Tres Golpes a Medianoche

Tres golpes en la puerta. A las doce de la noche.

La madre estaba sola en el salón. La lluvia caía fuerte sobre la casa. Su hijo de ocho años dormía arriba. Su hombre trabajaba en otra ciudad y no iba a volver hasta el viernes.

Ella miraba la televisión sin pensar. El viento hacía un ruido fuerte contra las ventanas. Los árboles se movían fuera.

Entonces escuchó los golpes. Uno, dos, tres.

Se quedó sin moverse. No esperaba a nadie. No a esta hora. No con esta tormenta.

Una voz de niño llegó desde la puerta.

—Madre, abre. Quiero entrar.

El corazón de la mujer se paró. Era la voz de su hijo. Pero su hijo estaba en su cama, en el piso de arriba.

—Madre, tengo frío. Abre la puerta.

La mujer se levantó lento. Caminó hacia la puerta. Sus manos no estaban bien. Miró por la pequeña ventana de la puerta.

No había nadie. Solo la lluvia. Solo la noche negra.

Abrió la puerta. El viento frío entró en la casa. Miró a la izquierda. Miró a la derecha. Nada.

Cerró la puerta rápido. Puso el seguro.

Subió las escaleras corriendo. Abrió la puerta de la habitación de su hijo.

El niño dormía tranquilo. Su pelo negro sobre la cama blanca.

La mujer dejó salir el aire de sus pulmones. Era solo el viento. Era solo su cabeza.

Bajó las escaleras. Fue a la cocina a tomar agua. Sus manos todavía no estaban bien.

Bebió el agua lento. Se sentía tonta. ¿Cómo podía tener tanto miedo?

Tres golpes otra vez. Más fuertes que antes.

—Madre, abre la puerta. Tengo mucho frío.

La mujer dejó caer el vaso. Se rompió en el piso.

Era la misma voz. La voz de su hijo.

Pero su hijo estaba arriba. Ella acababa de verlo.

—Por favor, madre. Estoy aquí fuera. Solo.

La mujer no se movió. No podía caminar. El miedo la tenía sin poder hacer nada.

Pensó en llamar a la policía. Buscó su teléfono. No estaba. Lo había dejado arriba.

Los golpes vinieron de nuevo. Más fuertes. Más y más fuertes.

—¡Madre! ¡Abre la puerta!

La mujer corrió hacia las escaleras. Tenía que ver a su hijo. Tenía que estar segura.

Subió de dos en dos. Abrió la puerta.

La cama estaba vacía.

Las cosas de la cama estaban en el piso. La ventana estaba cerrada. El armario estaba abierto.

—¿Hijo? —llamó la mujer—. ¿Dónde estás?

Nada. Nadie respondió.

Buscó bajo la cama. Buscó en el armario. Buscó en el baño. No estaba. Su hijo no estaba en ningún lugar.

El miedo grande la llenó. Bajó corriendo las escaleras.

—¡Hijo! ¡Hijo!

Entonces escuchó la voz otra vez. Pero no venía de la puerta.

Venía de atrás de ella.

—Madre, ya no tienes que abrir la puerta.

La mujer se dio vuelta lento. Muy lento.

El niño estaba en la casa con ella. Su cara estaba muy blanca. Sus ojos estaban muy negros. Tenía una cara feliz. Pero no era una cara buena.

—Ya estoy dentro, madre.

La mujer fue hacia atrás hasta tocar la pared.

—Hijo, ¿qué pasa? Me diste miedo.

El niño dio un paso hacia ella. Luego otro.

—Yo no soy tu hijo, madre.

La luz empezó a cambiar. La tormenta se hizo más fuerte fuera.

—Tu hijo sigue dormido arriba. Yo solo quería entrar.

La mujer gritó. Corrió hacia la puerta principal. La abrió. La lluvia y el viento la golpearon.

Corrió hacia la calle. Gritaba y gritaba ayuda. Pero las otras casas estaban sin luz. Nadie podía oírla.

Miró hacia atrás, hacia su casa.

En la ventana, dos ojos la miraban.

Y en algún lugar de la casa, su hijo real seguía dormido, sin saber que ya no estaba solo.

La tormenta siguió toda la noche. A la mañana siguiente, las personas del lado encontraron la puerta abierta.

Encontraron al niño en su cama, durmiendo muy bien.

Pero nunca encontraron a la madre.

Solo encontraron tres marcas en la puerta. Como si alguien hubiera dado golpes desde dentro.

Queriendo salir.

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