La Pintura

Ayer, la mujer estaba sentada. Hoy está de pie. Y cada noche, escucho pasos en la casa.

Mi abuela murió en marzo y me dejó su casa vieja en el campo. Cuando llegué, encontré habitaciones oscuras, muebles viejos y un olor extraño. Pero lo más importante era la pintura.

La pintura estaba en el salón, sobre la chimenea. Era grande, muy grande. Una mujer joven con un vestido negro. Pelo largo y oscuro. Ojos grises, fríos. La mujer estaba sentada en una silla roja.

El primer día, limpié la casa. Abrí todas las ventanas. El sol entró en las habitaciones. Pero cuando miré la pintura, sentí frío. Los ojos de la mujer me miraban. Parecían seguirme por todo el salón.

«Es solo una pintura», me dije. «No puede hacerme daño».

Esa noche, no pude dormir. A las tres de la mañana, escuché algo. Pasos. Alguien caminaba por la casa. Los pasos venían del salón.

Me levanté de la cama. Mi corazón latía muy rápido. Tomé una lámpara y bajé las escaleras despacio.

El salón estaba vacío. Solo había sombras y silencio. Miré a la mujer del cuadro. Seguía sentada. Todo normal.

«Fue mi imaginación», pensé.

Al día siguiente, preparé mi café en la cocina. Después fui al salón para abrir las cortinas. Miré la pintura.

Mi café cayó al suelo.

La mujer ya no estaba sentada.

Ahora estaba de pie. De pie junto a la silla roja. Su vestido negro era el mismo. Su pelo era el mismo. Pero su posición era diferente. Y sus ojos… sus ojos ahora miraban directamente hacia mí.

Mis manos temblaban. Esto no era posible. Las pinturas no cambian. Las mujeres en los cuadros no se mueven.

Llamé a mi hermano por teléfono.

—Miguel, hay algo extraño en la casa de la abuela. La pintura… la mujer en la pintura se movió.

—¿Qué dices? Las pinturas no se mueven.

—Lo sé. Pero ayer estaba sentada. Hoy está de pie.

Miguel se rió. —Estás cansada. Es una casa vieja. Te da miedo. Ven a la ciudad.

No lo escuché. Necesitaba entender qué pasaba.

Esa noche, los pasos volvieron. Esta vez, sonaban más cerca. Subían las escaleras. Se detenían frente a mi puerta.

No respiré. No me moví.

Después de un minuto, los pasos bajaron las escaleras. Escuché la puerta del salón cerrarse. Silencio.

Por la mañana, corrí al salón. El miedo me llenaba el cuerpo.

La mujer había caminado. Ahora estaba más cerca del borde del cuadro. Su mano derecha tocaba el marco de la pintura. Su boca estaba un poco abierta. Como si quisiera decir algo. Como si quisiera salir.

Y había algo nuevo. En el suelo, frente a la chimenea, había huellas. Huellas de pies descalzos. Pequeñas. De mujer. Las huellas iban desde la pintura hasta las escaleras.

Hasta mi puerta.

Grité. Tomé mi maleta y mi teléfono. Salí de la casa sin mirar atrás.

Conduje tres horas hasta la ciudad. No quería volver nunca.

Una semana después, Miguel me llamó.

—Fui a la casa de la abuela. Quería ver la pintura famosa.

—¿Y qué viste?

Silencio. Después, su voz sonaba extraña.

—La pintura está vacía.

—¿Qué?

—La silla roja está ahí. El fondo oscuro está ahí. Pero la mujer no está. Se fue.

El teléfono se me cayó de las manos.

Esa noche, en mi apartamento en la ciudad, intentaba dormir. Entonces escuché algo.

Pasos.

Alguien caminaba por mi apartamento. Los pasos se acercaban. Despacio. Como una persona que tiene todo el tiempo del mundo.

Cerré los ojos. Mi corazón no podía latir más rápido.

Los pasos se detuvieron frente a mi puerta.

Silencio.

Entonces escuché su voz. Era suave, fría, como el viento de marzo.

—Te encontré.

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