La Cara de Papá

El árbol tiene una cara. No estaba allí ayer. Estoy segura.

Lo sé porque miro por esta ventana cada mañana. Es lo primero que hago cuando me despierto. Miro el árbol viejo, el que mi padre plantó cuando yo era niña.

Hoy, hay una cara en el árbol. Una cara que conozco muy bien.

Es la cara de mi padre. Mi padre murió hace un mes.

Me levanto de la cama. Mis piernas tiemblan. Camino hacia la ventana y miro otra vez. La cara sigue allí. Tiene los ojos de mi padre. La nariz de mi padre. La boca de mi padre.

Pero hay algo mal. Los ojos no se mueven. Solo miran. Miran hacia mi ventana. Hacia mí.

Mi madre entra en mi habitación.

—Buenos días, María —dice—. ¿Dormiste bien?

—Mamá —digo—. Mira el árbol.

Ella camina hacia la ventana. Mira el jardín. Después de un momento, se vuelve hacia mí.

—¿Qué pasa con el árbol?

—La cara —digo—. ¿No ves la cara?

Mi madre mira otra vez. Más tiempo ahora. Al final, mueve la cabeza.

—No veo nada, hija. Solo el árbol de tu padre.

Cuando ella sale, miro de nuevo. La cara sigue allí. Y ahora estoy segura de algo: está sonriendo. Una sonrisa pequeña y triste. Una sonrisa solo para mí.

Durante el desayuno, no puedo comer. Mi madre me mira preocupada.

—María, tienes que comer algo.

—No tengo hambre.

—Es por tu padre, ¿verdad? —dice ella con voz triste—. Yo también pienso en él. Cada día.

Yo no digo nada. No puedo explicar lo que vi. Ella pensaría que estoy loca.

Después del desayuno, subo a mi habitación. Miro por la ventana.

La cara ha cambiado. Los ojos ya no miran a mi ventana. Ahora miran hacia abajo. Hacia el jardín. Hacia algo en la tierra. Y la sonrisa no está. Ahora la boca está abierta. Como si quisiera gritar.

¿Qué quieres decirme, papá?

Esa noche, no puedo dormir.

La luz de la luna entra en mi habitación. Desde mi cama, puedo ver la ventana. Y desde la ventana, puedo ver el árbol.

La cara de mi padre brilla bajo la luz. Sus ojos están cerrados ahora. Parece dormido. Parece en paz.

Me levanto. Camino hacia la ventana. Pongo mi mano sobre el vidrio frío.

—Te quiero, papá —digo muy bajo—. Te quiero mucho.

Los ojos se abren.

Doy un paso atrás. El corazón me late muy rápido. Los ojos de la cara me miran. Me miran con algo fuerte. Con necesidad. Y la boca se mueve. Forma una palabra.

No puedo escuchar. La ventana está cerrada. Pero puedo leer lo que dice.

—Busca.

A la mañana siguiente, voy al jardín.

Mi madre está en la cocina. No me ve salir. Camino hacia el árbol. La cara de mi padre está allí, mirándome desde arriba. Ahora parece tranquilo. Casi feliz.

—¿Qué quieres que busque, papá? —pregunto.

Los ojos miran hacia abajo. Hacia la tierra cerca del árbol.

Busco algo para cavar. Encuentro una pala vieja en el jardín. Vuelvo al árbol y empiezo a trabajar. La tierra está dura. Mis brazos duelen. Pero no paro.

Después de veinte minutos, la pala golpea algo. Algo duro. Algo de metal.

Es una caja vieja.

La abro con manos que tiemblan.

Dentro hay cartas. Muchas cartas. Y una foto vieja de mi madre, joven y bonita. Y un anillo de oro.

—El anillo de la abuela —digo.

Miro hacia arriba. Hacia la cara en el árbol. Los ojos de mi padre tienen lágrimas ahora. Lágrimas que bajan por el árbol como lluvia. Y su boca forma otra palabra.

—Perdón.

Leo las cartas esa noche.

Son cartas de amor. De mi padre a mi madre. Cartas que nunca envió. Cartas donde dice todo lo que sentía. Todo lo que nunca pudo decir con su voz.

Lloro mientras leo. Mi padre nunca fue bueno con las palabras. Nunca dijo «te amo» a mi madre. Nunca me dijo «te amo» a mí.

Pero aquí, en estas cartas, dice todo. Todo el amor que tenía dentro. Todo el amor que nunca pudo dar.

A la mañana siguiente, doy las cartas a mi madre. Ella las lee en silencio. Las lágrimas caen por su cara.

—Él te amaba —digo—. Nos amaba. Pero no sabía cómo decirlo.

Mi madre mira por la ventana. Hacia el árbol.

—Siempre lo supe —dice ella, sonriendo entre lágrimas—. Siempre lo supe.

Miro el árbol. La cara de mi padre ya no está. Solo queda la madera vieja. Como siempre fue.

Pero en el viento, escucho una voz. Una voz que conozco bien.

—Gracias, hija. Ahora puedo descansar.

Cierro los ojos. El viento toca mi cara como una mano fría.

Cuando los abro, el jardín está vacío. El árbol es solo un árbol.

Pero sé que mi padre está en paz. Y eso es suficiente.

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