Wanderer
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Alguien está en la puerta. Ana abre. Su corazón se para.
Es Pablo. Su hijo Pablo. Pero Pablo se fue hace diez años.
Diez años es mucho tiempo. Es tiempo para olvidar una cara, una voz. Pero Ana no olvidó. Cada noche, antes de dormir, miraba la foto de su hijo. Siete años. Pelo negro. Ojos grandes y oscuros.
El día que Pablo se fue era un martes de octubre. Ana lo recuerda todo: el cielo gris, el viento frío. Pablo salió a jugar al parque. Nunca volvió.
La policía buscó durante meses. Toda la ciudad conocía la cara de Pablo. Pero nadie lo encontró. Era como si el niño se hubiera ido con el viento.
Ana nunca dejó su casa. —Si Pablo viene —decía—, tiene que encontrarme aquí.
Y ahora, está aquí. El niño está aquí.
Mismo pelo negro. Mismos ojos oscuros. Tiene siete años. Siete años, igual que antes.
—Hola, madre —dice el niño.
Ana no puede hablar. Pablo debería tener muchos más años. Debería ser un hombre joven. Pero el niño frente a ella es igual que hace diez años. Exactamente igual.
—¿Dónde… dónde estuviste? —pregunta Ana. Su voz es muy baja.
—Aquí —responde Pablo—. Siempre estuve aquí. Tú no podías verme.
Ana siente frío. Un frío que viene de dentro.
—No entiendo —dice ella.
Pablo entra en la casa. Camina hacia el salón. Se sienta en su sofá, en el mismo lugar de siempre.
—Recuerdo todo —dice el niño—. Recuerdo el parque. Recuerdo el juego. Recuerdo al hombre.
—¿Qué hombre?
—El hombre de negro. Me dijo que íbamos a jugar un juego. Un juego de no ser visto. Me dijo que nadie me iba a ver. Y tenía razón.
Ana llama a la policía. Les cuenta todo. Vienen dos personas. Miran a Pablo. Miran a Ana.
—Es su hijo —dice uno—. Es igual a la foto.
—Pero es imposible —dice el otro—. Tiene que ser un hermano pequeño.
Ana no tiene otros hijos. Solo tenía a Pablo.
Los días pasan. Los médicos miran a Pablo. No encuentran nada malo. El niño está bien. Tiene siete años. Según todas las pruebas, Pablo tiene siete años.
—Quiero jugar —dice Pablo una noche.
—¿A qué quieres jugar?
—Al juego del hombre de negro. El juego de no ser visto.
Ana siente el miedo crecer en su estómago.
—¿Quién es el hombre de negro, Pablo?
El niño tiene una cara diferente ahora. Una cara que Ana nunca había visto en su hijo.
—Viene a veces —dice Pablo—. Viene por las noches. Dice que pronto vamos a jugar de nuevo.
Ana no duerme esa noche. Se sienta en una silla junto a la cama de Pablo. Lo mira dormir. A las tres de la mañana, el niño abre los ojos. Mira hacia la ventana.
—Está aquí —dice en voz baja.
Ana mira hacia la ventana. No ve nada. Solo la noche oscura.
—No hay nadie, Pablo.
—Tú no puedes verlo —dice el niño—. Igual que no podías verme a mí.
La habitación está muy fría. Ana puede ver su respiración en el aire frío. En la ventana, hay algo. No es una forma clara. Es como algo negro dentro de algo más negro. Es la nada.
—El juego empieza de nuevo —dice Pablo. Se levanta de la cama.
—¡No! —grita Ana. Quiere tomar a su hijo. Pero sus manos pasan a través de él. Como si Pablo fuera aire. Como si Pablo nunca hubiera sido real.
El niño camina hacia la ventana. Lo oscuro espera.
—Gracias por verme una última vez, madre —dice Pablo—. El hombre dice que fue mi regalo por esperar. Diez años es mucho tiempo para esperar.
—¡Pablo, no!
Pero el niño ya no está allí. La ventana está cerrada. La habitación está vacía.
Ana se queda sola, mirando el lugar donde estuvo su hijo. Encuentra una nota en la cama. Dice:
«No estés triste, madre. Ahora puedo jugar para siempre».
Ana mira la nota. Mira la ventana. Mira sus propias manos.
Y entonces lo entiende.
No fue Pablo quien vino a verla. Fue ella quien fue a ver a Pablo. Sus manos son menos fuertes ahora. Puede ver a través de ellas.
«El juego», piensa Ana, «fue para mí».
Fuera de la casa, una mujer mayor duerme en una silla. Es la vecina. Viene cada noche a cuidar la casa vacía de Ana.
Porque Ana también se fue. Hace mucho tiempo. La misma noche que Pablo.
La vecina no puede ver a Ana. Nadie puede. Nadie nunca pudo.
Pero ahora, Ana puede ver a Pablo. Y pueden jugar juntos.
Para siempre.
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