El Mensaje de Voz

Mi teléfono tiene un mensaje nuevo. Es de mi madre.

Mi madre murió hace tres meses.

Me siento en la cama. Son las diez de la noche. La casa está en silencio. Miro el teléfono otra vez. El mensaje llegó hace diez minutos.

No puede ser. Alguien está jugando conmigo.

Con manos nerviosas, pongo el mensaje.

—Hola, mi amor. —Es su voz. La voz de mi madre—. Estoy aquí, esperando. ¿Por qué no vienes? Hace mucho tiempo. Te espero. Ven esta noche.

El mensaje termina.

Mi corazón late muy rápido. Esa voz… es imposible. Pero es ella. Conozco esa voz. La escuché cada día durante treinta años.

Miro el número. No lo conozco. Busco la dirección del número en mi computadora.

El resultado me hace sentir frío.

La dirección es el cementerio donde está mi madre.

—No —digo en voz alta—. Esto no es verdad.

Pero tengo que saber. Tengo que ir.

Me pongo de pie. Me pongo mi chaqueta. Tomo las llaves del coche. Esto es una cosa loca, lo sé. Pero la voz de mi madre… necesito saber.

El cementerio está a veinte minutos de mi casa. Mientras voy en el coche, mis manos no dejan de moverse. Tengo tanto miedo. La noche está muy oscura. No hay luna. Las calles están vacías.

Llego al cementerio. Las puertas están cerradas, pero hay un espacio pequeño. Entro.

Todo está en silencio. Solo escucho el viento entre los árboles. Camino hacia la tumba de mi madre. Conozco el camino. He venido muchas veces antes.

Pero esta noche, todo parece diferente. Las sombras son más grandes. El aire está más frío. Y tengo mucho miedo.

Llego a la tumba. Las flores que dejé la semana pasada están muertas ahora. Leo las palabras: «María García. Madre querida».

—¿Mamá? —digo. Mi voz tiembla.

No hay respuesta.

Me siento tonta. ¿Qué esperaba? ¿Que mi madre iba a salir de la tierra?

Entonces, mi teléfono suena.

Un mensaje nuevo. Del mismo número.

Con dedos que tiemblan, lo abro.

«Date la vuelta».

Mi cuerpo no quiere moverse. Pero lo hace. Me doy la vuelta, muy lento.

No hay nadie.

Solo tumbas y oscuridad.

Pero entonces veo algo. Hay una luz pequeña. Viene de un árbol grande, a diez metros de mí.

—¿Hola? —digo.

La luz se mueve. Se acerca.

No es una luz normal. Es azul. Y tiene forma de… de persona.

—Mi amor —dice una voz. La voz de mi madre.

La luz está ahora muy cerca de mí. Puedo ver mejor. Es ella. Es mi madre. Pero no es real. Puedo ver a través de ella.

—Mamá —digo muy bajo.

—Viniste —dice ella con una sonrisa—. Sabía que ibas a venir.

—¿Cómo…? Tú estás…

—Muerta. Sí. —Su sonrisa no cambia—. Pero te quería ver. Estaba muy sola aquí. Por eso te llamé.

—Esto no es posible —digo.

—¿No es posible? —Mi madre ríe. Pero el sonido me da mucho miedo. No es su risa de siempre. Es algo diferente. Algo malo—. Tú viniste, ¿no? Eso es lo que importa.

—¿Qué quieres?

Mi madre me mira. Sus ojos brillan en la oscuridad.

—Quiero que te quedes conmigo, mi amor. Para siempre.

La luz azul crece. Se hace más grande, más fuerte. Y siento algo frío en mi brazo. Miro hacia abajo.

Una mano. Una mano de huesos blancos sale de la tierra. Me agarra.

Grito. Quiero correr. Pero más manos salen. Me agarran las piernas, los brazos.

—No luches —dice mi madre. Su voz viene desde todas partes ahora—. Vas a estar muy bien aquí. Conmigo. Con nosotros.

Miro a mi alrededor. Por todo el cementerio, luces azules aparecen. Cientos de ellas. Miles.

—¡No! —grito.

Las manos me llevan hacia abajo. La tierra está fría. Me llega a las piernas. A la cintura. Al pecho.

Mi teléfono suena una última vez. Con mi última fuerza, lo miro.

Un mensaje de mi madre: «Bienvenida a casa».

La tierra me traga. La oscuridad me come.

Y entonces, silencio.

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