Wanderer
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La casa tenía tres habitaciones cuando llegamos. Ahora tiene más de cien. Y cada mañana, hay una nueva.
La familia Ruiz llegó a la casa en marzo. Era pequeña. Tres habitaciones, una cocina y un baño. Perfecta.
La primera mañana, Elena se levantó temprano. Caminó hacia la cocina para hacer café. Pero se paró en el pasillo.
Había una puerta nueva.
Elena miró la puerta por un momento largo. No estaba ahí ayer. La abrió lentamente.
Dentro había una habitación pequeña con una cama vieja. Elena conocía esas paredes. Las reconoció.
Era su habitación de cuando tenía ocho años.
El mismo animal de juguete en la cama. Los mismos papeles de colores en la pared. El mismo aire de flores.
Elena cerró la puerta y corrió a llamar a su marido.
—Hay algo malo en esta casa —le dijo a Miguel.
Miguel no le creyó. Pero cuando vio la habitación, su cara cambió de color.
—Esto es imposible —dijo—. Vivías en otra ciudad cuando eras niña.
Esa noche, nadie durmió bien.
La segunda mañana, había otra puerta nueva.
Esta vez, Miguel la encontró primero. La abrió y comenzó a llorar.
Era el lugar donde su padre trabajaba. Las mismas cosas. El mismo coche viejo que nunca funcionaba. El mismo papel de mil novecientos ochenta y cinco en la pared.
Su padre había muerto hace veinte años. Miguel nunca volvió a ver ese lugar.
Hasta ahora.
—Tenemos que irnos —dijo Elena—. Esta casa está enferma.
Pero su hija Sara no quería irse.
—Me gusta aquí —dijo Sara—. La casa me habla por las noches.
Elena sintió frío en el estómago.
La tercera mañana, Sara encontró su propia habitación nueva.
Era la habitación de su abuela, donde pasaba los meses de calor. La abuela murió el año pasado. Sara entró y se quedó ahí por horas. Las cosas de la cama todavía tenían el aire de su abuela.
—La casa nos da cosas buenas —dijo Sara esa noche—. Nos da lo que perdimos.
Miguel y Elena se miraron con miedo.
La cuarta mañana, apareció la cocina de la madre de Elena. La quinta, el dormitorio de su luna de miel.
La casa crecía cada día. Los pasillos se hacían más largos. Las escaleras llevaban a más pisos.
Una semana después, la casa tenía treinta habitaciones.
Elena caminaba por los largos caminos de la casa, perdida entre su propio pasado. Cada puerta mostraba un momento viejo. Momentos felices. Momentos tristes. Momentos olvidados.
Pero entonces, una mañana, apareció algo diferente.
Una habitación que nadie conocía.
La puerta era negra, no de color café como las otras. Elena no quería abrirla. Pero algo la llevaba hacia ella. Algo dentro quería saber.
Abrió la puerta.
La habitación estaba vacía. Solo tres cosas.
Tres cajas de los muertos.
Elena se acercó con miedo. Las cajas eran de madera oscura, muy bonitas. Tenían pequeños papeles con nombres.
El primer nombre: Miguel Ruiz. La fecha de muerte: en tres meses.
El segundo nombre: Elena Ruiz. La misma fecha.
El tercer nombre: Sara Ruiz. La misma fecha.
Elena gritó y corrió fuera. Cerró la puerta con fuerza. Pero cuando se dio la vuelta, la puerta ya no estaba.
Esa noche, Elena le contó todo a Miguel.
—Tenemos que salir ahora —dijo—. Esta casa no nos da el pasado. Nos muestra el futuro.
Pero cuando fueron a abrir la puerta principal, no se movió.
Las ventanas tampoco se abrían.
La casa no los dejaba salir.
Sara bajó las escaleras con una cara diferente. Una cara que no era de antes.
—La casa dice que no podemos salir —dijo la niña—. Dice que ya somos parte de ella. Dice que el pasado necesita gente para vivir.
Elena miró a su hija. Los ojos de Sara ya no parecían los ojos de una niña.
—¿Cuántas familias vivieron aquí antes? —preguntó Miguel.
Sara sonrió más.
—Muchas. Y todas se quedaron. Para siempre.
Esa noche, Elena soñó con el cuarto negro. En el sueño, las tres cajas de los muertos estaban abiertas.
Y estaban vacías.
Esperando.
La mañana siguiente, la casa tenía una nueva habitación.
Era un cuarto con tres camas. Las paredes estaban llenas de fotos de la familia Ruiz. Fotos de vacaciones. Fotos de cumpleaños. Fotos de momentos normales.
Pero en cada foto, Elena, Miguel y Sara tenían los ojos completamente negros.
Elena entendió entonces la verdad.
La casa no guardaba recuerdos.
Guardaba almas.
Y pronto, los Ruiz serían solo otro recuerdo en sus paredes sin fin.
Miguel encontró a Elena mirando por la ventana cerrada.
—Hay una habitación nueva —dijo él con voz muerta.
—Lo sé —respondió Elena—. Las vi. Las fotos.
—No. Hay otra. Una más.
Elena lo siguió hasta el piso de abajo. Ahí, donde antes no había nada, ahora había una puerta.
La abrieron juntos.
Dentro había una habitación llena de puertas. Cientos de puertas. Miles de puertas. Cada una llevaba a la casa de otra familia. Otras personas que perdieron todo. Otros recuerdos robados.
Y en el centro del cuarto, Sara estaba sentada en una silla, mirándolos con ojos que ya no eran de este mundo.
—Bienvenidos a casa —dijo su hija con una voz que no era suya—. Para siempre.
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