El Olor

Hay un olor en mi casa. Dulce y terrible. Y cada día es más fuerte.

Empezó hace tres semanas. Mi esposa María dijo que era un ratón muerto en las paredes. Yo creí que tenía razón. Los ratones mueren. Las casas viejas tienen muchos ratones.

Pero el olor no desapareció. Creció.

Llamé a un hombre para revisar las paredes. Él llegó con sus herramientas y trabajó todo el día. —No hay nada —me dijo—. Las paredes están limpias.

Esa noche, el olor era más fuerte. María no podía dormir. Yo tampoco.

—Es dulce —ella dijo en la oscuridad—. Como flores viejas. Como miel podrida.

Tenía razón. Era dulce. Demasiado dulce. El tipo de dulce que te hace sentir enfermo.

Empecé a buscar. Revisé el sótano. Revisé el jardín. Revisé cada habitación de la casa. Nada. Pero el olor estaba en todas partes.

Una semana después, noté algo extraño. El olor era más fuerte cerca de una pared en particular. La pared del dormitorio de mi hija.

Mi hija Ana tiene siete años. Ella no duerme bien últimamente. Dice que escucha cosas en la noche. Voces suaves. Como susurros.

—Papi, la pared me habla —me dijo una mañana.

Los niños tienen mucha imaginación. Eso pensé.

Pero esa noche, yo también escuché algo. No era una voz. Era más como… respiración. Lenta y pesada. Venía de dentro de la pared.

Llamé a otro hombre. Este era especialista en casas viejas. Él revisó la pared con máquinas especiales. Su cara cambió cuando vio los resultados.

—Hay un espacio aquí —me dijo—. Detrás de la pared. Un espacio grande.

—¿Un espacio? ¿Qué tipo de espacio?

—No sé. Esta casa tiene más de cien años. A veces las casas viejas tienen habitaciones escondidas.

Una habitación escondida. Detrás de la pared del dormitorio de mi hija.

Esa noche no dormí. El olor era terrible. María se fue a un hotel con Ana. Yo me quedé. Necesitaba saber la verdad.

A las tres de la mañana, tomé un martillo. Fui al dormitorio de Ana. La pared estaba fría cuando la toqué. Más fría que las otras paredes.

Golpeé. Una vez. Dos veces. Tres veces.

La pared se abrió.

El olor me golpeó como una ola. Caí al suelo. Mis ojos lloraban. Pero cuando miré hacia el agujero, lo vi.

Había una habitación pequeña detrás de la pared. Y en la habitación había una cama. Y en la cama había algo.

No era un ratón.

Era una persona. O lo que quedaba de una persona. Estaba vestida con ropa vieja, muy vieja. Ropa de hace muchos años. Y su cara… su cara todavía tenía una sonrisa.

Pero eso no era lo peor.

Lo peor eran las flores. Había flores secas por todas partes. En la cama. En el suelo. En las manos del cuerpo. Alguien había puesto flores ahí. Muchas flores. Como un funeral privado.

Y había algo más. Algo que me hizo gritar.

En la pared, escrito con pintura roja, había un nombre.

Ana.

El mismo nombre de mi hija.

Corrí. Salí de la casa. Llamé a María. Ella no respondió.

Fui al hotel. Cuando llegué, la mujer de la entrada me miró con confusión.

—No tenemos a nadie con ese nombre —me dijo—. Ninguna mujer con una niña llegó anoche.

El mundo se volvió frío.

Volví a la casa. Busqué en cada habitación. Nada. María y Ana no estaban.

Entonces escuché algo. Un sonido desde las paredes. No desde una pared. Desde todas las paredes.

Respiración. Lenta y pesada. Y algo más.

Una voz de niña.

—Papi, ¿por qué me dejaste aquí?

No era la voz de mi Ana. Era diferente. Más vieja. Como si viniera de muy lejos. De hace muchos años.

Las paredes empezaron a moverse. No mucho. Solo un poco. Como si respiraran.

El olor ahora es terrible. Estoy escribiendo esto porque necesito que alguien sepa la verdad.

Hay algo en las paredes de esta casa. Algo que estuvo aquí antes que nosotros. Algo que llevaba el nombre de mi hija mucho antes de que ella naciera.

Y ahora… ahora María y mi hija están con eso. En algún lugar dentro de las paredes.

Las paredes se están cerrando.

El olor es cada vez más dulce.

Y escucho a mi hija. Ella me llama.

Desde dentro.

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