Wanderer
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Hay un hombre viejo en el banco frente a mi ventana. No se mueve. Nunca se mueve. Y siempre me está mirando.
La primera vez que lo vi fue hace tres semanas. Era lunes por la mañana. Yo estaba tomando mi café cerca de la ventana cuando miré hacia afuera. Allí estaba. Un hombre viejo con ropa gris, sentado en el banco del parque pequeño frente a mi edificio.
No pensé nada especial. Los viejos se sientan en los bancos. Es normal.
Pero esa noche, cuando volví del trabajo, él seguía allí. En el mismo lugar. En la misma posición. No se había movido.
«Qué raro», pensé. Pero no le di importancia.
El martes por la mañana, abrí las cortinas. El viejo estaba allí. Exactamente igual. Las mismas manos sobre las piernas. La misma cabeza mirando hacia mi ventana.
Esa noche llovió mucho. La lluvia era fuerte y fría. Yo estaba en mi cama, pero no podía dormir. Me levanté y fui a la ventana.
El viejo estaba allí. Bajo la lluvia. Sin moverse.
El agua caía sobre su cara, sobre su ropa gris. Pero él no se movía. No buscaba refugio. No hacía nada.
Esa noche no dormí.
Los días pasaron. Miércoles. Jueves. Viernes. El viejo siempre estaba allí. Nunca lo vi comer. Nunca lo vi beber agua. Nunca lo vi levantarse.
Empecé a tener miedo.
El sábado hablé con mi vecina, una mujer mayor que vive sola.
—¿Has visto al viejo del banco? —le pregunté.
Ella me miró con ojos extraños.
—¿Qué viejo?
—El hombre. El que está siempre sentado en el banco frente al edificio.
Mi vecina fue a su ventana y miró hacia afuera.
—No hay nadie en ese banco —dijo.
Pero yo lo veía. Estaba allí. Sentado. Mirando.
El domingo hice algo diferente. Salí del edificio y caminé hacia el banco. Mi corazón latía muy rápido. Mis manos temblaban.
Cuando llegué al parque, el banco estaba vacío.
Me senté en el banco. Estaba frío. Muy frío. Miré hacia arriba, hacia mi ventana. Desde allí, podía ver mi apartamento perfectamente.
Entonces sentí algo. Una presencia detrás de mí. Me di la vuelta rápidamente.
No había nadie.
Volví a mi apartamento corriendo. Cerré la puerta con llave. Fui a la ventana.
El viejo estaba en el banco otra vez.
Esa noche tuve pesadillas. Soñé que el viejo entraba en mi habitación. Que se sentaba al lado de mi cama. Que me miraba toda la noche con su cara vacía.
La segunda semana fue peor. No podía trabajar. No podía comer. Solo podía mirar por la ventana.
El viejo nunca se movía. Su cara era pálida como la nieve. Sus manos eran grises. Su ropa nunca cambiaba.
Pero había algo más. Algo que no quería aceptar.
Cada día, el viejo parecía estar más cerca. No lo veía moverse, pero cada mañana el banco parecía un poco más cerca de mi edificio.
El viernes de la segunda semana, tomé una decisión. Necesitaba ver su cara de cerca. Necesitaba saber quién era.
Busqué mis binoculares viejos en el armario. Los encontré llenos de polvo. Los limpié y fui a la ventana.
El viejo estaba allí. Como siempre.
Levanté los binoculares hacia mis ojos y miré.
Su cara era vieja, muy vieja. Su piel era gris y seca. Sus labios estaban cerrados.
Pero sus ojos…
No tenía ojos.
Donde deberían estar sus ojos, solo había dos agujeros negros. Dos espacios vacíos. Dos pozos de oscuridad.
Los binoculares cayeron de mis manos al suelo.
El viejo no tenía ojos. Pero me estaba mirando. Yo lo sabía.
Esa noche puse todas las luces. Cerré todas las cortinas. Pero podía sentirlo afuera. Mirándome a través de las paredes. Esperando.
Hoy es domingo. Han pasado tres semanas.
Esta mañana, me desperté temprano. Algo estaba diferente. El aire era más frío. La habitación estaba en silencio.
Fui a la ventana y abrí las cortinas lentamente.
El banco estaba vacío.
Por un momento, sentí alivio. Todo había terminado. El viejo se había ido.
Entonces escuché un sonido detrás de mí.
El sonido de alguien sentándose en una silla.
No quiero darme la vuelta. No quiero ver lo que hay detrás de mí.
Pero puedo sentir sus ojos vacíos. Mirándome. Esperando.
Y ahora no hay ventana entre nosotros.
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