Wanderer
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La carta decía: «En el séptimo día, uno de ustedes muere». No había nombre. No había nada más. Solo esas palabras en papel blanco.
Era lunes cuando llegaron las cartas. Seis personas en nuestra pequeña ciudad recibieron el mismo mensaje. Yo fui una de ellas.
Nos conocíamos todos. Éramos amigos desde niños. Marcos, el médico. Elena, la maestra. Pablo, el abogado. Rosa, la cocinera. Miguel, el policía. Y yo, Ana, que trabajo en el banco.
Esa noche nos encontramos en casa de Marcos. Era la casa más grande, con muchas habitaciones. Teníamos miedo. Mucho miedo.
—Tenemos que quedarnos juntos —dijo Miguel—. Si estamos todos aquí, nadie puede hacernos daño.
Todos estuvimos de acuerdo. Cerramos las puertas. Cerramos las ventanas. Nadie podía entrar. Nadie podía salir.
El primer día pasó sin problemas. Comimos juntos. Hablamos de quién podía enviar esas cartas. No teníamos respuestas.
El segundo día, Elena encontró algo. —Mira —dijo—. Las cartas tienen el mismo papel. Papel especial. Muy caro.
—¿Quién usa ese papel? —preguntó Rosa.
Nadie sabía.
El tercer día empezamos a pensar cosas malas. Nos mirábamos con ojos diferentes. Ya no sabíamos en quién confiar. ¿Era uno de nosotros? ¿Alguien en esta casa quería hacer algo terrible?
—Esto no tiene sentido —dijo Pablo—. Somos amigos. Nos conocemos desde hace veinte años.
Pero el miedo cambia a las personas. Lo vi en sus caras.
El cuarto día, Miguel buscó por toda la casa. Buscó en cada habitación, en cada armario, bajo cada cama. No encontró nada.
—Estamos seguros aquí —dijo—. Solo tenemos que esperar.
El quinto día fue el más difícil. Rosa no quería cocinar. Elena no quería hablar. Pablo se sentó solo, mirando por la ventana hacia la calle vacía. El silencio era pesado como piedras.
Yo no podía dormir. Pensaba mucho. ¿Por qué nosotros seis? ¿Qué teníamos en común? Éramos amigos, sí. Pero había algo más. Algo oscuro que no quería recordar.
Entonces lo recordé.
—Aquella noche —dije en voz alta.
Todos me miraron.
—Hace diez años. El coche. La noche de lluvia.
Sus caras cambiaron. Ahora todos recordaban.
—Eso fue un accidente —dijo Marcos muy rápido—. No fue nuestra culpa.
—Pero alguien murió —dijo Elena con voz baja—. Un hombre joven.
—Y nunca dijimos nada a la policía —dijo Pablo, mirando al suelo.
Silencio. Nuestro secreto, después de tantos años, volvía para encontrarnos.
El sexto día casi no hablamos. Cada uno pensaba en aquella noche. El coche de Marcos. La lluvia fuerte. El hombre en el camino. No pudimos parar a tiempo. Teníamos miedo porque éramos jóvenes. No dijimos nada. Y ese error nos seguía hasta hoy.
—Mañana es el séptimo día —dijo Rosa antes de dormir—. Mañana sabremos la verdad.
No dormí. Me quedé sentada en la oscuridad. Mi corazón latía muy rápido. Escuché cada ruido. Esperé cada hora.
El séptimo día llegó con sol. Abrí los ojos. Estaba viva. Me levanté y corrí hacia el salón. Uno por uno, todos llegaron.
Marcos. Elena. Pablo. Rosa. Miguel. Yo.
Seis personas. Todas vivas.
—¡Lo conseguimos! —gritó Pablo—. ¡Estamos todos aquí!
Rosa empezó a llorar de alegría. Miguel nos abrazó. Elena sonreía tanto que no podía hablar.
—Las cartas mentían —dijo Marcos—. Era solo alguien que quería darnos miedo.
Abrimos las ventanas. El sol era brillante y bonito. Estábamos tan felices que preparamos una gran comida para celebrar. Reíamos. Hablábamos. El miedo había terminado.
Entonces Miguel caminó hacia la mesa junto a la puerta. Había un sobre que no habíamos visto. Era del mismo papel blanco.
—Hay otra carta —dijo.
Todos nos quedamos muy quietos.
Miguel abrió el sobre. Sus manos temblaban. Leyó las palabras. Su cara se puso blanca.
—¿Qué dice? —pregunté.
Él nos dio la carta. Era corta. Solo un nombre y unas palabras.
«Para: Margarita Nunez. En el séptimo día, uno de ustedes muere».
Margarita Nunez.
La hermana del hombre que murió hace diez años.
Ella no estaba aquí con nosotros. Ella estaba fuera, sola, sin protección. Mientras nosotros nos escondíamos seguros en esta casa, ella…
Miramos la hora. Las tres de la tarde del séptimo día.
Desde algún lugar de la ciudad, escuchamos el sonido de una ambulancia.
Y entonces entendimos. Las cartas no mentían. Solo nosotros entendimos mal.
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