Wanderer
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Mi padre quemaba cartas. Cada miércoles, durante veinte años, una carta llegaba y él la quemaba sin decir una palabra. Yo nunca supe por qué.
La carta llegaba siempre a las diez de la mañana. No tenía nombre en el sobre. No tenía dirección. Solo un sobre blanco con una línea negra.
Cuando mi padre veía la carta, sus ojos cambiaban. Se sentaba en su silla vieja, cerca de la ventana, y leía en voz baja. Siempre en voz baja, como si las palabras fueran peligrosas.
—Padre, ¿qué dice la carta? —le preguntaba cada vez.
Él nunca respondía. Solo me miraba con ojos tristes y decía: —Algún día lo vas a saber.
Después de leer, mi padre caminaba hacia las llamas. Ponía la carta en el fuego. El papel se volvía negro, después gris, después nada. Las palabras desaparecían para siempre.
Veinte años. Cada miércoles, la misma carta. Las mismas llamas. El mismo silencio.
Mi madre murió cuando yo era niño. Nunca conocí a mis abuelos. Mi padre era mi única familia. Vivíamos solos en una casa vieja en el campo.
—¿Quién envía las cartas? —le pregunté una noche fría.
Mi padre me miró por largo tiempo. —Alguien que conocí hace muchos años —dijo—. Alguien que no puedo olvidar.
—¿Un amigo?
—No.
—Entonces, ¿un enemigo?
Mi padre cerró los ojos. —Es más difícil que eso.
Los años pasaron. Me hice hombre. Estudié en la ciudad. Encontré trabajo. Pero cada miércoles, llamaba a mi padre.
—¿Llegó la carta?
—Sí, hijo. Llegó.
—¿Qué dice?
—Lo mismo de siempre.
Era su problema. Su peso. Su secreto.
El último miércoles de octubre, mi padre no respondió el teléfono. Llegué a la casa esa noche. Lo encontré en su silla, cerca de la ventana. Tenía una carta en las manos. Una carta que nunca leyó.
Mi padre había muerto.
Tomé la carta. Mis manos temblaban. Después de tantos años, al fin podría saber la verdad.
Abrí el sobre. Dentro había unas pocas palabras:
«Gracias por no hablar».
¿No hablar sobre qué? ¿Qué secreto guardaba mi padre?
Busqué en toda la casa. En los armarios. Bajo la cama. Entre los libros. No encontré nada. Ninguna pista. Ninguna respuesta.
Las semanas pasaron. Los meses pasaron. Las cartas dejaron de llegar.
Hasta un miércoles de marzo.
Yo estaba en mi apartamento en la ciudad. Eran las diez de la mañana. Alguien llamó a la puerta.
No había nadie cuando abrí. Solo un sobre blanco en el piso. Un sobre con una línea negra.
Mi corazón se paró. Era imposible. Las cartas eran para mi padre. Mi padre estaba muerto.
Me senté y abrí el sobre con miedo. Dentro había una nota corta:
«Ahora es tu momento de escribir».
Mis manos temblaban igual que las manos de mi padre. Ahora yo sabía por qué él nunca hablaba. Ahora yo conocía su miedo.
Alguien sabía algo. Algo sobre mi familia. Algo terrible.
Y ahora, ese alguien quería que yo escribiera.
¿Escribir qué? ¿A quién? ¿Por qué?
Miré por la ventana. La lluvia empezaba a caer. El cielo estaba gris como el papel quemado.
Tomé un papel y escribí una sola palabra: «¿Quién?».
Puse la nota en un sobre. Pero no tenía dirección. No sabía dónde enviar la carta.
El siguiente miércoles, otra carta llegó. El mismo sobre blanco. La misma línea negra.
Dentro decía: «Tú sabes quién. Siempre lo supiste».
Y entonces recordé. Una noche de cuando era niño. Una noche que había olvidado. Una noche que mi padre me dijo que debía olvidar para siempre.
La verdad estaba en mi memoria. Siempre estuvo ahí, esperando.
Cerré los ojos como mi padre cerraba los suyos. Ahora yo era él. El guardián del secreto. El que quema las cartas.
Y ahora, tenía que decidir.
¿Seguir el silencio de mi padre?
¿O romperlo y cambiar todo para siempre?
Miré el fuego. Miré la carta. Miré mis manos.
Y supe exactamente qué iba a hacer.
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