cierro el diario. Mis ojos están llenos de lágrimas. ¿Qué le pasó a Lucas?

De repente, escucho algo. Un susurro detrás de mí.

—Me encontraste.

Me doy la vuelta. No hay nadie. Pero siento una presencia fría a mi lado. El aire se vuelve helado.

—¿Lucas? —susurro—. ¿Eres tú?

Los juguetes empiezan a moverse solos. Un tren pequeño da vueltas en el suelo. Las páginas del diario se mueven sin viento.

—Ellos me olvidaron —dice la voz—. Como olvidaron a los otros antes que yo. Esta casa se alimenta de nosotros. De nuestra memoria. Y ahora te olvidarán a ti también.

Terror. Puro terror me llena el cuerpo.

Corro hacia la puerta. Pero la puerta se cierra con fuerza. Estoy atrapado.

—No puedes irte —dice Lucas—. Ahora eres parte de la casa. Como yo. Como los otros. Pronto, nadie recordará tu nombre.

Grito. Golpeo la puerta con todas mis fuerzas. Nadie viene. Nadie me escucha.

Horas después, la puerta se abre sola. Bajo las escaleras. Mi familia está cenando.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Estoy aquí!

Ellos no me miran. Ana come su cena en silencio.

—¿Ana? ¿Pueden verme?

Nada. Es como si yo fuera invisible. Como si nunca hubiera existido.

Mi madre sonríe y dice: —Qué cena tan tranquila. Solo nosotros cuatro.

Cuatro. Ahora cuentan cuatro.

Miro la mesa. En mi lugar, donde yo siempre me sentaba, no hay nada. Mi silla está vacía. Mi plato ha desaparecido.

Pero al final de la mesa, hay un quinto plato. Esperando.

Y ahora sé para quién es. Siempre lo supe.

Es para el próximo.

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