Wanderer
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Conté nueve camas ocupadas. Pero éramos diez. Alguien no estaba.
Llegamos a la casa en la montaña el viernes por la noche. Éramos diez amigos. Diez personas felices que querían pasar un fin de semana juntos.
La casa era grande y vieja. Tenía una sola habitación para dormir con diez camas. Era perfecta para nosotros.
Pedro fue el último en entrar. Cerró la puerta y puso la llave sobre la mesa.
—Nadie puede entrar —dijo con una sonrisa extraña—. Y nadie puede salir.
Todos nos reímos. Pensamos que era un juego.
Esa noche hablamos, comimos y bebimos hasta muy tarde. Cerca de las tres de la mañana, todos fuimos a dormir. Pedro tomó la cama cerca de la ventana. Yo tomé la cama al lado de la puerta.
Antes de dormirme, vi que Pedro ponía su teléfono bajo su cama. Siempre hacía eso. Pero esa noche, vi algo más. Su cara tenía una expresión extraña. Como si supiera algo que nosotros no sabíamos.
Me dormí escuchando el viento en los árboles.
Por la mañana, me desperté primero. Conté las camas. Una, dos, tres… nueve personas. Conté otra vez. Nueve.
La cama de Pedro estaba vacía.
—¿Pedro? —llamé.
No hubo respuesta.
Desperté a los demás. —Pedro no está.
Ana se levantó rápido. —¿Cómo? La puerta tiene llave.
Era verdad. La puerta todavía estaba cerrada. Miré la mesa. La llave seguía allí.
—Debe estar en el baño —dijo Carlos.
Fuimos al baño. Vacío.
Buscamos en la cocina. Nada.
Buscamos en el salón. Nada.
Buscamos en cada habitación de la casa. Llamamos su nombre una y otra vez. Pedro no estaba en ninguna parte.
—La ventana —dijo Ana—. Tal vez salió por la ventana.
Corrimos a la habitación. La ventana de Pedro estaba cerrada. Cerrada desde dentro.
—Esto es imposible —dijo María—. Una persona no puede desaparecer así.
Pero Pedro había desaparecido. Sin dejar nada.
—Vamos a llamar a su teléfono —dije.
Tomé mi teléfono y llamé a su número.
Entonces escuchamos algo. Un ruido. El teléfono de Pedro estaba sonando.
El ruido venía de la habitación.
Todos nos miramos. Poco a poco, caminamos hacia la cama de Pedro.
El teléfono seguía sonando. El ruido venía de bajo la cama.
Ana metió la mano bajo la cama.
Allí estaba. El teléfono de Pedro. Sonando y sonando.
—No lo entiendo —dijo Carlos—. Si su teléfono está aquí… ¿dónde está él?
Nadie respondió.
Busqué más bajo la cama. Solo cosas viejas y sombras.
—Tenemos que llamar a la policía —dijo Ana.
Pero no podíamos. Nuestros teléfonos no tenían servicio en la montaña. Solo el teléfono de Pedro había sonado cuando yo lo llamé desde dentro de la casa.
—Alguien tiene que ir al pueblo —dijo María.
El pueblo estaba a dos horas caminando. Nadie quería ir solo.
Entonces recordé algo importante.
—Esperen —dije—. Ayer por la noche, vi algo. Pedro puso su teléfono bajo la cama. Pero también vi otra cosa. Vi que tenía una cara extraña. Como si supiera algo.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Ana.
—No sé. Pero hay algo más. Cuando todos dormían, escuché un ruido. Pensé que era el viento. Pero ahora no estoy seguro.
Carlos se acercó a la cama de Pedro. Miró con atención. Entonces vio algo en el piso.
—Hay algo aquí —dijo—. Bajo la cama.
Se agachó y encontró un papel. Una nota.
Con manos que temblaban, la abrió y leyó en voz alta:
—Queridos amigos: Este es mi último juego. No me busquen aquí. Búsquenme más abajo. Con amor, Pedro.
—¿Más abajo? —dijo Ana—. ¿Qué hay más abajo?
Entonces María lo vio. Una pequeña puerta en el piso, bajo una cosa vieja. Una puerta que ninguno de nosotros había visto antes.
Abrimos la puerta.
Había una escalera que bajaba hacia la oscuridad.
—¿Pedro? —grité.
Nada. Solo silencio.
Bajé primero. Los demás me seguían. La escalera llevaba a un cuarto pequeño y frío bajo la casa.
Y allí estaba Pedro. Sentado en una silla, con una gran sonrisa.
—¡Hola! —gritó—. ¿Me buscaban?
—¡Pedro! —gritamos todos—. ¡Casi morimos del miedo!
Él se rio. —Este es el mejor juego de mi vida. La cara que tienen ustedes no tiene precio.
Subimos todos juntos. Estábamos enfadados pero también contentos de encontrarlo.
—Nunca más hagas eso —dijo Ana.
Pedro seguía con su sonrisa. —Lo prometo —dijo.
Pero cuando lo miré a los ojos, vi algo. Algo que no me gustó.
Porque Pedro no había estado solo en ese cuarto bajo la casa.
Había dos sillas allí.
Y la segunda silla todavía estaba caliente.
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